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La Reina

El pasado domingo 5 de abril la monarca británica, Isabel II, se dirigió al Reino Unido mediante un breve discurso. Aunque su mensaje del día de navidad es ya una tradición, en sus 68 años de reinado es apenas la quinta vez que la reina hace una intervención de este tipo, lo que subraya la condición excepcional del momento que estamos atravesando. Fueron unas palabras muy sencillas y cargadas de optimismo, apelando a la fortaleza y a la unión que le ha permitido a esa nación superar terribles adversidades en el pasado. De manera sensata no recurrió directamente al fácil recuerdo de los triunfos de la Segunda Guerra ni al espíritu del blitz, prefiriendo dejar de lado referencias a combates y heroísmos de batalla para concentrarse en el valor de los esfuerzos colectivos. Fue, ante todo, un discurso reconfortante.

Para muchas personas, probablemente la mayoría, la figura de la reina resulta anacrónica e incluso dañina. Desde que en Francia decidieron pasar por la guillotina a todo aquel que oliera a realeza –y después a todos lo demás, los franceses no fueron mesurados en su uso–, se ha consolidado la idea de la monarquía como contraria a la libertad. El rey se juzga como el opresor definitivo, no elegido por nadie y dueño de unos privilegios que abruman, casi siempre representados al lado de un pueblo que sufre profundas carencias. Aunque las monarquías constitucionales, especialmente las europeas, han superado ese imaginario déspota y conviven con sociedades verdaderamente funcionales, entre nosotros persiste la resistencia a las figuras reales, se mantiene su caricaturización como parásitos y vividores, recipientes de una inmerecida vida de lujos desmedidos que se entienden ajenos a la modernidad.

Sin embargo, considero que en momentos como este, de aflicción generalizada y de confusión mayor, una figura monárquica bien llevada tiene mucho que ofrecer. La reina no tiene nada que perder y tampoco tiene nada que ganar. No depende del favor de los electores porque no lo necesita, de modo que se puede presumir siempre de sus buenas intenciones. Nadie puede señalarla de cumplir con una agenda oculta, o de ingeniar maquinaciones conspirativas. Lo que hace y dice respeta valiosas tradiciones, mantiene la moral a flote y no se compromete con colores políticos. En estos tiempos de necias polarizaciones, poder contar con un liderazgo que esté libre de tales lastres es encomiable. Hasta el primer ministro le debe pedir audiencias y acudir a su llamado; un recordatorio de humildad que le vendría muy bien a más de un presidente electo, especialmente al de cierto país del norte.

Ahora, como antes, la reina está ahí con su gente, para bien o para mal, defendiendo su territorio y sus intereses. Me parece que es un valioso asidero, al menos para sus súbditos, un faro en medio de la tormenta que no todos nos podemos dar el lujo de tener.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 9 de abril de 2020

Borges y cortázar

Hace ya algún tiempo en un almuerzo de trabajo, un buen profesor universitario preguntó a la mesa por nuestra preferencia entre Borges y Cortázar. Al presumir que tendríamos un abrumador consenso, por un instante la pregunta me sorprendió, de tal forma que sólo pude responder con una sonrisa a lo que me pareció una intervención con humor intencionado, una chanza. Sin embargo, inmediatamente me di cuenta de que las opiniones eran encontradas y que la cosa no iba de chiste. Para mi sorpresa estábamos divididos en la apreciación de ambos autores.

Mi asombro en aquella ocasión se fundó en un supuesto que hace poco alcancé: Cortázar es un autor para adolescentes. Cuando transitaba por esa etapa yo también lo encontraba sublime, un maestro entre los maestros. Las peripecias de Rayuela, que me cautivó como a cualquier joven, y sus cuentos, algunos de los cuales todavía admiro bastante (La autopista del sur es notable), acompañaron varias de mis noches del bachillerato y la universidad, momentos que mezclaba con el descubrimiento de algunos cantautores hispanoamericanos. Entre Silvio y Pablo, con algunas incursiones en el mundo de Serrat y Sabina, terminé devorando a Cortázar (y a Sábato) con furibunda pasión juvenil. Luego, en algún momento, algo cambió y empecé a derivar hacia otros territorios.

Recuerdo haber intentado leer a Borges siendo joven, pretendiendo con algo de torpeza incluirlo dentro del boom latinoamericano, para terminar postergándolo por arrogante o acaso por incomprensible. Pasarían muchos años hasta que Von Furstenberg me preguntó por él invitándome a su discusión, lo que me llevó a buscar la edición de Ficciones que todavía conservaba y darle otra oportunidad. Fue toda una revelación. Creo que en nuestro idioma no se puede encontrar una apertura tan portentosa como la de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, «Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar», la economía del lenguaje, la precisión y la intriga que revela esa frase son incomparables. De ahí en adelante se abre un universo sin par que no puedo dejar de visitar periódicamente. En cambio, a Cortázar lo abandoné.

Con ocasión de la edición conmemorativa de 2013, traté de volver a Rayuela. No pasé de las primeras páginas, casi avergonzado por las emociones que me había despertado décadas atrás, desconociéndome a mi mismo. Los recovecos de la historia me parecieron inútiles, innecesarios; la caprichosa y detestable Maga, infantil. Con la edad, como es natural, van cambiando algunos gustos y preferencias, pero lo cierto es que este caso resultó radical: me declaro incapaz de volver a leer aquel libro, no lo soporto. Curiosa evolución que no necesariamente se transmite, menos mal, a otras dimensiones de la vida. Así que, volviendo a la pregunta del profesor, en mi caso Borges gana por paliza. Eso fue lo que dije en esa mesa, de la que tengo que confesar que salí perdiendo… por paliza.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 2 de abril de 2020

Hastío de lo malo

Torrentes de información nos mantienen actualizados sobre el desarrollo de esta pandemia que nos ha tocado vivir. Por donde uno logre asomarse hay datos, noticias, testimonios, alarmas (sobre todo alarmas), y todo un catálogo desplegado para que no logremos olvidar ni por un segundo esta escabrosa situación. Se entiende la necesidad de estar informado, pero quizá a la persona común y corriente, a todo aquel que no trabaja en el campo de la salud o que no tiene responsabilidades derivadas de las funciones gubernamentales, de nada le sirve saber que hubo un muerto o un contagiado más en España o en cualquier lugar, ni la escasez de máscaras y de respiradores en Estados Unidos, o las aterradoras previsiones sobre el futuro económico. Incluso divulgar en exceso nuestras propias carencias, en todos los sentidos, puede ser algo superfluo, dado que evidentemente las conocemos y sólo asustan y tensionan de más. Ya en estos momentos sabemos que esto nos cayó encima sin estar preparados, como a todos los países del planeta, y que debemos aguantar, esperar y armarnos de paciencia, empatía y comprensión.

A estas alturas considero que los ciudadanos ya sabemos lo necesario y que lo único que nos faltará será conocer las buenas nuevas y las disposiciones y recomendaciones del Gobierno, para seguirlas y hacer caso. Creo que es mejor enterarse de que se recuperó una persona en Italia a seguir el recuento de sus fallecidos, o darnos cuenta de algún avance, aunque mínimo, de cualquiera de los trabajos científicos por encontrar una cura que nos alivie. Siento hastío de lo malo, por eso me gustaría que se hicieran esfuerzos mayores para divulgar con insistencia los avances, los logros, esos pequeños pasos que nos llevan en la dirección correcta. Cada uno puede poner de su parte. Tratar de que el virus no se vuelva el monotema de nuestras conversaciones es una de las cosas más saludables que podemos hacer.

Cuando logremos superar esto vendrán los balances. No creo que los cambios sean tan sustanciales como algunas personas quieren creer, pero evidentemente habrá ajustes que serán permanentes. Particularmente me ha llamado la atención la diligencia del sector público y privado para ajustarse a lo que reclaman las circunstancias, al observar cómo ciertos trámites y decisiones que normalmente nos tomarían años, se alcanzan en tan solo una semana o menos. Por ejemplo, si alguien nos hubiese anticipado que era posible que en menos de un mes prácticamente toda la educación en nuestro país pasaría a ser impartida de manera remota, aunque fuese parcialmente, lo hubiésemos tildado de loco: hay que reconocer lo rápido que se pueden zanjar las diferencias conceptuales cuando hay una causa común. Ojalá que eso no se nos olvide y lo hagamos norma, sería el mejor regalo que nos podría dejar este delicado momento.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 26 de marzo de 2020

Nuestras responsabilidades

Durante estos días tan confusos, llenos de incertidumbre y no libres de alguna sensación de angustia, se puede llegar a entender mejor nuestro talante. El paulatino aislamiento al que nos vamos sometiendo nos invita, no sé si siempre para bien, a estar más atentos a los diversos canales de información que nos permite la hiperconectividad contemporánea, por lo tanto el barullo, que ya exasperaba bastante, se ha multiplicado notablemente. Va viendo uno algunas expresiones que se repiten, sesgos que no cambian, obsesiones que permanecen; ciertamente hay un buen número de personas a quienes todo parece darles lo mismo, demostrando que en cualquier circunstancia siempre están dispuestos a buscarle tres pies al gato.

Me parece que el máximo nivel de indecencia lo colman aquellos políticos o dirigentes que en lugar de llamar a una necesaria comunión entre los colombianos, siguen avivando los sentimientos divisorios. Me refiero a esos personajes que continuan criticando todo cuanto el Gobierno hace, con sus aciertos y desaciertos, que se arropan en una falsa manta de sabiduría para contestar cualquier medida o sugerencia que se tome, como si ellos realmente supieran que hacer, como si los aciertos solo fuesen posibles si los cobija una determinada bandera ideológica. No han entendido que estos no son tiempos para perseguir réditos políticos. Espero que no olvidemos cómo se han comportando cuando todo esto pase, porque ya han revelado sin pudor sus peores instintos, sus pobres motivaciones, su mínimo interés por el bien común.

Tampoco resulta ejemplar el comportamiento de algunos ciudadanos. Sin ignorar que el Gobierno tiene unas responsabilidades importantes, que no alcanzaría a describir en este espacio, para superar este embrollo tenemos que acudir a lo que dicta el sentido común. Suponer que todo nos tiene que ser ordenado o prohibido es una muestra tanto de mala educación como de tozudez. Si creemos que tenemos que pedirle al Gobierno que nos diga si podemos reunirnos en grandes cantidades o no, o si podemos ir a una playa, o si es recomendable acaparar insensatamente artículos de primera necesidad, creyendo que las decisiones sobre este tipo de asuntos deben ser impuestas, estamos peor de lo que pensaba. Me cuesta creer que a estas alturas haya quienes pretendan seguir viviendo como si nada, mirándose el ombligo y despreciando a los demás.

Es el momento de asumir nuestras responsabilidades individuales para facilitar que los organismos del Estado se encarguen de atender los asuntos más delicados. Habrá que repetirlo: evitemos salir de nuestras casas para nada que no sea imprescindible, lavémonos las manos con frecuencia y, lo más importante de todo, ante cualquier sospecha de síntomas de infección aislémonos voluntariamente. Ruego que durante las siguientes semanas, tan cruciales, nos acompañe la elusiva sensatez.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 19 de marzo de 2020  

Liderazgos a prueba

Estamos viviendo unos momentos muy confusos. Con la disputa entre rusos y árabes, que añadió una innecesaria tensión al ya turbulento panorama que había suscitado el debut del virus de marras, el sentimiento de descontrol está llegando a niveles que merecen una atención inédita. Las aerolíneas, los hoteles, el entretenimiento, las interacciones sociales, las divisas, todo se está viendo afectado de formas que no terminamos de entender cuando ya mutan nuevamente. Un día confirmamos algún plan y al siguiente nos toca deshacerlo; la certeza, tan valiosa como ignorada, nos está abandonando paulatinamente.

Pocas veces, acaso ninguna, se había visto una crisis tan compleja como esta que nos empieza a golpear. Ni siquiera las dos grandes guerras del siglo pasado, tan cruentas y despiadadas, habían logrado desestabilizar el planeta con tanta rapidez y eficacia, generando una desazón que probablemente se nutre de tantas décadas de tranquilidad previa, por lo menos en la mayor parte de Occidente. Al acostumbrarnos a tener todo más o menos bajo control, me parece que hemos descuidado las habilidades necesarias para comprender y darle manejo a las situaciones caóticas. Quizá por eso se acaba el papel higiénico en Australia, la pasta en Italia o el gel desinfectante en Colombia, perplejos y desorientados, la mayoría de los ciudadanos buscan aferrarse a cualquier cosa que les recuerde la tranquilidad que se va diluyendo.

Es entonces cuando se requieren liderazgos decididos. Sin tener mayores referencias de las que poderse guiar, preparados o no, les tocó a los gobernantes de turno, y a nosotros, enfrentarnos a este gran lío. Conviene entonces que se definan prioridades, se establezcan canales de comunicación y que se hagan declaraciones que informen, guíen y que no confundan más. No valen ya eufemismos ni frases de consuelo, hay que procurar ser diáfanos, contundentes y tomar decisiones que no persigan nada diferente a propiciar el bien común, que deberá ahora más que nunca estar por encima de cualquier otra cosa.

Vamos a ver si estamos a la altura que reclaman las circunstancias. Funcionarios de toda índole, alcaldes, gobernadores, ministros, senadores, el presidente y, por supuesto, todos los ciudadanos, debemos procurar pensar sin egoísmos por una vez en este atribulado país. Buen momento para recordar una frase de uno de los grandes líderes que ha visto la historia, Winston Churchill, al dirigirse a los ingleses, atemorizados y expectantes, en medio de la Segunda Guerra Mundial (la mediocre traducción es mía): “Este no es momento para los facilismos y la comodidad, es hora de atreverse y aguantar”. Perdonarán la obviedad, pero si todos ayudamos y aportamos nuestra necesaria cuota de sacrificio, será más fácil superar las adversidades que se vienen.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 12 de marzo de 2020  

Auschwitz

 

El próximo lunes 27 de enero se cumple el septuagésimo quinto aniversario de la liberación de Auschwitz, el campo de exterminio nazi más conocido. En esa fecha en 1945, y luego de una intensa lucha, el ejército soviético logró por fin abrir las puertas de aquel sórdido lugar, siendo recibidos por 7000 moribundos prisioneros, si se suman también a los recluidos en Birkenau y Monowitz, otros campos que completaban el complejo. En total se ha calculado que en esas instalaciones fueron asesinados cerca de un millón de personas, conformando uno de los episodios más despiadados y vergonzosos de la historia reciente. Es por eso que conviene no olvidarlo.

Saber que los alemanes, un pueblo civilizado y normalmente amable, con respeto por la ilustración y el método científico, cuna de Bach y Beethoven, de Hesse y Mann, hayan dedicado tanto esfuerzo para perfeccionar una máquina de aniquilación de tal magnitud es desconcertante. Que esos terribles acontecimientos hayan tenido lugar hace tan poco lo hace aún más sorprendente. A veces suponemos que el mundo ha sido siempre como lo conocemos ahora, más o menos ordenado, con normas y acuerdos que pretenden salvar algo de nuestra dignidad y bienestar, e ignoramos, o se nos olvidan, las infamias que son capaces de perpetrar nuestros semejantes. Los ejemplos sobran: treinta años después del holocausto, en Cambodia (1975 - 1979), Pol Pot se dedicó a masacrar sistemáticamente a un millón y medio de personas; veinte años más tarde en Rwanda (1994), trituraron a medio millón de Tutsis, entre otras cosas, prefiriendo estampar a los bebés contra las paredes para ahorrarse los machetazos. Y así.

Es imposible no conmoverse al revisar esos momentos históricos. Siempre he pensado que es muy edificante, aunque no lo parezca, sumirse en los detalles que nos muestran las perversas honduras que pueden alcanzar los seres humanos, conocer el mal. Así, me parece, se puede valorar mejor la cotidianidad que en buena medida nos rodea. Cuando uno sabe que hay entre nosotros quienes dominan y aplican técnicas de tortura, o que matan por dinero, o que andan por ahí con navajas o armas dispuestos a usarlas; cuando uno sabe que cualquier chispa desata la furia y que el frágil acuerdo social pende siempre de un hilo, uno entiende que el orden, por precario que sea, se debe cuidar más, nos debe importar más.

Con la excusa de este triste aniversario, me atrevo a recomendarles que lean sobre los horrores de la guerra, de cualquier guerra. Que vean con detalle las fotos, los videos o los dibujos —los de Goya, por ejemplo— e intenten imaginarse el sufrimiento, el dolor y la pena. Luego entender que todo eso fue usualmente en balde, una estupidez que siempre se hubiese podido evitar, y que salvo excepciones, después de iniciar el enfrentamiento, sufrirlo y terminar de contar los muertos, todo vuelve a estar relativamente igual que antes.

moreno.slagter@yahoo.com

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 23 de enero de 2020 

Buenas noticias

Son excepcionales las ocasiones en las que las noticias positivas, o cuando menos agradables, logran acaparar los titulares de prensa o de cualquier medio de comunicación. Cuando tal cosa sucede suele deberse a logros deportivos o culturales, quedando así reducidas a meras anécdotas, lo que se deja para leer o ver al final del día, si es que hay tiempo. Si un medio se atreve a registrar que al gobierno algo le ha salido bien, o que ha pasado una cosa buena, un gran número de individuos no dudará en cuestionar la integridad de la fuente, esforzándose en encontrar motivos ulteriores, planes ocultos, la trampa o la mentira en el asunto. Hay quienes no parecen soportar que el mundo mejore, mucho menos que su país o su ciudad lo haga, posando de irritantes incrédulos ante todo lo que no suponga decaimiento y desgracia.

Las Naciones Unidas publicaron recientemente el Informe sobre Desarrollo Humano (IDH) 2019. Con el IDH se pretende superar el enfoque exclusivo del crecimiento económico, incluyendo también variables que centran su objetivo en las personas, sus oportunidades y sus opciones. El informe se viene publicando desde 1990 y es un instrumento que, con todas las imperfecciones que pueda tener, permite observar un panorama general del desarrollo de las personas más allá del PIB e indicadores similares.

En ese informe, el índice de desarrollo humano de nuestro país mejora constantemente, ciclo tras ciclo. Hemos pasado de tener un indicador en 0,600 (1990) a 0,761 (2018). Como referencia, el país que lidera el listado, Noruega, tiene un índice de 0,954 y el último, Níger, está en 0,377 sobre una medida máxima de 1. Aunque hay ciclos con tendencias de mejora más acentuadas, lo cierto es que Colombia nunca ha visto disminuido su resultado, cosa que por ejemplo si ha pasado con Venezuela, Ecuador o El Salvador. Según la ONU, hoy estamos en el grupo de países con desarrollo humano alto, en la posición 79 entre 189. Sería torpe que algún ciudadano, sin que medien intereses políticos, no sienta alivio al revisar esta información, comprobando que a pesar de las dificultades y los obstáculos vamos por buen camino. Aunque todavía estamos lejos de lograr un estado de bienestar generalizado (cosa que poquísimos países han alcanzado), nos merecemos más optimismo.

A la oposición, expresada así, de forma atemporal y sea cual sea su inclinación ideológica, no le ayuda una narrativa que explique que Colombia va mejorando, puesto que necesitan vender una situación catastrófica para así poder justificarse como salvadores. Por supuesto, cada quien tiene derecho a decir lo que quiera aprovechándose de las ventajas que da la libertad, incluso a sugerir escenarios apocalípticos y de inminente debacle. Lo triste es que los colombianos se dejen llevar por esa ola lastimera, insisto, sean de derecha, de izquierda o de donde se quiera, según corran los tiempos. Sorprende esa rabiosa afición por el derrotismo, aún cuando las noticias sean buenas.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 5 de diciembre de 2019  

El Muro

Dado que la actualidad nacional está prácticamente monopolizada por opiniones y reportes concernientes a las movilizaciones de las últimas dos semanas, he considerado oportuno dedicar el espacio de esta columna a un tema completamente ajeno a esas realidades. Que el lector lo entienda como un acierto o como una impertinencia dependerá del buen juicio de cada uno.

El pasado 30 de noviembre se cumplieron cuarenta años del lanzamiento de The Wall, el undécimo álbum de estudio de la banda británica Pink Floyd. Pocas veces una banda de rock, ni siquiera una de rock progresivo, con lo exigentes que pueden ser a veces sus creaciones, ha logrado describir de una forma tan cruda y radical las angustias psicológicas que nos acechan desde niños, agravadas en este particular caso por la guerra y el desamor.

El álbum doble trata sobre la vida de Pink, un niño que ha perdido a su padre en un bombardeo durante la Segunda Guerra, se ve sobreprotegido por su madre, es presionado por el sistema educativo inglés, crece, fracasa escandalosamente como esposo, y finalmente decide aislarse del mundo construyendo un muro imaginario –The Wall–, que le permite lograr algo de paz. Cada circunstancia de su vida es un ladrillo de ese muro, que se va levantando lentamente, pero sin pausa, hasta cerrarse y llevarlo a la locura. Lo más desgarrador de esta historia es que al final el protagonista es víctima de un juicio ficticio en el que lo obligan a derribar el muro, exponiéndose de nuevo a sus temores, a sus fracasos y a su triste condición.

La sucesión de canciones que componen la obra fluye con extremada facilidad, cada una encadenándose con la otra y conformando un conjunto extremadamente homogéneo. The Wall es reconocido como uno de los puntos más altos de una poderosa y diversa producción discográfica sobre la que es muy difícil establecer algún orden cualitativo, encontrando algo de consenso al considerar que este fue el último de los grandes álbumes del grupo. Para complementarlo, Pink Floyd se embarcó en el montaje de una serie de conciertos complejísimos, con una puesta en escena que limitó su ocurrencia a unas pocas noches; el muro se iba cerrando poco a poco frente a los espectadores hasta su destrucción final, una pesadilla logística que dio pocos réditos económicos. La película de Alan Parker fue la cereza del pastel que concluye este último y agotador ciclo virtuoso: Pink Floyd jamás lograría una obra similar, tan trabajada, tan buena. El agotamiento general derivó en la disolución del cuarteto unos años después, con posturas que se han demostrado irreconciliables.

The Wall es uno de esos álbumes imprescindibles que todos deberíamos conocer. Sus temas son todavía vigentes, sus inquietudes permanecen. No dejen pasar la oportunidad de escucharlo y de ver la película, es un regalo para nuestros sentidos.

Fotografía tomada de https://www.amazon.com

Publicado en El Heraldo el jueves 5 de diciembre de 2019 

Los libros

Hace poco fui testigo de algo que juzgo extraordinario, sobre todo para esta época. Resulta que visitando a unos amigos pude ver como su hijo, un niño de unos ocho años que por casualidad se dio cuenta de que su madre estaba leyendo una novela, se levantó, fue a su cuarto, agarró el primer volumen de la serie de Harry Potter y se sentó a su lado diciéndole que iba a hacer lo que ella estaba haciendo. El niño se puso a leer tranquilamente. A los pocos minutos abandoné la escena memorizando con simpatía el intercambio, dado lo inusual que sospecho su ocurrencia. Sin duda la lectura, la voluntaria, la que se disfruta, es una de las mejores cosas que uno puede hacer en la vida.

En alguna parte leí que los niños que crecían en una casa en la que los libros estuviesen a la mano, como parte del paisaje doméstico, tenían altas probabilidades de engancharse también con la lectura, desarrollando con más facilidad sus habilidades para comprender textos y, de paso, para escribir bien. Recuerdo que en la casa de mi abuelo había una significativa biblioteca. Eran dos muebles enormes, o así me parecía, colmados de varios volúmenes de libros enigmáticos, muchos de ellos en francés o inglés. Kipling, Faulkner, Moravia, Dante, fueron nombres familiares para mi desde que tengo memoria —varias pesadillas tuve con los grabados de Doré—, y aunque no tuviese ni idea de qué se trataba todo aquello, a veces así nombraba a los ficticios personajes de mis juegos infantiles, el conejo Poe o el soldadito Hesse. Todo cambió cuando en algún cumpleaños, todavía niño, me regalaron versiones completas de Pinocho, Un capitán de quince años y Los tres mosqueteros.

El libro de Collodi fue el primero que leí en mi vida, y a partir de ahí seguí con Verne y con Dumas, desconcertado por el mundo que se me revelaba. Al poco tiempo me encontraba pidiéndole a mi abuelo o a mi padre que me llevaran a la extinta librería Cervantes, en la calle 76, a comprar las ediciones de bolsillo de la Editorial Bedout. Me perdí en esos libros. Con diez años podía distinguir entre un bergantín y una fragata y era capaz de señalar detalladamente el recorrido de Miguel Strogoff en un atlas. Quizá es un conocimiento inútil, pero aquellos fueron momentos inolvidables, de descubrimiento permanente. Les agradezco mucho a quienes se atrevieron a regalarme literatura tan temprano.

Desde luego eran otros tiempos, y para un niño era necesario acudir a la imaginación con mucha más frecuencia que ahora. No se si eso sea mejor o peor, pero sin duda es diferente. Sin embargo, creo que ciertas cosas deberían conservarse y, cultivar la afición por la lectura, especialmente por los libros impresos, merece mayor empeño. Sospecho que si un niño ve a su madre leyendo en un celular o en una tablet no es lo mismo, no intriga igual. Ojalá valorásemos más la importancia de los libros en nuestras vidas.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 28 de noviembre de 2019 

Limpieza digital

Cada vez que se me da por pensar que el mundo va por muy mal camino y que es urgente trastornarlo todo –incendiemos y después veremos–, recuerdo una frase lapidaria de Borges para referirse a las tribulaciones de un pariente lejano: «Le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir». Hace rato interpreto que no es que esta época sea especialmente desastrosa, es que siempre nos hemos enfrentado a un sinfín de asuntos que nos parecen únicos e irresolutos, aunque todas las cosas vayan mejorando. Por eso tiendo a alejarme del seductor fatalismo y prefiero valorar con agradecimiento los indiscutibles avances que nos sostienen y que nos hacen vivir mejor que antes, en casi cualquier dimensión que se quiera revisar.

Sin embargo, cuesta mucho mantener la fe y las buenas maneras si se presta atención a las premoniciones apocalípticas y a los juicios desproporcionados que se difunden con tanto empeño. Las redes sociales nos han permitido asomar la cabeza y apreciar el estruendo cacofónico de una humanidad que encuentra amplificadas todas las opiniones, incluso las que son francas tonterías. Aquello que se mencionaba en un bar o en una esquina, las incontables bobadas que siempre hemos dicho las personas, ahora tienen una impronta excesiva, muy por encima de su valor. Quedan así grabadas por escrito o en algún medio que permita su repetición infinita, para darle combustible a la hoguera de nuestras infamias.

Hace varios años eliminé mi cuenta de Facebook. Esa plataforma se había convertido en un compendio de idioteces insoportables, un desfile de imposturas y mentiras sostenido por fotos y comentarios que no servían para nada. Volví a encontrar algo de paz. Fue entonces cuando Von Furstenberg me recomendó abrir una cuenta en Twitter, asegurándome que, en lugar del pozo infecto de Facebook, esa nueva red era un torrente de agua fresca en el que todo fluía con más limpieza, menos perfidia. Al principio parecía que en efecto era así, pero luego vino lo de siempre, la reiteración de la rabia tras la seguridad relativa que da el anonimato, la exaltación de lo malo, la miseria. El agua terminó empozándose de nuevo.

Hasta que decidí filtrar la cochambre y silenciar o dejar de seguir a medio mundo, sobre todo a esas cuentas de extremos que pretenden ser faros del saber político y social, o replicadoras sesgadas de la actualidad. Vieran el cambio. Hoy reviso mi cuenta y veo noticias de King Crimson, tiras cómicas de Pastis, frases de Sowell y así, nada de odios, ni arengas, ni afectaciones. De vez en cuando se cuela alguna mugre, pero las entiendo como gajes del oficio, pequeños males necesarios. Especialmente por estos días, me atrevo a recomendarles esa limpieza digital. Les aseguro que las cosas no andan tan mal como lo sugieren los sabios de las redes sociales.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 21 de noviembre de 2019

La informalidad

Un estudio conjunto de la Oficina Internacional del Trabajo y de la Organización Mundial del Comercio señalaba hace una década que un alto índice de informalidad laboral aumenta la desigualdad de los ingresos, disminuye el crecimiento medio del PIB y reduce el comercio internacional. El mismo documento observaba que en grandes economías informales también se limita la capacidad del gobierno para invertir en infraestructuras públicas, restringiendo así el crecimiento potencial de la productividad del sector privado. Los aspectos que he mencionado conforman una muestra mínima de las consecuencias que conlleva la práctica informal en el trabajo, pero aún así incluyen tres de los temas que más nos ocupan en los últimos tiempos, relacionados además con las violentas protestas que acosan nuestro continente: desigualdad de ingresos, inversión pública y productividad. Parece relevante, por lo tanto, prestarle atención a este asunto.

Según el DANE, en Colombia la informalidad laboral ha disminuido durante la presente década. Ese indicador pasó de constituir un 50.8% de los ocupados en el 2011 a un 45.7% en el último informe disponible (julio – septiembre 2019), una nada despreciable disminución de 5 puntos porcentuales (pp). La tendencia es sin duda favorable y no parece apoyar los discursos que proclaman que todo, absolutamente todo, va por mal camino. Incluso el último año ha mostrado una mejoría, disminuyendo 1.2pp. Buenas noticias en un mar de desesperanza.

Barranquilla y su área metropolitana tienen una dinámica diferente y vale la pena tratar de entenderla. Comparando el mismo período 2011 - 2019, a nivel local también ha disminuido la informalidad, aunque a un ritmo mucho menos elogioso. En el 2011 la informalidad llegaba al 57.3% mientras que en el 2019 bajó hasta 56.7%, la mejora no llega siquiera a un punto porcentual, lo que puede entenderse como un estancamiento. Sin embargo, lo más llamativo es lo que sucede frente a la media de las 13 ciudades más grandes del país. En el 2011 Estábamos 6.5pp por encima de esa media, para pasar en el 2019 a superarla en 11pp. Es decir, en lugar de acercarnos al promedio de las ciudades comparables, nos quedamos atrás y casi se duplica la diferencia. Navegamos en contra de la tendencia nacional.

Esto no parece ser coherente con el momento que vive nuestra ciudad. Tenemos una de las menores tasas de desempleo en Colombia (7.9% en septiembre de este año), pero no se ha logrado un nivel de formalización similar al de otras ciudades importantes. Lo anterior es en cierta medida decepcionante, dado que se esperaría que el clima de optimismo, orgullo y apoyo a las administraciones distritales se tradujeran en un crecimiento más armónico para todos, con mejoras tangibles para el bienestar individual y la prosperidad de los ciudadanos. Conviene revisar qué puede estar perpetuando este fenómeno.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 14 de noviembre de 2019

El Amira De la Rosa

Hace dos años y medio, motivado por las mismas razones que ahora me ocupan, escribí para este diario una columna sobre el Amira De La Rosa. Pasado ya todo ese tiempo, las incertidumbres que rodean el proceso de recuperación y puesta en servicio del único teatro de nuestra ciudad siguen sin resolverse, acaso se han agravado ante las pocas y confusas noticias que se tienen. Según publicó este diario la semana pasada, ahora la intención es convertir el teatro en un centro cultural, algo parecido al conjunto que contiene la biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá, institución administrada por el Banco de la República, también responsable de nuestro escenario.

La idea de dotar a la ciudad de un espacio para las artes y la cultura es muy buena, sobre todo si esa nueva dotación pretende tener una calidad similar a la del complejo capitalino. La biblioteca Luis Ángel Arango y los edificios y espacios que la rodean y apoyan, son un nodo de actividad cuyas bondades arquitectónicas, estéticas y funcionales han superado ya la prueba del tiempo, constituyéndose en un referente nacional. La sala de conciertos (diseño del consorcio Esguerra, Sáenz, Urdaneta, Samper), fue reconocida con el Premio Nacional de Arquitectura en 1966 y sigue siendo objeto de estudio y admiración. Muchos de nosotros reconocemos su icónico interior, marcado por un imponente cielo raso que ha logrado trascender su función para cargarse de un potente sentido simbólico. Barranquilla ganaría mucho con un proyecto de tales ambiciones.

Lo que no queda claro, y esto es inquietante, es el criterio que va a regir la nueva propuesta de intervención. Hay tantos interrogantes que hasta se ha especulado con la posibilidad de demoler el actual edificio, imponiendo un tratamiento de tabula rasa para empezar desde cero. Lo anterior, además de inconveniente, supondría una violación de la normativa que actualmente lo protege. En este momento el Amira De La Rosa es un bien de interés cultural del ámbito nacional, eso quiere decir que cuenta con el mismo nivel de protección que tiene, por ejemplo, el castillo de San Felipe en Cartagena, o nuestra Estación Montoya. Para todos los efectos es intocable, salvo por actuaciones que busquen su preservación.

No se entiende del todo tanta opacidad, tanta demora, tanta confusión. A estas alturas, después de más de tres años de cierre, el destino del teatro debería estar decidido. Surgen varias preguntas. ¿Qué está entorpeciendo el proceso de decisión? ¿Por qué tantas variaciones en las fechas declaradas de entrega? ¿Hay ya un arquitecto responsable del proyecto? Si no lo hay ¿Por qué no se organiza un concurso arquitectónico para su diseño? Demasiadas sombras en un proyecto que nos debería unir y convocar. Esperemos que todo se resuelva pronto, y que Barranquilla aproveche de manera inteligente esta inigualable oportunidad para mejorar su dotación cultural.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 7 de noviembre de 2019

Aborto y eutanasia

Recientemente en Colombia se están tomando decisiones sobre dos temas muy controvertidos, el aborto y la eutanasia. Sobre el aborto el Ministerio de Salud, acatando una orden de la Corte Constitucional, publicó hace poco el borrador de una resolución que pretende fijar parámetros, competencias y rutas de atención, un paso significativo para dejar las reglas claras. El asunto, por supuesto, desató las mismas polémicas que ha desatado desde siempre. Casi al mismo tiempo, el Congreso de la República aprobó el pasado martes, en primer debate, el proyecto de ley que reglamenta la aplicación de la eutanasia. Esto también levantó una polvareda, alienando de manera significativa los bandos que apoyan o atacan esta posibilidad. Son dos temas complicados en los que se llevan al límite, con toda razón, nuestras concepciones sobre la vida, la muerte y los derechos de las personas.

Sería muy pretencioso y atrevido tratar de explicar en una columna todas las variables que entran en juego en ambos casos, o plantear una postura definitiva. Como en muchos de los grandes dilemas morales a los que nos enfrentamos, creo que lo único que no conviene es tomar posiciones absolutas. Habrá momentos en los que abortar o practicar la eutanasia podrá parecer aceptable o atroz, nadie puede saber nunca con certeza las condiciones, circunstancias y hechos, incluyendo las convicciones religiosas, que definen la vida de los demás, y ni hablar de las situaciones espantosas a las que a veces se enfrentan quien se ven ante tales problemáticas. Cada quien deberá llegar a sus propias conclusiones, sin juzgar ni señalar demasiado.

Lo que me parece que no se puede aceptar es la trivialización o la simplificación de todo esto. Abortar no es nunca un proceso banal. Es claro que es una decisión que violenta el cuerpo de la mujer, aún en los primeros estados del embarazo, y que por lo tanto debe ser pensada con suficiente seriedad. Creo que no está bien presentarla como si se tratase de una condición cualquiera, una que se puede aliviar con una droga o una intervención inocua y que es un asunto de un fin de semana, y ya, sin mayores consecuencias. Pero además, en contra de las ideas de algunas personas, considero que los hombres si tienen algo que decir y deben opinar; desconocer esto es de necios. Algo similar sucede con la eutanasia. Aunque las motivaciones son diferentes, también supone escoger una alternativa que no tiene reversa, una vez consumada no hay remedio. Parecería entonces obvio que se deben asumir con toda la gravedad que sea posible.

Las personas nos equivocamos permanentemente, así que conviene extremar los cuidados con las cosas irreparables. Por eso no comparto la militancia tan fervorosa que se observa en estos casos, en especial sobre el aborto. Como con la pena de muerte —otro asunto muy espinoso—, conviene alejar su discusión de los terrenos pasionales, por difícil que parezca.

 

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Publicado en El Heraldo el jueves 31 de octubre de 2019

Protesta y destrucción

Es muy difícil no verse inquietado por las noticias que nos llegan desde España, Bolivia y Chile, informando sobre significativas protestas populares de diversos orígenes, todas acompañadas de una importante dosis de pillaje y vandalismo. Siempre señalando al gobierno, como no, se levanta la voz contra liderazgos de derecha, de izquierda o de cualquier tendencia, sin especial distingo.

En Cataluña están delirando hace rato con fábulas de independentismo, buscando como sea motivos para quejarse. Con un nivel de vida envidiable cuesta trabajo darle razón a tanta furia; tal vez se sienten demasiado cómodos, la cerveza se sirve muy fría o las croquetas son crujientes en exceso. En fin, cosas de países desarrollados que no parecen tener sentido en medio de las angustias que se viven por estos lados. Puede que todo sea simplemente otra pataleta por un capricho, por ahora, no concedido.

Lo que pasa en Bolivia es más o menos entendible. Todo empieza por un aparente fraude electoral que ha impuesto una plausible sombra de sospecha sobre los métodos del gobierno para mantenerse en el poder, y claro, al sentirse estafada, la mitad del país sale a reclamar sus derechos. Supongo que con hacer bien la tarea, con contar los votos con honestidad, se podrían calmar los ánimos. Ojalá sea eso lo que pase.

En Chile, por otro lado, el panorama está más complicado. Las cifras socioeconómicas que nos llegan desde el país austral permitían suponer que iba por buen camino, una excepción en este atribulado continente. Pero ahora resulta que no, que no todo era tan bueno, y las personas, utilizando como excusa un aumento de la tarifa del pasaje del metro de Santiago, salieron a la calle a protestar, no sólo por eso, sino por todo lo imaginable. Pasado el momento de la chispa del aumento se ha establecido como ‘casus belli’ la elevada desigualdad de la sociedad chilena, y con ello se encendieron las voces de todos aquellos que encuentran en la desigualdad la razón de todos los males. Hay que ver cuánto nos seduce esa palabra. Lo malo es que ya el acorralado presidente Piñera anunció una serie de medidas que suenan muy bien, pero que son de dudoso cumplimiento, dado que suponen un considerable aumento de los gastos del Estado, quizá más allá de sus capacidades. Creo que la confusión chilena les va a salir más cara de lo imaginado.

Lo que es imposible de entender ni de justificar en cualquiera de estos casos, es la destrucción que ha acompañado las protestas. Cuando en ese contexto se acaba con una estación de metro, o se incendia cualquier cosa, se revela hasta dónde puede llegar la estupidez humana. Es como si uno, en su casa, decidiera moler a palos la nevera porque no tiene suficiente comida para llenarla. Aquí no puede haber medias tintas. Si no es posible protestar sin destruir y sin poner en peligro a medio mundo, es mejor replantearse el método. No todas las protestas, ni las revoluciones –por abusar del término–, tienen que ser con sangre y fuego.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 26 de octubre de 2019

No trivializar

Antes de desarrollar el tema que me ocupa aclaro, para los que no lo saben, que estoy vinculado laboralmente con una universidad. Precisamente por eso me atrevo a escribir sobre este asunto, dado que lo vivo diariamente y me interesa. Cada lector podrá juzgar si mi opinión se ve minada por ello.

Hace poco escuché a un niño de unos seis años decirle a su padre que de mayor quería ser «youtuber». Me pareció muy curioso que esa fuese la aspiración de aquel niño, desplazando roles más tradicionales y probados; una señal, sin duda, de las transformaciones que estamos viviendo. Sin embargo, luego asocié esa anécdota con una tendencia que he notado últimamente, una que menosprecia la labor de las universidades. Se alega que en el entorno actual no son necesarias para poder triunfar —vaya uno a saber qué significa exactamente eso—, entendiéndolas cómo artilugios del pasado, anquilosadas, demasiado tradicionales y costosas, de tal forma que hay quienes ya dictaminan que el paso por sus aulas no vale la pena.

El asunto no es de poca monta. Siempre he pensado que cuando se desestabilizan instituciones centenarias, de la naturaleza que sean, útiles y queridas o incluso perversas o directamente nocivas, deben estar pasando cosas de importancia mayor, fenómenos para los que no siempre estamos preparados, que no comprendemos del todo y cuyas consecuencias en muchas ocasiones son buenas, pero en otras no. Conviene recordar que no todos los cambios son para mejorar, que la novedad no siempre trae consigo bienestar y que las grandes masas de personas también se equivocan, a veces con estrépito.

Desde luego, y en vista de los acelerados cambios tecnológicos de nuestra época, las universidades deben interpretarlos y encontrar caminos para su uso. Pero todo eso debe tener siempre presente que bajo ninguna circunstancia se debe trivializar el valor de una buena educación, independientemente del método que se utilice para impartirla. Me parece que «youtubers», «influencers», blogueros y demás especímenes, están validando –eso sí, por fortuna alejándose de las sempiternas vías ilegales– la idea del camino fácil y del menor esfuerzo, encandilando con sus ganancias a muchos jóvenes que se ven tentados a tomarlos como ejemplo. Ojalá eso sea la excepción, no la norma.

No sé ustedes, pero yo no estaría tranquilo en una sala de cirugía liderada por alguien que aprendió a operar desde su casa viendo unos divertidos videos. Hay cosas, las importantes, que requieren dedicación, constancia, disciplina y rigor para dominarlas, y un cuerpo colegiado que lo avale. También parece sensato conjeturar que por un buen tiempo seguirán siendo necesarios los médicos, los abogados, los ingenieros, los arquitectos, y todas aquellas personas cuyos oficios han hecho aportes tangibles y valiosos al bienestar de la humanidad. Creo las universidades merecen más reconocimiento por la labor que han desempeñado por siglos y que pueden convivir con las nuevas tecnologías. Hay que tener mucho cuidado con la trivialización de lo fundamental.

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Publicado en El Heraldo el jueves 17 de octubre de 2019

Dos siglos de atraso

Hace poco encontré por casualidad una breve crónica que daba cuenta de la caótica situación del transporte público en una gran ciudad. El escrito explicaba que la cantidad de buses que llenaban las calles estaban generando una gran confusión y desorden, dado que las empresas de transporte competían en rutas muy similares. Los choferes aceleraban peligrosamente por las vías, usando cualquier artimaña para arrebatarle pasajeros a sus rivales y poniendo en riesgo a todos los transeúntes. Para empeorar las cosas, a esos choferes les pagaban según lo que producían, así que necesitaban atestar los buses con la mayor cantidad de personas posible. Repetidas quejas sobre su comportamiento llevaron a que, luego de un año particularmente crítico, las autoridades implantaran licencias individuales con el ánimo de controlar y sancionar a los indisciplinados conductores. La descripción corresponde a Londres, en los años 1837 y 1838, pero parece un retrato de lo que constituye nuestra actualidad barranquillera. Tenemos dos siglos de atraso.

La poca importancia que le hemos dado al transporte público en Barranquilla terminará por pasarnos factura. Ninguna ciudad puede entenderse competitiva si no ofrece formas dignas y efectivas para el desplazamiento de sus ciudadanos. Tarde o temprano los costos asociados al desgaste que supone perder varias horas al día para llegar a un destino determinado, o para poder cumplir con los compromisos comerciales, minan la relación costo beneficio de cualquier transacción. Poco a poco, aquellos entornos que ofrezcan facilidades logísticas (Medellín y Antioquia, por ejemplo), lograrán desviar y atraer las inversiones y el consecuente desarrollo, aumentando la brecha entre unas ciudades y otras. Por eso el transporte público no puede seguir abandonado a su suerte y siendo administrado con tan poco acierto.

Desde luego, no es sensato compararnos con ciudades como Londres, o cualquier otra de ese nivel. Hay diferencias históricas y socioeconómicas que son evidentes y que no pueden ignorarse o subestimarse. Sin embargo, uno quisiera al menos percibir que las cosas van por buen camino y que las administraciones municipales tienen una ruta aceptablemente clara para enfrentarse al difícil reto de la movilidad urbana. Nadie puede esperar resultados inmediatos, pero sí se deberían evidenciar planes y acciones que sean consecuentes con el crecimiento de la ciudad.

Los peatones, los conductores particulares, los ciclistas, los motociclistas, todos hacemos parte del problema y de la solución. La continuidad que han supuesto las ultimas alcaldías debería permitir la ejecución de proyectos a largo plazo con persistencia y compromiso, que superen los cuatro años de rigor. Ya basta del desorden y la anarquía, deben acabarse los viejos y obsoletos esquemas que todavía persisten. Si no lo entendemos ya, al paso que vamos el atraso va a ser de tres siglos.

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Publicado en El Heraldo el jueves 03 de octubre de 2019

Políticos

Resulta muy triste enterarse de las noticias que llegan de Cartagena, relacionadas con unos decepcionantes casos de clientelismo y corrupción revelados por unas conversaciones entre algunos aspirantes a cargos públicos en esa región. Triste, sin duda, aunque no sorprendente. Hace ya muchos años que el ejercicio de la política en nuestro país se limita a ser un intercambio de intereses que muy poco tienen que ver con las promesas que los candidatos vociferan durante sus campañas. Lo que ha cambiado en estos últimos tiempos es que ahora nos enteramos, de manera directa e incontestable, del nivel de descaro que llegan a tener quienes ven al Estado como una cuenta de ahorros personal. Es como cuando a una persona le revelan una infidelidad amorosa, una cosa es escuchar la historia y otra cosa es ver las fotos. Lo segundo afecta más.

Veo muy pocas opciones para salir de este lamentable círculo vicioso. No basta con invitar a votar bien (sea lo que sea que eso signifique), en muchos lugares no hay ningún candidato medianamente competente, ni lo ha habido por décadas, siendo todos diferentes estrofas de la misma canción. Tampoco es suficiente el llamado a la protesta pacífica, quienes están enquistados en el poder han aprendido a despojarse de escrúpulos o vergüenzas, así que tienen ya una coraza impenetrable contra tales ataques. Ni pensar en revoluciones o levantamientos violentos, usualmente quienes los promueven lo único que quieren son los privilegios de aquellos a quienes atacan, pocas veces hay un sincero deseo de arreglar lo dañado, la mentira está presente en todos los bandos.

Creo que los ciudadanos debemos reconocer que buena parte de lo que está sucediendo es nuestra culpa. Con una indolencia inexplicable le hemos entregado un gran poder a quienes representan al Estado, mucho más del que se podría entender razonable. Pareciera que hemos puesto en sus manos todo nuestro destino, propiciando entonces una actitud de indefensión, casi de sometimiento, en la que estas personas —los gobernantes y los funcionarios públicos, elegidos o no popularmente— reclaman entonces veneración y obediencia sin fin. Por eso se sienten dueños de todo, repartiéndose impúdicamente secretarías, instituciones o incluso ministerios. Nada más sintomático de nuestro fracaso que esa expresión que pregunta de “quién es” tal o cual oficina estatal, como se evidenció en las desagradables conversaciones que he mencionado.

Los cambios importantes no son milagrosos, requieren compromiso y persistencia. No veo prontas soluciones a este embrollo, pero considero que podemos empezar a construir una convivencia más sana entre nuestro Estado y los ciudadanos. Lo primero es dejar de culpar a los políticos de todo lo que nos pasa y más bien quitarles responsabilidades. No más ministerios, ni secretarías, ni institutos, y poco a poco establecer un marco social que entregue a las personas las riendas de sus vidas. Solo así, con ciudadanías independientes, podrá volver la esperanza.

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Publicado en El Heraldo el jueves 26 de septiembre de 2019

La disputa del Country

Desde hace siete años un grupo de vecinos del barrio Villa Country está enfrascado en una disputa con el Country Club. La causa del desacuerdo es una nueva entrada vehicular que el club pretende habilitar sobre la calle 77, lo que permitiría que los socios pudiesen ingresar y salir de sus instalaciones directamente desde la carrera 57. Luego de varios años de inactividad, hace unas semanas se iniciaron los movimientos preliminares del proyecto, motivando protestas inmediatas por parte de algunos miembros de la comunidad cercana, que llegaron incluso a radicar una acción de tutela que logró parar momentáneamente los trabajos. Aunque no es un asunto especialmente sensible para la mayoría de los barranquilleros, dado que sólo concierne a un reducido número de personas, en su resolución se pueden sentar precedentes que podrían generar confusión e inseguridad legal para cualquier otra obra que se quiera acometer en la ciudad.

Es conveniente mencionar que en mi opinión el proyecto no debería generar tanto alboroto. De acuerdo con el club, se dispondrá de un espacio para acomodar una cola de ingreso de hasta 17 carros dentro de sus terrenos, y si además se considera que el Country es un club social con acceso limitado, no deberían esperarse mayores incrementos en el tráfico. Complementando esto, el proyecto también entregará mejoras en los jardines públicos cercanos, lo que incluye reponer los 9 árboles que es necesario talar en una proporción de 5 a 1. Sin embargo, como en todo, las voces discordantes deben ser escuchadas con atención y respeto, de tal manera que se puedan comprender todas las posturas involucradas.

Lo que resulta más inquietante de todo esto no es tanto la polémica que ha generado, sino que haya sido posible detener una obra que cuenta con todos los permisos que son requeridos para su implementación. Aunque la acción de tutela interpuesta fue finalmente declarada como improcedente y las actividades se pudieron reanudar, al parecer todavía quedan resquicios de ley que permitirían suspenderla nuevamente. Vale la pena entonces preguntarse para qué sirven los permisos que se exigen, si al final podrían llegar a ser revocados por diferentes acciones legales.

Hay que entender la gravedad de este tipo de casos. Si un inversionista o un promotor cumple con todos los requisitos que le imponen las normas y obtiene los permisos que expiden las autoridades competentes para ejecutar un proyecto, no deberían albergarse dudas sobre su viabilidad y conveniencia. Se supone que esas autoridades deben revisar toda la documentación requerida con altísimo rigor, de tal forma que cuando se otorga un visto bueno no lleguen a presentarse obstáculos a continuación. Es muy dañino que en Colombia sea tan frágil la certeza legal, la incertidumbre siempre alejará la inversión y el progreso. No juguemos con la gallina de los huevos de oro.

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Publicado en El Heraldo el jueves 19 de septiembre de 2019

Difícil de entender

Quizá porque ahora es posible hacer casi todo a velocidad extrema, o porque la pausa y la prudencia no son bien vistas, o porque hay demasiadas tribunas para decir cualquier cosa, o quizá, como casi siempre, por la suma de los anteriores fenómenos y otros que seguramente se me escapan; últimamente más que opiniones sobre el acontecer nacional, se escuchan rabiosos ladridos. Encuentro llamativo, y no para bien, cómo tantas personas de diversa índole tienen reacciones inmediatas sobre una extensa relación de asuntos, algunos muy complejos, y van lanzando sus torpezas al público sin pudor alguno. Hoy dictan cátedra sobre fenómenos económicos, mañana sobre feminismo, pasado mañana sobre minería, y así, creyéndose oráculos contemporáneos, van congregando un grupo de seguidores que, sin mucho discernimiento, replican y amplifican sus dudosas posiciones.

Por ejemplo, un grupo de delincuentes toma una no tan sorpresiva decisión —seguir delinquiendo—, y la mitad del país entiende que ellos, los que agarran de nuevo las armas para continuar haciendo lo que siempre han hecho, no son los culpables de sus propios derroteros, eximiéndolos compasivamente mientras señalan al gobierno actual como el responsable. Lo más aterrador es que las posiciones más extremas de este país celebraron al unísono, cada uno calculando cómo lo sucedido les suponía réditos políticos, frotándose las manos mientras repetían absurdamente un “se los dije” triunfante. Y detrás de ellos, las hordas ciegas que aplauden y avivan.

Despertando reacciones similares, hace poco se anunció el cierre de Noticias Uno. La noticia no es buena, dado que el informativo hace una juiciosa tarea de periodismo, exaltada por numerosos premios y siempre tratando de ofrecer una mirada diferente de los acontecimientos nacionales. Los dueños del noticiero explicaron que tenían que cerrar por motivos económicos, el duro mercado de los medios, que tanto han visto socavada su credibilidad, finalmente los obligó a replantear su negocio. Siendo tan querido por muchos, seguramente ese calificado equipo de trabajo logrará encontrar otras maneras de hacerse escuchar. Sin embargo, al instante empezaron los aullidos, las expresiones que nos igualaban con Venezuela, o que encontraban que se trataba de censura, dictaminando que era el fin de la libre expresión, todo exagerado, todo grandilocuente, reacciones pueriles que no aportan nada, enredan y envician todo.

Tenemos que calmarnos, las cosas que pasan en Colombia no son sencillas, requieren lectura y análisis. Espetar juicios inmediatos a diestra y siniestra, guiados fundamentalmente por intereses propios, terminan dándole más combustible a la rabia. Es difícil de entender por qué aquellos que dicen querer lo mejor para Colombia, del bando que sean, terminan hundiéndola más en sus propias perplejidades. Será que no es así, y sólo quieren lo mejor para ellos.

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Publicado en El Heraldo el jueves 05 de septiembre de 2019

Mercados satélite

No suelo frecuentar el centro histórico de nuestra ciudad. Ninguna de mis actividades cotidianas me invita a visitarlo, siendo solo puntuales compromisos de trabajo los que me llevan a desplazarme hasta ese sector, por lo que con suerte puedo encontrarme allí más o menos una vez al mes. Cuando eso ocurre, casi siempre cumplo con mis labores y me voy, sin detenerme a pasear o a aprovechar el momento para realizar alguna otra tarea. Hace unos días la temprana resolución de un asunto que me ocupaba me llevó a tomarme unos minutos para realizar un breve recorrido, en una zona específica relativamente cercana al edificio de la Gobernación. Al contar con tiempo para detenerme y mirar, comprobé que la oferta de frutas y verduras que encontré en mi camino tenían una calidad que superaba lo que usualmente veo en los supermercados en los que acostumbro abastecerme, tanto, que decidí comprar varias cosas para llevarlas a casa. Con esa breve e incómoda experiencia, dado que estuve siempre rodeado de ruido, desorden y suciedad, constaté una vez más que buena parte del potencial de nuestro Centro está dilapidado, atrapado por unas condiciones socioeconómicas y espaciales que no dejan mucho espacio para su desarrollo.

El esfuerzo que demandaría la recuperación del Centro de Barranquilla es enorme, incluso acordar en qué consistiría esa recuperación plantea un extenso debate. La constancia que tal empresa reclama es realmente abrumadora, harían falta varias décadas y un continuo compromiso por parte de las administraciones distritales para comenzar a ver algunos resultados. Creo que, por eso, porque los tiempos no responden a los intereses de quienes se eligen cada cuatro años, ha costado tanto que ese reto se asuma de una manera seria y estudiada.

Sin embargo, hay acciones relativamente sencillas que nos podrían ir señalando el camino. Una de ellas, que no es en absoluto una novedad, es la implementación de mercados satélite. Con proyectos de este tipo, estratégicamente ubicados en todos los sectores de la ciudad, todos nos veríamos beneficiados. El vendedor tendría mucha más población a su alcance, el comprador podría hacerse con productos de buena calidad y a mejor precio y, además, el ambiente del Centro podría aliviarse, aunque sea mínimamente, del barullo que lo atormenta diariamente. Al estar más relacionados con lo que el Centro nos puede ofrecer, se podrían sentar las bases para ser más ambiciosos y emprender un verdadero proyecto de recuperación de los mercados, cambiando la percepción negativa, no infundada, que tiene el ciudadano.

Valdría la pena atreverse, empezar con un alcance modesto, ensayar, darse la posibilidad de equivocarse y, si toca, empezar de nuevo. Por mi parte, celebraría la oportunidad de encontrar un mercado satélite, ordenado y limpio, en algún lugar más cercano a mi cotidianeidad. Creo que tenemos que ser más arriesgados con este tipo de propuestas.

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Publicado en El Heraldo el jueves 29 de agosto de 2019

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