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Calidad educativa e infraestructura escolar: “realidad o espejismo”

Si consideramos los aportes que desde distintos ámbitos académicos se han realizado al análisis de los resultados de los sistemas educativos, encontramos algún nivel de consenso sobre la idea de que una escuela es “eficaz” o “de calidad” cuando promueve el progreso integral de todos los estudiantes más allá de lo esperado, considerando sus posibilidades iniciales y su situación social, cultural y económica[1],  y puede garantizar de alguna manera su éxito en la comunidad en la que está inmerso (bienestar) y/o ser promotor del cambio social. Bajo esta perspectiva múltiples estudios han recopilado evidencia sobre los factores que inciden o que influyen sobre la eficacia de una escuela. Dichos estudios concuerdan en la existencia de variables interrelacionadas que afectan esta condición y que pueden organizarse en tres grandes grupos: 1) Características del estudiante, como el desarrollo biológico, los talentos innatos, el contexto socioeconómico, entre otros; 2) Características del Docente, como su nivel de formación, manejo de recursos del aula, experiencia laboral, la metodología de enseñanza, las estrategias comunicativas, la edad, el ejercicio de la autoridad, métodos de evaluación, entre otros; y 3) Características de la escuela como la gestión administrativa, la experiencia del personal administrativo, su capacidad de gestión y ejecución, así como las condiciones y características de la planta física.

Si tenemos en cuenta lo expuesto en el Plan Nacional de Desarrollo (PND) 2014 - 2018: Todos por un nuevo país, encontraremos que la infraestructura escolar, como característica de la escuela, es considerada como un pilar fundamental para la implementación de la Jornada Única, una de las principales estrategias para mejorar las condiciones de calidad del sistema educativo colombiano.

En este orden de ideas, el PND 2014-2016 contempla el diseño y puesta en marcha del Plan Nacional de Infraestructura Educativa[2] (PNIE); en este último se establece como meta la construcción de las 51.134 aulas necesarias para implementar la jornada única en el 100% del territorio nacional para el año 2030, así como alcanzar por lo menos el 60%  de esta meta en 2018 (30.680 aulas). Lo anterior resulta ser una apuesta muy atractiva considerando que difícilmente un proceso de enseñanza y aprendizaje podrá desarrollarse en todo su potencial si no se cuenta con los espacios y materiales adecuados que lo apoyen; bajo esta óptica la infraestructura escolar que soportan los procesos pedagógicos se convierten en un factor fundamental asociado al desarrollo de las competencias de los estudiantes.

Sin embargo, es importante examinar con mayor detalle esta propuesta considerando que la investigación reciente sobre resultados académicos también ha destacado la importancia de los factores institucionales que tiene que ver con el aprovechamiento de estos recursos como la autonomía de la escuela para la toma de decisiones sobre pedagogía, la inversión y el personal, así como la presencia de espacios distintos a las aulas de clase, como aquellos que apoyan la labor del docente y las actividades extracurriculares de los estudiantes, así como la disponibilidad de servicios adecuados de electricidad, agua potable, e internet, así mismo la existencia de áreas de usos múltiples y de espacios para enfermería o servicios psicopedagógicos están asociada con mejores aprendizajes de los estudiantes[3].

Lo expuesto hasta aquí nos lleva a concluir que si bien la construcción de nuevas aulas enmarcado en el PNIE tiene la potencialidad de generar una influencia es necesario que el espacio del aula esté en unas mínimas condiciones de mantenimiento y limpieza, iluminación, temperatura y ausencia de ruidos externos, entre otros. Sin embargo, los beneficios que traería la construcción o renovación de la infraestructura escolar sobre la calidad educativa puede llegar a constituirse en un espejismo, si no se acompaña de otro tipo de inversiones que impacten de forma significativa lo que sucede dentro de estos espacios, tales como el ámbito pedagógico y la administración escolar. Si estos aspectos no son considerados, estas inversiones pueden resultar poco o nada efectivas. Por otra parte debemos considerar la heterogeneidad de los sistemas educativos y sus actores; el desarrollo de la investigación sobre los resultados de aprendizaje a nivel mundial han demostrado que existen diferencias en el rendimiento académico de los estudiantes entre escuelas, aun si estos poseen características socioeconómicas similares, lo cual reivindica el valor de la escuela en el proceso de formación, pensando esta como un conjunto factores interrelacionados. En este sentido más y mejores aulas deben estar acompañadas del diseño e implementación de mejores currículos o proyectos educativos.


[1] Piñeros, J. (2004). Dimensiones del mejoramiento escolar: la escuela alza el vuelo. Convenio Andrés Bello. Editorial Nomos. Colombia, 2004.

[2] Documento Conpes 3831

[3] Duarte J., Gargiulo C. & Moreno M. Infraestructura escolar y aprendizajes en la educación básica latinoamericana en Educación para la Transformación. Disponible en http://idbdocs.iadb.org/wsdocs/getdocument.aspx?docnum=37259235

 

 

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