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En el mismo barco

Debido a la involuntaria recomendación de un amigo muy cercano, recientemente descubrí El mundo del ayer de Stefan Zweig, un libro que ahora entiendo indispensable. Se trata de las memorias del reconocido autor austriaco, a quien le tocó vivir la convulsionada época que observó la caída del Imperio austro-húngaro y ambas guerras mundiales (se suicidó en 1942, cuando la segunda guerra no había terminado). Con un relato muy ameno, Zweig se encarga de abrir una ventana a ese periodo de la historia europea, ofreciendo algunas claves que nos permiten comprender mejor algunos de los fenómenos que vivimos en la actualidad. Creo que la obra debería ser lectura obligada para todos los estudiantes de bachillerato, quienes presos de su juventud suelen pensar que el mundo nació con ellos.

Aunque más de un siglo nos separa de algunos de los sucesos que se describen, al leerlo es inevitable hacer comparaciones con nuestra realidad. Más o menos por la mitad del libro, Zweig escribe sobre las sensaciones que le despertaron un episodio que vivió en Tours durante la primavera de 1914, mientras pasaba unos días en ese apacible pueblo francés. Una noche en el cine, durante las noticias que solían pasar antes de la función, fue proyectada una imagen del Káiser Wilhelm visitando Viena, desatando una ola de insultos, pataleos y silbidos entre la audiencia. La sorpresa de Zweig no fue menor. Descubrió cómo el odio puede calar profundamente entre las personas, por muy sencillas y amables que éstas sean, y llegar incluso hasta los habitantes de esa tranquila provincia francesa. Utilizando la cita de otro autor, sentenció ese momento como perteneciente a una época de emociones e histeria masiva. Entonces, claro, pensé en nuestro País.

El odio y la rabia nos están ganando. En la vida cotidiana se ha vuelto imposible hablar de ciertos expresidentes o de un polémico excandidato. Como si estuviésemos en medio de un interesante enfrentamiento ideológico, conozco amigos que se han dejado de hablar y familias que han tenido que poner reglas en sus chats, a veces dividiéndolos según sus preferencias. Defendemos a unos o a otros con pasiones inéditas, incomprensibles. Nos hemos inventado diferencias abismales entre dos bandos ficticios con la pretensión de tener cada uno la respuesta a todos los males que nos acosan, pero con tan pobres argumentos y tan mínimas ideas, que todo parece al fin y al cabo una disputa de necios. Lo malo es que, ocupados con esos desgastes, se ignoran cosas fundamentales.

Nos alegramos de los fracasos de los otros, señalamos con júbilo a algún prófugo, celebramos algún dictamen legal, alguna derrota, realmente disfrutamos eso; ignorando que todos estamos montados en un mismo barco que hace agua desde hace tiempo. Ya sabemos el resultado del cultivo del odio, de la emoción y la histeria colectiva en la Europa que describe Zweig. ¿Nos atreveremos a imitarlos? ¿Seremos tan torpes?

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 11 de julio de 2019

No son ellos, somos nosotros

Aunque también sucede en otras partes, hace mucho tiempo en nuestro País ha venido imponiéndose una manera de pensar que en buena medida explica el atraso que vivimos. Tantas carencias, tanto pesar y frustración, han motivado una sensación generalizada de dependencia crónica, en la que unas esperanzas infundadas avivan la insostenible creencia en remedios inmediatos, que lógicamente nunca llegan o llegan mal y tarde. Pensamos que el Gobierno, ese conjunto intangible, leviatánico e incomprensible, va a salvarnos algún día, a poner nuestra vida en orden, a responsabilizarse de nuestro destino.

Cuando la realidad va enseñándonos que nada de eso va a pasar, incomprensiblemente le apostamos a hinchar el tamaño del monstruo, a crear más ministerios, agencias, oficinas, institutos, a nombrar más funcionarios, más Estado. Poco a poco vamos extendiendo el disparate, emulando a Sísifo, pero en cada intento alargando la cuesta y agrandando la piedra. Entonces brotan salvadores, individuos vociferantes que proclaman haber encontrado la solución para todo, la fórmula que nos sacará de la pesadumbre, preferiblemente en cuatro convenientes años, a veces en ocho. Esos redentores no suelen ser pudorosos, van diciendo lo que sea, aunque sus tonterías no guarden conexión alguna con la realidad, aunque ya se hayan intentado y fracasado en otros lados, nada importa, ellos sí podrán, ellos saben. Y les creemos. Millones de ciudadanos se aferran a ese escenario, uno en el que no hay que hacer mucho, simplemente votar y esperar sentados, sin más, milagrosamente.

Lo que suele pasar, en cambio, es que esos improbables Mesías arrastran a sus pueblos a debacles diversas, generalmente manifestadas en guerras o en empobrecimientos críticos. Ahí están los libros que nos enseñan cómo naciones de todos los colores y sabores, en todos los rincones del mundo, han sido llevadas a sufrir tormentos absolutamente evitables, innecesarios. Hitler, Castro, Mao, Mussolini, Chávez, todos ellos fueron apoyados de forma masiva y furibunda por personas que les compraron las mentiras, que cayeron en la trampa. Creyendo que con un Estado y un Gobierno magníficos y omnipotentes, controlados por su supremo, infalible y eterno líder, llegarían a la tierra prometida, fueron poco a poco entregando sus libertades, amarrándose ellos mismos las riendas que los condenarían.

No son ellos, ni los políticos, ni los ministros, ni el presidente, quienes nos van a mejorar la vida, acaso lo hacen mínimamente. Somos nosotros, con nuestros actos, nuestra consideración, nuestro respeto, nuestro mutuo, honesto y persistente esfuerzo, los que debemos hacernos responsables de nuestro futuro. A ellos hay que pedirles modestia, que hagan su mecánico trabajo con discreción y eficacia, sin alardes inútiles, que no decidan todo por nosotros, que se encarguen de lo básico, que no se entrometan demasiado.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 04 de julio de 2019

Trampas en los andenes

Cualquiera que haya tenido la oportunidad de caminar por nuestra ciudad, se habrá dado cuenta de la presencia de un sinfín de peligrosas trampas en los andenes. Me refiero a los huecos que quedan expuestos cuando se remueven las tapas de los registros de inspección de cualquier infraestructura urbana, usualmente debido a robos o ataques vandálicos, y cuya reposición, cuando sucede, suele tardar bastante. Se les puede ver por todos lados, casi nunca con algún dispositivo formal que prevenga al peatón y algunas veces exhibiendo artilugios precarios, ramas o palos o lo que sea, que algún ciudadano dispuso para tratar de evitar un accidente. Cerca de colegios, en zonas residenciales, en barrios prestantes o en los humildes, en cualquier lugar, nadie se escapa de esta riesgosa situación.

Hace una semana, mientras caminábamos por el Barrio Abajo, un colega que estaba señalándome un detalle en alguna fachada de interés, desapareció de mi vista en un segundo. Se había caído en un registro destapado. Luego de ese momento, superado el susto y algún raspón, nos dedicamos por unos pocos minutos a contar otros registros desprotegidos en el sector y encontramos más de diez.

El robo de las tapas de los registros de inspección no es un problema nuevo. Nuestras ciudades suelen ser entornos hostiles en los que algunos de sus habitantes, quiero pensar que una minoría, aprovechan cualquier situación para obtener réditos ilegales, sin detenerse a pensar en las consecuencias de sus acciones. Se roba o se destruye todo lo que se pueda, cables, luminarias, elementos de protección, canecas; el respeto es escaso y la impunidad notable. Habría que hacer un prolongado y sostenido esfuerzo para cambiar esa realidad, un problema multidimensional en el que concurren la mala educación, la necesidad de subsistir, el poco control cívico y la débil presencia policial, además de otras circunstancias cuya enumeración consumiría todo el espacio disponible que le resta a esta columna.

Mientras seguimos con la incansable tarea de lograr ciudades más amables, menos agresivas y más seguras, debemos buscar maneras de mitigar los daños y los riesgos. Existen en el mundo varias alternativas que disuaden a los ladrones de tapas, desde sofisticados seguros hasta materiales que reemplazan a los componentes metálicos, que constituyen el principal atractivo para quienes las hurtan. Sería muy positivo ver campañas en las que las empresas de servicios públicos fuesen poco a poco reemplazando las tapas de sus registros, implementando materiales compuestos, o instalando seguros y amarres que soporten hasta al más obstinado ladrón. La Secretaría de Tránsito y Seguridad Vial, dado que también se roban las tapas de las calzadas vehiculares, podría animarse a sugerir un plan de reposición a estas empresas, una iniciativa por la seguridad de todos.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 27 de junio de 2019

Contra la montaña

Hace unos días la principal vía que comunica los Llanos Orientales con el resto de Colombia sufrió un derrumbe que la dejó fuera de servicio. Según los cálculos que reveló la ministra de transporte tomará unos tres meses rehabilitarla, una situación que podría afectar considerablemente la economía, no solo de esa importante región, sino también la de todo el Pais y especialmente la de los departamentos cercanos. Se ha estimado que por esa vía se mueven unas 14 000 toneladas de alimentos diarios e importantes cantidades de ganado y otros insumos, un volumen de comercio nada despreciable cuya interrupción se hará sentir. Que una carretera de esa importancia esté tan vulnerable a las fuerzas de la naturaleza no puede dejarnos indiferentes.

Hay sin embargo, dos aspectos relevantes cuya concurrencia vale la pena considerar. En primer lugar, reconocer que para nuestro País constituye un enorme reto superar los obstáculos que le pone la complicada geografía y el clima que lo configura. Tres cordilleras mayores, ríos de difícil navegabilidad y un extremo régimen de lluvias, plantean enormes dificultades para el desarrollo. Varios autores, entre ellos Jared Diamond y Thomas Sowell, han descrito con acierto cómo los factores geográficos y todos los que se le asocian, imponen unas condiciones que en muchas ocasiones son determinantes para la prosperidad de determinados pueblos. «La geografía no es igualitaria», expresó Sowell en uno de sus libros recientes, explicando cómo África, por ejemplo, a pesar de tener más del doble del tamaño que Europa, cuenta con una extensión de litoral marino más corta. Lo que esto significa en términos de comunicaciones y facilidades logísticas es evidente: el continente africano jugará siempre con esa desventaja. En nuestro caso, el territorio nos obliga a construir aparatosas infraestructuras, no siempre bien concebidas ni ejecutadas y generalmente mal mantenidas.

El segundo aspecto se relaciona directamente con estas realidades. Creo que hay que aceptar que la incapacidad de nuestros gobiernos para asumir los grandes desafíos que la naturaleza nos ofrece alcanza dimensiones épicas. Tenemos un sinfín de ministerios, instituciones, corporaciones y agencias, que pretenden estudiar y comprender el medio físico, que se supone que evalúan opciones y seleccionan o aprueban respuestas coherentes a sus problemáticas, y sin embargo, parece que siempre estuviésemos empezando de cero, que no aprendiésemos nada. Las carreteras se siguen desbaratando, los puentes se caen, y mejor ni hablemos de los trenes o del transporte fluvial. Apagando incendios con una frecuencia pintoresca, nuestros funcionarios públicos se preocupan más por salvar su pellejo que por solucionar aquello que no funciona, siempre culpando a la anterior administración.

La geografía no va a cambiar, pero sí podemos cambiar la manera de enfrentarla. ¿Seremos capaces?

Fotografía tomada de https://www.pexels.com

Publicado en El Heraldo el jueves 20 de junio de 2019

«Las Dacia»

El pasado martes una protesta liderada por los conductores de vehículos tipo «Dacia» motivó una congestión de considerable magnitud en la avenida Circunvalar. Supongo que esa clase de atropellos deberán entenderse como males necesarios que hay que soportar para preservar la libertad de expresión, y aunque según nuestra Constitución todos tenemos derecho a protestar mientras se haga de forma pacífica, escasa paz veo en la alteración que genera el cierre de una de las vías más importantes de la ciudad. Hay, desde luego, causas más válidas que otras, movilizaciones que responden a coyunturas que ponen en riesgo la calidad de vida y el futuro de las personas, o que pretenden denunciar abusos incontestables. En el caso del bloqueo del martes me parece que la justificación es inexistente, o cuando menos relativa, y que lo que se pretende es normalizar las conductas riesgosas que conlleva una modalidad de transporte que no puede considerarse viable en ningún entorno que se entienda responsable con la seguridad de sus ciudadanos.

«Las Dacia», una denominación coloquial con la que se define un tipo de camioneta ligera que es adaptada de manera sumamente precaria para el transporte de personas, suelen hacer recorridos de ida y vuelta a lo largo de la avenida Circunvalar. Ataviadas con carpas postizas y con bancas en sus platones, circulan sin respeto alguno por las normas, deteniéndose donde les place a recoger y dejar pasajeros y propiciando no pocos escenarios de riesgo para todos los que utilizan esa importante vía. Varias veces he visto las complicadas peripecias que deben hacer los usuarios del servicio para montarse en esos vehículos, para sostenerse en ellos y evitar darse un golpe contra el pavimento. Es lógico, esas camionetas no fueron pensadas para transportar personas en sus espacios de carga, ni mucho menos para prestar un servicio regular de transporte de pasajeros. Que no hayan ocurrido mayores desgracias sólo se le puede atribuir a una desbordada generosidad de la providencia.

A veces me parece que el derecho al trabajo, mencionado por los protestantes, se malinterpreta como si fuese un derecho a hacer lo que sea. Claro que todos tenemos derecho a trabajar, pero no bajo cualquier condición. Si nuestro trabajo pone en riesgo la vida y la integridad de otras personas, no podemos esperar que se nos permita ejercerlo. En lugar de luchar por seguir haciendo los mismo, esos conductores, o los dueños de los vehículos, podrían intentar formalizar su oficio y cumplir con las normas, incluso sugiriendo alternativas a algunos puntos de la regulación.

De nuevo, todo este asunto nos demuestra el largo camino que nos queda por recorrer para llegar a tener un servicio de transporte público digno y confiable. Que los barranquilleros prefieran, o les toque, usar las incómodas «Dacia», o los mototaxis o bicitaxis, es una señal muy potente del bajo nivel de servicio que tienen disponible. Confío en que algún día logremos transformar esa indiscutible realidad.

Fotografía tomada de https://www.pexels.com

Publicado en El Heraldo el jueves 13 de junio de 2019

Libres de asbesto

Dos noticias recientes, relacionadas con la posible prohibición del uso del asbesto en nuestro país, merecen nuestra atención. El pasado 21 de mayo, la Comisión Séptima aprobó en tercer debate la denominada ley Ana Cecilia Niño, llamada así en homenaje a una de las víctimas más notorias de esa peligrosa sustancia y cuyo objeto es impedir la producción, comercialización y distribución del asbesto a nivel nacional. Con esta aprobación el proyecto queda a la espera de un cuarto y último debate, que deberá darse antes del 20 de junio, fecha del cierre de las sesiones ordinarias del Congreso. Por otra parte, el Concejo de Bogotá está también muy cerca de aprobar un proyecto de acuerdo que pretende declarar a la ciudad como libre de asbesto. Si la iniciativa tiene éxito, en los pliegos de contratación de las entidades públicas del Distrito se indicará de manera explícita la prohibición de utilizar cualquier elemento que contenga ese material, con una intención muy similar a la de un decreto que ya expidió la Gobernación de Boyacá a finales de mayo.

Según la Organización Mundial de la Salud –OMS–, todas las formas de asbesto son cancerígenas para el ser humano. La exposición al asbesto es causa de cáncer de pulmón, laringe y ovario, así como de mesotelioma (un cáncer del revestimiento de las cavidades pleural y peritoneal). También puede causar otras enfermedades, como la asbestosis (una forma de fibrosis pulmonar), además de placas, engrosamientos y derrames pleurales. Varios países del mundo, entre ellos Alemania, Argentina, Chile, los Países Bajos y Suiza, han acatado las recomendaciones de la OMS y han prohibido el uso del asbesto en sus territorios, además de contar con estrictos protocolos para su eliminación. Actualmente, en Colombia el uso del asbesto no está restringido por la ley.

Desde luego, al adoptar una prohibición de este tipo se afectarán un número importante de empresas y personas vinculadas a la producción y comercialización del asbesto. Se tendrán que poner en práctica algunas disposiciones que permitan mitigar los efectos de la nueva regulación, todo dentro de un periodo transicional que la propuesta de ley está estimando en cinco años. No faltarán las quejas y los alegatos, habrá que comprender que no es fácil encontrarse con este súbito cambio de reglas, pero por muy traumático que nos parezca, esta medida debe apoyarse sin restricciones.

Además de las bienvenidas iniciativas regionales en Boyacá y Bogotá, y deseando que eventualmente Barranquilla se sume, es necesario reclamar que el Congreso haga por fin su trabajo (este proyecto de ley increíblemente se ha archivado en siete ocasiones), y nos brinde la posibilidad de contar con una normativa específica para el asbesto. Sería imperdonable que el proyecto se hundiese por octava vez, aunque ya sabemos que Colombia es tierra fértil, muy fértil, para lo inverosímil.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 06 de junio de 2019

El viejo malecón

El título de esta columna puede confundir al lector. Es posible que llegue a creer que me estoy refiriendo al emblemático malecón de La Habana, cuya construcción comenzó a principios del siglo pasado, o a La Rambla uruguaya, que bordea la costa del Río de la Plata en Montevideo y que también data de esa época. Sería relativamente improbable que piense que escribo sobre algún espacio barranquillero. Es lógico, uno no podría denominar como «vieja» a una estructura que no contara sus años en décadas, acaso siglos, y aquí no tenemos muchas cosas con tales características. Sin embargo, en nuestra ciudad ese adjetivo lo podríamos usar para nombrar al malecón que se construyó en la isla de La Loma y que fue puesto en servicio en diciembre de 2012, hace menos de siete años. Es tal su grado de abandono y deterioro, que para diferenciarlo del proyecto similar que se construye desde el centro de convenciones Puerta de Oro, podríamos llamarlo de esa manera: el viejo malecón.

Aunque es un fenómeno que viene ocurriendo en ese lugar desde hace un par de años, hace unos días se viene difundiendo una noticia sobre la formación de un islote en la orilla del viejo malecón. Al parecer el curso del río, tan cambiante, ha propiciado que se acumule una espesa capa de material vegetal que ha logrado alejar el agua, inutilizando los pequeños muelles que en su momento se habían habilitado y ofreciendo una vista que ciertamente es diferente de la que podía disfrutarse durante sus primeros años de funcionamiento. Algunas voces se han levantado pidiendo pronta intervención, temiendo que se pueda llegar a un estado en el que sea imposible, o demasiado costoso, recuperar lo perdido. Desde luego es necesario hacer algo al respecto, no tiene perdón que se pierda semejante esfuerzo, ni siquiera que se devalúe. Nuestra economía no está para despilfarros.

Sin embargo, vale la pena preguntarse qué está pasando. Uno quiere creer que cuando se planteó el proyecto original se tuvieron en cuenta todos los factores, o al menos los más importantes. Es sensato suponer que el análisis del comportamiento y de las características del río Magdalena, algo que podemos rotular como fundamental para una obra que está en permanente contacto con sus aguas, debió hacer parte de los estudios que la acompañaron. En el peor de los casos se deberían tener algunas acciones dispuestas para este tipo de situaciones, un control permanente sobre la «tarulla», si es que esto es posible; que alguna entidad se preocupe realmente por lo que le pasa al río, a sus orillas, a las inversiones que se hacen en su entorno.

Creo que todo esto, de nuevo, nos recalca la importancia que tiene para Barranquilla contar con la posibilidad de tomar decisiones estudiadas, incluso autónomas, sobre esta emblemática arteria fluvial. Debemos exigir de una vez por todas el establecimiento de una autoridad única y local que desanude el galimatías legal que rige el río, pero sobre todo, que pueda actuar oportunamente.

Fotografía tomada de https://www.pexels.com

Publicado en El Heraldo el jueves 30 de mayo de 2019

El riesgo permanente

El pasado domingo, cuando ya la noche había puesto fin a la celebración del Día de la Madre, en el centro comercial Buenavista II se desató un incendio de considerables proporciones. La conflagración consumió una parte del cuarto piso del edificio, aunque el impacto de lo acontecido afectó a varios locales ubicados en otros niveles, especialmente a aquellos que están debajo de la zona comprometida. A pesar de la rapidez con que se expandieron las llamas –un asunto que habrá que revisar– no se presentaron ni víctimas ni heridos, lo que constituye el hecho positivo de un suceso que pudo tener un final mucho más trágico. Ciertamente este tipo de emergencias nos recuerdan, al menos ese es mi sentimiento, la importancia que tienen las medidas de seguridad y los procedimientos de evacuación en nuestra vida cotidiana, especialmente en el entorno edificado.

Según se ha podido establecer en diversos medios, parece que el incendio se originó en un gran parque infantil. El sitio, que he visitado en varias ocasiones, es un lugar amplio, sin ventanas visibles y relativamente oscuro, en el que se simula la experiencia de una ciudad para los menores. No quiero imaginarme el escenario que estaríamos describiendo si esta situación se hubiese desatado con el local abierto y en funcionamiento, colmado de niños. Dentro de lo que sin duda es un momento muy difícil para los propietarios y empleados de los negocios que se vieron perjudicados, creo que todos pueden considerarse afortunados por el desenlace de este asunto y valorar el trabajo del cuerpo de bomberos y de los organismos de socorro, que reaccionaron de manera oportuna y rápida, como debe ser. Fue también providencial, sería necio negarlo, que la mala hora se haya revelado con el centro comercial relativamente vacío. No me cabe duda de que la suma de todos estos factores, la preparación y la suerte, evitaron mayores daños.

Es normal que la cotidianidad nos vaya apaciguando los mecanismos de alerta y que poco a poco, ante la falta de acontecimientos, ablandemos nuestras posturas ante las posibilidades de una emergencia. Quizá varios de nosotros nos hayamos fastidiado cuando en nuestros lugares de trabajo somos invitados a participar en simulacros de evacuación, o nos incluyen en jornadas de capacitación para el manejo de eventos catastróficos, o en cualquier otro ejercicio que busque prepararnos para los desastres. Pensamos que nada va a pasar, que esas cosas son improbables, o peor, que todo es una pérdida de tiempo. Que este incendio, en un lugar que frecuentamos y consideramos cercano, sea una azarosa advertencia para todos. El riesgo es permanente, siempre acecha.

El centro comercial Buenavista, en sus dos etapas, ha sido un importante motor de la economía local. Confío en que pronto se reconstruirá lo dañado y vuelva la normalidad a este importante nodo de desarrollo. Mi solidaridad con todos los afectados.

Fotografía tomada de https://www.pexels.com

Publicado en El Heraldo el jueves 15 de mayo de 2019

 

Cerrar la calle

Jeff Speck es un reconocido planificador y diseñador urbano norteamericano. Su obra se ha consolidado alrededor de la idea de lograr que las ciudades ofrezcan un entorno que invite a caminar con mayor comodidad, propósito y motivación, lo que considera indispensable para que una ciudad prospere y sea competitiva. Recientemente, acaba de publicar el libro Walkable city rules, en el que relaciona una serie de condiciones que permiten configurar un espacio urbano que logre los objetivos que he mencionado, abarcando aspectos técnicos, sociales, políticos y económicos de una manera amena y comprensible; una lectura recomendada para todos aquellos interesados en esos temas.

Speck propone 101 condiciones o reglas en su libro, comprendiendo prácticamente todas las variables que rigen la planificación de una ciudad. Aunque vale la pena revisarlas todas, y sin duda muchas de ellas pueden y deben aplicarse en Barranquilla, hay una que me parece muy llamativa para nuestra realidad y que no parece ser tan compleja de adoptar. El autor la describe de esta forma: “Si su ciudad tiene una calle que tiene el potencial de prosperar si se peatonaliza, haga la prueba temporalmente. Cuando se demuestre que la medida fue un éxito, hágala permanente y luego ensaye con otra calle”. Lo interesante de una medida de ese tipo es que permitiría corregir el error, si es el caso, pero además validaría la adopción definitiva de la peatonalización si se muestran evidencias de haber sido un acierto. Todo esto se podría hacer sin invertir demasiados recursos, solo bastaría algo de voluntad y acuerdos entre las entidades del Distrito y sus ciudadanos.

La peatonalización de una calle puede llegar a ser traumática, la fuerza de la costumbre pesa mucho. Speck reconoce que en los Estados Unidos, quizá el país más carro-dependiente del mundo, los debates detrás de ese tipo de decisiones pueden tomar décadas. Por eso sugiere una aproximación tipo prueba y error, cerrando la calle un día festivo, por ejemplo, y luego por un fin de semana, e ir así avanzando hasta que se puedan comprobar los resultados. La idea no sería imponer el cambio, sino lograr consensos entre los dueños de los negocios, los clientes y los habitantes de un determinado sector. Si la iniciativa funciona, se adopta y se formaliza con los ajustes de diseño que tengan lugar. Si no funciona, se descarta.

En nuestra ciudad hay algunas zonas en las que se podría experimentar con estas intervenciones. En el Barrio Abajo y en el Centro, de hecho, ya hay calles que se han peatonalizado espontáneamente de manera temporal o parcial, pero no se cuenta con el seguimiento y la medición de sus impactos. En El Prado y Bellavista hay también espacios propicios para proponer peatonalizaciones. Creo que, debido al masivo apoyo con el que cuenta la administración distrital, este sería un buen momento para intentarlo. Es cuestión de atreverse.

Fotografía tomada de https://www.pexels.com

Publicado en El Heraldo el jueves 9 de mayo de 2019

Comportamiento y educación

Resulta triste comprobar la frecuencia con la que se repiten noticias referentes a malos comportamientos ciudadanos. No me estoy refiriendo a crímenes mayores: desfalcos, robos, asesinatos, masacres; éstos pertenecen a un ámbito mucho más complejo. Estoy señalando lo que se puede entender como faltas pequeñas, situaciones que podrían ser evitables utilizando el sentido común y acudiendo a la decencia y a la consideración. La semana pasada, como todas, me encontré con varios ejemplos.

Realizando un recorrido de apenas media hora, un periodista de El Heraldo pudo darse cuenta de dieciséis infracciones de tránsito relacionadas con las restricciones al parqueo en la Carrera 59. Tras la adecuada labor de socialización y divulgación, y la instalación de un buen número de señales que indican la nueva normativa para esa vía, los infractores no tienen excusa: si violan la norma es porque así lo desean, no porque no se hayan enterado. No sólo fueron encontradas infracciones directas, algunos, para evitar la restricción, tuvieron el atrevimiento de parquearse sobre el andén. La anarquía implícita en estas acciones es preocupante, y demuestra el poco interés en el bienestar común. Ojalá las sanciones se apliquen con rigor, da la impresión de que esa es la única manera en la que podemos aceptar el orden general.

Me enteré de otro caso de incivilidad durante una conversación reciente. Un conocido me contaba que hacía pocas noches, en medio de la semana laboral, un vecino de un barrio del norte de la ciudad había decidido organizar una reunión que incluía un grupo musical en vivo, apoyado por equipos de amplificación. El estruendo comenzó hacia la medianoche y se prolongó por un par de horas, con tal nivel de ruido que era imposible conciliar el sueño.  Las llamadas a la policía fueron estériles. Cuesta trabajo creer el nivel de desconsideración y egoísmo de quienes organizaron tal actividad, convirtiendo sin pudor una noche de descanso en una de insomnio.

Por último, el domingo anterior, una congresista consideró que tenía el derecho de invadir con su vehículo las playas de un sector turístico de Cartagena, cometiendo una infracción. Cuando un par de ministras se percataron del hecho e hicieron el oportuno reclamo, la situación fue divulgada y motivó discusiones en los medios de comunicación. Probablemente si el reclamo lo hubiese realizado una persona sin tales investiduras nada habría pasado, el vehículo se habría mantenido donde estaba, y quizá el denunciante hubiese sido amedrentado con agresividad. Lo peor es que hay quien considera que la congresista en realidad no hizo nada grave.

Siempre he pensado que cuando una persona ha tenido educación y ha crecido en un entorno que le ha provisto de cobijo y alimentación digna, como se entiende que debe ser el caso de los infractores mencionados, debe considerarse inexcusable que cometa tales acciones. Comprendo algo mejor esos comportamientos cuando provienen de quienes se han encontrado ante un entorno hostil, sin que esa comprensión suponga aceptación. El mal comportamiento no puede permitirse bajo ninguna excusa, sin embargo parece que la desobediencia y la agresión están ganando la batalla en todos los niveles posibles, con la tácita aceptación de todos.

Publicado en El Heraldo el domingo 7 de septiembre de 2014

La Loma

Esta semana, en un lote ubicado en La Loma, ha sido puesta la primera piedra del proyecto de la nueva sede de la alcaldía, continuando de esta manera con el desarrollo urbanístico que comenzó con la construcción de la Avenida de Río y el malecón.  Con esta decisión la administración distrital da un significativo apoyo a los inversionistas interesados en desarrollar ese sector, demostrando la confianza institucional que tiene en el futuro de este proyecto urbano.

De ser exitoso, y a Barranquilla le conviene que así sea, el proyecto de La Loma será sin duda un referente y un ejemplo a seguir, inclusive por fuera de nuestras fronteras nacionales. Dado su tamaño, cerca de cien hectáreas, es posible adivinar que su impacto sobre la ciudad será notable.

Entendiendo que en La Loma actualmente no hay dinámicas urbanas de ningún tipo, y que es una isla prácticamente deshabitada y sin arraigo en la memoria de los barranquilleros; los esfuerzos para convertirla en una zona urbanísticamente consolidada se presumen gigantescos, exigentes de constancia, continuidad y muchísimos recursos económicos tanto públicos como privados. Esta es una apuesta a largo plazo, arriesgada como todas las que necesitan tiempo para su maduración, por lo tanto, su primera señal de éxito será que las administraciones posteriores continúen con esta empresa: cualquier falla en la continuidad de su desarrollo podrá significar su fracaso.

Sin embargo, no es conveniente que la ciudad se conforme sólo con que el proyecto logre sus metas económicas. Esto es fundamental, por supuesto, pero supone beneficios limitados. Se espera que La Loma se convierta en un espacio urbano de calidad, dinámico, diverso, ejemplar y que logre motivar sentimientos de pertenencia en un buen número de barranquilleros. Para que esto suceda, su diseño debe responder a las tendencias actuales en cuanto a movilidad, tipologías, densidad y variedad, y no repetir los errores del urbanismo del siglo pasado, promoviendo una estricta separación de usos y el dominio del vehículo particular. Así debemos esperar que haya sido su concepción.

Probablemente el desafío más complejo que enfrenta el proyecto es lograr que su esperado éxito se convierta en un impulso efectivo para la recuperación integral del centro histórico de Barranquilla, como en algunos escenarios se ha afirmado. En este sentido debemos evitar que el desarrollo de La Loma motive un mayor deterioro de nuestro centro, para lo cual es imperioso un plan que articule estas dos zonas.  Será muy tentador para futuros empresarios fijar su interés en el nuevo sector, con lo cual es probable que el centro histórico observe una disminución en su atractivo comercial, configurando así un escenario indeseable. Las ganancias cualitativas para la ciudad se verían disminuidas si esto sucede, entendiendo que sería imperdonable que el éxito de La Loma menoscabe la recuperación del centro. 

Con un plan conjunto, es posible lograr que el centro de Barranquilla también reciba beneficios derivados del proyecto de La Loma. Su desarrollo armonioso debe ser uno de los objetivos de esta apuesta urbana y es un resultado que debería buscarse con perseverancia. Esperemos que así lo entiendan nuestros gobernantes.

Publicado en El Heraldo el domingo 24 de agosto de 2014