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El ajedrez

Durante los últimos meses he descubierto las bondades del ajedrez. No es que no me haya percatado de su existencia, creo que casi todo el mundo ha oído mencionar el juego alguna vez y sabe, más o menos, de qué se trata; sino que, también, como casi todo el mundo, no le había prestado mayor atención. Guiado por mi abuelo paterno, quien me infligió en la niñez un inolvidable mate pastor (todavía lo recuerdo con inusual claridad), muy joven conocí las reglas fundamentales, los movimientos de las piezas y su propósito, pero poco más. Fueron necesarias unas conversaciones recientes con Von Furstenberg para despertar un novedoso interés, que encontró sustento en el encierro pandémico y en las facilidades que brinda internet.

No soy un buen jugador, ni siquiera uno aceptable, pero incluso desde un desempeño y una comprensión mediocre, he podido hallar solaz al repasar los mecanismos de ese juego milenario. Sirvió mucho encontrar los entretenidos videos de Leontxo García, quien quizá es la persona más cultivada sobre el tema en la lengua española y sin duda uno de sus grandes promotores. Sus contenidos terminaron por convencerme de su valor.

Varias cosas llaman la atención. Primero, lo obvio: el ajedrez es un juego en el que el azar es prácticamente inexistente. Eso no es menor, porque significa que es muy difícil culpar de las derrotas a alguien, o a alguna circunstancia, lo cual suele ser muy común en otras actividades. Cuando un jugador pierde un partido no podrá decir que influyó el árbitro, o que le hicieron trampa, o que tuvo mala suerte. Cuando se pierde en el ajedrez es porque el adversario jugó mejor, y punto. Por eso, se dice que quien más aprende en una partida es precisamente el derrotado. Tras caer, vale la pena preguntarse ¿Qué hice mal? ¿Cómo puedo mejorar? ¿Dónde me equivoqué?, configurando así un provechoso ejercicio de autoanálisis que lleva, bien dirigido, a un perfeccionamiento continuo del pensamiento crítico. Sin chivos expiatorios, sólo queda la mirada frente al espejo y saber perder.

Desde luego, hay otros beneficios. Algunos estudios indican que su práctica regular puede prevenir o al menos retrasar la aparición de algunas enfermedades mentales que acosan durante la vejez, especialmente el Alzheimer. Igualmente, se ha podido comprobar que, para las personas con excesiva timidez, jugar ajedrez es una terapia que les permite estar relativamente cómodos e iniciar una comunicación especial con sus rivales sin ser necesario el uso inicial del lenguaje ni el contacto. Incluso, poco a poco se va entendiendo que puede ser una herramienta para la formación en valores desde muy corta edad, una metodología que algunas instituciones preescolares en Latinoamérica ya están ensayando con pequeños desde los dos o tres años.

En estos tiempos, en los que el éxito tiene tantas interpretaciones y hemos ensalzado a algunos deportistas como modelos para muchos jóvenes —algo que no siempre es bueno como lo demuestran los desatinos de Djokovic— conviene buscar asideros en actividades que dejen enseñanzas positivas y moderen el comportamiento. El ajedrez no tiene la fórmula milagrosa, pero puede ayudarnos a ser mejores personas.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 20 de enero de 2022

Un año para mejorar

Estos días finales suelen ser momentos llenos de propósitos y resoluciones. Hay quienes están decididos, por fin, a empezar una nueva dieta y a hacer ejercicio, a enmendar alguna relación rota, a evitar esa actitud que tanto daño hace, a dejar de fumar, a dejar de beber, a ahorrar, a dedicarle más tiempo a sus seres queridos; en suma, casi todos los propósitos de fin de año guardan la esperanza de cambios que se sobreentiende positivos. Nadie, libremente y en sus cabales, propicia cambios para empeorar sus propias circunstancias.

Sin embargo, los cambios que se reclaman no siempre guardan relación con los resultados que se pueden derivar de su implementación, o se enfocan en lo que se espera de ellos y no en los mecanismos que los harían posibles. Por eso, la mayoría de las entusiastas resoluciones que se adoptan en enero se van abandonando en febrero, de tal forma que se aplazan, o se retoman intermitentemente de acuerdo con algunas erupciones de optimismo. Eso no es tan grave cuando se trata de asuntos que soportan iteraciones, al fin y al cabo una dieta interrumpida se puede empezar las veces que sea necesario, cualquier día podemos volver al gimnasio, o hacer esa llamada pendiente. Hay que prestar más atención cuando nos metemos con asuntos que no tienen fácil arreglo.

En Colombia estamos pidiendo cambios hace rato. Como en casi todos los países, hay muchos problemas que no parecen alcanzar solución si insistimos en los métodos de siempre, por lo tanto, se va agotando la paciencia y va creciendo la rabia. Temas evidentes como el funcionamiento de la justicia, los procedimientos burocráticos y la corrupción estatal, entre otros, merecen intervenciones tan complejas como inmediatas, pero concediendo que tomará algo de tiempo poder ver resultados y que seguramente será necesario ir perfeccionando las formas.

Los cambios sostenibles no se logran de un día para otro, ni se conjuran con decretos y leyes mesiánicas.

Se viene un año de elecciones. Inquieta comprobar que muchos colombianos quieren simplemente «un cambio», así, a secas, como para ensayar a ver qué pasa, aparentemente dispuestos a cualquier cosa. Aunque esa posición se puede entender —ya mencioné la impaciencia y la rabia— también es necesario advertir sobre sus peligros. Cambiar abruptamente el corazón de la economía y las reglas del comercio, por ejemplo, puede traer consecuencias devastadoras, acaso irreparables, incertidumbres y décadas de atraso. Ese sería un cambio, sin duda, pero uno que agravaría las condiciones de vida de los más vulnerables, que son justamente aquellos a quienes menos les convienen los experimentos extremos. Vale la pena recordar que todo puede ser peor, que no es necesario empezar de cero, que es preferible construir sobre lo que ya hemos logrado, y que no es sensato acabar con lo poco que tenemos para refundar forzados ideales.

Ojalá el año que viene sea un año para mejorar y para avanzar, para tomar buenas decisiones. Ojalá los colombianos encontremos el sosiego necesario para hacerlo. A mis lectores, los mejores deseos y muchas gracias por el tiempo dedicado, tras una pausa necesaria, volveré a estas páginas la tercera semana de enero.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 30 de diciembre de 2021

Los antivacunas

Tuve algunas reservas sobre la mejor forma de denominar al conjunto de personas que, teniéndolas a la mano, no ha querido ponerse la vacuna contra la covid-19. Desde hace rato creo que no es buena idea categorizar tan tajantemente a ciertos contingentes, puesto que tal tipo de señalamientos es el primer paso hacia la discriminación, malos tratos y cosas peores. Sin embargo, por practicidad me referiré a ellos como los antivacunas, aunque en ese grupo quepan algunos individuos que dejan de lado actitudes militantes para albergar dudas razonables y temores que podrían disiparse con paciencia y una buena explicación. También están, claro, los radicales que se niegan tajantemente y especulan sobre conspiraciones fantásticas e inverosímiles. Con ellos hay mayores incertidumbres.

Sería necio ignorar lo que está pasando en las sociedades más desarrolladas de Occidente ante la nueva ola de la pandemia que ha impulsado la variante ómicron. Las noticias que llegan desde Europa son ciertamente inquietantes. En Alemania un movimiento extremo, Sajones Libres, estaba planeando un atentado contra el primer ministro del Estado de Sajonia, como una reacción ante las medidas sanitarias que se han impuesto en ese país para contener el avance del virus. Los Países Bajos, Bélgica y Austria, han visto sus calles tomadas por protestas callejeras que no han estado exentas de violencia, fomentadas por grupos de personas que están en contra de la vacunación obligatoria y de cualquier directriz que intente regular la circulación de quienes no están dispuestos ni a vacunarse, ni a restringir sus supuestas libertades.

Esos grupos, los antivacunas, han llegado a comparar este momento de la historia con el que propició la persecución a los judíos europeos durante la primera mitad del siglo pasado. En Austria, en las protestas mencionadas, los participantes llevaban estrellas de David amarillas con el lema «no vacunado», haciendo una demencial alusión a los horrores que se vivieron en aquellos tiempos, victimizándose de cierta manera y acudiendo a uno de los recuerdos más terribles del viejo continente. Un recurso vil, que de paso irrespeta la memoria de las millones de víctimas del Holocausto y de las infamias Nazis. La Unión Europea ha recomendado tomar las medidas que sean necesarias para contener la proliferación de estos fenómenos, llegando hasta donde los límites legales lo permitan, pero dejando claro que no se pueden aceptar posiciones blandas ante tales disrupciones. Ciertamente hay cosas con las que no se puede jugar.

Es muy difícil entender ese tipo de reacciones. Se ha calculado que en Europa todavía hay unas 150 millones de personas que no se han vacunado a pesar de que hay abundancia y facilidad. Eso no parece importar, los antivacunas persisten. Seguramente durante los próximos años, los estudiosos del comportamiento de los seres humanos redactarán miles de tesis sobre lo que la pandemia nos enseñó, sobre cómo existieron legiones de individuos que no estuvieron dispuestos a ceder en lo mínimo, a quienes no les importó poner en riesgo a todos; sobre el egoísmo y la soberbia. Así somos, todavía hay quienes creen que la tierra es plana.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 23 de diciembre de 2021

Creando antagonistas

El título de esta columna lo he tomado de una entrevista que brindó José Ángel González Sainz en El País hace poco tiempo, a propósito de su nuevo libro La vida pequeña. El arte de la fuga; el primero de una trilogía. Con esa expresión el autor hacía referencia a la evolución del debate político en España, tan deteriorado allá como en cualquier otra parte del mundo. Notaba en sus declaraciones que a mucha gente le bastaba con tener unas cuantas ideas básicas para ir embistiendo por la vida, sin asco, arrasando con cualquier cosa que no encajase con lo que ya han estimado como correcto. Así, se atrevió a afirmar que en España no se estaban creando ciudadanos sino antagonistas, y que esa situación propicia la toma de decisiones nocivas, un escenario que parece plagar casi todos los ejercicios democráticos del hemisferio occidental.

En nuestro país estamos en las mismas. Deslumbrados por las soluciones finales, sin saber realmente los peligros que entrañan ni con el menor ánimo para revisar la historia, vamos apurando hacia territorios desconocidos. Casi con ingenuidad, y ciertamente con desespero, hay una aparente disposición para subir las apuestas y arriesgar cada vez más, tratando de demoler al adversario, aniquilarlo y borrarlo del mapa. Bajo la sombra de respaldos importantes hay quienes se dedican a prometer el oro y el moro, fabulando sobre asuntos muy serios que merecen un manejo técnico, pausado y alejado de la improvisación. Todo esto se ha repetido ya muchas veces, se han hecho las advertencias del caso, pero poco importa, como siempre, los extremos encuentran fundamento para sus causas. No sería la primera vez que los desastres sociales, morales y económicos, estuviesen acompañados por ensordecedoras aprobaciones populares.

Por eso, la sentencia de González Sainz es tan obvia como acertada. Es probable que varios de los lectores lo hayan vivido: cada vez es más complicado hablar de algunos temas, se pierden los estribos con facilidad, se sube la voz y se gesticula, incluso con quienes se tiene confianza, afecto y respeto. En público o en privado, el insulto y la burla es ahora lo que más rinde y anima. De las redes sociales mejor ni hablar. La vieja norma que invitaba a evitar las conversaciones sobre política o religión en las reuniones familiares, o en los convites entre amigos, encuentra últimamente un asidero renovado; una pérdida para quienes aprecian los beneficios de la discusión, están dispuestos a entender los diferentes puntos de vista, e incluso, a cambiar de parecer si las circunstancias así lo reclaman y los hechos lo demuestran.

Ojalá el ambiente de diciembre, con su carga emotiva y afectiva ahora más justificada que nunca, ayude a calmar los ánimos, sin embargo, dudo mucho que eso pase. Ojalá transitemos, aunque sea parcialmente y de forma incompleta, de ser antagonistas a ciudadanos. Desde esta tribuna, como columnista, queda la tarea de continuar con el compromiso de exponer algunos puntos de vista de la manera más sensata posible, tratando de entregar algo de información y análisis a las discusiones por venir. Habrá inevitables equivocaciones y torpezas, pero nunca mala fe.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 16 de diciembre de 2021

Ver para creer

Cada vez que inicio la redacción de una columna suelo revisar las aproximaciones que ya he publicado sobre lo que pienso exponer. Al sumar casi ocho años escribiendo en este espacio es inevitable que se repitan temas, por lo tanto, la tarea no está libre de dificultades. Es importante no aburrir al lector. Sin embargo, ciertas cosas parecen reclamar toda la atención posible y cuesta mucho no insistir. Por eso, me referiré de nuevo a un asunto que he tocado en columnas anteriores, aclarando, por si acaso, que no tengo ningún interés particular en ello. Mi opinión es libre y personal.

Esta semana se anunció con mucho despliegue la recuperación de la empresa Triple A, que pasará a ser controlada por el Distrito al obtener el 65% de sus acciones. Eso en principio suena bien, o cuando menos no parece nada extraordinario: es normal, aquí y en muchas partes del mundo, que las empresas que prestan servicios públicos sean públicas. Sin embargo, conviene no olvidar las circunstancias que llevaron a la privatización parcial, no solo del servicio de acueducto, aseo y alcantarillado de nuestra ciudad, sino de todos los demás.

Pude vivir, a finales del siglo pasado, lo que significó el colapso de las Empresas Públicas Municipales de Barranquilla, que tras décadas de servicio ejemplar pasaron a convertirse en un botín político que era explotado sin vergüenza. El agua que salía por los grifos era tóxica, el suministro irregular, la atención inexistente. Lo mismo sucedía con la recolección de basura y con el alcantarillado, nada funcionaba y todo se hundía gracias a los continuos robos y mangualas de la mano de quienes tenían el poder en ese entonces. Al surgir la posibilidad de levantar la empresa, de expedir acciones y empezar de cero, la ciudad lo celebró y la ciudadanía respondió.

Estábamos realmente tocando fondo. Sumado a los problemas del agua, los teléfonos no servían, la luz se iba con mucho más frecuencia que ahora, y no parecía haber forma de componer el camino. Fue entonces cuando los inversionistas privados propiciaron una complicada salida, que poco a poco permitió encontrar algo de dignidad para los barranquilleros. Y así fue. La historia nos demostró que era posible contar con un buen acueducto y en poco tiempo todo mejoró. Se pudo tomar agua sin temor. Simultáneamente, debido a procesos similares, los teléfonos daban «tono» y el servicio de energía comenzó a entregarnos menos dolores de cabeza. Eso es lo que no podemos olvidar: que en manos de las administraciones públicas se plantean grandes tentaciones asociadas a manejos corruptos. Es relativamente fácil. Hay quienes ya tienen gran habilidad para amañar contratos, para declarar excepciones y responder favores, para agilizar trámites y cobrar por eso, y otro sinfín de prácticas opacas que acosan al mundo público y lo entorpecen. Todo está inventado.

Desde luego, vale la pena entregarle un voto de confianza inicial a quienes tendrán en sus manos el enorme reto de mantener y mejorar la credibilidad de esa empresa. Triple A ha logrado mucho, pero no podemos pecar por ingenuos. ¿Seremos capaces de administrar una empresa pública con transparencia e integridad? Ojalá. Ver para creer.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 9 de diciembre de 2021

Ómicron y África

“La velocidad del grupo estará determinada por la velocidad del más lento de sus miembros». Eso dice, más o menos, un refrán que sentencia lo que está pasando con la aparición de la variante ómicron del coronavirus.

Las autoridades médicas vienen expresando hace rato que el esfuerzo por aumentar la cobertura de vacunación debe ser lo más parejo posible en todas las regiones del planeta. Eso no quiere decir que todos vayamos al mismo ritmo —ese es un escenario improbable— pero sugiere que se haga todo lo que esté al alcance para evitar rezagos mayores. Se ha entendido que el virus tiene la capacidad de mutar en la medida que encuentre espacios para su propagación, puesto que su probabilidad de hacerlo es directamente proporcional al número de veces que se replica. Por lo tanto, si existen lugares en los que todavía las vacunas no llegan a la mayoría de la población y el virus avanza sin mayor control, será allí donde pueden surgir las mutaciones que eventualmente plantearán un nuevo jaque. Eso fue lo que probablemente pasó en Sudáfrica. Eso no puede ser una sorpresa.

El continente africano es el menos vacunado entre todos, con apenas una cobertura del 11% para las primeras dosis y del 7.3% para el esquema completo. Estas cifras están muy lejos del promedio de los demás: en cualquier otro continente los porcentajes están entre el 60% y el 50% respectivamente. El rezago es considerable y no parece que se esté haciendo, como se reclama, todo lo posible por resolverlo.

La tarea no está libre de dificultades y no basta con enviar los viales a los aeropuertos, de hecho, hoy el mayor problema no es la falta de vacunas. Hay complicaciones varias. Los bajísimos niveles de desarrollo de los países africanos, la escasa calidad de sus sistemas de salud, la precariedad de su infraestructura, los obstáculos logísticos e incluso la falta de personal médico apropiado, impiden que las campañas de vacunación logren el impacto que se ha podido lograr en el resto del mundo. Sumado a todo esto, en esa región también hay escepticismo en cuanto a los beneficios de las vacunas, temores por posibles efectos secundarios y una enorme desconfianza en las instituciones gubernamentales. Podría asegurarse que los africanos se enfrentan a los mismos problemas que han tenido que resolver con mayor o menor éxito casi todos los países, pero con la desventaja de no tener recursos para hacerlo. Si en Europa y en los Estados Unidos aún hace falta vacunar a millones de personas y existe resistencia para ponérselas, no es difícil imaginar lo que pasa en sociedades menos educadas y más pobres. Todo resulta peor.

Conviene moderar las expectativas. Aunque vale la pena celebrar la posibilidad de relajar algunas de las medidas de distanciamiento y las prevenciones a las que nos hemos tenido que someter durante casi dos años, es necesario asumir que el virus va a estar fastidiándonos por mucho tiempo. Vacunarnos y no correr riesgos innecesarios, o los menos posibles, es lo correcto. También va a ser útil, por si acaso, rogarle a quien creamos para que no aparezca una variante que debilite el escudo de las vacunas y nos tire de nuevo a la lona. Saldríamos muy maltrechos de un segundo golpe.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 2 de diciembre de 2021

Homenaje a Escohotado

Antonio Escohotado, filósofo, ensayista y profesor universitario de origen español, falleció el pasado domingo 21 de noviembre en Ibiza. Tenía 80 años.

En ocasiones anteriores me he referido a Escohotado en este espacio, generalmente acudiendo a sus pensamientos relacionados con su notable aprecio por la libertad y la educación. Su obra ha pasado por varios intereses, aunque al tratar de establecer un balance, puede afirmarse que es conocido por dos temas fundamentales. El primero derivado de lo que puede entenderse como su libro imprescindible: Historia general de las drogas. Esa voluminosa investigación, cuya última versión (publicada en 1998), alcanzó las 1 500 páginas; comprende una detallada relación histórica y analítica, sobre el uso de los diversos fármacos con los que han experimentado los seres humanos durante los últimos milenios. En ella, además del rigor científico que expone al revisar objetivamente los efectos de esas sustancias sobre la química del cerebro, vierte también sus propias experiencias, dado que el autor había probado la mayoría de los compuestos que se mencionan en la obra. Como dato curioso, buena parte de ese libro lo redactó cuando estuvo preso en la cárcel de Cuenca, condenado a dos años por tráfico de estupefacientes en grado de tentativa imposible. Ninguna discusión sobre las drogas, sus usos y sus abusos, puede estar completa sin considerar los aportes que esta obra nos entrega.

El otro tema que lo ocupó significativamente fue su crítica sustentada a las posiciones de la izquierda, compiladas en su monumental trilogía Los enemigos del comercio, cuyo primer volumen se publicó en el 2008. En este trabajo revisa exhaustivamente la historia de la sociedad de consumo, con especial detalle en el tiempo que transcurre desde la Revolución Francesa hasta la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética. En unas declaraciones recientes al diario El País, Fernando Savater calificó esa obra como «extraordinaria, de una amplitud insólita, una reflexión de cómo determinadas ideas que son buenas intenciones, se convierten en un peligro social». Con su lectura se comprende cómo Antonio Escohotado pasó de ser un militante convencido de los ideales comunistas, incluso con actitudes revolucionarias y en ocasiones violentas, a revisar su postura y convencerse de que esas utopías, tan seductoras para la juventud, no tienen mayor asidero cuando se confrontan con la realidad y la naturaleza humana.

En estos tiempos, tan avivados por la rabia, la seducción de los extremos irreflexivos y las promesas insensatas, vale la pena hacer un esfuerzo por documentarse y superar el ámbito siempre restringido y mediado que sugieren las redes sociales y otras fuentes populares de información. La obra de Antonio Escohotado, al menos en los dos vastos temas que he mencionado, puede ofrecer mayores elementos para llegar a juicios responsables, estemos de acuerdo o no con sus postulados. Afortunadamente su obra está custodiada por La Emboscadura, una editorial dirigida por su familia, así que la tenemos a la mano. No puede haber mejor homenaje que leerlo y evitar que caiga en el olvido.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 25 de noviembre de 2021

Trenes y carreteras

Un par de veces al año, más o menos, los medios registran alguna noticia sobre el proyecto del tren del Caribe, una iniciativa que debe conectar a las tres capitales más importantes de nuestra región. Se sabe que en estos momentos se adelantan unos estudios previos, un contrato de unos 5.000 millones de pesos, cuyos resultados finales deberán entregarse durante el primer semestre del próximo año. También se sabe que hay tres grandes opciones para su trazado y que se sugiere incorporar el transporte de carga en al menos uno de ellos. Todo parece avanzar al ritmo usual.

La posibilidad de contar con una conexión ferroviaria entre Cartagena, Barranquilla y Santa Marta es atractiva. El tren es un medio de transporte seguro y confiable que seguramente impulsaría una dinámica interesante al facilitar los desplazamientos de trabajo y de ocio, incentivando así un mayor movimiento de personas y posiblemente de carga entre estas ciudades. Sin embargo, es obligatorio moderar la expectativa y el optimismo. Los antecedentes no invitan a suponer que veremos un tren caribeño durante las próximas décadas.

En el tramo Cartagena-Barranquilla, uno de los trazados propuestos para el tren corre paralelo a la Vía al Mar, y otro, paralelo a la carretera de La Cordialidad. Como sabemos, estas son unas carreteras que tienen en la mayor parte de su recorrido una calzada sencilla con dos carriles. Hace incontables años se está ejecutando un proyecto para completar la doble calzada de la Vía al Mar y todavía está lejos de concluirse, dado que aparentemente no hay financiación para hacerlo y no pocos líos prediales. Algo similar sucede con la Carretera de la Cordialidad. En ambos casos las dobles calzadas se limitan a sectores relativamente cercanos a los cascos urbanos de las ciudades y han costado muchísimo, en términos financieros y de tiempo. El tren tendría que arrancar de cero.

El tramo Barranquilla-Santa Marta es más complicado. Tiene el río Magdalena como gran obstáculo y a la Ciénaga Grande de Santa Marta después. Salvar el río supone un extenso puente ferroviario, el más ambicioso que se haya concebido en nuestro país, y luego, habrá que solucionar el heroico reto de disponer los rieles de forma paralela a la carretera actual, que es de calzada sencilla y dos carriles. Por una infinidad de razones, tampoco se ha podido construir la doble calzada en este sector, así que el pronóstico no es muy esperanzador.

Es posible que en lugar de desgastarse con el complicado proyecto del tren, valga la pena concentrar los esfuerzos en terminar las carreteras. Si la Vía al Mar, La Cordialidad y la carretera Barranquilla-Ciénaga contaran con doble calzada, disminuirían notablemente los tiempos de desplazamiento entre estas ciudades y se mejorarían los índices de accidentalidad. Además, se ahorrarían una cantidad significativa de recursos en construcción, operación y mantenimiento. Aunque es innegable que el tren brindaría muchas ventajas, por ahora parece un proyecto que se escapa de nuestras posibilidades reales y que tiene el riesgo de desviar el interés que deberíamos invertirle a completar nuestra red vial.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 18 de noviembre de 2021

Con buen talante

La semana pasada pude asistir a la mayor parte de una reunión convocada para escuchar a Alejandro Gaviria, uno de los precandidatos presidenciales. Aunque fue una lástima no poder quedarme hasta el final del evento, tuve la oportunidad de formarme una idea más concreta sobre sus posturas, que en buena medida continúan con la línea que ha consignado en sus libros, especialmente en Alguien tiene que llevar la contraria (2016) y Siquiera tenemos las palabras (2019). No alcancé a escuchar propuestas específicas, una cosa que ya han hecho con atrevimiento algunos contendientes, pero sí amplié mis apreciaciones sobre su carácter.

El discurso empezó bien. Sus menciones sobre el controversial Kissinger y sobre la obra cumbre de Joseph Conrad, Nostromo, lograron captar mi atención. Guardo profundo respeto por el conocimiento, las ideas y la literatura, por eso, siempre valoraré que se discuta con fundamento en la historia y con la perspectiva que brinda la lectura de las obras imprescindibles. En realidad eso tiene mucho valor en nuestro entorno, dado que muy pocas veces he descubierto, entre quienes se dirigen a un auditorio con intereses políticos, que se utilicen con criterio citas de autores reconocidos; mucho menos que se recurra al planteamiento de los dilemas que ofrece una buena novela.

Su intervención continuó con una extensa explicación sobre los peligros de «los profetas». Se refirió con ese término a aquellos líderes que proponen borrón y cuenta nueva, tabula rasa, acabar con todo lo que hay para refundar lo que ellos consideran adecuado, sin lugar a discusión o disenso. Ya sabemos que bajo esas premisas, en nuestro país llevamos mucho rato acercándonos peligrosamente a los extremos. Advirtió, entonces, sobre el riesgo de lo que llamó la improvisación carismática, esa estrategia que consiste en decirle a la gente lo que quiere oír, incluso exagerando los beneficios y simplificando las complicaciones, de tal forma que pueda entenderse que así se responde al clamor popular. En su defensa de la moderación poco a poco definió el centro político, respondiendo a la pregunta que cuestionaba su misma existencia y que originó la convocatoria.

En un país tan volátil y violento como el nuestro, con tantas carencias, es relevante un estilo de liderazgo que llame a buscar acuerdos con insistencia y sustento, sin arrogancia y sin miedo al ridículo. En ese sentido, me parece que Alejandro Gaviria tiene un buen talante, sugiriendo las reglas para un cambio social que no se limite al todo o nada, sino que llame a sumar y a restar, a matizar las ambiciones; a balancear lo que podemos hacer dentro de un marco realista y consecuente, e incluso, a aceptar ciertas derrotas.

Falta mucha tela por cortar y será necesario tratar de comprenderlos a todos (y de comprenderlo más a él) pero por ahora, me parece que es un precandidato que podría aportar mucho. Es muy difícil no estar de acuerdo con quien le apuesta a un gobierno conciliador, sin prometer milagros ni revoluciones fantásticas. Sobre todo, si nos tomamos la molestia de reconocer que por el camino que vamos nos podemos despeñar muy pronto, y que la caída puede ser mortal.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 11 de noviembre de 2021

Lo deseado y lo posible

Varias de las cosas que se reclaman en el marco de la conferencia sobre el cambio climático de las Naciones Unidas, COP26, pueden encasillarse dentro de una enorme lista de deseos que, por ahora, chocan contra la indiferente realidad. El evento mismo nos regala una paradoja. En lugar de organizar una conferencia virtual y ahorrarnos la emisión de cientos de toneladas de dióxido de carbono, que es lo que se supone que estamos tratando de hacer, se ha organizado un encuentro presencial en Glasgow, motivando así que la mayoría de los asistentes tomen aviones para desplazarse. Eso no es poca cosa: un pasajero que viaje ida y vuelta desde Colombia hasta Escocia en una aerolínea comercial, dejará una huella de carbono de aproximadamente 2.7t de CO2. Ni hablar de lo que emiten los aviones de los presidentes y líderes mundiales que tuvieron que viajar miles de kilómetros para darse el paseo. Mucho cubrimiento, despliegue, drama y fotos simpáticas, pero al final se están llevando a cabo unas reuniones muy contaminantes para pedirle al mundo que contamine menos. Una muestra de lo complicado del reto.

Las transiciones energéticas son extremadamente difíciles, toman tiempo y no están libres de impactos. Desde luego es indispensable buscar alternativas que generen menos daño al medio ambiente, pero mientras tanto tenemos que enfrentarnos a una verdad ineludible: en este momento no hay nada más eficiente que utilizar combustibles fósiles para energizar el mundo. Los barcos navegan quemando diésel, los aviones vuelan consumiendo kerosene, las plantas eléctricas de gas son las más confiables. El uso del carbón, derivados del petroleo y gas natural, entre otros, ha permitido los inéditos niveles de bienestar que disfrutamos en este momento de la historia. Su manejo es relativamente barato y hay abundantes reservas. Depender de fuentes renovables de energía, principalmente la eólica y la fotovoltaica, todavía no ofrece un escenario que permita mantener los logros alcanzados hasta ahora.

Las turbinas eólicas, el símbolo de la evolución hacia el uso masivo de energías renovables, nacieron en Dinamarca, a principio de los años ochenta, generando unos modestos 55 kilovatios. Actualmente se están construyendo turbinas que generarán más de 14 megavatios, con 260 metros de altura y álabes de 100 metros de largo. Sin embargo, poner a funcionar ese tipo de estructuras supone unos desafíos considerables. Entre otras cosas, dependen casi enteramente de la utilización de combustibles fósiles en todos sus procesos de fabricación, transporte y montaje, y de paso, no sabemos muy bien cómo hacer para reciclar sus componentes. Algo similar sucede con los paneles fotovoltaicos, son tecnologías en medio de un largo proceso de perfeccionamiento.

La tarea hay que hacerla y se deben exigir compromisos posibles. Pero no vale la pena llamarnos al engaño y suponer que esto se arregla con rabiosos reclamos. La ciencia también impone límites. Una erradicación acelerada del uso de los combustibles fósiles generaría una debacle económica y humanitaria a nivel global, una que quizá motive más destrucción y sufrimiento que los problemas ambientales que se vaticinan.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 4 de noviembre de 2021

El cigarrillo digital

Hace ya casi seis meses desactivé mi cuenta de Twitter y desde hace más de diez años hice lo mismo con Facebook, así que salvo la necesidad casi obligada de estar pendiente de los mensajes de WhatsApp, he tenido mínimo contacto con el mundo de las redes sociales. Por supuesto, no ha pasado nada especialmente significativo. De pronto gané algo más de tiempo para ocuparme en otros asuntos, o para pasar el rato de formas diferentes, y efectivamente he tenido un poco más de tranquilidad. Sin embargo, lo más interesante ha sido darme cuenta de una obviedad, al menos en mi caso: aunque adictivas, las redes son mucho menos necesarias de lo que se cree.

Durante lo que va de octubre, en Estados Unidos y en Europa se viene debatiendo sobre las responsabilidades de Facebook y sus demás plataformas frente a las consecuencias derivadas de su uso. Frances Haugen, una informante que había trabajado en la compañía, reveló en un subcomité del senado norteamericano varios documentos que indicaban que sus directivos tenían conocimiento del daño que estaban causando. Se llamó la atención, por ejemplo, sobre diferentes estudios que comprobaron el deterioro causado a la autoestima de los adolescentes cuando eran usuarios de esos servicios. También fue mencionado, con sustento, que no había realmente una actitud decidida para controlar los discursos de odio o la desinformación, y se hicieron comentarios sobre las complicaciones reales que el uso de las plataformas estaba generando en la India, el país con más cuentas de Facebook del mundo. Se acapararon algunos titulares y supongo que muchas personas se sintieron ofendidas e indignadas, pero por ahora no ha pasado mayor cosa. Salvo el informe sobre las utilidades de Facebook: crecieron un 17% durante el tercer trimestre del año, para alcanzar la extraordinaria suma de 9 000 millones de dólares.

Esta situación guarda algunas similitudes con lo que sucedió con las industrias tabacaleras a mediados del siglo pasado, cuando poco a poco fue siendo evidente que los cigarrillos impactaban la salud de los consumidores. Al principio, los líderes de esa industria trataron de ignorar las advertencias e incluso contrataron sus propios estudios para matizar los datos. Aparecieron avisos publicitarios en los que se podían ver médicos fumando tranquilamente, indicando que la cosa no era tan grave como la pintaban. Sin embargo, tras varias décadas de acciones legales, finalmente hoy nadie duda de lo nocivos que son los cigarrillos y se han logrado controles importantes en cuanto a su publicidad y distribución. Fue necesaria la intervención de las autoridades gubernamentales de casi todos los países.redes so

El problema de Facebook es Facebook, afirma Siva Vaidhyanathan, un reconocido académico de la Universidad de Virginia, especialista en medios y ciudadanía. Las supuestas fallas de esas redes no lo son, eso es precisamente lo que estaban buscando, millones de personas conectadas e interactuando todo el tiempo bajo su intermediación. Eso es lo que querían, eso es lo que ha hecho billonarios a sus dueños. Como pasó con los cigarrillos, espero que pronto entendamos que el uso de las redes, por muy atractivo y seductor que sea, resulta generalmente dañino y desaconsejable.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 28 de octubre de 2021

El cuidado

Durante la semana pasada, aprovechando el receso escolar que desde hace algunos años brinda unos días de descanso a las instituciones educativas, pude ser testigo de algunos comportamientos ciudadanos que no son del todo consecuentes con la realidad que estamos viviendo. Por lo que vi, los barranquilleros nos hemos relajado significativamente en cuanto a las medidas preventivas relacionadas con la pandemia, un asunto especialmente preocupante en los lugares climatizados o con ventilación limitada, donde la mayoría de las personas ha abandonado el uso del tapabocas y menospreciado la importancia del distanciamiento. Para cualquier observador el panorama parece indicarnos que ya todo ha pasado y que las circunstancias son similares a la cotidianeidad que nos había acompañado durante toda la vida. Pero no es así. Lo cierto es que el coronavirus aún circula entre nosotros, probablemente así sea por mucho tiempo, y que las variantes más contagiosas están propiciando un incremento en el número de casos que permite anticipar un cuarto pico en el futuro cercano.

Los avances en el control de la enfermedad han sido importantes, especialmente los resultados del esfuerzo de la campaña de vacunación. Sin embargo, hasta esta semana en Colombia se había logrado vacunar con esquema completo aproximadamente al 39% de la población, una cifra nada despreciable, pero que no puede invitarnos a creer que ya la pandemia es un asunto del pasado. Aunque razonablemente no se esperan situaciones tan angustiosas como las vividas durante los primeros meses de este año, no es prudente subestimar el daño que todavía podemos enfrentar, ni descartar la aparición de más variables, con mayores niveles de contagio y mayor letalidad; un escenario que es posible mientras el virus siga presente.

Es comprensible que tras más de veinte meses de prevenciones, de incomodidades y penurias, y debido el estimulante descenso general de los contagios, los ciudadanos muestren cansancio ante la amenaza de la covid. Así ha pasado en otros lugares del mundo, no solo en este caso, sino ante circunstancias similares en diferentes momentos de la historia. Cuando Londres sufrió los ataques alemanes, que ocurrían prácticamente a diario durante 1940 y 1941, se alcanzó incluso algún nivel de rutina, puesto que los bombardeos eran casi siempre de noche. Sus habitantes intentaron entonces seguir viviendo con algún nivel de normalidad, sabiendo que día tras día iban a morir por decenas, en una lotería macabra de la que no podían evadirse. Ni siquiera los refugios subterráneos eran completamente seguros, y muchos recibieron el impacto directo de las bombas. Pero ellos no tenían mayores opciones, nosotros sí.

En nuestro caso quizá ya ha pasado lo peor. Nos queda entonces mantener las precauciones, disfrutar de la libertad y tratar de volver a la rutina, limitada e imperfecta, que por ahora nos facilitan las vacunas y las medidas que llevamos adoptando desde hace tanto tiempo. Usar el tapabocas, mantener el distanciamiento y evitar cualquier aglomeración que no sea imprescindible, siguen siendo las recomendaciones más sensatas. El cuidado no puede olvidarse.

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Publicado en El Heraldo el jueves 21 de octubre de 2021

Un mundo invivible

Jon Gruden, entrenador de los Raiders de Las Vegas —un equipo de fútbol americano—, renunció esta semana por un escándalo relacionado con afirmaciones racistas, misóginas, y homofóbicas. Los motivos de la renuncia ya no resultan excepcionales, dado que hace algún tiempo buena parte de la sociedad occidental ha incrementado sus reclamos ante este tipo de comportamientos, procurando llamar la atención sobre el respeto que nos merecen nuestros semejantes, sea cual sea su raza, género, o sus preferencias personales. Eso, en principio, es una cosa muy buena, un cambio de tendencia que nos debería ayudar a convivir mejor y a ofrecer oportunidades más igualitarias para todos, propiciando un entorno en el que la tolerancia y la aceptación de las diferencias se entiendan como normativas, y que se den de forma natural. Al menos en Europa, Norteamérica y otro puñado de países, porque por ahora eso no está pasando con tanta fuerza, o no pasa de ninguna manera, en la mayoría de lugares del mundo.

Lo malo, y siempre hay algo malo, es que en ocasiones sobre estos asuntos se desata una especie de cacería de brujas que escarba en el pasado de cualquier persona para encontrar un desliz, alguna falla, y agarrarse de ese error para minarla. Las acusaciones contra Gruden nacen de unos correos electrónicos que escribió hace diez años a un pequeño grupo de amigos o conocidos, no fueron expresados en público y no se relacionan con alguna actuación suya que concuerde con esos censurables comentarios. Y sin embargo, tuvo que renunciar.

Conviene pensar en las implicaciones que tendría un mundo de extrema transparencia, sin barreras, en el que no se establezcan las imprescindibles diferencias y matices entre el ámbito personal y el público, entre lo que se dice y lo que se hace, entre el cumplimiento del deber y las posiciones individuales. Cualquier persona puede decir lo que quiera en su casa, a sus amigos, y no ser juzgada por eso. Quien piense que “quien nada debe, nada teme”, se equivoca: un mundo así sería un mundo invivible. Todos, sin excepción, en algún momento hemos hecho algún comentario sobre alguien, incluso sobre alguien muy cercano, querido y respetado, que podría malinterpretarse si se tomase fuera de contexto. Todos hemos contado un mal chiste, todos hemos tenido opiniones que revisamos, todos nos hemos arrepentido de alguna cosa, todos hemos criticado con furia. Eso es la naturaleza humana, el diálogo, la ironía, el sarcasmo, los errores; eso nos hace lo que somos.

Suponer que las personas deben ser absolutamente íntegras e inmaculadas es una falacia. Desear eso, humanos perfectos, es un concepto que coquetea con el totalitarismo, una invitación a la Policía del Pensamiento de Orwell, la materia prima de las distopías más espantosas.

Protejamos nuestra privacidad, evitemos los juicios generales, entendamos los matices. Valoremos más lo que se hace y menos lo que se dice. Sin la posibilidad del secreto, de la confidencia cercana, no es posible que una sociedad libre funcione. Ya es extraño que haya mencionado a Orwell en las últimas dos columnas, es un síntoma preocupante, una mala señal. Ojalá no sea una premonición de los tiempos por venir.

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Publicado en El Heraldo el jueves 14 de octubre de 2021

Lo frustrante

Siempre he desconfiado de las soluciones absolutas. Me parece que algo hay de soberbia en los planteamientos que pretenden encarar todas las facetas de un problema, o de varios, con cientos de capítulos y secciones, con respuestas para todo. Vemos entonces documentos enormes que contienen fórmulas e instrucciones que en buena parte no se pueden implementar, o si se ejecutan no resuelven nada de lo que prometieron resolver, o acaso lo hacen parcialmente y en la mayoría de los casos de manera temporal. Leer los planes de desarrollo de casi cualquier institución pública resulta un ejercicio de fábula, como lo que se esperaría encontrar en una ficción nacida de un cruce entre Kafka y Orwell, quizá más cercana al bohemio, pero incluyendo las ominosas intenciones que se describen en los relatos del inglés.

Cuando no hay claras prioridades, o cuando todo lo es, se empieza a trabajar de forma reactiva, atendiendo las crisis como si fuesen imprevistos. En nuestro país lo vemos diariamente. Sabemos que a veces llueve mucho, pero siempre “el invierno” nos toma por sorpresa y corremos a cerrar los diques. Sabemos que nuestra geografía es complicada, pero seguimos peleando contra las montañas, que se deslizan obstinadamente. Queremos tener nodos tecnológicos y competir con Silicon Valley, pero todavía hay pueblos sin acueducto, sin alcantarillado y sin energía. Y lo peor: sabemos que entre nosotros convive gente muy violenta, pero aparentemente creemos que se van a apaciguar con un apretón de manos y la promesa de no volverlo a hacer.

Algunos colombianos pagan impuestos. Se supone que con ese dinero el Estado debe encargarse de los asuntos básicos, para que las cosas puedan funcionar mínimamente. El más básico de todos los asuntos, aquello que motivó el nacimiento de las ciudades, con sus murallas y ejércitos, es precisamente la protección al ciudadano: la promesa del amparo contra las fuerzas de la naturaleza y contra las malas intenciones de sus semejantes. Hace mucho tiempo entendimos que nada puede prosperar bajo la amenaza de robos, extorsiones, secuestros, esclavitud y asesinatos.

Eso es lo frustrante. Uno puede aceptar una tremenda variedad de cosas y ser tolerante con otras, al fin y al cabo somos un país en desarrollo, pobre, con miles de imperfecciones, conflictos morales, e iniciativas por revisar. Uno incluso puede resignarse y entender que ciertos problemas no se van a resolver pronto, que no son fáciles, y que reclaman sacrificios y mucha paciencia. También es posible que la plata no alcance y que sea necesario aportar más. Todo eso se puede encajar con la razón. Pero lo que no se puede aguantar es que a una persona la matan para robarle un celular o una bicicleta, que un viaje en bus se convierta en una ruleta rusa, o que en un restaurante te apunten con un revólver, mientras reina una asombrosa impunidad.

Cuando eso sucede, quienes tributan sienten que su dinero se tira a la basura y que los sacrificios son inútiles. Entonces, si el Estado no se encarga de la seguridad, los ciudadanos se encargan por su cuenta. En Colombia ya sabemos que eso nos hunde más en espantosos círculos de violencia. Que estemos propiciando las condiciones para que esos fenómenos se recrudezcan es inexplicable.

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Publicado en El Heraldo el jueves 7 de octubre de 2021

Fútbol con fortaleza

Hace unas semanas, y después de más de una década, volví a ver fútbol en un estadio barranquillero. Con el paso de los años he ido evitando las multitudes y las incomodidades propias de esas experiencias, sólo justificándolas si median eventos imperdibles, que cada vez son menos: conciertos o cosas similares. Luego de haber asistido cientos de veces a muchos escenarios, de seguir al Junior y a la Selección con pasión algo desmedida, poco me seducen ya los fervores del hincha con sus coros y sus tumultos.

Sin embargo, debido a una serie de felices coincidencias, terminé una tarde de sábado sentado en el Romelio Martínez, compartiendo un rato con unos familiares la oportunidad de ver un partido disputado entre Barranquilla FC y Fortaleza CEIF. El encuentro no fue precisamente emocionante, un empate sin goles, lo que facilitó un diálogo fluido en las gradas con quien en realidad era nuestro anfitrión, el presidente del equipo visitante, Carlos Barato.

Aquella resultó siendo una conversación muy entretenida. Pude conocer el proyecto deportivo del equipo bogotano, sus ambiciones y propósitos, las dificultades que enfrenta, sus logros, sus fracasos y no pocas anécdotas. Como siempre, aunque uno suele tener alguna idea sobre las cosas que no domina, pero que nos atraen, el descubrimiento de los pormenores de esas actividades resulta ser cautivante. Por eso es tan importante escuchar.

Fortaleza se define como un centro de entrenamiento integrado para el fútbol, lo que constituye su sigla CEIF. Esa declaración no está únicamente en el papel, se sustenta con hechos y acciones. Tienen su sede deportiva en Cota, en las afueras de Bogotá, y han comprendido que el fútbol resulta un gran medio para fomentar la educación de buenos ciudadanos. Por eso, además de montar una academia que hoy tiene más de 1 200 jóvenes, han iniciado el proyecto del colegio para deportistas, convencidos del valor de la formación integral para el desarrollo de cualquier persona. Acaban de empezar con 70 alumnos matriculados, teniendo como objetivo que todos sus futbolistas sean al menos bachilleres, que sepan inglés y que tengan un conocimiento básico de cultura general. El colegio tiene las condiciones de flexibilidad para que los deportistas puedan entrenar y cumplir con sus compromisos, compaginando los deberes académicos con las obligaciones competitivas. Una fórmula muy interesante que, de lograr consistencia y continuidad, seguramente brindará muy buenos resultados.

“Forta”, como lo llaman, es un club joven y así se comporta. Sus redes sociales están administradas con mucho humor y creatividad, lo que ha despertado enorme simpatía entre sus seguidores, que no son pocos. En un medio en el que la violencia parece estar ganando, con barras bravas y otra serie de disparates, sus comunicaciones ofrecen un solaz necesario. También sus uniformes y su imagen general, divertida e ingeniosa, llaman la atención y dan un respiro entre tanta tribulación.

¿Cómo no simpatizar con un proyecto así? Para ponerle la cereza al pastel, entre sus dirigentes también hay sangre barranquillera. No hay excusa, Fortaleza es un equipo que vale la pena apoyar.

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Publicado en El Heraldo el jueves 30 de septiembre de 2021

Los emigrantes Haitiano

Las imágenes son incómodas. Se puede ver a varios hombres montados a caballo, con uniforme y aspecto de policías o algo similar, acosando a unas personas a pie que huyen precariamente. Los jinetes blanden lo que parecen látigos, y aunque un análisis más cuidadoso revela que en realidad son las riendas de los animales, ese detalle no evita que se utilicen para azotar gente. Las fotos nos recuerdan otra época, una más cercana a las grandes plantaciones de algodón de Louisiana y al sometimiento esclavo, pero no: sucedió hace apenas unos días en la frontera de los Estados Unidos y México; norteamericanos unos, emigrantes haitianos los otros.

Desde hace mucho rato, quizá desde su mismo origen, todo lo que sucede con Haití es trágico. Siendo la primera nación caribeña que logró derrotar a sus colonizadores, en 1804, era plausible suponer que poco a poco sus nuevos gobernantes —exultantes esclavos liberados— irían poniendo las cosas en orden, ejerciendo su autonomía y caminando por la vía del progreso, esa vía que con muchísimas dificultades ha sido posible seguir con algo de coherencia por casi toda Latinoamérica. Sin embargo no fue así. Lo primero que hizo Jean-Jacques Dessalines, el proclamado emperador de Haití, fue ordenar el asesinato de los pocos civiles franceses, unos 4 000, que todavía quedaban en esa parte de la isla, quemar sus cultivos y destruirlo todo. Previsiblemente, de ahí en adelante las cosas fueron empeorando,por una mezcla de circunstancias que no serán objeto de análisis en este espacio, pero que han tenido siempre a la violencia más brutal como común denominador.

Pasa el tiempo y siguen sufriendo los haitianos. Desfilan emperadores, presidentes, dictadores, militares y nada cambia. De paso, la naturaleza hace lo suyo y termina de arrasar a un país que parece tocar fondo una y otra vez. Sus desesperados habitantes hacen lo que pueden, escapan de ahí, piden ayuda, pero nada resulta bien, o no del todo, y no se encuentran respuestas ni salidas. Los demás países les muestran recelo y prevención, nadie los quiere.

Me pregunto si todo este asunto hace parte de la infame lista de problemas que no tienen una solución, ni siquiera una medianamente aceptable, y si es necesario poner a prueba nuestras convicciones y enfrentarnos a un dilema moral en el que se deben esperar algunas ganancias, pero también no pocas pérdidas y concesiones. Probablemente los Estados Unidos tienen derecho a no dejarlos entrar a su país, aunque desde luego no a perseguirlos como animales desde una montura; y quizá los haitianos tienen derecho, en tanto seres humanos, a buscar refugio dónde puedan o les parezca mejor, aunque en ese empeño violen normas y leyes.¿Es este un ejemplo de los valores incompatibles que describía Isaiah Berlin?

Por más explicaciones que busquemos, lo que está pasando en el cruce fronterizo de Del Río, donde se tomaron las fotos que he mencionado, no puede dejar indiferente a ninguna persona que cuente con algo de razón. Es incorrecto e irritante. Uno sabe que debe hacerse algo, aunque no se sepa muy bien qué. Se podría empezar, eso sí, por tratarlos con más dignidad.

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Publicado en El Heraldo el jueves 23 de septiembre de 2021

35 años de cine

El pasado 8 de septiembre, la Cinemateca del Caribe cumplió 35 años. Que en nuestra ciudad sobreviva una institución de esa naturaleza, dedicada a promover la exhibición de películas que suelen evadir las carteleras comerciales y a propiciar foros y encuentros alrededor de la industria cinematográfica, es sin duda un motivo para celebrar. Por eso, es necesario llamar la atención sobre su labor, con el ánimo de recordar que su subsistencia es también un esfuerzo colectivo, que depende en buena parte de la comprensión de sus valiosos aportes a la cultura barranquillera.

Tengo claros los recuerdos de las primeras veces que pude asistir a las funciones de la Cinemateca, cuando tenía una sala de proyección en su sede del barrio Boston. Su programación resultaba muy llamativa y permitía descansar de la homogeneidad de la oferta local, tan limitada como previsible. En aquella época, todavía sin Netflix o Youtube, era muy complicado poder ver cualquier cosa que no viniese desde los grandes distribuidores. ¿Qué posibilidades podía tener un joven barranquillero de ver y repetirse, Karakter, un denso y cautivante drama holandés de mediados de los noventa? ¿O de permitirse la sorpresa de ver Corre, Lola, Corre, sin saber ni siquiera de qué se trataba? Sin la Cinemateca, ninguna.

En Barranquilla cuesta mucho mantener a flote las iniciativas culturales. Vemos, por ejemplo, cómo los museos tienen que enfrentarse a tremendas dificultades para subsistir, y acaso algunos terminen definitivamente por desaparecer, agonizando en medio de una indiferencia pasmosa. Igualmente, es muy escasa la oferta de bibliotecas, que, aunque va mejorando poco a poco durante los últimos años, sigue estando muy por debajo de los ideales para una ciudad que pretenda sustentar su crecimiento con un avance en la educación integral de sus ciudadanos. Las librerías también se cuentan con los dedos de las manos y se limitan a las grandes cadenas, con algunas, muy pocas, excepciones. Del teatro mejor no hablemos.

En este entorno difícil, la Cinemateca lo ha logrado. Hasta que la pandemia lo permitió, cumplía todos los días con su misión, respondiéndole a los aficionados al cine con una programación diversa y esmerada. Hace poco, además, renovó sus equipos y cuenta con un moderno proyector digital, manteniéndose al día en cuanto a los avances tecnológicos del medio. Si todo sale bien, durante las próximas semanas volverá a abrir su sala actual, en la sede Country de Combarranquilla, y continuará ofreciendo cine de calidad.

Valen entonces los agradecimientos a todos aquellos, personas e instituciones, que desde 1986 tuvieron el atrevimiento y el tesón de embarcarse en esta improbable aventura: no me alcanzaría el espacio de esta columna para nombrarlos. A su actual directora, María Fernanda Morales, quien ha tenido que capotear los duros tiempos de la pandemia, manteniéndose al frente con esperanza y convicción. Pero desde luego, nada de esto sería posible sin los espectadores, más de tres millones, que desde el primer día han pasado por las salas de la Cinemateca del Caribe y han permitido que este proyecto siga brindándole incontables horas de entretenimiento a todos los barranquilleros. Gracias a todos ellos.

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Publicado en El Heraldo el jueves 16 de septiembre de 2021

Crisis en el transporte público

En Colombia suele ser redundante hablar de crisis. Una rápida revisión a los titulares de prensa de cualquier mes, de cualquier año, revelará que todo, siempre, está sumido en algún tipo de crisis de la que nunca se sale. Al contrario, con el paso del tiempo se van agregando cosas a la lista. La salud, la educación y el orden público están graves desde el día uno; la confianza, la justicia y el medio ambiente son adiciones más o menos recientes. El lector puede sumar a esa limitada relación cualquier tema que le parezca, con seguridad acertará.

El transporte público, tan mencionado últimamente en Barranquilla, pertenece al grupo de las crisis eternas: empezó mal, está mal y probablemente continuará mal. Con la excepción de Medellín, de lejos la única ciudad que tiene una oferta de transporte relativamente decente, no hemos podido encontrar las claves que nos permitan movernos con dignidad. Por alguna razón los sistema de transporte público BRT (los «Transmilenios»), no han podido consolidarse, de tal forma que cuando tienen suficiente demanda no alcanza la oferta, o cuando hay una oferta razonable no se cumple la demanda. Mientras tanto, seguimos sometidos al martirio diario que supone desplazarse por nuestras ciudades, plagados de incomodidades e informalidad.

Lo que sucede con los buses urbanos es cuando menos curioso. Mientras a los BRT no les cuadran las cuentas, los transportadores tradicionales llevan toda la vida lucrándose significativamente del negocio. Eso no está mal, los negocios son para lucrarse y es una maravilla que las personas puedan recoger los frutos de su esfuerzo. Lo que no se entiende es por qué a unos les funciona y a otros no. Sabemos que los BRT deben cumplir con una serie de condiciones de servicio y atienden un sinfín de regulaciones y normas, además de estar bajo la constante vigilancia de los entes de control. En principio así debería ser, puesto que todo lo que se le exige a esos sistemas está pensado para el bienestar del usuario, que idealmente puede contar con que los buses estén en buenas condiciones, respeten horarios y ofrezcan algún estándar de confort. Es así con los conductores, quienes tienen contratos de trabajo cuya remuneración no depende directamente del número de pasajeros que movilizan y son protegidos por todo nuestro esquema de leyes laborales. En suma, los BRT son una evolución necesaria y un paso más en el camino correcto, siguiendo el ejemplo de otras sociedades que han logrado consolidar la movilidad de sus ciudades.

Entonces, ¿qué pasa? Puede especularse que quizá el obstáculo más grave que enfrentan los BRT sea la histórica falta de apoyo por parte de sus respectivas administraciones municipales. Ese apoyo no debe limitarse a constantes rescates financieros, como pasa aquí, sino fundarse en un serio compromiso a largo plazo, cuyo principal componente debe ser la unificación de los sistemas. Mientras los BRT compitan contra el transporte tradicional y las ofertas ilegales, no será posible su subsistencia. Lo asombroso es que nada de eso parece hacer parte de la agenda de una ciudad que quiere venderse con agresividad y ser atractiva para la inversión.

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Publicado en El Heraldo el jueves 9 de septiembre de 2021

Atrapar y soltar

Durante los últimos días se han multiplicado las noticias que dan cuenta de un aumento en el número y la frecuencia de los atracos en nuestra ciudad. El asunto es desde luego alarmante pero no necesariamente nuevo; desde que tengo memoria los crímenes en Barranquilla van creciendo, o al menos esa es la percepción general de las personas y un tema que acapara varias de las conversaciones. Nunca he escuchado a alguien decir «qué segura está la ciudad últimamente» ni nada por el estilo, los comentarios suelen ser contrarios y aterradores y cada quien parece tener una historia que ratifica el empeoramiento permanente.

Las causas que han propiciado este nuevo momento de zozobra, que no es el primero ni será el último, no pueden sorprender a nadie. Es más de lo mismo: falta de oportunidades para los jóvenes, fortalecimiento de las organizaciones criminales, descomposición social, desempleo, pérdida de valores morales, incapacidad estatal, permisividad, impunidad, y cualquier otro que el lector pueda imaginar.

Aunque no hay fórmulas establecidas para lograr mejorar este tipo de situaciones, puesto que cada sociedad tiene que arreglárselas con lo que tiene y hacer lo que pueda, se intuyen algunas acciones generales que suelen servir. Siempre se habla de soluciones de corto y largo plazo, superficiales o de fondo, y normalmente se adoptan las medidas más fáciles, las que tienen la posibilidad de entregar algún resultado que el gobernante de turno pueda mostrar como suyo. Normal, así funciona el mundo.

La más fácil de todas es aumentar el número de policías. Esto tiene todo el sentido, suponiendo que la presencia de la fuerza pública es un disuasor para los delincuentes, o al menos un fastidio más con el que tendrán que lidiar. Es de aplicación casi inmediata y suele funcionar por un breve periodo de tiempo, hasta que salen de circulación los policías que han reforzado la vigilancia, o los bandidos se adaptan e innovan en sus métodos. Como primer paso está bien, es una reacción necesaria que puede ahorrarnos malos momentos y salvar varias vidas, eso ya es una ganancia importante.

Lo malo es que, según parece, luego del esfuerzo y el riesgo, terminamos dejando libre al ladrón, incluso al asesino. Se ha vuelto costumbre leer que tal o cual personaje, acabando de cometer un delito, tenía igual varias anotaciones en su historial. Homicidio, porte ilegal de armas, hurto, lesiones mil cosas. Para el ciudadano común y corriente eso resulta incomprensible, verdaderamente terrorífico, porque así se comprueba que estamos compartiendo la cotidianidad con personas que en cualquier momento nos van a agredir violentamente. Para el agresor eso supondrá una anotación más, para la víctima, quizá el fin de su vida. Cuesta mucho comprender la lógica de ese sistema.

Quizá sea necesario que de eso se hable más. No puede ser que sigamos extendiendo el juego eterno de atrapar y soltar, cuando el bienestar de todos los ciudadanos está en juego. Conozco casos de ladrones que salen libres apenas unas horas después de ser atrapados, muertos de la risa. Mientras tanto, en una reacción casi simétrica, los demás quedamos muertos de miedo.

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Publicado en El Heraldo el jueves 2 de septiembre de 2021

Charlie Watts

El martes se murió Charlie Watts. Para quienes hemos seguido con algo de atención la trayectoria de los Rolling Stones, la noticia es tan triste como esperable: Watts tenía 80 años, era el mayor del grupo y lidiaba con algunos quebrantos de salud, exacerbados desde que sufrió un cáncer de garganta contra el que luchó, con altas y bajas, por más de 15 años. Sin embargo, este tipo de cosas superan las posibilidades de la razón, y por mucho que la lógica sea imbatible, la congoja no se puede evitar.

Es curioso. Cuando fallece un músico de ese nivel, uno que nos ha brindado incontables horas de entretenimiento y alegrías, se siente una versión muy extraña del luto. Si hubiese una forma de llevar la cuenta podría comprobar que, salvo contadas excepciones, Watts —con Jagger, Richards, Wood y varios más—, han estado presentes en mi vida con mayor consistencia que otras personas a las que tengo el agrado de conocer de «verdad». Estoy seguro de que la voz de David Gilmour, por ejemplo, se ha escuchado más veces en mi sala que la de parientes muy cercanos, todo gracias al milagro de la música grabada y de las posibilidades digitales. Los privilegios de esta época que tenemos la fortuna de vivir.

Charlie Watts era mi Stone favorito. Seguramente porque era una persona más bien introvertida, como yo, y no tenía esa personalidad explosiva que caracteriza a sus demás compañeros de grupo. Al contrario, de forma más bien apocada se sentaba detrás de un modesto kit de batería y hacía su trabajo, un trabajo espléndido y confiable, encargándose de llevarle el ritmo a la banda de rock más grande de la historia. Alejado de la parafernalia y acrobacias de otros grandes, como Peart o Bonham, quizá su mayor virtud era no notarse, un rasgo imprescindible para que los Stones no sucumbieran ante el ya gigantesco peso de los egos de sus líderes. Así lo reconoció Keith Richards en sus memorias, afirmando que Charlie era la esencia de todo. Tanto, que para lograr contratarlo durante los primeros días de la banda, todos los demás miembros tuvieron que hacer significativos esfuerzos financieros, «pasando hambre con tal de poder pagarle». Probablemente ya intuían que Watts era el pivote sobre el que sería posible que los demás desplegaran su talento.

Tuve la fortuna de verlo en el concierto que brindaron los Stones en Bogotá, en lo que fue, y será, la única visita del grupo a nuestro país. Me queda esa satisfacción, esa tarea tachada de la lista de las cosas que tenía que hacer mientras me acompañen la vida y la salud. Habrá que ver qué hace ahora el grupo con la gira que tienen preparada para octubre de este año, que de todas maneras no iba a empezar con Watts. Una manera de rendirle homenaje sería continuar con lo programado, pero el vacío va a ser enorme, ineludible. No se puede descartar que, finalmente, los Stones terminen su carrera. Ya no nos acompañan Cohen, Bowie, Cash, Reed, Petty, Squire, Wright y una legión de genios que han dejado una obra inigualable. La buena música se va extinguiendo, o mutando hacia variaciones inexplicables que superan mi capacidad de comprensión. Poco a poco se irán todos. Esto va quedando muy desolado.

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Publicado en El Heraldo el jueves 26 de agosto de 2021

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