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No trivializar

Antes de desarrollar el tema que me ocupa aclaro, para los que no lo saben, que estoy vinculado laboralmente con una universidad. Precisamente por eso me atrevo a escribir sobre este asunto, dado que lo vivo diariamente y me interesa. Cada lector podrá juzgar si mi opinión se ve minada por ello.

Hace poco escuché a un niño de unos seis años decirle a su padre que de mayor quería ser «youtuber». Me pareció muy curioso que esa fuese la aspiración de aquel niño, desplazando roles más tradicionales y probados; una señal, sin duda, de las transformaciones que estamos viviendo. Sin embargo, luego asocié esa anécdota con una tendencia que he notado últimamente, una que menosprecia la labor de las universidades. Se alega que en el entorno actual no son necesarias para poder triunfar —vaya uno a saber qué significa exactamente eso—, entendiéndolas cómo artilugios del pasado, anquilosadas, demasiado tradicionales y costosas, de tal forma que hay quienes ya dictaminan que el paso por sus aulas no vale la pena.

El asunto no es de poca monta. Siempre he pensado que cuando se desestabilizan instituciones centenarias, de la naturaleza que sean, útiles y queridas o incluso perversas o directamente nocivas, deben estar pasando cosas de importancia mayor, fenómenos para los que no siempre estamos preparados, que no comprendemos del todo y cuyas consecuencias en muchas ocasiones son buenas, pero en otras no. Conviene recordar que no todos los cambios son para mejorar, que la novedad no siempre trae consigo bienestar y que las grandes masas de personas también se equivocan, a veces con estrépito.

Desde luego, y en vista de los acelerados cambios tecnológicos de nuestra época, las universidades deben interpretarlos y encontrar caminos para su uso. Pero todo eso debe tener siempre presente que bajo ninguna circunstancia se debe trivializar el valor de una buena educación, independientemente del método que se utilice para impartirla. Me parece que «youtubers», «influencers», blogueros y demás especímenes, están validando –eso sí, por fortuna alejándose de las sempiternas vías ilegales– la idea del camino fácil y del menor esfuerzo, encandilando con sus ganancias a muchos jóvenes que se ven tentados a tomarlos como ejemplo. Ojalá eso sea la excepción, no la norma.

No sé ustedes, pero yo no estaría tranquilo en una sala de cirugía liderada por alguien que aprendió a operar desde su casa viendo unos divertidos videos. Hay cosas, las importantes, que requieren dedicación, constancia, disciplina y rigor para dominarlas, y un cuerpo colegiado que lo avale. También parece sensato conjeturar que por un buen tiempo seguirán siendo necesarios los médicos, los abogados, los ingenieros, los arquitectos, y todas aquellas personas cuyos oficios han hecho aportes tangibles y valiosos al bienestar de la humanidad. Creo las universidades merecen más reconocimiento por la labor que han desempeñado por siglos y que pueden convivir con las nuevas tecnologías. Hay que tener mucho cuidado con la trivialización de lo fundamental.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 17 de octubre de 2019

Dos siglos de atraso

Hace poco encontré por casualidad una breve crónica que daba cuenta de la caótica situación del transporte público en una gran ciudad. El escrito explicaba que la cantidad de buses que llenaban las calles estaban generando una gran confusión y desorden, dado que las empresas de transporte competían en rutas muy similares. Los choferes aceleraban peligrosamente por las vías, usando cualquier artimaña para arrebatarle pasajeros a sus rivales y poniendo en riesgo a todos los transeúntes. Para empeorar las cosas, a esos choferes les pagaban según lo que producían, así que necesitaban atestar los buses con la mayor cantidad de personas posible. Repetidas quejas sobre su comportamiento llevaron a que, luego de un año particularmente crítico, las autoridades implantaran licencias individuales con el ánimo de controlar y sancionar a los indisciplinados conductores. La descripción corresponde a Londres, en los años 1837 y 1838, pero parece un retrato de lo que constituye nuestra actualidad barranquillera. Tenemos dos siglos de atraso.

La poca importancia que le hemos dado al transporte público en Barranquilla terminará por pasarnos factura. Ninguna ciudad puede entenderse competitiva si no ofrece formas dignas y efectivas para el desplazamiento de sus ciudadanos. Tarde o temprano los costos asociados al desgaste que supone perder varias horas al día para llegar a un destino determinado, o para poder cumplir con los compromisos comerciales, minan la relación costo beneficio de cualquier transacción. Poco a poco, aquellos entornos que ofrezcan facilidades logísticas (Medellín y Antioquia, por ejemplo), lograrán desviar y atraer las inversiones y el consecuente desarrollo, aumentando la brecha entre unas ciudades y otras. Por eso el transporte público no puede seguir abandonado a su suerte y siendo administrado con tan poco acierto.

Desde luego, no es sensato compararnos con ciudades como Londres, o cualquier otra de ese nivel. Hay diferencias históricas y socioeconómicas que son evidentes y que no pueden ignorarse o subestimarse. Sin embargo, uno quisiera al menos percibir que las cosas van por buen camino y que las administraciones municipales tienen una ruta aceptablemente clara para enfrentarse al difícil reto de la movilidad urbana. Nadie puede esperar resultados inmediatos, pero sí se deberían evidenciar planes y acciones que sean consecuentes con el crecimiento de la ciudad.

Los peatones, los conductores particulares, los ciclistas, los motociclistas, todos hacemos parte del problema y de la solución. La continuidad que han supuesto las ultimas alcaldías debería permitir la ejecución de proyectos a largo plazo con persistencia y compromiso, que superen los cuatro años de rigor. Ya basta del desorden y la anarquía, deben acabarse los viejos y obsoletos esquemas que todavía persisten. Si no lo entendemos ya, al paso que vamos el atraso va a ser de tres siglos.

Fotografía tomada de https://www.pexels.com

Publicado en El Heraldo el jueves 03 de octubre de 2019

Políticos

Resulta muy triste enterarse de las noticias que llegan de Cartagena, relacionadas con unos decepcionantes casos de clientelismo y corrupción revelados por unas conversaciones entre algunos aspirantes a cargos públicos en esa región. Triste, sin duda, aunque no sorprendente. Hace ya muchos años que el ejercicio de la política en nuestro país se limita a ser un intercambio de intereses que muy poco tienen que ver con las promesas que los candidatos vociferan durante sus campañas. Lo que ha cambiado en estos últimos tiempos es que ahora nos enteramos, de manera directa e incontestable, del nivel de descaro que llegan a tener quienes ven al Estado como una cuenta de ahorros personal. Es como cuando a una persona le revelan una infidelidad amorosa, una cosa es escuchar la historia y otra cosa es ver las fotos. Lo segundo afecta más.

Veo muy pocas opciones para salir de este lamentable círculo vicioso. No basta con invitar a votar bien (sea lo que sea que eso signifique), en muchos lugares no hay ningún candidato medianamente competente, ni lo ha habido por décadas, siendo todos diferentes estrofas de la misma canción. Tampoco es suficiente el llamado a la protesta pacífica, quienes están enquistados en el poder han aprendido a despojarse de escrúpulos o vergüenzas, así que tienen ya una coraza impenetrable contra tales ataques. Ni pensar en revoluciones o levantamientos violentos, usualmente quienes los promueven lo único que quieren son los privilegios de aquellos a quienes atacan, pocas veces hay un sincero deseo de arreglar lo dañado, la mentira está presente en todos los bandos.

Creo que los ciudadanos debemos reconocer que buena parte de lo que está sucediendo es nuestra culpa. Con una indolencia inexplicable le hemos entregado un gran poder a quienes representan al Estado, mucho más del que se podría entender razonable. Pareciera que hemos puesto en sus manos todo nuestro destino, propiciando entonces una actitud de indefensión, casi de sometimiento, en la que estas personas —los gobernantes y los funcionarios públicos, elegidos o no popularmente— reclaman entonces veneración y obediencia sin fin. Por eso se sienten dueños de todo, repartiéndose impúdicamente secretarías, instituciones o incluso ministerios. Nada más sintomático de nuestro fracaso que esa expresión que pregunta de “quién es” tal o cual oficina estatal, como se evidenció en las desagradables conversaciones que he mencionado.

Los cambios importantes no son milagrosos, requieren compromiso y persistencia. No veo prontas soluciones a este embrollo, pero considero que podemos empezar a construir una convivencia más sana entre nuestro Estado y los ciudadanos. Lo primero es dejar de culpar a los políticos de todo lo que nos pasa y más bien quitarles responsabilidades. No más ministerios, ni secretarías, ni institutos, y poco a poco establecer un marco social que entregue a las personas las riendas de sus vidas. Solo así, con ciudadanías independientes, podrá volver la esperanza.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 26 de septiembre de 2019

La disputa del Country

Desde hace siete años un grupo de vecinos del barrio Villa Country está enfrascado en una disputa con el Country Club. La causa del desacuerdo es una nueva entrada vehicular que el club pretende habilitar sobre la calle 77, lo que permitiría que los socios pudiesen ingresar y salir de sus instalaciones directamente desde la carrera 57. Luego de varios años de inactividad, hace unas semanas se iniciaron los movimientos preliminares del proyecto, motivando protestas inmediatas por parte de algunos miembros de la comunidad cercana, que llegaron incluso a radicar una acción de tutela que logró parar momentáneamente los trabajos. Aunque no es un asunto especialmente sensible para la mayoría de los barranquilleros, dado que sólo concierne a un reducido número de personas, en su resolución se pueden sentar precedentes que podrían generar confusión e inseguridad legal para cualquier otra obra que se quiera acometer en la ciudad.

Es conveniente mencionar que en mi opinión el proyecto no debería generar tanto alboroto. De acuerdo con el club, se dispondrá de un espacio para acomodar una cola de ingreso de hasta 17 carros dentro de sus terrenos, y si además se considera que el Country es un club social con acceso limitado, no deberían esperarse mayores incrementos en el tráfico. Complementando esto, el proyecto también entregará mejoras en los jardines públicos cercanos, lo que incluye reponer los 9 árboles que es necesario talar en una proporción de 5 a 1. Sin embargo, como en todo, las voces discordantes deben ser escuchadas con atención y respeto, de tal manera que se puedan comprender todas las posturas involucradas.

Lo que resulta más inquietante de todo esto no es tanto la polémica que ha generado, sino que haya sido posible detener una obra que cuenta con todos los permisos que son requeridos para su implementación. Aunque la acción de tutela interpuesta fue finalmente declarada como improcedente y las actividades se pudieron reanudar, al parecer todavía quedan resquicios de ley que permitirían suspenderla nuevamente. Vale la pena entonces preguntarse para qué sirven los permisos que se exigen, si al final podrían llegar a ser revocados por diferentes acciones legales.

Hay que entender la gravedad de este tipo de casos. Si un inversionista o un promotor cumple con todos los requisitos que le imponen las normas y obtiene los permisos que expiden las autoridades competentes para ejecutar un proyecto, no deberían albergarse dudas sobre su viabilidad y conveniencia. Se supone que esas autoridades deben revisar toda la documentación requerida con altísimo rigor, de tal forma que cuando se otorga un visto bueno no lleguen a presentarse obstáculos a continuación. Es muy dañino que en Colombia sea tan frágil la certeza legal, la incertidumbre siempre alejará la inversión y el progreso. No juguemos con la gallina de los huevos de oro.

Fotografía tomada de https://www.pexels.com

Publicado en El Heraldo el jueves 19 de septiembre de 2019

Difícil de entender

Quizá porque ahora es posible hacer casi todo a velocidad extrema, o porque la pausa y la prudencia no son bien vistas, o porque hay demasiadas tribunas para decir cualquier cosa, o quizá, como casi siempre, por la suma de los anteriores fenómenos y otros que seguramente se me escapan; últimamente más que opiniones sobre el acontecer nacional, se escuchan rabiosos ladridos. Encuentro llamativo, y no para bien, cómo tantas personas de diversa índole tienen reacciones inmediatas sobre una extensa relación de asuntos, algunos muy complejos, y van lanzando sus torpezas al público sin pudor alguno. Hoy dictan cátedra sobre fenómenos económicos, mañana sobre feminismo, pasado mañana sobre minería, y así, creyéndose oráculos contemporáneos, van congregando un grupo de seguidores que, sin mucho discernimiento, replican y amplifican sus dudosas posiciones.

Por ejemplo, un grupo de delincuentes toma una no tan sorpresiva decisión —seguir delinquiendo—, y la mitad del país entiende que ellos, los que agarran de nuevo las armas para continuar haciendo lo que siempre han hecho, no son los culpables de sus propios derroteros, eximiéndolos compasivamente mientras señalan al gobierno actual como el responsable. Lo más aterrador es que las posiciones más extremas de este país celebraron al unísono, cada uno calculando cómo lo sucedido les suponía réditos políticos, frotándose las manos mientras repetían absurdamente un “se los dije” triunfante. Y detrás de ellos, las hordas ciegas que aplauden y avivan.

Despertando reacciones similares, hace poco se anunció el cierre de Noticias Uno. La noticia no es buena, dado que el informativo hace una juiciosa tarea de periodismo, exaltada por numerosos premios y siempre tratando de ofrecer una mirada diferente de los acontecimientos nacionales. Los dueños del noticiero explicaron que tenían que cerrar por motivos económicos, el duro mercado de los medios, que tanto han visto socavada su credibilidad, finalmente los obligó a replantear su negocio. Siendo tan querido por muchos, seguramente ese calificado equipo de trabajo logrará encontrar otras maneras de hacerse escuchar. Sin embargo, al instante empezaron los aullidos, las expresiones que nos igualaban con Venezuela, o que encontraban que se trataba de censura, dictaminando que era el fin de la libre expresión, todo exagerado, todo grandilocuente, reacciones pueriles que no aportan nada, enredan y envician todo.

Tenemos que calmarnos, las cosas que pasan en Colombia no son sencillas, requieren lectura y análisis. Espetar juicios inmediatos a diestra y siniestra, guiados fundamentalmente por intereses propios, terminan dándole más combustible a la rabia. Es difícil de entender por qué aquellos que dicen querer lo mejor para Colombia, del bando que sean, terminan hundiéndola más en sus propias perplejidades. Será que no es así, y sólo quieren lo mejor para ellos.

Fotografía tomada de https://www.pexels.com

Publicado en El Heraldo el jueves 05 de septiembre de 2019

Mercados satélite

No suelo frecuentar el centro histórico de nuestra ciudad. Ninguna de mis actividades cotidianas me invita a visitarlo, siendo solo puntuales compromisos de trabajo los que me llevan a desplazarme hasta ese sector, por lo que con suerte puedo encontrarme allí más o menos una vez al mes. Cuando eso ocurre, casi siempre cumplo con mis labores y me voy, sin detenerme a pasear o a aprovechar el momento para realizar alguna otra tarea. Hace unos días la temprana resolución de un asunto que me ocupaba me llevó a tomarme unos minutos para realizar un breve recorrido, en una zona específica relativamente cercana al edificio de la Gobernación. Al contar con tiempo para detenerme y mirar, comprobé que la oferta de frutas y verduras que encontré en mi camino tenían una calidad que superaba lo que usualmente veo en los supermercados en los que acostumbro abastecerme, tanto, que decidí comprar varias cosas para llevarlas a casa. Con esa breve e incómoda experiencia, dado que estuve siempre rodeado de ruido, desorden y suciedad, constaté una vez más que buena parte del potencial de nuestro Centro está dilapidado, atrapado por unas condiciones socioeconómicas y espaciales que no dejan mucho espacio para su desarrollo.

El esfuerzo que demandaría la recuperación del Centro de Barranquilla es enorme, incluso acordar en qué consistiría esa recuperación plantea un extenso debate. La constancia que tal empresa reclama es realmente abrumadora, harían falta varias décadas y un continuo compromiso por parte de las administraciones distritales para comenzar a ver algunos resultados. Creo que, por eso, porque los tiempos no responden a los intereses de quienes se eligen cada cuatro años, ha costado tanto que ese reto se asuma de una manera seria y estudiada.

Sin embargo, hay acciones relativamente sencillas que nos podrían ir señalando el camino. Una de ellas, que no es en absoluto una novedad, es la implementación de mercados satélite. Con proyectos de este tipo, estratégicamente ubicados en todos los sectores de la ciudad, todos nos veríamos beneficiados. El vendedor tendría mucha más población a su alcance, el comprador podría hacerse con productos de buena calidad y a mejor precio y, además, el ambiente del Centro podría aliviarse, aunque sea mínimamente, del barullo que lo atormenta diariamente. Al estar más relacionados con lo que el Centro nos puede ofrecer, se podrían sentar las bases para ser más ambiciosos y emprender un verdadero proyecto de recuperación de los mercados, cambiando la percepción negativa, no infundada, que tiene el ciudadano.

Valdría la pena atreverse, empezar con un alcance modesto, ensayar, darse la posibilidad de equivocarse y, si toca, empezar de nuevo. Por mi parte, celebraría la oportunidad de encontrar un mercado satélite, ordenado y limpio, en algún lugar más cercano a mi cotidianeidad. Creo que tenemos que ser más arriesgados con este tipo de propuestas.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 29 de agosto de 2019

Las prioridades

Al regresar de un viaje reciente, que me obligó a tomar uno de los últimos vuelos que aterrizan en nuestra ciudad, un familiar me advirtió sobre el peligro que suponía transitar por la Circunvalar de la Prosperidad como ruta de salida del aeropuerto. Me aclaró que había visto unos vídeos en los que se comprobaba que, por la soledad de la vía, se estaban cometiendo atracos. En ese mismo viaje, el conductor que me estaba llevando a casa me dijo que no era conveniente desplazarnos por la Calle 30 porque a esas horas de la noche no era seguro hacerlo, complementando su argumento con un comentario sobre lo arriesgado que era también usar el Corredor Portuario. Todo eso me recordó que por mucho que hagamos inversiones en infraestructura, si nuestros gobernantes no se encargan con seriedad y persistencia de propiciar un entorno seguro para sus ciudadanos, el camino del progreso será cada vez más complicado e improbable.

Siempre me han parecido inútiles y pretenciosos los Estados omnipotentes. Cada vez que veo planes de gobierno con cientos de propuestas, en todas las dimensiones posibles, conjeturo que inexorablemente un importante porcentaje de esas promesas se verán incumplidas o cumplidas parcialmente. No encuentro sentido alguno en la idea de querer solucionar todos los problemas al mismo tiempo, mucho menos en la posibilidad de hacerlo en cuatro años, como proclaman casi todos los candidatos a cargos elegidos popularmente. Reconociendo que nuestros recursos son limitados en extremo, se debería valorar su correcta y responsable distribución.

Creo que un Estado como el nuestro, tan precario, debe ocuparse únicamente de las cosas fundamentales. Por ejemplo, de brindar las condiciones para que sus ciudadanos puedan moverse libremente por su territorio, de conformar un entorno justo y de facilitar que todas las personas tengan disponible el acceso a los servicios públicos, a la educación y al libre comercio; no me parece que por ahora haga falta mucho más. Sin embargo, incluso dentro de esa breve relación deben establecerse prioridades. Por eso esperaría que los planes de gobierno, de cualquier nivel, se concentraran principalmente en lo que a mi juicio constituyenlos mayores obstáculos que enfrentamos los colombianos: la ominosa falta de seguridad y justicia.

Lo primero que necesitamos es no temer por nuestras vidas o nuestra integridad, no concibo sociedad alguna que pueda salir adelante con esa tara permanente. Luego debemos lograr un marco jurídico estable, que los delincuentes paguen, que los contratos se cumplan, que haya reglas claras. Con esas certezas, estoy seguro de que los ciudadanos seremos capaces de encargarnos poco a poco de todo lo demás, sin la sempiterna intervención de un Estado gigantesco que parece querer decidir sobre todos los aspectos de nuestras vidas.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 22 de agosto de 2019

La cárcel en Candelaria

Algunos de los habitantes de Candelaria, un municipio del sur del Atlántico, se organizaron el pasado fin de semana para protestar públicamente en contra de la construcción de una cárcel en su territorio. El proyecto, un establecimiento penitenciario de alta capacidad o «megacárcel», como estrambóticamente es denominada, se desarrollará en un lote de 80 hectáreas ubicado en las afueras del casco urbano, a unos cuatro kilómetros del centro. Es posible entender las sensaciones que una iniciativa de esta naturaleza despierta entre las comunidades en las que se implanta, nadie desea ser vecino de una prisión, un lugar generalmente asociado con repercusiones negativas. Sin embargo, también es cierto que las cárceles son necesarias en nuestro país, que las que hay están sobrepobladas en exceso y que en algún lugar tienen que construirse.

En los años ochenta se acuñó en los Estados Unidos la expresión not in my backyard (NIMBY. En español: «en mi patio no»), para denominar este tipo de situaciones. En ellas, una comunidad reconoce que un proyecto es necesario, pero se opone a su implementación cuando afecta su entorno inmediato. Lo vemos con frecuencia: todos queremos tener buena señal en nuestros celulares, pero no queremos tener al lado antenas de comunicación; todos queremos tener acceso a la electricidad, pero nos espanta la idea de la cercanía de una subestación eléctrica; hay ejemplos de resistencia a la construcción de aeropuertos, puertos y hospitales, estructuras que son fundamentales para el funcionamiento de nuestra sociedad.

Me parece que esas posiciones evidencian algo de comprensible egoísmo. Al fin y al cabo, en Candelaria no se oponen a la construcción de la cárcel, se oponen a que sea en su entorno, con lo cual estarían de acuerdo con que se construya en otro lado, que afecte a otros. Se nos olvida entonces que algo de sacrificio es necesario para poder enfrentar los retos comunes que el progreso nos plantea, que no todo supone beneficios, que, si tenemos la fuerza para reclamar derechos, también tenemos que tener la responsabilidad y el compromiso para cumplir con nuestros deberes. Si todos tomamos una actitud NIMBY, no será posible hacer nada, dado que es muy sencillo resaltar los impactos negativos de cualquier cosa. Oponerse es fácil, ceder es más complicado.

El problema es que siempre alguien, o algo, se verá impactado, siendo entonces la ineludible tarea del Estado minimizar los efectos de sus intervenciones, explicarlas muy bien, dar garantías, reparar cuando sea necesario, entender y escuchar a la comunidad, unos asuntos que históricamente han sido manejados con algo de negligencia. Creo que los habitantes de Candelaria deberán, en lo posible, reclamar ese tipo de controles, pero aceptar que en esta ocasión les tocó aportar su cuota de incomodidad por la materialización de un proyecto que es imperioso para todos.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 08 de agosto de 2019

Para el próximo gobernador

Si todo marcha según lo acordado, en octubre de este año podremos acudir a las urnas para elegir a nuestro próximo gobernador. Tres meses tendremos los electores para decidir, para revisar las propuestas de cada uno, un ejercicio personal que debe hacerse con toda la seriedad que sea posible. Considero entonces oportuno resaltar tres aspectos que entiendo ineludibles en cualquiera de los planes que se presenten, una especie de lista mínima, no completa, cuya obviedad sabrán perdonar los lectores.

Asegurar el Sur del Departamento. Esta zona sufrió una gravísima inundación a finales del 2010 debido a la ruptura la barrera de contención del Canal del Dique, un desastre del que todavía no ha logrado recuperarse del todo. Si bien se ejecutaron unas obras para reforzar esa estructura, en el 2016 vivimos momentos de inquietud por una nueva amenaza de inundación que reveló atrasos e inconsistencias en los trabajos, a pesar del tiempo del que se dispuso para acometerlos. Con un clima tan impredecible como el que estamos viviendo no se puede bajar la guardia, por el contrario, deberá establecerse un plan de acción que permita asegurar que no se repita la delicada situación que se vivió hace casi una década.

Facilitar mejoras en la productividad. Nuestro Departamento es pequeño, se puede recorrer en menos de un día y no tiene mayores accidentes geográficos. Cualquiera de sus municipios está a una distancia razonable de los puertos sobre el río Magdalena y del aeropuerto, con vías de comunicación en buen estado, unas condiciones que podrían suponer significativas ventajas competitivas. Sin embargo, especialmente en los municipios del Sur del Atlántico, en general no se identifican actividades productivas de relevancia. Debe ser una tarea juiciosa para la administración departamental implementar distritos de riego que funcionen (que además podrían aliviar los riesgos de inundación), lograr una cobertura completa de servicios públicos (estamos cerca de esa meta), e identificar y reforzar, según el caso, los emprendimientos que mayor beneficio puedan ofrecer a sus comunidades. Es conveniente explotar más los privilegios que nos regala nuestra posición geográfica y la escala de nuestro territorio.

Establecer una política para la migración. Aunque es un tema coyuntural, que eventualmente dejará de ser crítico, la llegada de los migrantes venezolanos ha modificado varias de las dinámicas económicas y sociales de nuestro Departamento. No se podría concebir el próximo cuatrienio sin adoptar una postura clara ante este fenómeno, concertada con el gobierno central, siendo responsables con el manejo de los recursos y realistas en cuanto a las promesas que se puedan cumplir.

Ojalá que en el debate electoral sea posible discutir estos y otros temas que afectan nuestro desarrollo, este Departamento tiene todas las condiciones para convertirse en un modelo de gestión pública.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 01 de agosto de 2019

El costo de la desconfianza

Creo que es válido reconocer que en Colombia es muy difícil hacer cualquier cosa. En la mayoría de las ocasiones los obstáculos no surgen por la falta de recursos, que también sucede, sino por lo enredado que resultan los trámites, especialmente en lo que concierne con las actuaciones públicas. Se nos va la vida en verificaciones y firmas, en sellos y vistos buenos que al final no parecen ser efectivos para nada, únicamente para entorpecer y dilatar. Siempre pensamos que todo hay que blindarlo (detestable expresión), para que nada raro ocurra, para que todo sea protegido, cuando lo que cierto es que nada está a salvo de la rapiña y la trampa. Desconfiando de todos y de todo cuanto es posible, terminamos duplicando esfuerzos y perdiendo oportunidades.

Los ejemplos se revelan a diario. Leí hace poco que el secretario de movilidad de Bogotá fue destituido de su cargo por irregularidades en un proceso de contratación para los semáforos de la capital. Al indagar sobre el tema, se descubre que hace varios años las administraciones de esa ciudad están intentando modernizar ese sistema, ya atrasado y obsoleto, algo a todas luces necesario. Sin embargo, líos de forma han mandado al traste con todas las iniciativas mientras el problema de movilidad capitalino sigue creciendo, ocupando a la Procuraduría y demás “ías”, siempre tan diligentes para ciertas cosas, en buscar trabas para impedir que el asunto avance. Es un caso muy parecido al que vivimos con las condiciones del canal de acceso a nuestros puertos, problema que sin éxito estamos intentando solucionar hace años, atrapados por procedimientos incomprensibles. Por tanto controlar, todo lo impedimos.

Pagamos un alto costo por la desconfianza, desde lo público, como lo he señalado, hasta en los intercambios cotidianos entre las personas. No es infundada la prevención, desde luego mucha maldad hemos visto desplegarse en la historia de este país; lo angustioso es que no parece que estuviésemos en una ruta que nos lleve a creer un poco más en nuestros semejantes. Siempre se señalan motivos ulteriores, intenciones perversas, manejos turbios, opacidades. Si en el sector público un funcionario decide contratar con alguien, ha de ser siempre porque está buscando un beneficio particular, no existe la buena intención.

Salir de ese círculo vicioso es tan necesario como complejo. Sería bueno que por una vez, o por un periodo de tiempo, o en algunas entidades, se soltasen un poco las riendas y se permitiera más libertad. Que no todas las decisiones fuesen respaldadas por miles de folios justificándolas, que se entendiera que algunas veces se pierde. Podríamos no revisar tanto el proceso y más bien evaluar los resultados, porque lo cierto es que a este paso, nadie en Colombia va a querer ser funcionario público, o solo querrá serlo quién pretenda, ahí sí, buscar beneficio propio a cualquier costo.

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Publicado en El Heraldo el jueves 26 de julio de 2019

Para el próximo alcalde

Con la inscripción de la candidatura de Jaime Pumarejo, se da inicio a la contienda política que definirá quién dirigirá el destino de la ciudad durante los próximos cuatro años. Entendiendo que es un momento propicio para presentar planes y proyectos que prometan mejorar la calidad de vida de los barranquilleros, me atrevo a sugerir tres asuntos que considero inaplazables y cuya asunción debería estar dentro de los objetivos fundamentales que los candidatos presenten a sus electores. No es, desde luego, una relación exhaustiva, la siguiente es apenas una selección personal.

Movilidad. La ciudad debe empezar a tomarse en serio este asunto, que constituye uno de los factores que más impacta el diario vivir de las personas. No basta con ampliar o construir algunas vías, es imperioso invertir tiempo y recursos en una planeación cuidadosa del sistema de movilidad de Barranquilla, definiendo el concepto y las alternativas que serán implantadas. Peatones, ciclistas, transporte público, transporte individual, vehículos particulares, transporte ilegal, personas con movilidad limitada; todos son actores que merecen atención equivalente y decidida. Podría ser recomendable partir de lo que ya tenemos, Transmetro, y continuar con su desarrollo proyectando más troncales y rutas alimentadoras, sin descartar complementos con sistemas sobre rieles o que utilicen el río Magdalena. Todavía estamos a tiempo de evitar los descalabros que ya viven otras ciudades.

Recuperación del centro. Es difícil vender una imagen de ciudad moderna y dinámica manteniendo el abrumador deterioro de nuestro centro histórico. No es un problema menor ni mucho menos sencillo, pero debe asumirse con compromiso, estableciendo una línea de tiempo de ejecución constante y decidida cuyos frutos probablemente se revelarán en décadas. Es muy triste que los indudables avances que ha tenido nuestra ciudad se vean lastrados por el estado de abandono y anarquía que aún persiste en buena parte del centro. Ya hemos demostrado que podemos superar obstáculos importantes, es el momento de comenzar a recuperar el corazón de Barranquilla.

Concluir y continuar proyectos. El Gran Malecón del río Magdalena, el Centro de Eventos y Convenciones, la canalización de todos los arroyos de la ciudad, la recuperación y el mantenimiento de los parques y los nuevos escenarios deportivos, son iniciativas que le han cambiado la cara a Barranquilla. No podemos desfallecer en el esfuerzo por terminarlas y mantenerlas adecuadamente, por lo que se deberán tomar las medidas que permitan su correcto funcionamiento, para que no caigan en el abandono habitual que acompaña muchos de los proyectos del ámbito público. De nada sirve borrar con el codo lo que con tanto esfuerzo se ha hecho con la mano.

Confío en que el próximo alcalde honrará su compromiso con la ciudad, y que de alguna forma incluya estas preocupaciones en su agenda de trabajo. Cualquier tropiezo nos puede hacer retroceder décadas.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 18 de julio de 2019

En el mismo barco

Debido a la involuntaria recomendación de un amigo muy cercano, recientemente descubrí El mundo del ayer de Stefan Zweig, un libro que ahora entiendo indispensable. Se trata de las memorias del reconocido autor austriaco, a quien le tocó vivir la convulsionada época que observó la caída del Imperio austro-húngaro y ambas guerras mundiales (se suicidó en 1942, cuando la segunda guerra no había terminado). Con un relato muy ameno, Zweig se encarga de abrir una ventana a ese periodo de la historia europea, ofreciendo algunas claves que nos permiten comprender mejor algunos de los fenómenos que vivimos en la actualidad. Creo que la obra debería ser lectura obligada para todos los estudiantes de bachillerato, quienes presos de su juventud suelen pensar que el mundo nació con ellos.

Aunque más de un siglo nos separa de algunos de los sucesos que se describen, al leerlo es inevitable hacer comparaciones con nuestra realidad. Más o menos por la mitad del libro, Zweig escribe sobre las sensaciones que le despertaron un episodio que vivió en Tours durante la primavera de 1914, mientras pasaba unos días en ese apacible pueblo francés. Una noche en el cine, durante las noticias que solían pasar antes de la función, fue proyectada una imagen del Káiser Wilhelm visitando Viena, desatando una ola de insultos, pataleos y silbidos entre la audiencia. La sorpresa de Zweig no fue menor. Descubrió cómo el odio puede calar profundamente entre las personas, por muy sencillas y amables que éstas sean, y llegar incluso hasta los habitantes de esa tranquila provincia francesa. Utilizando la cita de otro autor, sentenció ese momento como perteneciente a una época de emociones e histeria masiva. Entonces, claro, pensé en nuestro País.

El odio y la rabia nos están ganando. En la vida cotidiana se ha vuelto imposible hablar de ciertos expresidentes o de un polémico excandidato. Como si estuviésemos en medio de un interesante enfrentamiento ideológico, conozco amigos que se han dejado de hablar y familias que han tenido que poner reglas en sus chats, a veces dividiéndolos según sus preferencias. Defendemos a unos o a otros con pasiones inéditas, incomprensibles. Nos hemos inventado diferencias abismales entre dos bandos ficticios con la pretensión de tener cada uno la respuesta a todos los males que nos acosan, pero con tan pobres argumentos y tan mínimas ideas, que todo parece al fin y al cabo una disputa de necios. Lo malo es que, ocupados con esos desgastes, se ignoran cosas fundamentales.

Nos alegramos de los fracasos de los otros, señalamos con júbilo a algún prófugo, celebramos algún dictamen legal, alguna derrota, realmente disfrutamos eso; ignorando que todos estamos montados en un mismo barco que hace agua desde hace tiempo. Ya sabemos el resultado del cultivo del odio, de la emoción y la histeria colectiva en la Europa que describe Zweig. ¿Nos atreveremos a imitarlos? ¿Seremos tan torpes?

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 11 de julio de 2019

No son ellos, somos nosotros

Aunque también sucede en otras partes, hace mucho tiempo en nuestro País ha venido imponiéndose una manera de pensar que en buena medida explica el atraso que vivimos. Tantas carencias, tanto pesar y frustración, han motivado una sensación generalizada de dependencia crónica, en la que unas esperanzas infundadas avivan la insostenible creencia en remedios inmediatos, que lógicamente nunca llegan o llegan mal y tarde. Pensamos que el Gobierno, ese conjunto intangible, leviatánico e incomprensible, va a salvarnos algún día, a poner nuestra vida en orden, a responsabilizarse de nuestro destino.

Cuando la realidad va enseñándonos que nada de eso va a pasar, incomprensiblemente le apostamos a hinchar el tamaño del monstruo, a crear más ministerios, agencias, oficinas, institutos, a nombrar más funcionarios, más Estado. Poco a poco vamos extendiendo el disparate, emulando a Sísifo, pero en cada intento alargando la cuesta y agrandando la piedra. Entonces brotan salvadores, individuos vociferantes que proclaman haber encontrado la solución para todo, la fórmula que nos sacará de la pesadumbre, preferiblemente en cuatro convenientes años, a veces en ocho. Esos redentores no suelen ser pudorosos, van diciendo lo que sea, aunque sus tonterías no guarden conexión alguna con la realidad, aunque ya se hayan intentado y fracasado en otros lados, nada importa, ellos sí podrán, ellos saben. Y les creemos. Millones de ciudadanos se aferran a ese escenario, uno en el que no hay que hacer mucho, simplemente votar y esperar sentados, sin más, milagrosamente.

Lo que suele pasar, en cambio, es que esos improbables Mesías arrastran a sus pueblos a debacles diversas, generalmente manifestadas en guerras o en empobrecimientos críticos. Ahí están los libros que nos enseñan cómo naciones de todos los colores y sabores, en todos los rincones del mundo, han sido llevadas a sufrir tormentos absolutamente evitables, innecesarios. Hitler, Castro, Mao, Mussolini, Chávez, todos ellos fueron apoyados de forma masiva y furibunda por personas que les compraron las mentiras, que cayeron en la trampa. Creyendo que con un Estado y un Gobierno magníficos y omnipotentes, controlados por su supremo, infalible y eterno líder, llegarían a la tierra prometida, fueron poco a poco entregando sus libertades, amarrándose ellos mismos las riendas que los condenarían.

No son ellos, ni los políticos, ni los ministros, ni el presidente, quienes nos van a mejorar la vida, acaso lo hacen mínimamente. Somos nosotros, con nuestros actos, nuestra consideración, nuestro respeto, nuestro mutuo, honesto y persistente esfuerzo, los que debemos hacernos responsables de nuestro futuro. A ellos hay que pedirles modestia, que hagan su mecánico trabajo con discreción y eficacia, sin alardes inútiles, que no decidan todo por nosotros, que se encarguen de lo básico, que no se entrometan demasiado.

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Publicado en El Heraldo el jueves 04 de julio de 2019

Trampas en los andenes

Cualquiera que haya tenido la oportunidad de caminar por nuestra ciudad, se habrá dado cuenta de la presencia de un sinfín de peligrosas trampas en los andenes. Me refiero a los huecos que quedan expuestos cuando se remueven las tapas de los registros de inspección de cualquier infraestructura urbana, usualmente debido a robos o ataques vandálicos, y cuya reposición, cuando sucede, suele tardar bastante. Se les puede ver por todos lados, casi nunca con algún dispositivo formal que prevenga al peatón y algunas veces exhibiendo artilugios precarios, ramas o palos o lo que sea, que algún ciudadano dispuso para tratar de evitar un accidente. Cerca de colegios, en zonas residenciales, en barrios prestantes o en los humildes, en cualquier lugar, nadie se escapa de esta riesgosa situación.

Hace una semana, mientras caminábamos por el Barrio Abajo, un colega que estaba señalándome un detalle en alguna fachada de interés, desapareció de mi vista en un segundo. Se había caído en un registro destapado. Luego de ese momento, superado el susto y algún raspón, nos dedicamos por unos pocos minutos a contar otros registros desprotegidos en el sector y encontramos más de diez.

El robo de las tapas de los registros de inspección no es un problema nuevo. Nuestras ciudades suelen ser entornos hostiles en los que algunos de sus habitantes, quiero pensar que una minoría, aprovechan cualquier situación para obtener réditos ilegales, sin detenerse a pensar en las consecuencias de sus acciones. Se roba o se destruye todo lo que se pueda, cables, luminarias, elementos de protección, canecas; el respeto es escaso y la impunidad notable. Habría que hacer un prolongado y sostenido esfuerzo para cambiar esa realidad, un problema multidimensional en el que concurren la mala educación, la necesidad de subsistir, el poco control cívico y la débil presencia policial, además de otras circunstancias cuya enumeración consumiría todo el espacio disponible que le resta a esta columna.

Mientras seguimos con la incansable tarea de lograr ciudades más amables, menos agresivas y más seguras, debemos buscar maneras de mitigar los daños y los riesgos. Existen en el mundo varias alternativas que disuaden a los ladrones de tapas, desde sofisticados seguros hasta materiales que reemplazan a los componentes metálicos, que constituyen el principal atractivo para quienes las hurtan. Sería muy positivo ver campañas en las que las empresas de servicios públicos fuesen poco a poco reemplazando las tapas de sus registros, implementando materiales compuestos, o instalando seguros y amarres que soporten hasta al más obstinado ladrón. La Secretaría de Tránsito y Seguridad Vial, dado que también se roban las tapas de las calzadas vehiculares, podría animarse a sugerir un plan de reposición a estas empresas, una iniciativa por la seguridad de todos.

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Publicado en El Heraldo el jueves 27 de junio de 2019

Contra la montaña

Hace unos días la principal vía que comunica los Llanos Orientales con el resto de Colombia sufrió un derrumbe que la dejó fuera de servicio. Según los cálculos que reveló la ministra de transporte tomará unos tres meses rehabilitarla, una situación que podría afectar considerablemente la economía, no solo de esa importante región, sino también la de todo el Pais y especialmente la de los departamentos cercanos. Se ha estimado que por esa vía se mueven unas 14 000 toneladas de alimentos diarios e importantes cantidades de ganado y otros insumos, un volumen de comercio nada despreciable cuya interrupción se hará sentir. Que una carretera de esa importancia esté tan vulnerable a las fuerzas de la naturaleza no puede dejarnos indiferentes.

Hay sin embargo, dos aspectos relevantes cuya concurrencia vale la pena considerar. En primer lugar, reconocer que para nuestro País constituye un enorme reto superar los obstáculos que le pone la complicada geografía y el clima que lo configura. Tres cordilleras mayores, ríos de difícil navegabilidad y un extremo régimen de lluvias, plantean enormes dificultades para el desarrollo. Varios autores, entre ellos Jared Diamond y Thomas Sowell, han descrito con acierto cómo los factores geográficos y todos los que se le asocian, imponen unas condiciones que en muchas ocasiones son determinantes para la prosperidad de determinados pueblos. «La geografía no es igualitaria», expresó Sowell en uno de sus libros recientes, explicando cómo África, por ejemplo, a pesar de tener más del doble del tamaño que Europa, cuenta con una extensión de litoral marino más corta. Lo que esto significa en términos de comunicaciones y facilidades logísticas es evidente: el continente africano jugará siempre con esa desventaja. En nuestro caso, el territorio nos obliga a construir aparatosas infraestructuras, no siempre bien concebidas ni ejecutadas y generalmente mal mantenidas.

El segundo aspecto se relaciona directamente con estas realidades. Creo que hay que aceptar que la incapacidad de nuestros gobiernos para asumir los grandes desafíos que la naturaleza nos ofrece alcanza dimensiones épicas. Tenemos un sinfín de ministerios, instituciones, corporaciones y agencias, que pretenden estudiar y comprender el medio físico, que se supone que evalúan opciones y seleccionan o aprueban respuestas coherentes a sus problemáticas, y sin embargo, parece que siempre estuviésemos empezando de cero, que no aprendiésemos nada. Las carreteras se siguen desbaratando, los puentes se caen, y mejor ni hablemos de los trenes o del transporte fluvial. Apagando incendios con una frecuencia pintoresca, nuestros funcionarios públicos se preocupan más por salvar su pellejo que por solucionar aquello que no funciona, siempre culpando a la anterior administración.

La geografía no va a cambiar, pero sí podemos cambiar la manera de enfrentarla. ¿Seremos capaces?

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Publicado en El Heraldo el jueves 20 de junio de 2019

«Las Dacia»

El pasado martes una protesta liderada por los conductores de vehículos tipo «Dacia» motivó una congestión de considerable magnitud en la avenida Circunvalar. Supongo que esa clase de atropellos deberán entenderse como males necesarios que hay que soportar para preservar la libertad de expresión, y aunque según nuestra Constitución todos tenemos derecho a protestar mientras se haga de forma pacífica, escasa paz veo en la alteración que genera el cierre de una de las vías más importantes de la ciudad. Hay, desde luego, causas más válidas que otras, movilizaciones que responden a coyunturas que ponen en riesgo la calidad de vida y el futuro de las personas, o que pretenden denunciar abusos incontestables. En el caso del bloqueo del martes me parece que la justificación es inexistente, o cuando menos relativa, y que lo que se pretende es normalizar las conductas riesgosas que conlleva una modalidad de transporte que no puede considerarse viable en ningún entorno que se entienda responsable con la seguridad de sus ciudadanos.

«Las Dacia», una denominación coloquial con la que se define un tipo de camioneta ligera que es adaptada de manera sumamente precaria para el transporte de personas, suelen hacer recorridos de ida y vuelta a lo largo de la avenida Circunvalar. Ataviadas con carpas postizas y con bancas en sus platones, circulan sin respeto alguno por las normas, deteniéndose donde les place a recoger y dejar pasajeros y propiciando no pocos escenarios de riesgo para todos los que utilizan esa importante vía. Varias veces he visto las complicadas peripecias que deben hacer los usuarios del servicio para montarse en esos vehículos, para sostenerse en ellos y evitar darse un golpe contra el pavimento. Es lógico, esas camionetas no fueron pensadas para transportar personas en sus espacios de carga, ni mucho menos para prestar un servicio regular de transporte de pasajeros. Que no hayan ocurrido mayores desgracias sólo se le puede atribuir a una desbordada generosidad de la providencia.

A veces me parece que el derecho al trabajo, mencionado por los protestantes, se malinterpreta como si fuese un derecho a hacer lo que sea. Claro que todos tenemos derecho a trabajar, pero no bajo cualquier condición. Si nuestro trabajo pone en riesgo la vida y la integridad de otras personas, no podemos esperar que se nos permita ejercerlo. En lugar de luchar por seguir haciendo los mismo, esos conductores, o los dueños de los vehículos, podrían intentar formalizar su oficio y cumplir con las normas, incluso sugiriendo alternativas a algunos puntos de la regulación.

De nuevo, todo este asunto nos demuestra el largo camino que nos queda por recorrer para llegar a tener un servicio de transporte público digno y confiable. Que los barranquilleros prefieran, o les toque, usar las incómodas «Dacia», o los mototaxis o bicitaxis, es una señal muy potente del bajo nivel de servicio que tienen disponible. Confío en que algún día logremos transformar esa indiscutible realidad.

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Publicado en El Heraldo el jueves 13 de junio de 2019

Libres de asbesto

Dos noticias recientes, relacionadas con la posible prohibición del uso del asbesto en nuestro país, merecen nuestra atención. El pasado 21 de mayo, la Comisión Séptima aprobó en tercer debate la denominada ley Ana Cecilia Niño, llamada así en homenaje a una de las víctimas más notorias de esa peligrosa sustancia y cuyo objeto es impedir la producción, comercialización y distribución del asbesto a nivel nacional. Con esta aprobación el proyecto queda a la espera de un cuarto y último debate, que deberá darse antes del 20 de junio, fecha del cierre de las sesiones ordinarias del Congreso. Por otra parte, el Concejo de Bogotá está también muy cerca de aprobar un proyecto de acuerdo que pretende declarar a la ciudad como libre de asbesto. Si la iniciativa tiene éxito, en los pliegos de contratación de las entidades públicas del Distrito se indicará de manera explícita la prohibición de utilizar cualquier elemento que contenga ese material, con una intención muy similar a la de un decreto que ya expidió la Gobernación de Boyacá a finales de mayo.

Según la Organización Mundial de la Salud –OMS–, todas las formas de asbesto son cancerígenas para el ser humano. La exposición al asbesto es causa de cáncer de pulmón, laringe y ovario, así como de mesotelioma (un cáncer del revestimiento de las cavidades pleural y peritoneal). También puede causar otras enfermedades, como la asbestosis (una forma de fibrosis pulmonar), además de placas, engrosamientos y derrames pleurales. Varios países del mundo, entre ellos Alemania, Argentina, Chile, los Países Bajos y Suiza, han acatado las recomendaciones de la OMS y han prohibido el uso del asbesto en sus territorios, además de contar con estrictos protocolos para su eliminación. Actualmente, en Colombia el uso del asbesto no está restringido por la ley.

Desde luego, al adoptar una prohibición de este tipo se afectarán un número importante de empresas y personas vinculadas a la producción y comercialización del asbesto. Se tendrán que poner en práctica algunas disposiciones que permitan mitigar los efectos de la nueva regulación, todo dentro de un periodo transicional que la propuesta de ley está estimando en cinco años. No faltarán las quejas y los alegatos, habrá que comprender que no es fácil encontrarse con este súbito cambio de reglas, pero por muy traumático que nos parezca, esta medida debe apoyarse sin restricciones.

Además de las bienvenidas iniciativas regionales en Boyacá y Bogotá, y deseando que eventualmente Barranquilla se sume, es necesario reclamar que el Congreso haga por fin su trabajo (este proyecto de ley increíblemente se ha archivado en siete ocasiones), y nos brinde la posibilidad de contar con una normativa específica para el asbesto. Sería imperdonable que el proyecto se hundiese por octava vez, aunque ya sabemos que Colombia es tierra fértil, muy fértil, para lo inverosímil.

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Publicado en El Heraldo el jueves 06 de junio de 2019

El viejo malecón

El título de esta columna puede confundir al lector. Es posible que llegue a creer que me estoy refiriendo al emblemático malecón de La Habana, cuya construcción comenzó a principios del siglo pasado, o a La Rambla uruguaya, que bordea la costa del Río de la Plata en Montevideo y que también data de esa época. Sería relativamente improbable que piense que escribo sobre algún espacio barranquillero. Es lógico, uno no podría denominar como «vieja» a una estructura que no contara sus años en décadas, acaso siglos, y aquí no tenemos muchas cosas con tales características. Sin embargo, en nuestra ciudad ese adjetivo lo podríamos usar para nombrar al malecón que se construyó en la isla de La Loma y que fue puesto en servicio en diciembre de 2012, hace menos de siete años. Es tal su grado de abandono y deterioro, que para diferenciarlo del proyecto similar que se construye desde el centro de convenciones Puerta de Oro, podríamos llamarlo de esa manera: el viejo malecón.

Aunque es un fenómeno que viene ocurriendo en ese lugar desde hace un par de años, hace unos días se viene difundiendo una noticia sobre la formación de un islote en la orilla del viejo malecón. Al parecer el curso del río, tan cambiante, ha propiciado que se acumule una espesa capa de material vegetal que ha logrado alejar el agua, inutilizando los pequeños muelles que en su momento se habían habilitado y ofreciendo una vista que ciertamente es diferente de la que podía disfrutarse durante sus primeros años de funcionamiento. Algunas voces se han levantado pidiendo pronta intervención, temiendo que se pueda llegar a un estado en el que sea imposible, o demasiado costoso, recuperar lo perdido. Desde luego es necesario hacer algo al respecto, no tiene perdón que se pierda semejante esfuerzo, ni siquiera que se devalúe. Nuestra economía no está para despilfarros.

Sin embargo, vale la pena preguntarse qué está pasando. Uno quiere creer que cuando se planteó el proyecto original se tuvieron en cuenta todos los factores, o al menos los más importantes. Es sensato suponer que el análisis del comportamiento y de las características del río Magdalena, algo que podemos rotular como fundamental para una obra que está en permanente contacto con sus aguas, debió hacer parte de los estudios que la acompañaron. En el peor de los casos se deberían tener algunas acciones dispuestas para este tipo de situaciones, un control permanente sobre la «tarulla», si es que esto es posible; que alguna entidad se preocupe realmente por lo que le pasa al río, a sus orillas, a las inversiones que se hacen en su entorno.

Creo que todo esto, de nuevo, nos recalca la importancia que tiene para Barranquilla contar con la posibilidad de tomar decisiones estudiadas, incluso autónomas, sobre esta emblemática arteria fluvial. Debemos exigir de una vez por todas el establecimiento de una autoridad única y local que desanude el galimatías legal que rige el río, pero sobre todo, que pueda actuar oportunamente.

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Publicado en El Heraldo el jueves 30 de mayo de 2019

El riesgo permanente

El pasado domingo, cuando ya la noche había puesto fin a la celebración del Día de la Madre, en el centro comercial Buenavista II se desató un incendio de considerables proporciones. La conflagración consumió una parte del cuarto piso del edificio, aunque el impacto de lo acontecido afectó a varios locales ubicados en otros niveles, especialmente a aquellos que están debajo de la zona comprometida. A pesar de la rapidez con que se expandieron las llamas –un asunto que habrá que revisar– no se presentaron ni víctimas ni heridos, lo que constituye el hecho positivo de un suceso que pudo tener un final mucho más trágico. Ciertamente este tipo de emergencias nos recuerdan, al menos ese es mi sentimiento, la importancia que tienen las medidas de seguridad y los procedimientos de evacuación en nuestra vida cotidiana, especialmente en el entorno edificado.

Según se ha podido establecer en diversos medios, parece que el incendio se originó en un gran parque infantil. El sitio, que he visitado en varias ocasiones, es un lugar amplio, sin ventanas visibles y relativamente oscuro, en el que se simula la experiencia de una ciudad para los menores. No quiero imaginarme el escenario que estaríamos describiendo si esta situación se hubiese desatado con el local abierto y en funcionamiento, colmado de niños. Dentro de lo que sin duda es un momento muy difícil para los propietarios y empleados de los negocios que se vieron perjudicados, creo que todos pueden considerarse afortunados por el desenlace de este asunto y valorar el trabajo del cuerpo de bomberos y de los organismos de socorro, que reaccionaron de manera oportuna y rápida, como debe ser. Fue también providencial, sería necio negarlo, que la mala hora se haya revelado con el centro comercial relativamente vacío. No me cabe duda de que la suma de todos estos factores, la preparación y la suerte, evitaron mayores daños.

Es normal que la cotidianidad nos vaya apaciguando los mecanismos de alerta y que poco a poco, ante la falta de acontecimientos, ablandemos nuestras posturas ante las posibilidades de una emergencia. Quizá varios de nosotros nos hayamos fastidiado cuando en nuestros lugares de trabajo somos invitados a participar en simulacros de evacuación, o nos incluyen en jornadas de capacitación para el manejo de eventos catastróficos, o en cualquier otro ejercicio que busque prepararnos para los desastres. Pensamos que nada va a pasar, que esas cosas son improbables, o peor, que todo es una pérdida de tiempo. Que este incendio, en un lugar que frecuentamos y consideramos cercano, sea una azarosa advertencia para todos. El riesgo es permanente, siempre acecha.

El centro comercial Buenavista, en sus dos etapas, ha sido un importante motor de la economía local. Confío en que pronto se reconstruirá lo dañado y vuelva la normalidad a este importante nodo de desarrollo. Mi solidaridad con todos los afectados.

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Publicado en El Heraldo el jueves 15 de mayo de 2019

 

Cerrar la calle

Jeff Speck es un reconocido planificador y diseñador urbano norteamericano. Su obra se ha consolidado alrededor de la idea de lograr que las ciudades ofrezcan un entorno que invite a caminar con mayor comodidad, propósito y motivación, lo que considera indispensable para que una ciudad prospere y sea competitiva. Recientemente, acaba de publicar el libro Walkable city rules, en el que relaciona una serie de condiciones que permiten configurar un espacio urbano que logre los objetivos que he mencionado, abarcando aspectos técnicos, sociales, políticos y económicos de una manera amena y comprensible; una lectura recomendada para todos aquellos interesados en esos temas.

Speck propone 101 condiciones o reglas en su libro, comprendiendo prácticamente todas las variables que rigen la planificación de una ciudad. Aunque vale la pena revisarlas todas, y sin duda muchas de ellas pueden y deben aplicarse en Barranquilla, hay una que me parece muy llamativa para nuestra realidad y que no parece ser tan compleja de adoptar. El autor la describe de esta forma: “Si su ciudad tiene una calle que tiene el potencial de prosperar si se peatonaliza, haga la prueba temporalmente. Cuando se demuestre que la medida fue un éxito, hágala permanente y luego ensaye con otra calle”. Lo interesante de una medida de ese tipo es que permitiría corregir el error, si es el caso, pero además validaría la adopción definitiva de la peatonalización si se muestran evidencias de haber sido un acierto. Todo esto se podría hacer sin invertir demasiados recursos, solo bastaría algo de voluntad y acuerdos entre las entidades del Distrito y sus ciudadanos.

La peatonalización de una calle puede llegar a ser traumática, la fuerza de la costumbre pesa mucho. Speck reconoce que en los Estados Unidos, quizá el país más carro-dependiente del mundo, los debates detrás de ese tipo de decisiones pueden tomar décadas. Por eso sugiere una aproximación tipo prueba y error, cerrando la calle un día festivo, por ejemplo, y luego por un fin de semana, e ir así avanzando hasta que se puedan comprobar los resultados. La idea no sería imponer el cambio, sino lograr consensos entre los dueños de los negocios, los clientes y los habitantes de un determinado sector. Si la iniciativa funciona, se adopta y se formaliza con los ajustes de diseño que tengan lugar. Si no funciona, se descarta.

En nuestra ciudad hay algunas zonas en las que se podría experimentar con estas intervenciones. En el Barrio Abajo y en el Centro, de hecho, ya hay calles que se han peatonalizado espontáneamente de manera temporal o parcial, pero no se cuenta con el seguimiento y la medición de sus impactos. En El Prado y Bellavista hay también espacios propicios para proponer peatonalizaciones. Creo que, debido al masivo apoyo con el que cuenta la administración distrital, este sería un buen momento para intentarlo. Es cuestión de atreverse.

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Publicado en El Heraldo el jueves 9 de mayo de 2019

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