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Lo que viene para las ciudades

A mediados del siglo XIX se desató una grave epidemia de cólera en Soho, un barrio londinense.

Por aquella época las ciudades eran lugares insalubres, no contaban con acueductos como los conocemos hoy y el manejo de sus aguas residuales era muy incipiente, en la mayoría de los casos se vertían sin tratamiento alguno en los ríos —de donde también se sacaba agua potable—, o en unas alcantarillas comunales, generalmente destapadas.

John Snow, un médico inglés atraído por el tema, empezó a buscar posibles fuentes de contaminación alrededor de un pozo público que estaba ubicado en medio del sector afectado, convencido de que el agua contaminada era la principal responsable del brote infeccioso. Luego de muchas pesquisas y debates, que incluyeron un enfrentamiento con un sacerdote que le atribuía la enfermedad a un castigo divino, John Snow logró comprobar que todo había sido suscitado por el agua del lavado de unos pañales que había llegado hasta el pozo, del que se abastecían miles de personas. A partir de ese momento la ciudad de Londres inició un gran proyecto de saneamiento, mejorando para siempre la vida urbana y sirviendo como referente para el resto del mundo. Expongo este conocido caso para recordar que las ciudades, la gran invención de la humanidad, han superado a lo largo de su historia muchos de los males que las han azotado.

Con el advenimiento de la COVID -19, vuelven a surgir viejas dudas sobre la conveniencia de las ciudades densas y compactas frente a modelos dispersos en los que el distanciamiento social se puede implementar más fácilmente, una discusión que parecíamos ir ganando los promotores de la densidad. Las duras consecuencias que han sufrido ciudades como Nueva York o Madrid, hasta hace poco ejemplares en cuanto a los beneficios de sus configuraciones, han mandado a cientos de arquitectos y urbanistas nuevamente a la mesa de trabajo para darle una revisión a sus convicciones y razonamientos. Lo que antes era deseable ahora no lo es tanto, y las imágenes de un atestado vagón de metro o de una terraza llena de comensales, tan elogiadas hasta hace poco, hoy nos causan una prevención y un temor sin precedentes. Las autoridades responsables de administrar algunos de los símbolos de las grandes ciudades, los sistemas de transporte público, los estadios, las grandes plazas, los museos y cualquier otro lugar que suponga una aglomeración significativa de personas deberán replantearse sus estrategias. Puede que en el camino tengamos que renunciar a algunos de ellos.

Aunque las ciudades siempre se han recuperado de situaciones similares, el proceso nunca ha sido fácil ni exento de cambios permanentes. Es muy pronto todavía para poder hacer algún vaticinio sensato, pero creo que no hay duda de que esta pandemia le dará un golpe durísimo a ciertos modos de vida.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 21 de mayo de 2020

Sobre las quiebras

Aunque reconozco que es generalmente desaconsejable, por estos días resulta muy difícil mantenerse al margen de las redes sociales. Acudimos a esos espacios por diferentes razones, por curiosidad, aburrimiento, o a veces para buscar alguna interpretación o información adicional que nos permita comprender mejor el momento que vivimos, una intención que en la mayoría de los casos solo consigue confundirnos más.

Fruto de esas agotadoras lecturas he podido encontrar un sentimiento repetido que se escapa de mi comprensión, uno que parece regodearse con las tremendas dificultades que una gran cantidad de negocios están viviendo por las circunstancias relacionadas con la pandemia, y que festeja maliciosamente cualquier señal que indique la probabilidad de quiebra de alguna empresa o establecimiento.

Un ejemplo notable ha sido el caso de Avianca. El pasado domingo la aerolínea solicitó acogerse al Capítulo 11 del Código de Bancarrota de Estados Unidos, una decisión que le permite ganar algo de tiempo para buscarle soluciones a su crisis. En las redes sociales la noticia fue celebrada por muchos, acaso suponiéndola como una muestra más del derrumbe de un «sistema» que sigue siendo despreciado por quienes no logran comprender los enormes e inéditos beneficios que, a pesar de sus imperfecciones, ha propiciado para buena parte de la humanidad. Expresiones de rechazo que con morbosidad desconocen el aporte de la aerolínea al desarrollo de nuestro país, la señalan como una empresa extranjera (como si eso fuera malo per se), o como una especie de monopolio perverso que solo busca aprovecharse de los colombianos, evidenciaron las honduras más intrigantes de las comunidades tuiteras.

A mi me gustaría poder conversar con algunas de esas personas. Preguntarles a qué se debe su odio y resentimiento contra cualquier logro ajeno, su espíritu destructivo. También conocer su opinión acerca del riesgo que se cierne sobre la gran cantidad de empleos que dependen directa o indirectamente de Avianca: pilotos, auxiliares de cabina, mecánicos, personal en tierra, funcionarios de los aeropuertos, funcionarios de las agencias de viaje y de la industria del turismo, todo tipo de proveedores, etc. Me parece que aquellos que se entusiasman con la posibilidad de la quiebra de Avianca no tienen ni idea de lo que significa la pérdida de una empresa de esa magnitud, creo que piensan que con la bancarrota sólo se perjudican sus dueños o los directivos más importantes, esos a los que puerilmente caricaturizan sentados en sacos de dinero, fumando un habano y maquinando peripecias para destruir el mundo.

La desaparición del tejido empresarial y productivo de una sociedad es terrible, sus consecuencias se pueden sufrir por generaciones enteras, motivando atraso y sufrimiento; es por eso que le debemos más solidaridad a las organizaciones que generan empleo y prosperidad. Espero que Avianca, con todo lo que significa, logre superar estos difíciles momentos.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 14 de mayo de 2020

A los docentes

 

No quiero llamarlos héroes porque el significado que encierra esa palabra no bastaría para definir con justicia el valor de lo que hacen. Al fin y al cabo los actos heroicos suelen referirse a momentos específicos, más relacionados con decisiones valientes, puntuales e individuales, en las que con frecuencia se pone en riesgo la vida bajo condiciones colmadas de luchas y batallas. La labor de los docentes es desde luego, y por fortuna, ajena a esas violentas circunstancias, fundamentalmente aliada de la responsabilidad, el compromiso y la continuidad que demanda un oficio que con la pandemia que vivimos se ha visto, al menos entre quienes gozan de buen juicio, notablemente enaltecido.

Cualquier persona que tenga hijos pequeños, adolescentes o universitarios, se habrá dado cuenta ya, en caso de que la costumbre y la complacencia hayan propiciado su olvido, de la importancia de los docentes en sus vidas. Muchos padres se encuentran agotados y desesperados tratando de manejar el tiempo de sus hijos, extrañando la conveniencia que suponía enviarlos al colegio o a cualquier lugar en el que profesionales entrenados para ello se encarguen de poner orden en sus días. La ausencia es muy efectiva para hacer notar la relevancia de lo cotidiano.

La imposibilidad que ahora tienen los jóvenes, como todos nosotros, de dividir sus actividades diarias en consonancia con los espacios en los que normalmente ocurrían: el salón de clase, el patio del colegio, la cafetería, la casa del compañero y similares; han obligado el ajuste de metodologías educativas que llevaban siglos de práctica exitosa. En cuestión de días todos los docentes, de colegio o universitarios, han tenido que darle un vuelco considerable a la manera de impartir sus lecciones, buscando siempre la forma de cumplir con los objetivos de cada curso y de no desmejorar la calidad de lo que se enseña mientras se relacionan con sus alumnos a través de una pantalla. Es un reto significativo que está siendo superado en la mayoría de los casos, a pesar de las enormes dificultades y obstáculos que se han tenido que enfrentar.

Más que un reconocimiento, transitorio por naturaleza, o los manidos aplausos y cacerolazos que tan de moda están; valdría la pena considerar una verdadera puesta en valor del oficio docente, ahora que sabemos lo que significa tenerlos lejos. Se ha especulado que esta experiencia deberá dejarnos algunas enseñanzas, que ciertas cosas podrían cambiar de manera permanente para el bien de todos. Sea entonces el momento propicio para hacer todos los esfuerzos que sean necesarios para honrar de manera justa a nuestros profesores, mejorar sus condiciones de trabajo, brindarles todo el apoyo para que cumplan con su deber y, lo que no es poca cosa, entenderlos y tratarlos como unos actores imprescindibles para el funcionamiento armónico de nuestra sociedad. Ojalá que no se nos olvide cuando todo esto pase.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 7 de mayo de 2020

Una prudente advertencia

La cantidad de información que nos llega a diario sobre la pandemia ha alcanzado límites estrafalarios.

No hay rincón alguno en ningún medio que no esté dedicado a mencionar algo sobre el virus: el siempre imperfecto conteo de contagiados y víctimas con sus alarmantes curvas multicolores, la relación de anécdotas no siempre edificantes, los infaltables análisis conspirativos y una gran baraja de premoniciones diversas sobre el futuro que nos espera, entre otros asuntos que de cualquier manera buscan la forma de engancharse a la tendencia.

No es para menos. Ahora mismo no parece haber nada más importante.

A pesar de la disonancia es posible identificar algunos coros armónicos dentro de ese bagaje, tan vasto que ya podría llenar varios de los hexágonos de la Biblioteca de Babel e incluso inquietar su condición infinita. Hay quienes observan en esta disrupción un llamado de la naturaleza, otorgándole voz y razón a las piedras, al agua y al viento. Algunos desestiman todo lo que pasa y proclaman la inexistencia de las invisibles proteínas letales, mientras no pocos nos ven ya condenados y dirigiéndonos al fin de los tiempos. Incluso hay una cofradía, muy entusiasta y activa, que culpa al «sistema» de todo cuanto nos acontece, reclamando una subversión que nos retroceda a una especie de civilización agrícola y comunal. Sobre estos últimos quiero detenerme.

Ha sido augurado el fin del capitalismo y de la cultura del consumo para ser reemplazada por algo peligrosamente indefinido, como si el virus no atacase también a poetas y magos. Según ellos todo se ha visto motivado por una epifanía que el confinamiento nos ha permitido, una que le otorga la característica de indispensable a ciertas cosas, sobre otras que han pasado a clasificarse como superfluas o nocivas. Constituyendo un catálogo en constante crecimiento, se condenan los viajes en avión o cualquier desplazamiento placentero, se disputa la preferencia por comidas o licores extranjeros, es contrariada la idea de tener un buen carro frente a otros medios de locomoción más primitivos, y ni hablar de la mala fama que cultiva toda la parafernalia que le da una bienvenida complejidad a nuestras vidas, artefactos o confecciones que entretienen o adornan. De repente no está bien visto querer un reloj de lujo, un traje impecable o un perfume exquisito.

No puedo estar de acuerdo con tales afirmaciones. No me parece que la vida se limite a la subsistencia básica ni a satisfacer las necesidades primarias, en buena medida ya daba por superados esos estadios. Creo que lo que nos ha permitido alcanzar la mayor prosperidad y bienestar jamás observado (en esto estoy de acuerdo con Pinker), es precisamente la exploración de esos placeres adicionales, la exageración de una especie que sigue alcanzando refinamientos impensables. Bienvenidas las actitudes solidarias, compasivas y empáticas, son sin duda indispensables, pero que eso no signifique retroceder quinientos años de indiscutible progreso.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 30 de abril de 2020

Permiso para equivocarse

Mucho ruido generaron las inconsistencias en la herramienta digital del programa Ingreso Solidario, cuya administración está a cargo del Departamento Nacional de Planeación. La iniciativa, con fundamento en las actuales circunstancias, busca ayudar con dinero a tres millones de hogares en condición de pobreza o vulnerabilidad que no hacen parte de los demás programas de apoyo del Gobierno, un loable objetivo al que no le caben mayores objeciones.

Sin embargo, su puesta en marcha se vio relativamente empañada por algunos errores en las bases de datos que lo sustentaban, imperfecciones mínimas que fueron aprovechadas rápidamente por quienes siempre se esfuerzan por destacar cualquier tropiezo ajeno para posar de sagaces observadores. Sin que les importara que la gran mayoría de las cosas salieron bien y con la irreflexiva prontitud que azuza a los necios, no tardaron en denostar el programa señalando que todo constituía una nueva maquinación para ampliar las redes corruptas que tanto nos afligen.

Es muy complicado ser servidor público en Colombia. Apenas un ciudadano es nombrado o elegido para trabajar con el Estado se cierne sobre él un manto de sospecha, dado que aparentemente nadie es capaz de ser honesto y de hacer bien su trabajo y todos tienen una agenda o propósito malintencionado. La desconfianza por defecto, tan arraigada entre nosotros, suele entorpecer mucho más de lo que creemos, constituyéndose en un lastre muy pesado que enturbia y dificulta todo. Tal condición se hace mucho más notoria en condiciones de crisis como la que estamos viviendo, cuando se reclaman movimientos más sincronizados y armónicos entre los actores del sector público y el privado, además del respaldo de los ciudadanos.

Desde luego, cuando hay verdadera evidencia sobre la intención perversa detrás de una acción que mine los recursos del Estado se deben tomar las medidas que correspondan. En el caso particular que menciono en esta columna el porcentaje de error en la distribución de los recursos fue tan pequeño, menos del 1%, y sus beneficios tan grandes, que no valía la pena tanto alboroto. Al contrario, deberíamos resaltar la rapidez y eficiencia de los funcionarios del DNP que hicieron posible la materialización de esas necesarias ayudas.

Nadie está libre de equivocarse. Ni el genio más notable, ni el empresario o líder más exitoso, puede afirmar que todo cuanto emprendió le resultó bien. En muchos casos tales fracasos son significativos, como el desastre de Churchill en la campaña de Gallipoli o los fallidos productos de Apple bajo el mando de Steve Jobs, y aún así nadie podría hoy dudar sobre el enorme valor de ambos personajes y lo que significaron para la historia. Por eso, aún en el sector público, aún cuando se pierdan recursos, es recomendable tener algún margen de tolerancia cuando los errores son respaldados por la buena fe de quienes los cometieron.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 16 de abril de 2020

La Reina

El pasado domingo 5 de abril la monarca británica, Isabel II, se dirigió al Reino Unido mediante un breve discurso. Aunque su mensaje del día de navidad es ya una tradición, en sus 68 años de reinado es apenas la quinta vez que la reina hace una intervención de este tipo, lo que subraya la condición excepcional del momento que estamos atravesando. Fueron unas palabras muy sencillas y cargadas de optimismo, apelando a la fortaleza y a la unión que le ha permitido a esa nación superar terribles adversidades en el pasado. De manera sensata no recurrió directamente al fácil recuerdo de los triunfos de la Segunda Guerra ni al espíritu del blitz, prefiriendo dejar de lado referencias a combates y heroísmos de batalla para concentrarse en el valor de los esfuerzos colectivos. Fue, ante todo, un discurso reconfortante.

Para muchas personas, probablemente la mayoría, la figura de la reina resulta anacrónica e incluso dañina. Desde que en Francia decidieron pasar por la guillotina a todo aquel que oliera a realeza –y después a todos lo demás, los franceses no fueron mesurados en su uso–, se ha consolidado la idea de la monarquía como contraria a la libertad. El rey se juzga como el opresor definitivo, no elegido por nadie y dueño de unos privilegios que abruman, casi siempre representados al lado de un pueblo que sufre profundas carencias. Aunque las monarquías constitucionales, especialmente las europeas, han superado ese imaginario déspota y conviven con sociedades verdaderamente funcionales, entre nosotros persiste la resistencia a las figuras reales, se mantiene su caricaturización como parásitos y vividores, recipientes de una inmerecida vida de lujos desmedidos que se entienden ajenos a la modernidad.

Sin embargo, considero que en momentos como este, de aflicción generalizada y de confusión mayor, una figura monárquica bien llevada tiene mucho que ofrecer. La reina no tiene nada que perder y tampoco tiene nada que ganar. No depende del favor de los electores porque no lo necesita, de modo que se puede presumir siempre de sus buenas intenciones. Nadie puede señalarla de cumplir con una agenda oculta, o de ingeniar maquinaciones conspirativas. Lo que hace y dice respeta valiosas tradiciones, mantiene la moral a flote y no se compromete con colores políticos. En estos tiempos de necias polarizaciones, poder contar con un liderazgo que esté libre de tales lastres es encomiable. Hasta el primer ministro le debe pedir audiencias y acudir a su llamado; un recordatorio de humildad que le vendría muy bien a más de un presidente electo, especialmente al de cierto país del norte.

Ahora, como antes, la reina está ahí con su gente, para bien o para mal, defendiendo su territorio y sus intereses. Me parece que es un valioso asidero, al menos para sus súbditos, un faro en medio de la tormenta que no todos nos podemos dar el lujo de tener.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 9 de abril de 2020

Borges y cortázar

Hace ya algún tiempo en un almuerzo de trabajo, un buen profesor universitario preguntó a la mesa por nuestra preferencia entre Borges y Cortázar. Al presumir que tendríamos un abrumador consenso, por un instante la pregunta me sorprendió, de tal forma que sólo pude responder con una sonrisa a lo que me pareció una intervención con humor intencionado, una chanza. Sin embargo, inmediatamente me di cuenta de que las opiniones eran encontradas y que la cosa no iba de chiste. Para mi sorpresa estábamos divididos en la apreciación de ambos autores.

Mi asombro en aquella ocasión se fundó en un supuesto que hace poco alcancé: Cortázar es un autor para adolescentes. Cuando transitaba por esa etapa yo también lo encontraba sublime, un maestro entre los maestros. Las peripecias de Rayuela, que me cautivó como a cualquier joven, y sus cuentos, algunos de los cuales todavía admiro bastante (La autopista del sur es notable), acompañaron varias de mis noches del bachillerato y la universidad, momentos que mezclaba con el descubrimiento de algunos cantautores hispanoamericanos. Entre Silvio y Pablo, con algunas incursiones en el mundo de Serrat y Sabina, terminé devorando a Cortázar (y a Sábato) con furibunda pasión juvenil. Luego, en algún momento, algo cambió y empecé a derivar hacia otros territorios.

Recuerdo haber intentado leer a Borges siendo joven, pretendiendo con algo de torpeza incluirlo dentro del boom latinoamericano, para terminar postergándolo por arrogante o acaso por incomprensible. Pasarían muchos años hasta que Von Furstenberg me preguntó por él invitándome a su discusión, lo que me llevó a buscar la edición de Ficciones que todavía conservaba y darle otra oportunidad. Fue toda una revelación. Creo que en nuestro idioma no se puede encontrar una apertura tan portentosa como la de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, «Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar», la economía del lenguaje, la precisión y la intriga que revela esa frase son incomparables. De ahí en adelante se abre un universo sin par que no puedo dejar de visitar periódicamente. En cambio, a Cortázar lo abandoné.

Con ocasión de la edición conmemorativa de 2013, traté de volver a Rayuela. No pasé de las primeras páginas, casi avergonzado por las emociones que me había despertado décadas atrás, desconociéndome a mi mismo. Los recovecos de la historia me parecieron inútiles, innecesarios; la caprichosa y detestable Maga, infantil. Con la edad, como es natural, van cambiando algunos gustos y preferencias, pero lo cierto es que este caso resultó radical: me declaro incapaz de volver a leer aquel libro, no lo soporto. Curiosa evolución que no necesariamente se transmite, menos mal, a otras dimensiones de la vida. Así que, volviendo a la pregunta del profesor, en mi caso Borges gana por paliza. Eso fue lo que dije en esa mesa, de la que tengo que confesar que salí perdiendo… por paliza.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 2 de abril de 2020

Hastío de lo malo

Torrentes de información nos mantienen actualizados sobre el desarrollo de esta pandemia que nos ha tocado vivir. Por donde uno logre asomarse hay datos, noticias, testimonios, alarmas (sobre todo alarmas), y todo un catálogo desplegado para que no logremos olvidar ni por un segundo esta escabrosa situación. Se entiende la necesidad de estar informado, pero quizá a la persona común y corriente, a todo aquel que no trabaja en el campo de la salud o que no tiene responsabilidades derivadas de las funciones gubernamentales, de nada le sirve saber que hubo un muerto o un contagiado más en España o en cualquier lugar, ni la escasez de máscaras y de respiradores en Estados Unidos, o las aterradoras previsiones sobre el futuro económico. Incluso divulgar en exceso nuestras propias carencias, en todos los sentidos, puede ser algo superfluo, dado que evidentemente las conocemos y sólo asustan y tensionan de más. Ya en estos momentos sabemos que esto nos cayó encima sin estar preparados, como a todos los países del planeta, y que debemos aguantar, esperar y armarnos de paciencia, empatía y comprensión.

A estas alturas considero que los ciudadanos ya sabemos lo necesario y que lo único que nos faltará será conocer las buenas nuevas y las disposiciones y recomendaciones del Gobierno, para seguirlas y hacer caso. Creo que es mejor enterarse de que se recuperó una persona en Italia a seguir el recuento de sus fallecidos, o darnos cuenta de algún avance, aunque mínimo, de cualquiera de los trabajos científicos por encontrar una cura que nos alivie. Siento hastío de lo malo, por eso me gustaría que se hicieran esfuerzos mayores para divulgar con insistencia los avances, los logros, esos pequeños pasos que nos llevan en la dirección correcta. Cada uno puede poner de su parte. Tratar de que el virus no se vuelva el monotema de nuestras conversaciones es una de las cosas más saludables que podemos hacer.

Cuando logremos superar esto vendrán los balances. No creo que los cambios sean tan sustanciales como algunas personas quieren creer, pero evidentemente habrá ajustes que serán permanentes. Particularmente me ha llamado la atención la diligencia del sector público y privado para ajustarse a lo que reclaman las circunstancias, al observar cómo ciertos trámites y decisiones que normalmente nos tomarían años, se alcanzan en tan solo una semana o menos. Por ejemplo, si alguien nos hubiese anticipado que era posible que en menos de un mes prácticamente toda la educación en nuestro país pasaría a ser impartida de manera remota, aunque fuese parcialmente, lo hubiésemos tildado de loco: hay que reconocer lo rápido que se pueden zanjar las diferencias conceptuales cuando hay una causa común. Ojalá que eso no se nos olvide y lo hagamos norma, sería el mejor regalo que nos podría dejar este delicado momento.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 26 de marzo de 2020

Nuestras responsabilidades

Durante estos días tan confusos, llenos de incertidumbre y no libres de alguna sensación de angustia, se puede llegar a entender mejor nuestro talante. El paulatino aislamiento al que nos vamos sometiendo nos invita, no sé si siempre para bien, a estar más atentos a los diversos canales de información que nos permite la hiperconectividad contemporánea, por lo tanto el barullo, que ya exasperaba bastante, se ha multiplicado notablemente. Va viendo uno algunas expresiones que se repiten, sesgos que no cambian, obsesiones que permanecen; ciertamente hay un buen número de personas a quienes todo parece darles lo mismo, demostrando que en cualquier circunstancia siempre están dispuestos a buscarle tres pies al gato.

Me parece que el máximo nivel de indecencia lo colman aquellos políticos o dirigentes que en lugar de llamar a una necesaria comunión entre los colombianos, siguen avivando los sentimientos divisorios. Me refiero a esos personajes que continuan criticando todo cuanto el Gobierno hace, con sus aciertos y desaciertos, que se arropan en una falsa manta de sabiduría para contestar cualquier medida o sugerencia que se tome, como si ellos realmente supieran que hacer, como si los aciertos solo fuesen posibles si los cobija una determinada bandera ideológica. No han entendido que estos no son tiempos para perseguir réditos políticos. Espero que no olvidemos cómo se han comportando cuando todo esto pase, porque ya han revelado sin pudor sus peores instintos, sus pobres motivaciones, su mínimo interés por el bien común.

Tampoco resulta ejemplar el comportamiento de algunos ciudadanos. Sin ignorar que el Gobierno tiene unas responsabilidades importantes, que no alcanzaría a describir en este espacio, para superar este embrollo tenemos que acudir a lo que dicta el sentido común. Suponer que todo nos tiene que ser ordenado o prohibido es una muestra tanto de mala educación como de tozudez. Si creemos que tenemos que pedirle al Gobierno que nos diga si podemos reunirnos en grandes cantidades o no, o si podemos ir a una playa, o si es recomendable acaparar insensatamente artículos de primera necesidad, creyendo que las decisiones sobre este tipo de asuntos deben ser impuestas, estamos peor de lo que pensaba. Me cuesta creer que a estas alturas haya quienes pretendan seguir viviendo como si nada, mirándose el ombligo y despreciando a los demás.

Es el momento de asumir nuestras responsabilidades individuales para facilitar que los organismos del Estado se encarguen de atender los asuntos más delicados. Habrá que repetirlo: evitemos salir de nuestras casas para nada que no sea imprescindible, lavémonos las manos con frecuencia y, lo más importante de todo, ante cualquier sospecha de síntomas de infección aislémonos voluntariamente. Ruego que durante las siguientes semanas, tan cruciales, nos acompañe la elusiva sensatez.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 19 de marzo de 2020  

Liderazgos a prueba

Estamos viviendo unos momentos muy confusos. Con la disputa entre rusos y árabes, que añadió una innecesaria tensión al ya turbulento panorama que había suscitado el debut del virus de marras, el sentimiento de descontrol está llegando a niveles que merecen una atención inédita. Las aerolíneas, los hoteles, el entretenimiento, las interacciones sociales, las divisas, todo se está viendo afectado de formas que no terminamos de entender cuando ya mutan nuevamente. Un día confirmamos algún plan y al siguiente nos toca deshacerlo; la certeza, tan valiosa como ignorada, nos está abandonando paulatinamente.

Pocas veces, acaso ninguna, se había visto una crisis tan compleja como esta que nos empieza a golpear. Ni siquiera las dos grandes guerras del siglo pasado, tan cruentas y despiadadas, habían logrado desestabilizar el planeta con tanta rapidez y eficacia, generando una desazón que probablemente se nutre de tantas décadas de tranquilidad previa, por lo menos en la mayor parte de Occidente. Al acostumbrarnos a tener todo más o menos bajo control, me parece que hemos descuidado las habilidades necesarias para comprender y darle manejo a las situaciones caóticas. Quizá por eso se acaba el papel higiénico en Australia, la pasta en Italia o el gel desinfectante en Colombia, perplejos y desorientados, la mayoría de los ciudadanos buscan aferrarse a cualquier cosa que les recuerde la tranquilidad que se va diluyendo.

Es entonces cuando se requieren liderazgos decididos. Sin tener mayores referencias de las que poderse guiar, preparados o no, les tocó a los gobernantes de turno, y a nosotros, enfrentarnos a este gran lío. Conviene entonces que se definan prioridades, se establezcan canales de comunicación y que se hagan declaraciones que informen, guíen y que no confundan más. No valen ya eufemismos ni frases de consuelo, hay que procurar ser diáfanos, contundentes y tomar decisiones que no persigan nada diferente a propiciar el bien común, que deberá ahora más que nunca estar por encima de cualquier otra cosa.

Vamos a ver si estamos a la altura que reclaman las circunstancias. Funcionarios de toda índole, alcaldes, gobernadores, ministros, senadores, el presidente y, por supuesto, todos los ciudadanos, debemos procurar pensar sin egoísmos por una vez en este atribulado país. Buen momento para recordar una frase de uno de los grandes líderes que ha visto la historia, Winston Churchill, al dirigirse a los ingleses, atemorizados y expectantes, en medio de la Segunda Guerra Mundial (la mediocre traducción es mía): “Este no es momento para los facilismos y la comodidad, es hora de atreverse y aguantar”. Perdonarán la obviedad, pero si todos ayudamos y aportamos nuestra necesaria cuota de sacrificio, será más fácil superar las adversidades que se vienen.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 12 de marzo de 2020  

Auschwitz

 

El próximo lunes 27 de enero se cumple el septuagésimo quinto aniversario de la liberación de Auschwitz, el campo de exterminio nazi más conocido. En esa fecha en 1945, y luego de una intensa lucha, el ejército soviético logró por fin abrir las puertas de aquel sórdido lugar, siendo recibidos por 7000 moribundos prisioneros, si se suman también a los recluidos en Birkenau y Monowitz, otros campos que completaban el complejo. En total se ha calculado que en esas instalaciones fueron asesinados cerca de un millón de personas, conformando uno de los episodios más despiadados y vergonzosos de la historia reciente. Es por eso que conviene no olvidarlo.

Saber que los alemanes, un pueblo civilizado y normalmente amable, con respeto por la ilustración y el método científico, cuna de Bach y Beethoven, de Hesse y Mann, hayan dedicado tanto esfuerzo para perfeccionar una máquina de aniquilación de tal magnitud es desconcertante. Que esos terribles acontecimientos hayan tenido lugar hace tan poco lo hace aún más sorprendente. A veces suponemos que el mundo ha sido siempre como lo conocemos ahora, más o menos ordenado, con normas y acuerdos que pretenden salvar algo de nuestra dignidad y bienestar, e ignoramos, o se nos olvidan, las infamias que son capaces de perpetrar nuestros semejantes. Los ejemplos sobran: treinta años después del holocausto, en Cambodia (1975 - 1979), Pol Pot se dedicó a masacrar sistemáticamente a un millón y medio de personas; veinte años más tarde en Rwanda (1994), trituraron a medio millón de Tutsis, entre otras cosas, prefiriendo estampar a los bebés contra las paredes para ahorrarse los machetazos. Y así.

Es imposible no conmoverse al revisar esos momentos históricos. Siempre he pensado que es muy edificante, aunque no lo parezca, sumirse en los detalles que nos muestran las perversas honduras que pueden alcanzar los seres humanos, conocer el mal. Así, me parece, se puede valorar mejor la cotidianidad que en buena medida nos rodea. Cuando uno sabe que hay entre nosotros quienes dominan y aplican técnicas de tortura, o que matan por dinero, o que andan por ahí con navajas o armas dispuestos a usarlas; cuando uno sabe que cualquier chispa desata la furia y que el frágil acuerdo social pende siempre de un hilo, uno entiende que el orden, por precario que sea, se debe cuidar más, nos debe importar más.

Con la excusa de este triste aniversario, me atrevo a recomendarles que lean sobre los horrores de la guerra, de cualquier guerra. Que vean con detalle las fotos, los videos o los dibujos —los de Goya, por ejemplo— e intenten imaginarse el sufrimiento, el dolor y la pena. Luego entender que todo eso fue usualmente en balde, una estupidez que siempre se hubiese podido evitar, y que salvo excepciones, después de iniciar el enfrentamiento, sufrirlo y terminar de contar los muertos, todo vuelve a estar relativamente igual que antes.

moreno.slagter@yahoo.com

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 23 de enero de 2020 

Buenas noticias

Son excepcionales las ocasiones en las que las noticias positivas, o cuando menos agradables, logran acaparar los titulares de prensa o de cualquier medio de comunicación. Cuando tal cosa sucede suele deberse a logros deportivos o culturales, quedando así reducidas a meras anécdotas, lo que se deja para leer o ver al final del día, si es que hay tiempo. Si un medio se atreve a registrar que al gobierno algo le ha salido bien, o que ha pasado una cosa buena, un gran número de individuos no dudará en cuestionar la integridad de la fuente, esforzándose en encontrar motivos ulteriores, planes ocultos, la trampa o la mentira en el asunto. Hay quienes no parecen soportar que el mundo mejore, mucho menos que su país o su ciudad lo haga, posando de irritantes incrédulos ante todo lo que no suponga decaimiento y desgracia.

Las Naciones Unidas publicaron recientemente el Informe sobre Desarrollo Humano (IDH) 2019. Con el IDH se pretende superar el enfoque exclusivo del crecimiento económico, incluyendo también variables que centran su objetivo en las personas, sus oportunidades y sus opciones. El informe se viene publicando desde 1990 y es un instrumento que, con todas las imperfecciones que pueda tener, permite observar un panorama general del desarrollo de las personas más allá del PIB e indicadores similares.

En ese informe, el índice de desarrollo humano de nuestro país mejora constantemente, ciclo tras ciclo. Hemos pasado de tener un indicador en 0,600 (1990) a 0,761 (2018). Como referencia, el país que lidera el listado, Noruega, tiene un índice de 0,954 y el último, Níger, está en 0,377 sobre una medida máxima de 1. Aunque hay ciclos con tendencias de mejora más acentuadas, lo cierto es que Colombia nunca ha visto disminuido su resultado, cosa que por ejemplo si ha pasado con Venezuela, Ecuador o El Salvador. Según la ONU, hoy estamos en el grupo de países con desarrollo humano alto, en la posición 79 entre 189. Sería torpe que algún ciudadano, sin que medien intereses políticos, no sienta alivio al revisar esta información, comprobando que a pesar de las dificultades y los obstáculos vamos por buen camino. Aunque todavía estamos lejos de lograr un estado de bienestar generalizado (cosa que poquísimos países han alcanzado), nos merecemos más optimismo.

A la oposición, expresada así, de forma atemporal y sea cual sea su inclinación ideológica, no le ayuda una narrativa que explique que Colombia va mejorando, puesto que necesitan vender una situación catastrófica para así poder justificarse como salvadores. Por supuesto, cada quien tiene derecho a decir lo que quiera aprovechándose de las ventajas que da la libertad, incluso a sugerir escenarios apocalípticos y de inminente debacle. Lo triste es que los colombianos se dejen llevar por esa ola lastimera, insisto, sean de derecha, de izquierda o de donde se quiera, según corran los tiempos. Sorprende esa rabiosa afición por el derrotismo, aún cuando las noticias sean buenas.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 5 de diciembre de 2019  

El Muro

Dado que la actualidad nacional está prácticamente monopolizada por opiniones y reportes concernientes a las movilizaciones de las últimas dos semanas, he considerado oportuno dedicar el espacio de esta columna a un tema completamente ajeno a esas realidades. Que el lector lo entienda como un acierto o como una impertinencia dependerá del buen juicio de cada uno.

El pasado 30 de noviembre se cumplieron cuarenta años del lanzamiento de The Wall, el undécimo álbum de estudio de la banda británica Pink Floyd. Pocas veces una banda de rock, ni siquiera una de rock progresivo, con lo exigentes que pueden ser a veces sus creaciones, ha logrado describir de una forma tan cruda y radical las angustias psicológicas que nos acechan desde niños, agravadas en este particular caso por la guerra y el desamor.

El álbum doble trata sobre la vida de Pink, un niño que ha perdido a su padre en un bombardeo durante la Segunda Guerra, se ve sobreprotegido por su madre, es presionado por el sistema educativo inglés, crece, fracasa escandalosamente como esposo, y finalmente decide aislarse del mundo construyendo un muro imaginario –The Wall–, que le permite lograr algo de paz. Cada circunstancia de su vida es un ladrillo de ese muro, que se va levantando lentamente, pero sin pausa, hasta cerrarse y llevarlo a la locura. Lo más desgarrador de esta historia es que al final el protagonista es víctima de un juicio ficticio en el que lo obligan a derribar el muro, exponiéndose de nuevo a sus temores, a sus fracasos y a su triste condición.

La sucesión de canciones que componen la obra fluye con extremada facilidad, cada una encadenándose con la otra y conformando un conjunto extremadamente homogéneo. The Wall es reconocido como uno de los puntos más altos de una poderosa y diversa producción discográfica sobre la que es muy difícil establecer algún orden cualitativo, encontrando algo de consenso al considerar que este fue el último de los grandes álbumes del grupo. Para complementarlo, Pink Floyd se embarcó en el montaje de una serie de conciertos complejísimos, con una puesta en escena que limitó su ocurrencia a unas pocas noches; el muro se iba cerrando poco a poco frente a los espectadores hasta su destrucción final, una pesadilla logística que dio pocos réditos económicos. La película de Alan Parker fue la cereza del pastel que concluye este último y agotador ciclo virtuoso: Pink Floyd jamás lograría una obra similar, tan trabajada, tan buena. El agotamiento general derivó en la disolución del cuarteto unos años después, con posturas que se han demostrado irreconciliables.

The Wall es uno de esos álbumes imprescindibles que todos deberíamos conocer. Sus temas son todavía vigentes, sus inquietudes permanecen. No dejen pasar la oportunidad de escucharlo y de ver la película, es un regalo para nuestros sentidos.

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Publicado en El Heraldo el jueves 5 de diciembre de 2019 

Los libros

Hace poco fui testigo de algo que juzgo extraordinario, sobre todo para esta época. Resulta que visitando a unos amigos pude ver como su hijo, un niño de unos ocho años que por casualidad se dio cuenta de que su madre estaba leyendo una novela, se levantó, fue a su cuarto, agarró el primer volumen de la serie de Harry Potter y se sentó a su lado diciéndole que iba a hacer lo que ella estaba haciendo. El niño se puso a leer tranquilamente. A los pocos minutos abandoné la escena memorizando con simpatía el intercambio, dado lo inusual que sospecho su ocurrencia. Sin duda la lectura, la voluntaria, la que se disfruta, es una de las mejores cosas que uno puede hacer en la vida.

En alguna parte leí que los niños que crecían en una casa en la que los libros estuviesen a la mano, como parte del paisaje doméstico, tenían altas probabilidades de engancharse también con la lectura, desarrollando con más facilidad sus habilidades para comprender textos y, de paso, para escribir bien. Recuerdo que en la casa de mi abuelo había una significativa biblioteca. Eran dos muebles enormes, o así me parecía, colmados de varios volúmenes de libros enigmáticos, muchos de ellos en francés o inglés. Kipling, Faulkner, Moravia, Dante, fueron nombres familiares para mi desde que tengo memoria —varias pesadillas tuve con los grabados de Doré—, y aunque no tuviese ni idea de qué se trataba todo aquello, a veces así nombraba a los ficticios personajes de mis juegos infantiles, el conejo Poe o el soldadito Hesse. Todo cambió cuando en algún cumpleaños, todavía niño, me regalaron versiones completas de Pinocho, Un capitán de quince años y Los tres mosqueteros.

El libro de Collodi fue el primero que leí en mi vida, y a partir de ahí seguí con Verne y con Dumas, desconcertado por el mundo que se me revelaba. Al poco tiempo me encontraba pidiéndole a mi abuelo o a mi padre que me llevaran a la extinta librería Cervantes, en la calle 76, a comprar las ediciones de bolsillo de la Editorial Bedout. Me perdí en esos libros. Con diez años podía distinguir entre un bergantín y una fragata y era capaz de señalar detalladamente el recorrido de Miguel Strogoff en un atlas. Quizá es un conocimiento inútil, pero aquellos fueron momentos inolvidables, de descubrimiento permanente. Les agradezco mucho a quienes se atrevieron a regalarme literatura tan temprano.

Desde luego eran otros tiempos, y para un niño era necesario acudir a la imaginación con mucha más frecuencia que ahora. No se si eso sea mejor o peor, pero sin duda es diferente. Sin embargo, creo que ciertas cosas deberían conservarse y, cultivar la afición por la lectura, especialmente por los libros impresos, merece mayor empeño. Sospecho que si un niño ve a su madre leyendo en un celular o en una tablet no es lo mismo, no intriga igual. Ojalá valorásemos más la importancia de los libros en nuestras vidas.

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Publicado en El Heraldo el jueves 28 de noviembre de 2019 

Limpieza digital

Cada vez que se me da por pensar que el mundo va por muy mal camino y que es urgente trastornarlo todo –incendiemos y después veremos–, recuerdo una frase lapidaria de Borges para referirse a las tribulaciones de un pariente lejano: «Le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir». Hace rato interpreto que no es que esta época sea especialmente desastrosa, es que siempre nos hemos enfrentado a un sinfín de asuntos que nos parecen únicos e irresolutos, aunque todas las cosas vayan mejorando. Por eso tiendo a alejarme del seductor fatalismo y prefiero valorar con agradecimiento los indiscutibles avances que nos sostienen y que nos hacen vivir mejor que antes, en casi cualquier dimensión que se quiera revisar.

Sin embargo, cuesta mucho mantener la fe y las buenas maneras si se presta atención a las premoniciones apocalípticas y a los juicios desproporcionados que se difunden con tanto empeño. Las redes sociales nos han permitido asomar la cabeza y apreciar el estruendo cacofónico de una humanidad que encuentra amplificadas todas las opiniones, incluso las que son francas tonterías. Aquello que se mencionaba en un bar o en una esquina, las incontables bobadas que siempre hemos dicho las personas, ahora tienen una impronta excesiva, muy por encima de su valor. Quedan así grabadas por escrito o en algún medio que permita su repetición infinita, para darle combustible a la hoguera de nuestras infamias.

Hace varios años eliminé mi cuenta de Facebook. Esa plataforma se había convertido en un compendio de idioteces insoportables, un desfile de imposturas y mentiras sostenido por fotos y comentarios que no servían para nada. Volví a encontrar algo de paz. Fue entonces cuando Von Furstenberg me recomendó abrir una cuenta en Twitter, asegurándome que, en lugar del pozo infecto de Facebook, esa nueva red era un torrente de agua fresca en el que todo fluía con más limpieza, menos perfidia. Al principio parecía que en efecto era así, pero luego vino lo de siempre, la reiteración de la rabia tras la seguridad relativa que da el anonimato, la exaltación de lo malo, la miseria. El agua terminó empozándose de nuevo.

Hasta que decidí filtrar la cochambre y silenciar o dejar de seguir a medio mundo, sobre todo a esas cuentas de extremos que pretenden ser faros del saber político y social, o replicadoras sesgadas de la actualidad. Vieran el cambio. Hoy reviso mi cuenta y veo noticias de King Crimson, tiras cómicas de Pastis, frases de Sowell y así, nada de odios, ni arengas, ni afectaciones. De vez en cuando se cuela alguna mugre, pero las entiendo como gajes del oficio, pequeños males necesarios. Especialmente por estos días, me atrevo a recomendarles esa limpieza digital. Les aseguro que las cosas no andan tan mal como lo sugieren los sabios de las redes sociales.

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Publicado en El Heraldo el jueves 21 de noviembre de 2019

La informalidad

Un estudio conjunto de la Oficina Internacional del Trabajo y de la Organización Mundial del Comercio señalaba hace una década que un alto índice de informalidad laboral aumenta la desigualdad de los ingresos, disminuye el crecimiento medio del PIB y reduce el comercio internacional. El mismo documento observaba que en grandes economías informales también se limita la capacidad del gobierno para invertir en infraestructuras públicas, restringiendo así el crecimiento potencial de la productividad del sector privado. Los aspectos que he mencionado conforman una muestra mínima de las consecuencias que conlleva la práctica informal en el trabajo, pero aún así incluyen tres de los temas que más nos ocupan en los últimos tiempos, relacionados además con las violentas protestas que acosan nuestro continente: desigualdad de ingresos, inversión pública y productividad. Parece relevante, por lo tanto, prestarle atención a este asunto.

Según el DANE, en Colombia la informalidad laboral ha disminuido durante la presente década. Ese indicador pasó de constituir un 50.8% de los ocupados en el 2011 a un 45.7% en el último informe disponible (julio – septiembre 2019), una nada despreciable disminución de 5 puntos porcentuales (pp). La tendencia es sin duda favorable y no parece apoyar los discursos que proclaman que todo, absolutamente todo, va por mal camino. Incluso el último año ha mostrado una mejoría, disminuyendo 1.2pp. Buenas noticias en un mar de desesperanza.

Barranquilla y su área metropolitana tienen una dinámica diferente y vale la pena tratar de entenderla. Comparando el mismo período 2011 - 2019, a nivel local también ha disminuido la informalidad, aunque a un ritmo mucho menos elogioso. En el 2011 la informalidad llegaba al 57.3% mientras que en el 2019 bajó hasta 56.7%, la mejora no llega siquiera a un punto porcentual, lo que puede entenderse como un estancamiento. Sin embargo, lo más llamativo es lo que sucede frente a la media de las 13 ciudades más grandes del país. En el 2011 Estábamos 6.5pp por encima de esa media, para pasar en el 2019 a superarla en 11pp. Es decir, en lugar de acercarnos al promedio de las ciudades comparables, nos quedamos atrás y casi se duplica la diferencia. Navegamos en contra de la tendencia nacional.

Esto no parece ser coherente con el momento que vive nuestra ciudad. Tenemos una de las menores tasas de desempleo en Colombia (7.9% en septiembre de este año), pero no se ha logrado un nivel de formalización similar al de otras ciudades importantes. Lo anterior es en cierta medida decepcionante, dado que se esperaría que el clima de optimismo, orgullo y apoyo a las administraciones distritales se tradujeran en un crecimiento más armónico para todos, con mejoras tangibles para el bienestar individual y la prosperidad de los ciudadanos. Conviene revisar qué puede estar perpetuando este fenómeno.

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Publicado en El Heraldo el jueves 14 de noviembre de 2019

El Amira De la Rosa

Hace dos años y medio, motivado por las mismas razones que ahora me ocupan, escribí para este diario una columna sobre el Amira De La Rosa. Pasado ya todo ese tiempo, las incertidumbres que rodean el proceso de recuperación y puesta en servicio del único teatro de nuestra ciudad siguen sin resolverse, acaso se han agravado ante las pocas y confusas noticias que se tienen. Según publicó este diario la semana pasada, ahora la intención es convertir el teatro en un centro cultural, algo parecido al conjunto que contiene la biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá, institución administrada por el Banco de la República, también responsable de nuestro escenario.

La idea de dotar a la ciudad de un espacio para las artes y la cultura es muy buena, sobre todo si esa nueva dotación pretende tener una calidad similar a la del complejo capitalino. La biblioteca Luis Ángel Arango y los edificios y espacios que la rodean y apoyan, son un nodo de actividad cuyas bondades arquitectónicas, estéticas y funcionales han superado ya la prueba del tiempo, constituyéndose en un referente nacional. La sala de conciertos (diseño del consorcio Esguerra, Sáenz, Urdaneta, Samper), fue reconocida con el Premio Nacional de Arquitectura en 1966 y sigue siendo objeto de estudio y admiración. Muchos de nosotros reconocemos su icónico interior, marcado por un imponente cielo raso que ha logrado trascender su función para cargarse de un potente sentido simbólico. Barranquilla ganaría mucho con un proyecto de tales ambiciones.

Lo que no queda claro, y esto es inquietante, es el criterio que va a regir la nueva propuesta de intervención. Hay tantos interrogantes que hasta se ha especulado con la posibilidad de demoler el actual edificio, imponiendo un tratamiento de tabula rasa para empezar desde cero. Lo anterior, además de inconveniente, supondría una violación de la normativa que actualmente lo protege. En este momento el Amira De La Rosa es un bien de interés cultural del ámbito nacional, eso quiere decir que cuenta con el mismo nivel de protección que tiene, por ejemplo, el castillo de San Felipe en Cartagena, o nuestra Estación Montoya. Para todos los efectos es intocable, salvo por actuaciones que busquen su preservación.

No se entiende del todo tanta opacidad, tanta demora, tanta confusión. A estas alturas, después de más de tres años de cierre, el destino del teatro debería estar decidido. Surgen varias preguntas. ¿Qué está entorpeciendo el proceso de decisión? ¿Por qué tantas variaciones en las fechas declaradas de entrega? ¿Hay ya un arquitecto responsable del proyecto? Si no lo hay ¿Por qué no se organiza un concurso arquitectónico para su diseño? Demasiadas sombras en un proyecto que nos debería unir y convocar. Esperemos que todo se resuelva pronto, y que Barranquilla aproveche de manera inteligente esta inigualable oportunidad para mejorar su dotación cultural.

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Publicado en El Heraldo el jueves 7 de noviembre de 2019

Aborto y eutanasia

Recientemente en Colombia se están tomando decisiones sobre dos temas muy controvertidos, el aborto y la eutanasia. Sobre el aborto el Ministerio de Salud, acatando una orden de la Corte Constitucional, publicó hace poco el borrador de una resolución que pretende fijar parámetros, competencias y rutas de atención, un paso significativo para dejar las reglas claras. El asunto, por supuesto, desató las mismas polémicas que ha desatado desde siempre. Casi al mismo tiempo, el Congreso de la República aprobó el pasado martes, en primer debate, el proyecto de ley que reglamenta la aplicación de la eutanasia. Esto también levantó una polvareda, alienando de manera significativa los bandos que apoyan o atacan esta posibilidad. Son dos temas complicados en los que se llevan al límite, con toda razón, nuestras concepciones sobre la vida, la muerte y los derechos de las personas.

Sería muy pretencioso y atrevido tratar de explicar en una columna todas las variables que entran en juego en ambos casos, o plantear una postura definitiva. Como en muchos de los grandes dilemas morales a los que nos enfrentamos, creo que lo único que no conviene es tomar posiciones absolutas. Habrá momentos en los que abortar o practicar la eutanasia podrá parecer aceptable o atroz, nadie puede saber nunca con certeza las condiciones, circunstancias y hechos, incluyendo las convicciones religiosas, que definen la vida de los demás, y ni hablar de las situaciones espantosas a las que a veces se enfrentan quien se ven ante tales problemáticas. Cada quien deberá llegar a sus propias conclusiones, sin juzgar ni señalar demasiado.

Lo que me parece que no se puede aceptar es la trivialización o la simplificación de todo esto. Abortar no es nunca un proceso banal. Es claro que es una decisión que violenta el cuerpo de la mujer, aún en los primeros estados del embarazo, y que por lo tanto debe ser pensada con suficiente seriedad. Creo que no está bien presentarla como si se tratase de una condición cualquiera, una que se puede aliviar con una droga o una intervención inocua y que es un asunto de un fin de semana, y ya, sin mayores consecuencias. Pero además, en contra de las ideas de algunas personas, considero que los hombres si tienen algo que decir y deben opinar; desconocer esto es de necios. Algo similar sucede con la eutanasia. Aunque las motivaciones son diferentes, también supone escoger una alternativa que no tiene reversa, una vez consumada no hay remedio. Parecería entonces obvio que se deben asumir con toda la gravedad que sea posible.

Las personas nos equivocamos permanentemente, así que conviene extremar los cuidados con las cosas irreparables. Por eso no comparto la militancia tan fervorosa que se observa en estos casos, en especial sobre el aborto. Como con la pena de muerte —otro asunto muy espinoso—, conviene alejar su discusión de los terrenos pasionales, por difícil que parezca.

 

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Publicado en El Heraldo el jueves 31 de octubre de 2019

Protesta y destrucción

Es muy difícil no verse inquietado por las noticias que nos llegan desde España, Bolivia y Chile, informando sobre significativas protestas populares de diversos orígenes, todas acompañadas de una importante dosis de pillaje y vandalismo. Siempre señalando al gobierno, como no, se levanta la voz contra liderazgos de derecha, de izquierda o de cualquier tendencia, sin especial distingo.

En Cataluña están delirando hace rato con fábulas de independentismo, buscando como sea motivos para quejarse. Con un nivel de vida envidiable cuesta trabajo darle razón a tanta furia; tal vez se sienten demasiado cómodos, la cerveza se sirve muy fría o las croquetas son crujientes en exceso. En fin, cosas de países desarrollados que no parecen tener sentido en medio de las angustias que se viven por estos lados. Puede que todo sea simplemente otra pataleta por un capricho, por ahora, no concedido.

Lo que pasa en Bolivia es más o menos entendible. Todo empieza por un aparente fraude electoral que ha impuesto una plausible sombra de sospecha sobre los métodos del gobierno para mantenerse en el poder, y claro, al sentirse estafada, la mitad del país sale a reclamar sus derechos. Supongo que con hacer bien la tarea, con contar los votos con honestidad, se podrían calmar los ánimos. Ojalá sea eso lo que pase.

En Chile, por otro lado, el panorama está más complicado. Las cifras socioeconómicas que nos llegan desde el país austral permitían suponer que iba por buen camino, una excepción en este atribulado continente. Pero ahora resulta que no, que no todo era tan bueno, y las personas, utilizando como excusa un aumento de la tarifa del pasaje del metro de Santiago, salieron a la calle a protestar, no sólo por eso, sino por todo lo imaginable. Pasado el momento de la chispa del aumento se ha establecido como ‘casus belli’ la elevada desigualdad de la sociedad chilena, y con ello se encendieron las voces de todos aquellos que encuentran en la desigualdad la razón de todos los males. Hay que ver cuánto nos seduce esa palabra. Lo malo es que ya el acorralado presidente Piñera anunció una serie de medidas que suenan muy bien, pero que son de dudoso cumplimiento, dado que suponen un considerable aumento de los gastos del Estado, quizá más allá de sus capacidades. Creo que la confusión chilena les va a salir más cara de lo imaginado.

Lo que es imposible de entender ni de justificar en cualquiera de estos casos, es la destrucción que ha acompañado las protestas. Cuando en ese contexto se acaba con una estación de metro, o se incendia cualquier cosa, se revela hasta dónde puede llegar la estupidez humana. Es como si uno, en su casa, decidiera moler a palos la nevera porque no tiene suficiente comida para llenarla. Aquí no puede haber medias tintas. Si no es posible protestar sin destruir y sin poner en peligro a medio mundo, es mejor replantearse el método. No todas las protestas, ni las revoluciones –por abusar del término–, tienen que ser con sangre y fuego.

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Publicado en El Heraldo el jueves 26 de octubre de 2019

No trivializar

Antes de desarrollar el tema que me ocupa aclaro, para los que no lo saben, que estoy vinculado laboralmente con una universidad. Precisamente por eso me atrevo a escribir sobre este asunto, dado que lo vivo diariamente y me interesa. Cada lector podrá juzgar si mi opinión se ve minada por ello.

Hace poco escuché a un niño de unos seis años decirle a su padre que de mayor quería ser «youtuber». Me pareció muy curioso que esa fuese la aspiración de aquel niño, desplazando roles más tradicionales y probados; una señal, sin duda, de las transformaciones que estamos viviendo. Sin embargo, luego asocié esa anécdota con una tendencia que he notado últimamente, una que menosprecia la labor de las universidades. Se alega que en el entorno actual no son necesarias para poder triunfar —vaya uno a saber qué significa exactamente eso—, entendiéndolas cómo artilugios del pasado, anquilosadas, demasiado tradicionales y costosas, de tal forma que hay quienes ya dictaminan que el paso por sus aulas no vale la pena.

El asunto no es de poca monta. Siempre he pensado que cuando se desestabilizan instituciones centenarias, de la naturaleza que sean, útiles y queridas o incluso perversas o directamente nocivas, deben estar pasando cosas de importancia mayor, fenómenos para los que no siempre estamos preparados, que no comprendemos del todo y cuyas consecuencias en muchas ocasiones son buenas, pero en otras no. Conviene recordar que no todos los cambios son para mejorar, que la novedad no siempre trae consigo bienestar y que las grandes masas de personas también se equivocan, a veces con estrépito.

Desde luego, y en vista de los acelerados cambios tecnológicos de nuestra época, las universidades deben interpretarlos y encontrar caminos para su uso. Pero todo eso debe tener siempre presente que bajo ninguna circunstancia se debe trivializar el valor de una buena educación, independientemente del método que se utilice para impartirla. Me parece que «youtubers», «influencers», blogueros y demás especímenes, están validando –eso sí, por fortuna alejándose de las sempiternas vías ilegales– la idea del camino fácil y del menor esfuerzo, encandilando con sus ganancias a muchos jóvenes que se ven tentados a tomarlos como ejemplo. Ojalá eso sea la excepción, no la norma.

No sé ustedes, pero yo no estaría tranquilo en una sala de cirugía liderada por alguien que aprendió a operar desde su casa viendo unos divertidos videos. Hay cosas, las importantes, que requieren dedicación, constancia, disciplina y rigor para dominarlas, y un cuerpo colegiado que lo avale. También parece sensato conjeturar que por un buen tiempo seguirán siendo necesarios los médicos, los abogados, los ingenieros, los arquitectos, y todas aquellas personas cuyos oficios han hecho aportes tangibles y valiosos al bienestar de la humanidad. Creo las universidades merecen más reconocimiento por la labor que han desempeñado por siglos y que pueden convivir con las nuevas tecnologías. Hay que tener mucho cuidado con la trivialización de lo fundamental.

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Publicado en El Heraldo el jueves 17 de octubre de 2019

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