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Educar para transformar(nos)

Por: José Aparicio Serrano
Director Instituto de Estudios en Educación - IESE

El psicólogo Noel Burch propuso en los años 80 un modelo para explicar el camino que seguimos para volvernos expertos en cualquier cosa, el cual arranca en la incompetencia inconsciente, pasa por la incompetencia consciente hacia la competencia consciente, y termina en la competencia inconsciente.

Décadas de estancamiento en materia educativa en buena parte de la región Caribe, nos podrían llevar a pensar que aún estamos en una fase de incompetencia inconsciente. Pero sabemos que el ámbito de la educación, como muchos otros, está sobrediagnosticado. Por tanto, parece haber suficiente información y argumentos para decir que la incompetencia educativa presente en la mayor parte de nuestra región, no es inconsciente.

Los datos muestran, por ejemplo, que el 52% de sus instituciones privadas se ubican en las categorías A y A+, pero sólo el 6% de las oficiales lo hacen (ICFES, 2018). En contraste, el 53% de ellas está en categoría D, mientras que en Bogotá, sólo un 2%. Esta realidad es aún más crítica en las zonas rurales. Según un análisis del Observatorio de Educación de la Universidad del Norte (2108), el porcentaje de instituciones públicas rurales de la Región Caribe clasificadas en categoría D sube hasta el 82%.

Pero una vez reconocemos conscientemente nuestra incompetencia, surge la pregunta ¿es posible avanzar hacia la competencia consciente?. La experiencia de Barraquilla en la última década, demuestra que sí. En 2008, solo una IED de esta ciudad se clasificaba en nivel A, y el porcentaje de Instituciones en nivel D, era del 69.5%.  En 2018, treinta y tres IED se clasificaron en A y A+; y las instituciones categorizadas en D, disminuyeron al 21%.

Estos resultados se consiguen cuando se hace una apuesta política clara por la educación, con el apoyo del Concejo, planes a mediano y largo plazo, la inversión necesaria, la conformación de un equipo técnico idóneo con continuidad en su labor; pero sobre todo, cuando se crean alianzas con todos los actores claves en el área, para hacer de la educación un proyecto común.

Desafortunadamente un peligro de alcanzar esta etapa de la competencia consciente, puede ser, que lo realizado se perciba como algo extraordinario y no ordinario, como un mérito que debe ser especialmente reconocido por la ciudadanía. Se corre entonces el riesgo de que el impacto mediático por la novedad de los logros educativos se agote, y entonces migre el interés y la inversión hacia áreas de mayor redito.

Por ello, hay que promover que todos (no sólo nuestros dirigentes políticos) avancemos hasta el nivel de la competencia inconsciente, que es aquel estado en el que lo aprendido, lo alcanzado; se hace ahora de manera natural, espontanea, no calculada o planeada.

Nos merecemos acostumbrarnos a una educación de calidad para todos. A esperar como natural, que en los planes de desarrollo, la educación aparezca siempre en primer lugar de prioridades. Que en las universidades públicas y privadas las licenciaturas sean consideradas tan importantes como las demás profesiones. Que los empresarios no duden en apoyar con becas la formación de médicos e ingenieros tanto como la formación de profesores. Que los padres de familia, apoyen a sus hijos e hijas, tanto si desean ser abogados, como si eligen ser educadores.

Ojalá sea el 2025 el año en que Colombia sea la más educada. Pero para lograrlo, la tarea no debe ser sólo de un Presidente, una Ministra, una Gobernadora, el Alcalde o la Secretaria de educación. La meta la alcanzaremos, cuando todos logremos ubicar a la educación (ojalá inconscientemente), en el primer lugar de prioridad de nuestros discursos, pero sobre todo, de nuestras decisiones como políticos, empresarios, rectores de universidad, padres de familia, periodistas o ciudadanos.

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