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El cuidado

Durante la semana pasada, aprovechando el receso escolar que desde hace algunos años brinda unos días de descanso a las instituciones educativas, pude ser testigo de algunos comportamientos ciudadanos que no son del todo consecuentes con la realidad que estamos viviendo. Por lo que vi, los barranquilleros nos hemos relajado significativamente en cuanto a las medidas preventivas relacionadas con la pandemia, un asunto especialmente preocupante en los lugares climatizados o con ventilación limitada, donde la mayoría de las personas ha abandonado el uso del tapabocas y menospreciado la importancia del distanciamiento. Para cualquier observador el panorama parece indicarnos que ya todo ha pasado y que las circunstancias son similares a la cotidianeidad que nos había acompañado durante toda la vida. Pero no es así. Lo cierto es que el coronavirus aún circula entre nosotros, probablemente así sea por mucho tiempo, y que las variantes más contagiosas están propiciando un incremento en el número de casos que permite anticipar un cuarto pico en el futuro cercano.

Los avances en el control de la enfermedad han sido importantes, especialmente los resultados del esfuerzo de la campaña de vacunación. Sin embargo, hasta esta semana en Colombia se había logrado vacunar con esquema completo aproximadamente al 39% de la población, una cifra nada despreciable, pero que no puede invitarnos a creer que ya la pandemia es un asunto del pasado. Aunque razonablemente no se esperan situaciones tan angustiosas como las vividas durante los primeros meses de este año, no es prudente subestimar el daño que todavía podemos enfrentar, ni descartar la aparición de más variables, con mayores niveles de contagio y mayor letalidad; un escenario que es posible mientras el virus siga presente.

Es comprensible que tras más de veinte meses de prevenciones, de incomodidades y penurias, y debido el estimulante descenso general de los contagios, los ciudadanos muestren cansancio ante la amenaza de la covid. Así ha pasado en otros lugares del mundo, no solo en este caso, sino ante circunstancias similares en diferentes momentos de la historia. Cuando Londres sufrió los ataques alemanes, que ocurrían prácticamente a diario durante 1940 y 1941, se alcanzó incluso algún nivel de rutina, puesto que los bombardeos eran casi siempre de noche. Sus habitantes intentaron entonces seguir viviendo con algún nivel de normalidad, sabiendo que día tras día iban a morir por decenas, en una lotería macabra de la que no podían evadirse. Ni siquiera los refugios subterráneos eran completamente seguros, y muchos recibieron el impacto directo de las bombas. Pero ellos no tenían mayores opciones, nosotros sí.

En nuestro caso quizá ya ha pasado lo peor. Nos queda entonces mantener las precauciones, disfrutar de la libertad y tratar de volver a la rutina, limitada e imperfecta, que por ahora nos facilitan las vacunas y las medidas que llevamos adoptando desde hace tanto tiempo. Usar el tapabocas, mantener el distanciamiento y evitar cualquier aglomeración que no sea imprescindible, siguen siendo las recomendaciones más sensatas. El cuidado no puede olvidarse.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 21 de octubre de 2021

Un mundo invivible

Jon Gruden, entrenador de los Raiders de Las Vegas —un equipo de fútbol americano—, renunció esta semana por un escándalo relacionado con afirmaciones racistas, misóginas, y homofóbicas. Los motivos de la renuncia ya no resultan excepcionales, dado que hace algún tiempo buena parte de la sociedad occidental ha incrementado sus reclamos ante este tipo de comportamientos, procurando llamar la atención sobre el respeto que nos merecen nuestros semejantes, sea cual sea su raza, género, o sus preferencias personales. Eso, en principio, es una cosa muy buena, un cambio de tendencia que nos debería ayudar a convivir mejor y a ofrecer oportunidades más igualitarias para todos, propiciando un entorno en el que la tolerancia y la aceptación de las diferencias se entiendan como normativas, y que se den de forma natural. Al menos en Europa, Norteamérica y otro puñado de países, porque por ahora eso no está pasando con tanta fuerza, o no pasa de ninguna manera, en la mayoría de lugares del mundo.

Lo malo, y siempre hay algo malo, es que en ocasiones sobre estos asuntos se desata una especie de cacería de brujas que escarba en el pasado de cualquier persona para encontrar un desliz, alguna falla, y agarrarse de ese error para minarla. Las acusaciones contra Gruden nacen de unos correos electrónicos que escribió hace diez años a un pequeño grupo de amigos o conocidos, no fueron expresados en público y no se relacionan con alguna actuación suya que concuerde con esos censurables comentarios. Y sin embargo, tuvo que renunciar.

Conviene pensar en las implicaciones que tendría un mundo de extrema transparencia, sin barreras, en el que no se establezcan las imprescindibles diferencias y matices entre el ámbito personal y el público, entre lo que se dice y lo que se hace, entre el cumplimiento del deber y las posiciones individuales. Cualquier persona puede decir lo que quiera en su casa, a sus amigos, y no ser juzgada por eso. Quien piense que “quien nada debe, nada teme”, se equivoca: un mundo así sería un mundo invivible. Todos, sin excepción, en algún momento hemos hecho algún comentario sobre alguien, incluso sobre alguien muy cercano, querido y respetado, que podría malinterpretarse si se tomase fuera de contexto. Todos hemos contado un mal chiste, todos hemos tenido opiniones que revisamos, todos nos hemos arrepentido de alguna cosa, todos hemos criticado con furia. Eso es la naturaleza humana, el diálogo, la ironía, el sarcasmo, los errores; eso nos hace lo que somos.

Suponer que las personas deben ser absolutamente íntegras e inmaculadas es una falacia. Desear eso, humanos perfectos, es un concepto que coquetea con el totalitarismo, una invitación a la Policía del Pensamiento de Orwell, la materia prima de las distopías más espantosas.

Protejamos nuestra privacidad, evitemos los juicios generales, entendamos los matices. Valoremos más lo que se hace y menos lo que se dice. Sin la posibilidad del secreto, de la confidencia cercana, no es posible que una sociedad libre funcione. Ya es extraño que haya mencionado a Orwell en las últimas dos columnas, es un síntoma preocupante, una mala señal. Ojalá no sea una premonición de los tiempos por venir.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 14 de octubre de 2021

Lo frustrante

Siempre he desconfiado de las soluciones absolutas. Me parece que algo hay de soberbia en los planteamientos que pretenden encarar todas las facetas de un problema, o de varios, con cientos de capítulos y secciones, con respuestas para todo. Vemos entonces documentos enormes que contienen fórmulas e instrucciones que en buena parte no se pueden implementar, o si se ejecutan no resuelven nada de lo que prometieron resolver, o acaso lo hacen parcialmente y en la mayoría de los casos de manera temporal. Leer los planes de desarrollo de casi cualquier institución pública resulta un ejercicio de fábula, como lo que se esperaría encontrar en una ficción nacida de un cruce entre Kafka y Orwell, quizá más cercana al bohemio, pero incluyendo las ominosas intenciones que se describen en los relatos del inglés.

Cuando no hay claras prioridades, o cuando todo lo es, se empieza a trabajar de forma reactiva, atendiendo las crisis como si fuesen imprevistos. En nuestro país lo vemos diariamente. Sabemos que a veces llueve mucho, pero siempre “el invierno” nos toma por sorpresa y corremos a cerrar los diques. Sabemos que nuestra geografía es complicada, pero seguimos peleando contra las montañas, que se deslizan obstinadamente. Queremos tener nodos tecnológicos y competir con Silicon Valley, pero todavía hay pueblos sin acueducto, sin alcantarillado y sin energía. Y lo peor: sabemos que entre nosotros convive gente muy violenta, pero aparentemente creemos que se van a apaciguar con un apretón de manos y la promesa de no volverlo a hacer.

Algunos colombianos pagan impuestos. Se supone que con ese dinero el Estado debe encargarse de los asuntos básicos, para que las cosas puedan funcionar mínimamente. El más básico de todos los asuntos, aquello que motivó el nacimiento de las ciudades, con sus murallas y ejércitos, es precisamente la protección al ciudadano: la promesa del amparo contra las fuerzas de la naturaleza y contra las malas intenciones de sus semejantes. Hace mucho tiempo entendimos que nada puede prosperar bajo la amenaza de robos, extorsiones, secuestros, esclavitud y asesinatos.

Eso es lo frustrante. Uno puede aceptar una tremenda variedad de cosas y ser tolerante con otras, al fin y al cabo somos un país en desarrollo, pobre, con miles de imperfecciones, conflictos morales, e iniciativas por revisar. Uno incluso puede resignarse y entender que ciertos problemas no se van a resolver pronto, que no son fáciles, y que reclaman sacrificios y mucha paciencia. También es posible que la plata no alcance y que sea necesario aportar más. Todo eso se puede encajar con la razón. Pero lo que no se puede aguantar es que a una persona la matan para robarle un celular o una bicicleta, que un viaje en bus se convierta en una ruleta rusa, o que en un restaurante te apunten con un revólver, mientras reina una asombrosa impunidad.

Cuando eso sucede, quienes tributan sienten que su dinero se tira a la basura y que los sacrificios son inútiles. Entonces, si el Estado no se encarga de la seguridad, los ciudadanos se encargan por su cuenta. En Colombia ya sabemos que eso nos hunde más en espantosos círculos de violencia. Que estemos propiciando las condiciones para que esos fenómenos se recrudezcan es inexplicable.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 7 de octubre de 2021

Fútbol con fortaleza

Hace unas semanas, y después de más de una década, volví a ver fútbol en un estadio barranquillero. Con el paso de los años he ido evitando las multitudes y las incomodidades propias de esas experiencias, sólo justificándolas si median eventos imperdibles, que cada vez son menos: conciertos o cosas similares. Luego de haber asistido cientos de veces a muchos escenarios, de seguir al Junior y a la Selección con pasión algo desmedida, poco me seducen ya los fervores del hincha con sus coros y sus tumultos.

Sin embargo, debido a una serie de felices coincidencias, terminé una tarde de sábado sentado en el Romelio Martínez, compartiendo un rato con unos familiares la oportunidad de ver un partido disputado entre Barranquilla FC y Fortaleza CEIF. El encuentro no fue precisamente emocionante, un empate sin goles, lo que facilitó un diálogo fluido en las gradas con quien en realidad era nuestro anfitrión, el presidente del equipo visitante, Carlos Barato.

Aquella resultó siendo una conversación muy entretenida. Pude conocer el proyecto deportivo del equipo bogotano, sus ambiciones y propósitos, las dificultades que enfrenta, sus logros, sus fracasos y no pocas anécdotas. Como siempre, aunque uno suele tener alguna idea sobre las cosas que no domina, pero que nos atraen, el descubrimiento de los pormenores de esas actividades resulta ser cautivante. Por eso es tan importante escuchar.

Fortaleza se define como un centro de entrenamiento integrado para el fútbol, lo que constituye su sigla CEIF. Esa declaración no está únicamente en el papel, se sustenta con hechos y acciones. Tienen su sede deportiva en Cota, en las afueras de Bogotá, y han comprendido que el fútbol resulta un gran medio para fomentar la educación de buenos ciudadanos. Por eso, además de montar una academia que hoy tiene más de 1 200 jóvenes, han iniciado el proyecto del colegio para deportistas, convencidos del valor de la formación integral para el desarrollo de cualquier persona. Acaban de empezar con 70 alumnos matriculados, teniendo como objetivo que todos sus futbolistas sean al menos bachilleres, que sepan inglés y que tengan un conocimiento básico de cultura general. El colegio tiene las condiciones de flexibilidad para que los deportistas puedan entrenar y cumplir con sus compromisos, compaginando los deberes académicos con las obligaciones competitivas. Una fórmula muy interesante que, de lograr consistencia y continuidad, seguramente brindará muy buenos resultados.

“Forta”, como lo llaman, es un club joven y así se comporta. Sus redes sociales están administradas con mucho humor y creatividad, lo que ha despertado enorme simpatía entre sus seguidores, que no son pocos. En un medio en el que la violencia parece estar ganando, con barras bravas y otra serie de disparates, sus comunicaciones ofrecen un solaz necesario. También sus uniformes y su imagen general, divertida e ingeniosa, llaman la atención y dan un respiro entre tanta tribulación.

¿Cómo no simpatizar con un proyecto así? Para ponerle la cereza al pastel, entre sus dirigentes también hay sangre barranquillera. No hay excusa, Fortaleza es un equipo que vale la pena apoyar.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 30 de septiembre de 2021

Los emigrantes Haitiano

Las imágenes son incómodas. Se puede ver a varios hombres montados a caballo, con uniforme y aspecto de policías o algo similar, acosando a unas personas a pie que huyen precariamente. Los jinetes blanden lo que parecen látigos, y aunque un análisis más cuidadoso revela que en realidad son las riendas de los animales, ese detalle no evita que se utilicen para azotar gente. Las fotos nos recuerdan otra época, una más cercana a las grandes plantaciones de algodón de Louisiana y al sometimiento esclavo, pero no: sucedió hace apenas unos días en la frontera de los Estados Unidos y México; norteamericanos unos, emigrantes haitianos los otros.

Desde hace mucho rato, quizá desde su mismo origen, todo lo que sucede con Haití es trágico. Siendo la primera nación caribeña que logró derrotar a sus colonizadores, en 1804, era plausible suponer que poco a poco sus nuevos gobernantes —exultantes esclavos liberados— irían poniendo las cosas en orden, ejerciendo su autonomía y caminando por la vía del progreso, esa vía que con muchísimas dificultades ha sido posible seguir con algo de coherencia por casi toda Latinoamérica. Sin embargo no fue así. Lo primero que hizo Jean-Jacques Dessalines, el proclamado emperador de Haití, fue ordenar el asesinato de los pocos civiles franceses, unos 4 000, que todavía quedaban en esa parte de la isla, quemar sus cultivos y destruirlo todo. Previsiblemente, de ahí en adelante las cosas fueron empeorando,por una mezcla de circunstancias que no serán objeto de análisis en este espacio, pero que han tenido siempre a la violencia más brutal como común denominador.

Pasa el tiempo y siguen sufriendo los haitianos. Desfilan emperadores, presidentes, dictadores, militares y nada cambia. De paso, la naturaleza hace lo suyo y termina de arrasar a un país que parece tocar fondo una y otra vez. Sus desesperados habitantes hacen lo que pueden, escapan de ahí, piden ayuda, pero nada resulta bien, o no del todo, y no se encuentran respuestas ni salidas. Los demás países les muestran recelo y prevención, nadie los quiere.

Me pregunto si todo este asunto hace parte de la infame lista de problemas que no tienen una solución, ni siquiera una medianamente aceptable, y si es necesario poner a prueba nuestras convicciones y enfrentarnos a un dilema moral en el que se deben esperar algunas ganancias, pero también no pocas pérdidas y concesiones. Probablemente los Estados Unidos tienen derecho a no dejarlos entrar a su país, aunque desde luego no a perseguirlos como animales desde una montura; y quizá los haitianos tienen derecho, en tanto seres humanos, a buscar refugio dónde puedan o les parezca mejor, aunque en ese empeño violen normas y leyes.¿Es este un ejemplo de los valores incompatibles que describía Isaiah Berlin?

Por más explicaciones que busquemos, lo que está pasando en el cruce fronterizo de Del Río, donde se tomaron las fotos que he mencionado, no puede dejar indiferente a ninguna persona que cuente con algo de razón. Es incorrecto e irritante. Uno sabe que debe hacerse algo, aunque no se sepa muy bien qué. Se podría empezar, eso sí, por tratarlos con más dignidad.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 23 de septiembre de 2021

35 años de cine

El pasado 8 de septiembre, la Cinemateca del Caribe cumplió 35 años. Que en nuestra ciudad sobreviva una institución de esa naturaleza, dedicada a promover la exhibición de películas que suelen evadir las carteleras comerciales y a propiciar foros y encuentros alrededor de la industria cinematográfica, es sin duda un motivo para celebrar. Por eso, es necesario llamar la atención sobre su labor, con el ánimo de recordar que su subsistencia es también un esfuerzo colectivo, que depende en buena parte de la comprensión de sus valiosos aportes a la cultura barranquillera.

Tengo claros los recuerdos de las primeras veces que pude asistir a las funciones de la Cinemateca, cuando tenía una sala de proyección en su sede del barrio Boston. Su programación resultaba muy llamativa y permitía descansar de la homogeneidad de la oferta local, tan limitada como previsible. En aquella época, todavía sin Netflix o Youtube, era muy complicado poder ver cualquier cosa que no viniese desde los grandes distribuidores. ¿Qué posibilidades podía tener un joven barranquillero de ver y repetirse, Karakter, un denso y cautivante drama holandés de mediados de los noventa? ¿O de permitirse la sorpresa de ver Corre, Lola, Corre, sin saber ni siquiera de qué se trataba? Sin la Cinemateca, ninguna.

En Barranquilla cuesta mucho mantener a flote las iniciativas culturales. Vemos, por ejemplo, cómo los museos tienen que enfrentarse a tremendas dificultades para subsistir, y acaso algunos terminen definitivamente por desaparecer, agonizando en medio de una indiferencia pasmosa. Igualmente, es muy escasa la oferta de bibliotecas, que, aunque va mejorando poco a poco durante los últimos años, sigue estando muy por debajo de los ideales para una ciudad que pretenda sustentar su crecimiento con un avance en la educación integral de sus ciudadanos. Las librerías también se cuentan con los dedos de las manos y se limitan a las grandes cadenas, con algunas, muy pocas, excepciones. Del teatro mejor no hablemos.

En este entorno difícil, la Cinemateca lo ha logrado. Hasta que la pandemia lo permitió, cumplía todos los días con su misión, respondiéndole a los aficionados al cine con una programación diversa y esmerada. Hace poco, además, renovó sus equipos y cuenta con un moderno proyector digital, manteniéndose al día en cuanto a los avances tecnológicos del medio. Si todo sale bien, durante las próximas semanas volverá a abrir su sala actual, en la sede Country de Combarranquilla, y continuará ofreciendo cine de calidad.

Valen entonces los agradecimientos a todos aquellos, personas e instituciones, que desde 1986 tuvieron el atrevimiento y el tesón de embarcarse en esta improbable aventura: no me alcanzaría el espacio de esta columna para nombrarlos. A su actual directora, María Fernanda Morales, quien ha tenido que capotear los duros tiempos de la pandemia, manteniéndose al frente con esperanza y convicción. Pero desde luego, nada de esto sería posible sin los espectadores, más de tres millones, que desde el primer día han pasado por las salas de la Cinemateca del Caribe y han permitido que este proyecto siga brindándole incontables horas de entretenimiento a todos los barranquilleros. Gracias a todos ellos.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 16 de septiembre de 2021

Crisis en el transporte público

En Colombia suele ser redundante hablar de crisis. Una rápida revisión a los titulares de prensa de cualquier mes, de cualquier año, revelará que todo, siempre, está sumido en algún tipo de crisis de la que nunca se sale. Al contrario, con el paso del tiempo se van agregando cosas a la lista. La salud, la educación y el orden público están graves desde el día uno; la confianza, la justicia y el medio ambiente son adiciones más o menos recientes. El lector puede sumar a esa limitada relación cualquier tema que le parezca, con seguridad acertará.

El transporte público, tan mencionado últimamente en Barranquilla, pertenece al grupo de las crisis eternas: empezó mal, está mal y probablemente continuará mal. Con la excepción de Medellín, de lejos la única ciudad que tiene una oferta de transporte relativamente decente, no hemos podido encontrar las claves que nos permitan movernos con dignidad. Por alguna razón los sistema de transporte público BRT (los «Transmilenios»), no han podido consolidarse, de tal forma que cuando tienen suficiente demanda no alcanza la oferta, o cuando hay una oferta razonable no se cumple la demanda. Mientras tanto, seguimos sometidos al martirio diario que supone desplazarse por nuestras ciudades, plagados de incomodidades e informalidad.

Lo que sucede con los buses urbanos es cuando menos curioso. Mientras a los BRT no les cuadran las cuentas, los transportadores tradicionales llevan toda la vida lucrándose significativamente del negocio. Eso no está mal, los negocios son para lucrarse y es una maravilla que las personas puedan recoger los frutos de su esfuerzo. Lo que no se entiende es por qué a unos les funciona y a otros no. Sabemos que los BRT deben cumplir con una serie de condiciones de servicio y atienden un sinfín de regulaciones y normas, además de estar bajo la constante vigilancia de los entes de control. En principio así debería ser, puesto que todo lo que se le exige a esos sistemas está pensado para el bienestar del usuario, que idealmente puede contar con que los buses estén en buenas condiciones, respeten horarios y ofrezcan algún estándar de confort. Es así con los conductores, quienes tienen contratos de trabajo cuya remuneración no depende directamente del número de pasajeros que movilizan y son protegidos por todo nuestro esquema de leyes laborales. En suma, los BRT son una evolución necesaria y un paso más en el camino correcto, siguiendo el ejemplo de otras sociedades que han logrado consolidar la movilidad de sus ciudades.

Entonces, ¿qué pasa? Puede especularse que quizá el obstáculo más grave que enfrentan los BRT sea la histórica falta de apoyo por parte de sus respectivas administraciones municipales. Ese apoyo no debe limitarse a constantes rescates financieros, como pasa aquí, sino fundarse en un serio compromiso a largo plazo, cuyo principal componente debe ser la unificación de los sistemas. Mientras los BRT compitan contra el transporte tradicional y las ofertas ilegales, no será posible su subsistencia. Lo asombroso es que nada de eso parece hacer parte de la agenda de una ciudad que quiere venderse con agresividad y ser atractiva para la inversión.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 9 de septiembre de 2021

Atrapar y soltar

Durante los últimos días se han multiplicado las noticias que dan cuenta de un aumento en el número y la frecuencia de los atracos en nuestra ciudad. El asunto es desde luego alarmante pero no necesariamente nuevo; desde que tengo memoria los crímenes en Barranquilla van creciendo, o al menos esa es la percepción general de las personas y un tema que acapara varias de las conversaciones. Nunca he escuchado a alguien decir «qué segura está la ciudad últimamente» ni nada por el estilo, los comentarios suelen ser contrarios y aterradores y cada quien parece tener una historia que ratifica el empeoramiento permanente.

Las causas que han propiciado este nuevo momento de zozobra, que no es el primero ni será el último, no pueden sorprender a nadie. Es más de lo mismo: falta de oportunidades para los jóvenes, fortalecimiento de las organizaciones criminales, descomposición social, desempleo, pérdida de valores morales, incapacidad estatal, permisividad, impunidad, y cualquier otro que el lector pueda imaginar.

Aunque no hay fórmulas establecidas para lograr mejorar este tipo de situaciones, puesto que cada sociedad tiene que arreglárselas con lo que tiene y hacer lo que pueda, se intuyen algunas acciones generales que suelen servir. Siempre se habla de soluciones de corto y largo plazo, superficiales o de fondo, y normalmente se adoptan las medidas más fáciles, las que tienen la posibilidad de entregar algún resultado que el gobernante de turno pueda mostrar como suyo. Normal, así funciona el mundo.

La más fácil de todas es aumentar el número de policías. Esto tiene todo el sentido, suponiendo que la presencia de la fuerza pública es un disuasor para los delincuentes, o al menos un fastidio más con el que tendrán que lidiar. Es de aplicación casi inmediata y suele funcionar por un breve periodo de tiempo, hasta que salen de circulación los policías que han reforzado la vigilancia, o los bandidos se adaptan e innovan en sus métodos. Como primer paso está bien, es una reacción necesaria que puede ahorrarnos malos momentos y salvar varias vidas, eso ya es una ganancia importante.

Lo malo es que, según parece, luego del esfuerzo y el riesgo, terminamos dejando libre al ladrón, incluso al asesino. Se ha vuelto costumbre leer que tal o cual personaje, acabando de cometer un delito, tenía igual varias anotaciones en su historial. Homicidio, porte ilegal de armas, hurto, lesiones mil cosas. Para el ciudadano común y corriente eso resulta incomprensible, verdaderamente terrorífico, porque así se comprueba que estamos compartiendo la cotidianidad con personas que en cualquier momento nos van a agredir violentamente. Para el agresor eso supondrá una anotación más, para la víctima, quizá el fin de su vida. Cuesta mucho comprender la lógica de ese sistema.

Quizá sea necesario que de eso se hable más. No puede ser que sigamos extendiendo el juego eterno de atrapar y soltar, cuando el bienestar de todos los ciudadanos está en juego. Conozco casos de ladrones que salen libres apenas unas horas después de ser atrapados, muertos de la risa. Mientras tanto, en una reacción casi simétrica, los demás quedamos muertos de miedo.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 2 de septiembre de 2021

Charlie Watts

El martes se murió Charlie Watts. Para quienes hemos seguido con algo de atención la trayectoria de los Rolling Stones, la noticia es tan triste como esperable: Watts tenía 80 años, era el mayor del grupo y lidiaba con algunos quebrantos de salud, exacerbados desde que sufrió un cáncer de garganta contra el que luchó, con altas y bajas, por más de 15 años. Sin embargo, este tipo de cosas superan las posibilidades de la razón, y por mucho que la lógica sea imbatible, la congoja no se puede evitar.

Es curioso. Cuando fallece un músico de ese nivel, uno que nos ha brindado incontables horas de entretenimiento y alegrías, se siente una versión muy extraña del luto. Si hubiese una forma de llevar la cuenta podría comprobar que, salvo contadas excepciones, Watts —con Jagger, Richards, Wood y varios más—, han estado presentes en mi vida con mayor consistencia que otras personas a las que tengo el agrado de conocer de «verdad». Estoy seguro de que la voz de David Gilmour, por ejemplo, se ha escuchado más veces en mi sala que la de parientes muy cercanos, todo gracias al milagro de la música grabada y de las posibilidades digitales. Los privilegios de esta época que tenemos la fortuna de vivir.

Charlie Watts era mi Stone favorito. Seguramente porque era una persona más bien introvertida, como yo, y no tenía esa personalidad explosiva que caracteriza a sus demás compañeros de grupo. Al contrario, de forma más bien apocada se sentaba detrás de un modesto kit de batería y hacía su trabajo, un trabajo espléndido y confiable, encargándose de llevarle el ritmo a la banda de rock más grande de la historia. Alejado de la parafernalia y acrobacias de otros grandes, como Peart o Bonham, quizá su mayor virtud era no notarse, un rasgo imprescindible para que los Stones no sucumbieran ante el ya gigantesco peso de los egos de sus líderes. Así lo reconoció Keith Richards en sus memorias, afirmando que Charlie era la esencia de todo. Tanto, que para lograr contratarlo durante los primeros días de la banda, todos los demás miembros tuvieron que hacer significativos esfuerzos financieros, «pasando hambre con tal de poder pagarle». Probablemente ya intuían que Watts era el pivote sobre el que sería posible que los demás desplegaran su talento.

Tuve la fortuna de verlo en el concierto que brindaron los Stones en Bogotá, en lo que fue, y será, la única visita del grupo a nuestro país. Me queda esa satisfacción, esa tarea tachada de la lista de las cosas que tenía que hacer mientras me acompañen la vida y la salud. Habrá que ver qué hace ahora el grupo con la gira que tienen preparada para octubre de este año, que de todas maneras no iba a empezar con Watts. Una manera de rendirle homenaje sería continuar con lo programado, pero el vacío va a ser enorme, ineludible. No se puede descartar que, finalmente, los Stones terminen su carrera. Ya no nos acompañan Cohen, Bowie, Cash, Reed, Petty, Squire, Wright y una legión de genios que han dejado una obra inigualable. La buena música se va extinguiendo, o mutando hacia variaciones inexplicables que superan mi capacidad de comprensión. Poco a poco se irán todos. Esto va quedando muy desolado.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 26 de agosto de 2021

Los atajos

En el acto que dictó la condena del ex magistrado Gustavo Malo, la Corte Suprema de Justicia invitó a los colombianos a «abandonar los atajos para alcanzar cada propósito», refiriéndose a las manifestaciones de corrupción que lamentablemente nos resultan tan comunes. Aunque es un mensaje ya trillado, la insistencia está justificada y habrá que repetirlo todas las veces que sea posible. A pesar del evidente daño que ese tipo de comportamientos nos ha causado, todavía tenemos que terminar de convencernos de que en la persistente costumbre de buscar atajos para todo lo que hacemos, sin detenernos a pensar en las consecuencias, está el origen de muchas de las cosas malas que suceden en este país.

Solemos culpar a los demás de casi todo lo que nos pasa, especialmente al gobierno de turno. Al parecer muchos creen que basta con que lleguen unos determinados funcionarios a ciertos puestos para que todo empiece a marchar sobre ruedas, como si el problema fuera únicamente ese y no el complejo, diverso e imperfecto conjunto de personas que componen cada sociedad. Aferrados a la idea de que el Estado debe encargarse de todo, aunque en Latinoamérica llevamos siglos demostrando que no puede, resulta más cómoda la posición que cede la responsabilidad, asumiendo así una taimada inocencia ante el extenso prontuario de asuntos que reclaman corrección. Ciertamente es más fácil repartir culpas que reconocerse parte activa del embrollo.

Por eso es tan importante el mensaje de la Corte, porque creo que desde las acciones cotidianas, por muy triviales que parezcan, se comienza a engendrar la semilla que termina por dar los frutos que ya conocemos, esos que no permiten que el país vaya mejor.

Observen con cuidado lo que pasa a nuestro alrededor, hay mil cosas que podrían funcionar bien sin que el Estado tenga que intervenir. Utilizaré un procedimiento sencillo como ejemplo: las filas de vehículos para entrar a algunos colegios o jardines infantiles. Generalmente lo único que se requiere es algo de sentido común y decencia, además de atender las instrucciones que esas instituciones suelen difundir. Pero no. Hace poco pude ver cómo algunos padres de familia hacen lo que les viene en gana, obstaculizan intersecciones y salidas de garajes, se disponen en doble fila, intentan colarse o terminan parqueando donde sea para bajarse y dejar a sus hijos en la puerta; haciendo todo lo contrario a lo que se les indicó. Al final, lo sencillo termina complicándose, y no es raro que aquellos que intentan cumplir con las normas terminen llevando la peor parte y sintiéndose como tontos, con el consecuente estímulo para abandonar las buenas costumbres y entregarse al desorden reinante.

Desde luego, lo que he descrito no se compara con un desfalco o una estafa —y ciertamente supone muchísimo menos daño— pero de todas maneras hace parte del mismo problema e ilustra la ubicuidad del hábito: la preferencia por el atajo indebido está en todas las escalas posibles. Mientras no logremos ese mínimo acuerdo, al menos seguir voluntariamente las normas de convivencia, va a ser muy difícil todo lo demás. ¿Debemos resignarnos entonces a seguir, como en el tango, revolcados en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos? Yo espero que no.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 19 de agosto de 2021

Las responsabilidades del fútbol

En octubre de 2019, motivado por las violentas protestas que se estaban desarrollando, expuse en este espacio que si no era posible protestar sin destruir y sin poner en peligro a medio mundo, era mejor replantearse el método. Me refería a la responsabilidad indirecta que le correspondía a quienes organizaban esas manifestaciones, abriendo con esa invitación la posibilidad de encontrar otras maneras de expresar las inconformidades, de tal forma que no trajesen consigo tanto peligro y zozobra.

Recordé esa postura luego de leer las noticias que dieron cuenta de los violentos sucesos acontecidos en medio de un partido de fútbol celebrado en Bogotá. Hinchas de Santa Fe y Nacional se trabaron en un desproporcionado enfrentamiento que empañó significativamente lo que debió ser una ocasión festiva: el regreso de los espectadores a los estadios tras las medidas preventivas ocasionadas por la pandemia. Desconcertantes imágenes revelaban salvajes agresiones en medio de la tribuna, invasión a la cancha de juego, familias corriendo despavoridas y un desorden que no se compadecía con el momento. Todo eso resultó decepcionante. Pero la cereza del pastel vino luego del apaciguamiento, cuando una hora después, como si nada hubiese pasado, ignorando a los lesionados y el mal rato, el partido se reanudó. Una torpeza inexcusable que vale la pena resaltar.

Los clubes de fútbol suelen quedarse al margen de estos hechos, o se lavan las manos con excesiva rapidez, una actitud indolente con los aficionados, quienes al fin y al cabo se supone que son su razón de ser. Sin ellos el negocio del fútbol no existiría, por eso merecen más respeto y consideración, más atención. Entonces no basta con anunciar planes que no se cumplen o culpar a las autoridades, o expresar que esos comportamientos tan violentos y destructivos son excepcionales; se reclama más decisión y responsabilidad. La condescendencia con las barras «bravas» —cuya denominación es intrigante (¿por qué tanta bravura?)— es de absoluta potestad de los clubes, quienes podrían censurarlas por un buen tiempo, sin necesidad de explicar mayor cosa. Que no entren más a los estadios: creo que todos preferiríamos un partido en silencio que un partido con heridos o con muertos. También puede ser interesante que ante hechos tan vergonzosos como los que he mencionado, ambos equipos pierdan los puntos en disputa, que nadie gane, que los clubes se jueguen el pellejo ante los actos violentos de sus seguidores. Quizá con medidas así, proponiendo consecuencias directas que conlleven pérdidas económicas, se espabilan los dirigentes.

Es lamentable que en El Campín tenga que disponerse de una «tribuna familiar», suponiendo que deben resguardarse a las familias del resto de los asistentes, entendiéndolos como bárbaros sin control. Si estuviese en mis manos, todas las tribunas de todos los estadios serían familiares, ya basta de tanta tontería por un «trapo» o un color, tanta virulencia inútil y riesgo evitable. Y si definitivamente no somos capaces de ver un partido en paz, pues que se acaben los partidos o los vemos todos por televisión. Como dije, ante el fracaso, hay que replantearse el método.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 12 de agosto de 2021

Más prudencia

Un candidato presidencial le mandó un trino a sus seguidores, refiriéndose a la efectividad de las vacunas para contrarrestar la variante delta del coronavirus. Escribió lo siguiente: «las vacunas no sirven para el virus covid-delta, según las primeras investigaciones». Ante la imprecisión de lo dicho, Twitter le impuso un aviso a la publicación catalogándola como «engañosa», de tal forma que no se pudiese compartir, ni comentar, ni darle «me gusta». Algo es algo, pero ya el daño estaba hecho. Si bien algunos entienden las disputas políticas como una batalla —y en especial la carrera hacia la presidencia— en nuestro país resulta cuando menos irresponsable acudir a la premisa de la justificación de los medios para el fin, o suponer que en una guerra todo se puede. Porque no, no todo vale, no todo se puede, y hay que tener más prudencia.

No pretendo, de ninguna manera, atacar directamente al autor del trino. Él puede insistir en sus métodos para ganar adeptos y los colombianos son libres de decidir si tales formas son de su agrado. Es una prerrogativa que por fortuna tenemos. Sin embargo, es oportuno señalar que se espera algo más de precaución por parte de quienes tienen tanta audiencia, dado que cualquier afirmación puede ser un detonante de reacciones que generan impactos indeseados. Por eso es tan relevante lo que dijo sobre las vacunas, porque en estos momentos no es aceptable que se ponga en duda su conveniencia, o su efectividad, o que directa o indirectamente se desanime su aplicación. Quien no se vacuna no sólo se pone en riesgo a sí mismo, sino que afecta a los demás.

Cuando esta pandemia empezaba, cuando las incertidumbres eran mayores y había un enorme espacio para la especulación y la temeridad, advertí en esta columna que había que tener cuidado con aquellos políticos o dirigentes que en lugar de llamar a una necesaria comunión entre los colombianos, siguieran avivando los sentimientos divisorios. Quienes persistieran en ese empeño, desde cualquier lado del espectro ideológico, revelarían que no son capaces de entender que estos no son tiempos para cálculos electorales, o que al menos habría que moderarlos.

Nadie está libre de errores. Una afirmación así sobre la efectividad de las vacunas, con tanta capacidad de daño, reclama una poderosa retractación e incluso una disculpa equivalente; pero sincera y directa, sin notas al margen. Si ese fuese el caso se podría pasar la página, olvidar algunas aristas del asunto y seguir. Necesitamos mensajes más conciliadores. Ojalá eso suceda pronto, por el bien de todos.

Mientras tanto, vale la pena recordar unas palabras de uno de los líderes indispensables del siglo pasado, Winston Churchill, quien pocos días antes de su nombramiento como primer ministro en 1940, dijo lo siguiente ante el parlamento inglés: «Que mueran todas las enemistades de antes de la guerra, olvidemos nuestras disputas personales y vamos a concentrarnos en el enemigo común. Que se ignoren los intereses de los partidos, que se aprovechen todas nuestras energías, que toda la capacidad y las fuerzas de la nación se lancen a la lucha». Aunque ya tarde, sería muy buena idea acoger esa recomendación.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 5 de agosto de 2021

Cocrea en Barranquilla

El pasado martes tuve la oportunidad de asistir a un encuentro de socialización de seis proyectos con énfasis patrimonial, escogidos luego de la última convocatoria de Cocrea. Se trata de una iniciativa que pretende encontrar donantes o inversores que puedan apalancar con recursos este tipo de propuestas, nacidas desde las administraciones públicas, y que son aprobadas por Cocrea, una corporación mixta sin ánimo de lucro que está encargada por el Ministerio de Cultura para la implementación de los incentivos tributarios relacionados con los proyectos de interés cultural y creativo. La reunión se llevó a cabo en el auditorio del nuevo edificio de la Escuela Distrital de Artes, la denominada Fábrica de Cultura, ubicada en el corazón del Barrio Abajo. Contó con la presencia de la directora de la Corporación, la secretaria de Cultura y Patrimonio del Distrito, el secretario de Desarrollo Económico, varios dirigentes gremiales y representantes de las universidades de la ciudad.

Aunque todos los proyectos presentados son de interés, vale la pena destacar tres de ellos, estrechamente relacionados con la preservación del patrimonio material de Barranquilla. Quizá el más llamativo es el proyecto de restauración del mural Tierra, mar, aire; una obra de Alejandro Obregón que poco a poco se está deteriorando y que está ubicada en el edificio Mezrahi, sobre la Carrera 53. Por su valor artístico e histórico, este mural podría ser la obra de arte público más importante de nuestra ciudad.

También resulta muy interesante el proyecto de restauración del cañón rojo y de los buzones del correo aéreo, en el sector del Paseo Bolívar. Para muchas personas Barranquilla no tiene mayores referentes patrimoniales —una condición sugerida por su juventud— debido a eso, el rescate de estos elementos podría impulsar una exploración más histórica de nuestro entorno. Por último, una de las propuestas más ambiciosas, por su valor, es la actualización del plan especial de manejo y protección del centro histórico. Un instrumento de planeación que resulta indispensable para la conservación de este espacio urbano, tan valioso como deteriorado, y tan necesitado de apoyo, seguimiento y control.

Aquellas personas naturales o jurídicas que decidan aportar a cualquiera de los seis proyectos, tendrán como beneficio fundamental la posibilidad de una deducción del 165% de lo invertido o donado relacionada con el impuesto de renta, una alternativa que puede ser atractiva sobre todo para las grandes empresas. Pero además, podrán hacer uso de la buena imagen que supone haber hecho un aporte al desarrollo de un determinado proyecto, lo cual incluso puede hacer parte de una estrategia de publicidad o de visibilidad empresarial.

Sin embargo, en mi opinión lo más importante es que con este mecanismo se pueden invertir unos recursos específicos en un proyecto de interés, de manera que en lugar de entregar parte de los impuestos para que el Estado los utilice como quiera, se dirigen de manera clara y transparente.

Muchas veces nos hemos molestado porque como ciudadanos sentimos que nuestros impuestos terminan siendo despilfarrados o utilizados en asuntos que no nos parecen relevantes. Esta es una buena oportunidad para mejorar parcialmente esa agobiante sensación.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 29 de julio de 2021

Pegasus y la privacidad

La noticia no parece tener demasiado despliegue, más allá de la divulgación que ofrece el poderoso consorcio de medios encargado de promocionarla, que incluye a The Guardian y a The Washington Post. Se trata de un reporte sobre el grupo NSO, una compañía que produce y vende avanzadas tecnologías de espionaje cibernético a instituciones gubernamentales. En su contenido se advierte sobre el software Pegasus, de extraordinario poder y sofisticación, que permite intervenir cualquier celular sin que sea necesario que la víctima tenga que hacer clic ni visitar alguna página, o interactuar de alguna manera. Una vez instalado, Pegasus domina el aparato y puede leer mensajes, escuchar conversaciones, ver correos, prender la cámara o el micrófono; todo esto sin que el usuario se entere, o tan siquiera lo sospeche. No es una advertencia especialmente nueva, se viene hablando de NSO desde el 2016, pero en todo caso vuelve a llamar la atención sobre uno de los bienes más preciados y amenazados de esta era tan interconectada: la privacidad.

Hay revuelo porque se supone que Pegasus ha intervenido miles de teléfonos, entre los cuales destacan varios políticos y activistas de más de treinta países. Como decían en las películas, es un gran poder que puede causar mucho daño si cae en las manos equivocadas. Y como suele pasar, seguramente terminará en las manos equivocadas. Por eso, es tan importante resaltar la gravedad de este asunto aunque ninguno de nosotros pueda realmente hacer algo, salvo prevenciones arcaicas que de todas maneras son insuficientes y quizá inútiles. Ni siquiera abandonar el celular y volver a 1980, algo de todas maneras insensato, nos podría poner a salvo; hoy por hoy siempre tenemos un celular cerca, querámoslo o no.

Subestimamos la privacidad. No me refiero a lo obvio, al cuidado que se le pide a los Gobiernos para proteger información vital o sensible, o al recelo necesario que implementan algunas organizaciones privadas para el resguardo de sus decisiones fundamentales. Me refiero al entorno personal, a aquellas cosas que hacemos o decimos cotidianamente, que creemos que carecen de relevancia, pero que de conocerse podrían producir grandes problemas. La expresión «quien nada debe, nada teme» no puede darse por hecho, creo que ante un escenario de exposición permanente, todos debemos temer.

Imagínense que todas nuestras conversaciones, en persona o por teléfono, formales o no, pudiesen quedar grabadas, o que siempre tuviésemos encima una cámara con la facultad de registrar lo que sucede tras las puertas cerradas. Creo que sería el fin de la civilización tal y como la conocemos. No exagero. El secreto es necesario y permite la convivencia, no todo se debe saber, no todas las opiniones deben ser públicas, no todos los chistes se deben oír.

El panorama no es muy alentador. Las tecnologías de espionaje seguirán perfeccionándose y no veo ninguna posibilidad que le permita protegerse al ciudadano común y corriente. Noticias como las de Pegasus se repetirán en el futuro inmediato. Habrá que aprender a vivir sin privacidad, y que Dios nos coja confesados.

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Publicado en El Heraldo el jueves 22 de julio de 2021

La estatua

Apaciguados los ánimos, derribada de su pedestal, perdida su cabeza desmembrada y ya puestas a salvo sus ruinas, valen la pena unas palabras sobre el ataque a la estatua de Cristóbal Colón en Barranquilla.

La destrucción intencional de estatuas no es algo nuevo. La glorificación en piedra o metal de personas, dioses o ideas nos acompaña desde que el mundo es mundo. Sabemos, por las inscripciones en algunas estatuas asirias que advertían de terribles maldiciones a quienes las destruyeran, que tumbarlas con propósito ya era un tema hace tres mil años. La lista es larga e imposible. La columna napoleónica de la plaza Vendôme, uno de los símbolos de París, fue demolida rabiosamente durante la Comuna de 1871. Después la reconstruyeron. El gigantesco monumento a Stalin en Praga necesitó 800 kilos de explosivos para pulverizarlo, apenas siete años después de su develación. La estatua de Saddam Hussein cayó luego de la pírrica victoria norteamericana en la guerra contra el dictador, constituyéndose en uno de los actos más simbólicos de aquel conflicto. Militantes de ISIS se encargaron de dañar joyas del patrimonio de la humanidad con martillos y taladros neumáticos. A mediados del año pasado, varias estatuas de Cristóbal Colón en Estados Unidos fueron vandalizadas como parte de la reacción suscitada luego de la muerte de George Floyd, que sembró desórdenes en casi todo ese país. Hasta que nos tocó. Hace unas tres semanas nuestro Colón corrió la misma suerte de sus equivalentes gringos y terminó víctima de los coletazos de esa tendencia.

La estatua que fue atacada frente a la iglesia del Carmen nos había acompañado por más de cien años. Donada por la colonia italiana, en principio estuvo en el espacio público más representativo de nuestra ciudad, el antiguo Paseo Colón, al que dio su nombre hasta que se instaló la efigie que rinde homenaje a Simón Bolívar. Llevaba ya varias décadas en el sitio donde encontró su suerte final, tranquila y sin mayores protagonismos: ese pequeño parque no hacía parte ya de las postales barranquilleras.

Y sin embargo, fue descabezada.

Desde luego, el conocimiento del pasado es relevante para comprender los fenómenos que nos han forjado. Pero encuentro inútil fijarse en pretendidas reivindicaciones que el tiempo igual se encarga de matizar. El descubrimiento de América que seguimos reclamándole a Colón, lo repito por si acaso, ocurrió hace 500 años. Nuestra independencia cuenta dos siglos. Hemos tenido tiempo suficiente para organizarnos de la manera que nos pareciera, de tal forma que cualquier inconveniente, y hay varios, es nuestra entera responsabilidad. Nuestra, no de los conquistadores, a quienes vencimos hace rato. Parece que se nos olvidó que esa guerra la ganamos.

Es paradójico. A los colombianos nos pidieron perdón y olvido para superar nuestras peleas internas. Firmamos un acuerdo de paz con una guerrilla en el que esa condición era ineludible, aunque las heridas de esas disputas están todavía muy frescas. Se reclama que no seamos capaces de pasar la página. Pero, aparentemente, nos parece válido revivir y celebrar rencores de hace siglos. ¿Cómo pretendemos avanzar así?

Fotografía tomada de https://www.pexels.com

Publicado en El Heraldo el jueves 15 de julio de 2021

NIMBY

En los años ochenta se acuñó en los Estados Unidos la expresión not in my backyard —NIMBY— que puede traducirse en español como «en mi patio no». El acrónimo fue utilizado para describir una situación en la que una determinada comunidad se opone al desarrollo de un proyecto de infraestructura, no porque esté en contra de su implementación per se, sino porque se va a ejecutar en su entorno cercano.

Lo vemos frecuentemente. Por ejemplo, cualquiera de nosotros prefiere tener una buena señal de celular, pero ninguno quiere tener cerca esas molestas y a veces intimidatorias antenas; o estamos de acuerdo con que se amplíe y mejore la cobertura eléctrica, pero siempre y cuando las subestaciones y las horribles torres de conducción estén alejadas de nuestros vecindarios.

Son situaciones muy difíciles de manejar, dado que en algunas circunstancias los reclamos tienen validez y efectivamente ciertas intervenciones pueden transformar la naturaleza de los lugares. Aeropuertos, hospitales, centros comerciales, carreteras, ese tipo de desarrollos traen consigo dinámicas urbanas que no siempre son predecibles. No es que esas nuevas dinámicas se deban catalogar como buenas o malas, eso dependerá de las circunstancias particulares de cada caso y de cada quien, pero sin duda generan choques y resistencia. Lo que beneficia a unos puede afectar a otros.

En un sector de Villa Campestre está pasando algo así. Desde hace años, buena parte de los habitantes de esa urbanización han venido manifestándose en contra del proyecto de la nueva circunvalar. Por supuesto, esa carretera les cambiará el entorno inmediato, pero también es cierto que facilitará la conectividad para muchas más personas, bienes y servicios, ofreciendo nuevas posibilidades de progreso para varias zonas de nuestro departamento. En este caso la incomodidad y el trastorno les tocó a ellos, y eso es algo que en la evolución de las ciudades siempre puede suceder.

Una ciudad no es nunca un proyecto terminado. Todo cambia, fluye de acuerdo al mercado, a las nuevas tecnologías y a los fenómenos económicos. Pero esas incertidumbres se compensan con lo que las urbes ofrecen: cercanía de servicios, convivencia, relaciones sociales y oportunidades de trabajo; por eso es tan difícil obtener el equilibrio entre la relativa tranquilidad y la conveniencia. En la mayoría de los casos tenemos que escoger y balancear ambas posibilidades y sus variaciones, es parte del precio que se paga por vivir en aglomeraciones urbanas.

Lo que no puede suceder, es que los proyectos de infraestructura afecten de forma desmedida la cotidianidad de los vecinos. En ese sentido, son inaceptables los impactos que están sufriendo las personas que residen en Villa Campestre, casi todos evitables desde el punto de vista del desarrollo de las obras y de su alcance. No es posible que después de todo este esfuerzo, queden algunas vías peor que antes. Una cosa es que el barrio viva las transformaciones derivadas de la intervención, otra es que innecesariamente se deteriore su calidad de vida. Es imperioso que las autoridades actúen para defender a los ciudadanos que están siendo vulnerados más allá de lo razonable.

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Publicado en El Heraldo el jueves 1 de julio de 2021

Agradecimientos

El sábado pasado acompañé a una persona muy cercana a la cita de su vacuna contra la covid-19. El proceso fluyó bien, fue previsible y no tomó más de dos horas, algo que es inusual dentro del desorden que nos caracteriza. Aunque ya había escuchado comentarios positivos sobre la experiencia, fue conmovedor estar ahí para ver cómo se concretaba de manera particular el esfuerzo que ha supuesto administrar al menos una dosis de la vacuna casi tres mil millones de personas en todo el mundo. No sé si la historia tenga memoria de un logro colectivo de tal alcance, ejecutado en un tiempo tan corto y con esa escala. Me atrevo a decir que este es uno de los grandes momentos de la humanidad, una razón poderosa para consentir el optimismo.

En ocasiones, se dan ciertas cosas por sentadas. Sin embargo, mientras esperaba en la cola para la vacuna, empecé a considerar todo lo que tuvo que pasar para que los viales de ese compuesto químico llegaran al estacionamiento de un centro comercial al norte de Barranquilla.

Cuando el coronavirus despertó las primeras alarmas significativas, en marzo del año pasado, no teníamos claro lo que se venía. Especulábamos sobre la naturaleza del virus, su veracidad, su gravedad, las responsabilidades de China: la perplejidad dominaba las conversaciones. Seguro que en aquel momento, mientras nos hacíamos tantas preguntas, científicos anónimos empezaron a trabajar de inmediato para descifrarlas. Y así fue. Desde desconocidos laboratorios empezaron a llegar las diversas respuestas, los asomos de la solución. Hasta que en noviembre, apenas unos meses después de la proclamación de la pandemia, se anunció con esperanza que Pfizer y BioNTech había desarrollado una vacuna que daba resultados positivos en los ensayos. De ahí en adelante, las buenas noticias continuaron a un ritmo sin precedentes.

De cero a tres mil millones en 18 meses. Insisto, parece una cifra más, pero recoge los portentosos avances que hemos logrado. Fuera de los laboratorios, las vacunas requieren una logística complicada. Ahí están los aviones, transportando los contenedores refrigerados que permiten tener temperaturas imposibles en el trópico, los camiones, las neveras, las cajas, toda la cadena que incluye los suministros de agujas, el vidrio de los viales, y quién sabe cuántas cosas más que permiten beneficiarnos del progreso. Porque esos avances, de los cuales hemos sido ajenos (no inventamos ni los aviones, ni las neveras, ni las vacunas, ni nada de eso), nos llegan igual.

Vale la pena, entonces, el agradecimiento. Esa actitud que parece tan desprestigiada hoy, cuando nos creemos merecedores de todo cuanto se nos ocurre exigir. Y también algo de humildad. Porque a pesar de todo, siempre vamos a requerir del esfuerzo y del trabajo usualmente anónimo de los demás para poder sobrevivir.

Gracias a todos los que han trabajado por sacarnos de este lío. A los laboratorios, a las empresas de transporte, al personal médico, al Gobierno, a las autoridades locales, a todos aquellos que han hecho posible que en un estacionamiento de un centro comercial al norte de Barranquilla, se estén aplicando diariamente varias dosis de la vacuna. Gracias, mil gracias.

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Publicado en El Heraldo el jueves 24 de junio de 2021

Los números no mienten

Smil señala que uno de los mejores indicadores para establecer la calidad de vida de una sociedad es la tasa de mortalidad infantil.

Vaclav Smil es un profesor emérito de la Universidad de Manitoba. Aunque ha escrito más de cuarenta libros y ha sido mencionado con elogios por Bill Gates y Steven Pinker, su obra todavía es poco conocida en nuestra región. Uno de sus últimos libros da título a esta columna, una afirmación que encuentro necesaria para navegar en esta época tan frenética como confusa, en la que se necesitan asideros confiables que nos permitan mantener la sensatez y protegernos del descontrolado torrente de información que amenaza con destruirnos.

En sus páginas Smil aborda muchos temas, fundamentando sus textos con referencias estadísticas publicadas por reconocidas instituciones o consignadas en artículos científicos. Son más de setenta reflexiones, cortas y precisas, sobre las tasas de crecimiento poblacional, la calidad de vida y los indicadores de bienestar, los avances tecnológicos, la evolución de los usos de la energía y los combustibles, el transporte y el medio ambiente. Su lectura nos entrega un panorama razonable del estado de las cosas, liberado de sesgos políticos y pretensiones apocalípticas, nutrido de datos y concisas explicaciones. Quién lo diría, las ecuaciones y los números parecen ofrecer más alivio que los discursos.

Pandemia aparte, reconocer que el mundo está mejorando a pasos acelerados, en casi todos los aspectos, no siempre encaja bien. La aproximación objetiva a los hechos se nubla ante las interpretaciones que prefieren un escenario de inminente debacle, el caldo de cultivo del político oportunista a quien no le sirve que nada funcione si no ha sido propiciado por él o por sus aliados. Sin embargo, aunque quedan muchas cosas por mejorar, la realidad contradice al pesimista y se aleja del relato negativo. Veamos un ejemplo:

Smil señala que uno de los mejores indicadores para establecer la calidad de vida de una sociedad es la tasa de mortalidad infantil, es decir el número de niños que mueren antes de cumplir el primer año de vida por cada 1000 nacimientos. Para que esa tasa mejore se necesitan varias variables: un buen servicio de salud, cuidado prenatal y del bebé prematuro, buena nutrición de la madre y el bebé, y condiciones sanitarias adecuadas. Para tal efecto, es una medida más precisa que el PIB per cápita.

Según ese indicador, en lo que va del siglo el nivel de vida de casi todos los países ha mejorado notablemente. El mundo ha pasado de una tasa de 53 fallecimientos a una de 28, una mejora del 47% en apenas 19 años. En nuestro país también hemos avanzado, pasando de una tasa de 21 a una de 12, una mejora del 42%. Es un logro notable. Países con problemáticas terribles, especialmente en África, aunque muy rezagados todavía, siguen una tendencia positiva. Somalia y Sierra Leona han mejorado sus estándares en un 28% y 42%, respectivamente. Uno de los pocos países que han experimentado deterioro es Venezuela. El país vecino ha retrocedido en un 16%, llegando incluso a niveles que habían superado desde 1996, un caso sorprendente que merecería mayores análisis.

Los números no mienten, nos muestran la realidad tal como es, para que la interpretemos de la mejor manera posible. Por eso son tan valiosos los aportes de autores como Vaclav Smil, ojalá los lectores se animen a explorarlo.

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Publicado en El Heraldo el jueves 17 de junio de 2021

La pobreza política

Si realmente hay una preocupación por avanzar debemos bajarle al ruido, subirle al diálogo, y buscar escenarios de confianza colectiva.

Con independencia del resultado definitivo, que está todavía enredado mientras escribo estas líneas, las elecciones presidenciales del Perú dejan un sinsabor general. Esa sensación no está únicamente motivada por los inconvenientes de las posturas políticas que representan Castillo y Fujimori, que son varios, sino también por las bajas cualidades de los candidatos que las encarnan y por las pobres aspiraciones de los electores, que por supuesto también han tenido que ver con el desmejoramiento. Algo ha salido mal.

Salvo el desastre del narcotráfico y la persistencia de movimientos guerrilleros, una característica que en Latinoamérica solo es comparable con lo que sucede en México, al revisar la prensa peruana no sorprende que las explicaciones señalen situaciones similares a las nuestras. Rechazo al establecimiento, a las instituciones, al centralismo (que en Perú es más notable que aquí), inconformidades con la desigualdad y la corrupción, además de las secuelas de la pandemia, que previsiblemente fue mal manejada. Todo ello abonó el camino de la polarización en ese país, lo mismo que ha pasado con varios de los procesos electorales durante los últimos tiempos, no sólo en nuestro continente, sino incluso en Estados Unidos, España y el Reino Unido. Tal parece que ante malestares coincidentes y con el intenso voceo de las redes sociales, la respuesta inmediata es arrimarse irreflexivamente a algún extremo para salvaguardarse del otro, sin que importen mucho las consecuencias. Lo deseado es que los demás pierdan, que lo pasen mal, como si la justicia, o su interpretación, dependiera del aniquilamiento del que no está de acuerdo con ciertos dogmas. Seguimos acelerando con euforia y arengas hacia pírricas victorias, anhelando que el capitán de la nave sea de nuestro color aunque naufraguemos en el proceso: lo que entusiasma es la derrota del rival, no el bienestar de todos.

La política está perdiendo relevancia. De nada sirven los argumentos y las propuestas bien planteadas cuando no se quieren entender, cuando la rabia, el desprecio y la frustración le ganan a la lógica y se prefiere al que más grite. Posiblemente por eso no nos libramos de personajes como Trump, Bolsonaro, Johnson, Chávez, Ortega y López Obrador, incapaces de comprender los matices y sordos a las notas que les fastidian. Entonces, ¿Cómo enfrentarse a los perros que ladran cuando la multitud los aplaude y apoya? ¿Qué motivación puede tener el que prefiere la razón y los datos, frente al delirio de las masas?

Los políticos que dejaron de escuchar lo que no les convenía, son los grandes responsables de lo que está pasando. Por años se acomodaron dentro de sus maquinarias y abandonaron el esfuerzo, mientras el malestar crecía desatendido, listo para ser aprovechado por cualquier oportunista. Bastaba con prestar un poco más de atención. Así vamos, decidiendo entre opciones desaconsejables, con el mal menor como guía de supervivencia y la venganza a flor de piel. Si realmente hay una preocupación por avanzar debemos bajarle al ruido, subirle al diálogo, y sobre todo, buscar incesantemente escenarios de confianza colectiva lo antes posible.

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Publicado en El Heraldo el jueves 10 de junio de 2021

El valor de las ciudades

La pandemia ha puesto más luces sobre lo necesarias que son las buenas prácticas relacionadas con el urbanismo.

A pesar de sus problemas de salubridad, atascos de tráfico, contaminación, islas térmicas, inseguridad y cualquier otro que se nos ocurra, nada ha impulsado tanto el desarrollo de la humanidad como las ciudades. Desde las aglomeraciones en Mesopotamia hace nueve milenios hasta las sofisticadas urbes de nuestros días, las ciudades surgen como una respuesta espontánea a las ventajas de la proximidad y la cooperación entre las personas, facilitando los intercambios comerciales, la defensa, el refugio y casi todas nuestras interacciones con la naturaleza. Son, quizá, el invento más notable de la especie.

Las dificultades motivadas por el virus que nos asola desde hace más de un año, han minado la fe en la vida urbana. Atendiendo esas reacciones, no pocos han vaticinado cambios importantes para las ciudades, llegando incluso a dictaminar su imperiosa reinvención —esa palabreja de la que tanto se ha abusado en estos tiempos— como si no fuesen conjuntos que sufren alteraciones y adaptaciones constantes, tan vivos como sus habitantes y siempre inacabados. Salvo tragedias mayúsculas, una ciudad nunca se da por terminada. Quizá por eso, la mayoría de los escenarios probables para después de la pandemia anticipan fenómenos que en cualquier caso ya estaban siendo ensayados por varios ayuntamientos. París y Bilbao nos dan dos buenos ejemplos.

Hace poco, por la magia de los algoritmos, obtuvo alguna difusión la idea de la «ciudad de los 15 minutos» que impulsa Anne Hidalgo en París. Observé que para muchos esa iniciativa era la consecuencia de los aburridos confinamientos, viendo una relación causa-efecto que no admitía discusión. Lo cierto es que París venía hace rato experimentando con intervenciones prácticas en el espacio público (recordemos las playas del Sena), que poco a poco seguían animando la vida de la capital francesa. De hecho, algunos recordaron con razón que eso de los 15 minutos que se estaba proponiendo no era nada diferente a los barrios de toda la vida. Ninguna ciudad seria se estanca, menos una tan emblemática que seguro recordará lo bueno que resultan las transformaciones, especialmente cuando los atrevimientos de Haussmann todavía le dan su imagen distintiva.

En Bilbao no se pueden superar los 30 kilómetros por hora en ninguna calle, una condición que le significó un premio de la Unión Europea en abril de este año. La idea no se cocinó con las cuarentenas, venía siendo implementada desde el 2018, cuando casi el 90 % de la ciudad debía ajustarse a ese límite. Con la imposición de una velocidad tan moderada, la convivencia entre los diferentes medios de transporte se hace mucho más amigable y segura. Así lo han comprobado diferentes estudios, que al menos desde 1995, revisan el caso de Graz (Austria), señalando reducciones de hasta un 25% en los accidentes graves.

Entonces, nada nuevo. Eso sí, la pandemia ha puesto más luces sobre lo necesarias que son las buenas prácticas relacionadas con el urbanismo. Ojalá la preocupación por la calidad de la vida en las ciudades supere la resaca previsible, y que no necesitemos un acontecimiento tan traumático para volver a valorar nuestros espacios compartidos.

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Publicado en El Heraldo el jueves 3 de junio de 2021

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