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Limpieza digital

Cada vez que se me da por pensar que el mundo va por muy mal camino y que es urgente trastornarlo todo –incendiemos y después veremos–, recuerdo una frase lapidaria de Borges para referirse a las tribulaciones de un pariente lejano: «Le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir». Hace rato interpreto que no es que esta época sea especialmente desastrosa, es que siempre nos hemos enfrentado a un sinfín de asuntos que nos parecen únicos e irresolutos, aunque todas las cosas vayan mejorando. Por eso tiendo a alejarme del seductor fatalismo y prefiero valorar con agradecimiento los indiscutibles avances que nos sostienen y que nos hacen vivir mejor que antes, en casi cualquier dimensión que se quiera revisar.

Sin embargo, cuesta mucho mantener la fe y las buenas maneras si se presta atención a las premoniciones apocalípticas y a los juicios desproporcionados que se difunden con tanto empeño. Las redes sociales nos han permitido asomar la cabeza y apreciar el estruendo cacofónico de una humanidad que encuentra amplificadas todas las opiniones, incluso las que son francas tonterías. Aquello que se mencionaba en un bar o en una esquina, las incontables bobadas que siempre hemos dicho las personas, ahora tienen una impronta excesiva, muy por encima de su valor. Quedan así grabadas por escrito o en algún medio que permita su repetición infinita, para darle combustible a la hoguera de nuestras infamias.

Hace varios años eliminé mi cuenta de Facebook. Esa plataforma se había convertido en un compendio de idioteces insoportables, un desfile de imposturas y mentiras sostenido por fotos y comentarios que no servían para nada. Volví a encontrar algo de paz. Fue entonces cuando Von Furstenberg me recomendó abrir una cuenta en Twitter, asegurándome que, en lugar del pozo infecto de Facebook, esa nueva red era un torrente de agua fresca en el que todo fluía con más limpieza, menos perfidia. Al principio parecía que en efecto era así, pero luego vino lo de siempre, la reiteración de la rabia tras la seguridad relativa que da el anonimato, la exaltación de lo malo, la miseria. El agua terminó empozándose de nuevo.

Hasta que decidí filtrar la cochambre y silenciar o dejar de seguir a medio mundo, sobre todo a esas cuentas de extremos que pretenden ser faros del saber político y social, o replicadoras sesgadas de la actualidad. Vieran el cambio. Hoy reviso mi cuenta y veo noticias de King Crimson, tiras cómicas de Pastis, frases de Sowell y así, nada de odios, ni arengas, ni afectaciones. De vez en cuando se cuela alguna mugre, pero las entiendo como gajes del oficio, pequeños males necesarios. Especialmente por estos días, me atrevo a recomendarles esa limpieza digital. Les aseguro que las cosas no andan tan mal como lo sugieren los sabios de las redes sociales.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 21 de noviembre de 2019

La informalidad

Un estudio conjunto de la Oficina Internacional del Trabajo y de la Organización Mundial del Comercio señalaba hace una década que un alto índice de informalidad laboral aumenta la desigualdad de los ingresos, disminuye el crecimiento medio del PIB y reduce el comercio internacional. El mismo documento observaba que en grandes economías informales también se limita la capacidad del gobierno para invertir en infraestructuras públicas, restringiendo así el crecimiento potencial de la productividad del sector privado. Los aspectos que he mencionado conforman una muestra mínima de las consecuencias que conlleva la práctica informal en el trabajo, pero aún así incluyen tres de los temas que más nos ocupan en los últimos tiempos, relacionados además con las violentas protestas que acosan nuestro continente: desigualdad de ingresos, inversión pública y productividad. Parece relevante, por lo tanto, prestarle atención a este asunto.

Según el DANE, en Colombia la informalidad laboral ha disminuido durante la presente década. Ese indicador pasó de constituir un 50.8% de los ocupados en el 2011 a un 45.7% en el último informe disponible (julio – septiembre 2019), una nada despreciable disminución de 5 puntos porcentuales (pp). La tendencia es sin duda favorable y no parece apoyar los discursos que proclaman que todo, absolutamente todo, va por mal camino. Incluso el último año ha mostrado una mejoría, disminuyendo 1.2pp. Buenas noticias en un mar de desesperanza.

Barranquilla y su área metropolitana tienen una dinámica diferente y vale la pena tratar de entenderla. Comparando el mismo período 2011 - 2019, a nivel local también ha disminuido la informalidad, aunque a un ritmo mucho menos elogioso. En el 2011 la informalidad llegaba al 57.3% mientras que en el 2019 bajó hasta 56.7%, la mejora no llega siquiera a un punto porcentual, lo que puede entenderse como un estancamiento. Sin embargo, lo más llamativo es lo que sucede frente a la media de las 13 ciudades más grandes del país. En el 2011 Estábamos 6.5pp por encima de esa media, para pasar en el 2019 a superarla en 11pp. Es decir, en lugar de acercarnos al promedio de las ciudades comparables, nos quedamos atrás y casi se duplica la diferencia. Navegamos en contra de la tendencia nacional.

Esto no parece ser coherente con el momento que vive nuestra ciudad. Tenemos una de las menores tasas de desempleo en Colombia (7.9% en septiembre de este año), pero no se ha logrado un nivel de formalización similar al de otras ciudades importantes. Lo anterior es en cierta medida decepcionante, dado que se esperaría que el clima de optimismo, orgullo y apoyo a las administraciones distritales se tradujeran en un crecimiento más armónico para todos, con mejoras tangibles para el bienestar individual y la prosperidad de los ciudadanos. Conviene revisar qué puede estar perpetuando este fenómeno.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 14 de noviembre de 2019

El Amira De la Rosa

Hace dos años y medio, motivado por las mismas razones que ahora me ocupan, escribí para este diario una columna sobre el Amira De La Rosa. Pasado ya todo ese tiempo, las incertidumbres que rodean el proceso de recuperación y puesta en servicio del único teatro de nuestra ciudad siguen sin resolverse, acaso se han agravado ante las pocas y confusas noticias que se tienen. Según publicó este diario la semana pasada, ahora la intención es convertir el teatro en un centro cultural, algo parecido al conjunto que contiene la biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá, institución administrada por el Banco de la República, también responsable de nuestro escenario.

La idea de dotar a la ciudad de un espacio para las artes y la cultura es muy buena, sobre todo si esa nueva dotación pretende tener una calidad similar a la del complejo capitalino. La biblioteca Luis Ángel Arango y los edificios y espacios que la rodean y apoyan, son un nodo de actividad cuyas bondades arquitectónicas, estéticas y funcionales han superado ya la prueba del tiempo, constituyéndose en un referente nacional. La sala de conciertos (diseño del consorcio Esguerra, Sáenz, Urdaneta, Samper), fue reconocida con el Premio Nacional de Arquitectura en 1966 y sigue siendo objeto de estudio y admiración. Muchos de nosotros reconocemos su icónico interior, marcado por un imponente cielo raso que ha logrado trascender su función para cargarse de un potente sentido simbólico. Barranquilla ganaría mucho con un proyecto de tales ambiciones.

Lo que no queda claro, y esto es inquietante, es el criterio que va a regir la nueva propuesta de intervención. Hay tantos interrogantes que hasta se ha especulado con la posibilidad de demoler el actual edificio, imponiendo un tratamiento de tabula rasa para empezar desde cero. Lo anterior, además de inconveniente, supondría una violación de la normativa que actualmente lo protege. En este momento el Amira De La Rosa es un bien de interés cultural del ámbito nacional, eso quiere decir que cuenta con el mismo nivel de protección que tiene, por ejemplo, el castillo de San Felipe en Cartagena, o nuestra Estación Montoya. Para todos los efectos es intocable, salvo por actuaciones que busquen su preservación.

No se entiende del todo tanta opacidad, tanta demora, tanta confusión. A estas alturas, después de más de tres años de cierre, el destino del teatro debería estar decidido. Surgen varias preguntas. ¿Qué está entorpeciendo el proceso de decisión? ¿Por qué tantas variaciones en las fechas declaradas de entrega? ¿Hay ya un arquitecto responsable del proyecto? Si no lo hay ¿Por qué no se organiza un concurso arquitectónico para su diseño? Demasiadas sombras en un proyecto que nos debería unir y convocar. Esperemos que todo se resuelva pronto, y que Barranquilla aproveche de manera inteligente esta inigualable oportunidad para mejorar su dotación cultural.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 7 de noviembre de 2019

Aborto y eutanasia

Recientemente en Colombia se están tomando decisiones sobre dos temas muy controvertidos, el aborto y la eutanasia. Sobre el aborto el Ministerio de Salud, acatando una orden de la Corte Constitucional, publicó hace poco el borrador de una resolución que pretende fijar parámetros, competencias y rutas de atención, un paso significativo para dejar las reglas claras. El asunto, por supuesto, desató las mismas polémicas que ha desatado desde siempre. Casi al mismo tiempo, el Congreso de la República aprobó el pasado martes, en primer debate, el proyecto de ley que reglamenta la aplicación de la eutanasia. Esto también levantó una polvareda, alienando de manera significativa los bandos que apoyan o atacan esta posibilidad. Son dos temas complicados en los que se llevan al límite, con toda razón, nuestras concepciones sobre la vida, la muerte y los derechos de las personas.

Sería muy pretencioso y atrevido tratar de explicar en una columna todas las variables que entran en juego en ambos casos, o plantear una postura definitiva. Como en muchos de los grandes dilemas morales a los que nos enfrentamos, creo que lo único que no conviene es tomar posiciones absolutas. Habrá momentos en los que abortar o practicar la eutanasia podrá parecer aceptable o atroz, nadie puede saber nunca con certeza las condiciones, circunstancias y hechos, incluyendo las convicciones religiosas, que definen la vida de los demás, y ni hablar de las situaciones espantosas a las que a veces se enfrentan quien se ven ante tales problemáticas. Cada quien deberá llegar a sus propias conclusiones, sin juzgar ni señalar demasiado.

Lo que me parece que no se puede aceptar es la trivialización o la simplificación de todo esto. Abortar no es nunca un proceso banal. Es claro que es una decisión que violenta el cuerpo de la mujer, aún en los primeros estados del embarazo, y que por lo tanto debe ser pensada con suficiente seriedad. Creo que no está bien presentarla como si se tratase de una condición cualquiera, una que se puede aliviar con una droga o una intervención inocua y que es un asunto de un fin de semana, y ya, sin mayores consecuencias. Pero además, en contra de las ideas de algunas personas, considero que los hombres si tienen algo que decir y deben opinar; desconocer esto es de necios. Algo similar sucede con la eutanasia. Aunque las motivaciones son diferentes, también supone escoger una alternativa que no tiene reversa, una vez consumada no hay remedio. Parecería entonces obvio que se deben asumir con toda la gravedad que sea posible.

Las personas nos equivocamos permanentemente, así que conviene extremar los cuidados con las cosas irreparables. Por eso no comparto la militancia tan fervorosa que se observa en estos casos, en especial sobre el aborto. Como con la pena de muerte —otro asunto muy espinoso—, conviene alejar su discusión de los terrenos pasionales, por difícil que parezca.

 

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 31 de octubre de 2019

Protesta y destrucción

Es muy difícil no verse inquietado por las noticias que nos llegan desde España, Bolivia y Chile, informando sobre significativas protestas populares de diversos orígenes, todas acompañadas de una importante dosis de pillaje y vandalismo. Siempre señalando al gobierno, como no, se levanta la voz contra liderazgos de derecha, de izquierda o de cualquier tendencia, sin especial distingo.

En Cataluña están delirando hace rato con fábulas de independentismo, buscando como sea motivos para quejarse. Con un nivel de vida envidiable cuesta trabajo darle razón a tanta furia; tal vez se sienten demasiado cómodos, la cerveza se sirve muy fría o las croquetas son crujientes en exceso. En fin, cosas de países desarrollados que no parecen tener sentido en medio de las angustias que se viven por estos lados. Puede que todo sea simplemente otra pataleta por un capricho, por ahora, no concedido.

Lo que pasa en Bolivia es más o menos entendible. Todo empieza por un aparente fraude electoral que ha impuesto una plausible sombra de sospecha sobre los métodos del gobierno para mantenerse en el poder, y claro, al sentirse estafada, la mitad del país sale a reclamar sus derechos. Supongo que con hacer bien la tarea, con contar los votos con honestidad, se podrían calmar los ánimos. Ojalá sea eso lo que pase.

En Chile, por otro lado, el panorama está más complicado. Las cifras socioeconómicas que nos llegan desde el país austral permitían suponer que iba por buen camino, una excepción en este atribulado continente. Pero ahora resulta que no, que no todo era tan bueno, y las personas, utilizando como excusa un aumento de la tarifa del pasaje del metro de Santiago, salieron a la calle a protestar, no sólo por eso, sino por todo lo imaginable. Pasado el momento de la chispa del aumento se ha establecido como ‘casus belli’ la elevada desigualdad de la sociedad chilena, y con ello se encendieron las voces de todos aquellos que encuentran en la desigualdad la razón de todos los males. Hay que ver cuánto nos seduce esa palabra. Lo malo es que ya el acorralado presidente Piñera anunció una serie de medidas que suenan muy bien, pero que son de dudoso cumplimiento, dado que suponen un considerable aumento de los gastos del Estado, quizá más allá de sus capacidades. Creo que la confusión chilena les va a salir más cara de lo imaginado.

Lo que es imposible de entender ni de justificar en cualquiera de estos casos, es la destrucción que ha acompañado las protestas. Cuando en ese contexto se acaba con una estación de metro, o se incendia cualquier cosa, se revela hasta dónde puede llegar la estupidez humana. Es como si uno, en su casa, decidiera moler a palos la nevera porque no tiene suficiente comida para llenarla. Aquí no puede haber medias tintas. Si no es posible protestar sin destruir y sin poner en peligro a medio mundo, es mejor replantearse el método. No todas las protestas, ni las revoluciones –por abusar del término–, tienen que ser con sangre y fuego.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 26 de octubre de 2019

No trivializar

Antes de desarrollar el tema que me ocupa aclaro, para los que no lo saben, que estoy vinculado laboralmente con una universidad. Precisamente por eso me atrevo a escribir sobre este asunto, dado que lo vivo diariamente y me interesa. Cada lector podrá juzgar si mi opinión se ve minada por ello.

Hace poco escuché a un niño de unos seis años decirle a su padre que de mayor quería ser «youtuber». Me pareció muy curioso que esa fuese la aspiración de aquel niño, desplazando roles más tradicionales y probados; una señal, sin duda, de las transformaciones que estamos viviendo. Sin embargo, luego asocié esa anécdota con una tendencia que he notado últimamente, una que menosprecia la labor de las universidades. Se alega que en el entorno actual no son necesarias para poder triunfar —vaya uno a saber qué significa exactamente eso—, entendiéndolas cómo artilugios del pasado, anquilosadas, demasiado tradicionales y costosas, de tal forma que hay quienes ya dictaminan que el paso por sus aulas no vale la pena.

El asunto no es de poca monta. Siempre he pensado que cuando se desestabilizan instituciones centenarias, de la naturaleza que sean, útiles y queridas o incluso perversas o directamente nocivas, deben estar pasando cosas de importancia mayor, fenómenos para los que no siempre estamos preparados, que no comprendemos del todo y cuyas consecuencias en muchas ocasiones son buenas, pero en otras no. Conviene recordar que no todos los cambios son para mejorar, que la novedad no siempre trae consigo bienestar y que las grandes masas de personas también se equivocan, a veces con estrépito.

Desde luego, y en vista de los acelerados cambios tecnológicos de nuestra época, las universidades deben interpretarlos y encontrar caminos para su uso. Pero todo eso debe tener siempre presente que bajo ninguna circunstancia se debe trivializar el valor de una buena educación, independientemente del método que se utilice para impartirla. Me parece que «youtubers», «influencers», blogueros y demás especímenes, están validando –eso sí, por fortuna alejándose de las sempiternas vías ilegales– la idea del camino fácil y del menor esfuerzo, encandilando con sus ganancias a muchos jóvenes que se ven tentados a tomarlos como ejemplo. Ojalá eso sea la excepción, no la norma.

No sé ustedes, pero yo no estaría tranquilo en una sala de cirugía liderada por alguien que aprendió a operar desde su casa viendo unos divertidos videos. Hay cosas, las importantes, que requieren dedicación, constancia, disciplina y rigor para dominarlas, y un cuerpo colegiado que lo avale. También parece sensato conjeturar que por un buen tiempo seguirán siendo necesarios los médicos, los abogados, los ingenieros, los arquitectos, y todas aquellas personas cuyos oficios han hecho aportes tangibles y valiosos al bienestar de la humanidad. Creo las universidades merecen más reconocimiento por la labor que han desempeñado por siglos y que pueden convivir con las nuevas tecnologías. Hay que tener mucho cuidado con la trivialización de lo fundamental.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 17 de octubre de 2019

Dos siglos de atraso

Hace poco encontré por casualidad una breve crónica que daba cuenta de la caótica situación del transporte público en una gran ciudad. El escrito explicaba que la cantidad de buses que llenaban las calles estaban generando una gran confusión y desorden, dado que las empresas de transporte competían en rutas muy similares. Los choferes aceleraban peligrosamente por las vías, usando cualquier artimaña para arrebatarle pasajeros a sus rivales y poniendo en riesgo a todos los transeúntes. Para empeorar las cosas, a esos choferes les pagaban según lo que producían, así que necesitaban atestar los buses con la mayor cantidad de personas posible. Repetidas quejas sobre su comportamiento llevaron a que, luego de un año particularmente crítico, las autoridades implantaran licencias individuales con el ánimo de controlar y sancionar a los indisciplinados conductores. La descripción corresponde a Londres, en los años 1837 y 1838, pero parece un retrato de lo que constituye nuestra actualidad barranquillera. Tenemos dos siglos de atraso.

La poca importancia que le hemos dado al transporte público en Barranquilla terminará por pasarnos factura. Ninguna ciudad puede entenderse competitiva si no ofrece formas dignas y efectivas para el desplazamiento de sus ciudadanos. Tarde o temprano los costos asociados al desgaste que supone perder varias horas al día para llegar a un destino determinado, o para poder cumplir con los compromisos comerciales, minan la relación costo beneficio de cualquier transacción. Poco a poco, aquellos entornos que ofrezcan facilidades logísticas (Medellín y Antioquia, por ejemplo), lograrán desviar y atraer las inversiones y el consecuente desarrollo, aumentando la brecha entre unas ciudades y otras. Por eso el transporte público no puede seguir abandonado a su suerte y siendo administrado con tan poco acierto.

Desde luego, no es sensato compararnos con ciudades como Londres, o cualquier otra de ese nivel. Hay diferencias históricas y socioeconómicas que son evidentes y que no pueden ignorarse o subestimarse. Sin embargo, uno quisiera al menos percibir que las cosas van por buen camino y que las administraciones municipales tienen una ruta aceptablemente clara para enfrentarse al difícil reto de la movilidad urbana. Nadie puede esperar resultados inmediatos, pero sí se deberían evidenciar planes y acciones que sean consecuentes con el crecimiento de la ciudad.

Los peatones, los conductores particulares, los ciclistas, los motociclistas, todos hacemos parte del problema y de la solución. La continuidad que han supuesto las ultimas alcaldías debería permitir la ejecución de proyectos a largo plazo con persistencia y compromiso, que superen los cuatro años de rigor. Ya basta del desorden y la anarquía, deben acabarse los viejos y obsoletos esquemas que todavía persisten. Si no lo entendemos ya, al paso que vamos el atraso va a ser de tres siglos.

Fotografía tomada de https://www.pexels.com

Publicado en El Heraldo el jueves 03 de octubre de 2019

Políticos

Resulta muy triste enterarse de las noticias que llegan de Cartagena, relacionadas con unos decepcionantes casos de clientelismo y corrupción revelados por unas conversaciones entre algunos aspirantes a cargos públicos en esa región. Triste, sin duda, aunque no sorprendente. Hace ya muchos años que el ejercicio de la política en nuestro país se limita a ser un intercambio de intereses que muy poco tienen que ver con las promesas que los candidatos vociferan durante sus campañas. Lo que ha cambiado en estos últimos tiempos es que ahora nos enteramos, de manera directa e incontestable, del nivel de descaro que llegan a tener quienes ven al Estado como una cuenta de ahorros personal. Es como cuando a una persona le revelan una infidelidad amorosa, una cosa es escuchar la historia y otra cosa es ver las fotos. Lo segundo afecta más.

Veo muy pocas opciones para salir de este lamentable círculo vicioso. No basta con invitar a votar bien (sea lo que sea que eso signifique), en muchos lugares no hay ningún candidato medianamente competente, ni lo ha habido por décadas, siendo todos diferentes estrofas de la misma canción. Tampoco es suficiente el llamado a la protesta pacífica, quienes están enquistados en el poder han aprendido a despojarse de escrúpulos o vergüenzas, así que tienen ya una coraza impenetrable contra tales ataques. Ni pensar en revoluciones o levantamientos violentos, usualmente quienes los promueven lo único que quieren son los privilegios de aquellos a quienes atacan, pocas veces hay un sincero deseo de arreglar lo dañado, la mentira está presente en todos los bandos.

Creo que los ciudadanos debemos reconocer que buena parte de lo que está sucediendo es nuestra culpa. Con una indolencia inexplicable le hemos entregado un gran poder a quienes representan al Estado, mucho más del que se podría entender razonable. Pareciera que hemos puesto en sus manos todo nuestro destino, propiciando entonces una actitud de indefensión, casi de sometimiento, en la que estas personas —los gobernantes y los funcionarios públicos, elegidos o no popularmente— reclaman entonces veneración y obediencia sin fin. Por eso se sienten dueños de todo, repartiéndose impúdicamente secretarías, instituciones o incluso ministerios. Nada más sintomático de nuestro fracaso que esa expresión que pregunta de “quién es” tal o cual oficina estatal, como se evidenció en las desagradables conversaciones que he mencionado.

Los cambios importantes no son milagrosos, requieren compromiso y persistencia. No veo prontas soluciones a este embrollo, pero considero que podemos empezar a construir una convivencia más sana entre nuestro Estado y los ciudadanos. Lo primero es dejar de culpar a los políticos de todo lo que nos pasa y más bien quitarles responsabilidades. No más ministerios, ni secretarías, ni institutos, y poco a poco establecer un marco social que entregue a las personas las riendas de sus vidas. Solo así, con ciudadanías independientes, podrá volver la esperanza.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 26 de septiembre de 2019

La disputa del Country

Desde hace siete años un grupo de vecinos del barrio Villa Country está enfrascado en una disputa con el Country Club. La causa del desacuerdo es una nueva entrada vehicular que el club pretende habilitar sobre la calle 77, lo que permitiría que los socios pudiesen ingresar y salir de sus instalaciones directamente desde la carrera 57. Luego de varios años de inactividad, hace unas semanas se iniciaron los movimientos preliminares del proyecto, motivando protestas inmediatas por parte de algunos miembros de la comunidad cercana, que llegaron incluso a radicar una acción de tutela que logró parar momentáneamente los trabajos. Aunque no es un asunto especialmente sensible para la mayoría de los barranquilleros, dado que sólo concierne a un reducido número de personas, en su resolución se pueden sentar precedentes que podrían generar confusión e inseguridad legal para cualquier otra obra que se quiera acometer en la ciudad.

Es conveniente mencionar que en mi opinión el proyecto no debería generar tanto alboroto. De acuerdo con el club, se dispondrá de un espacio para acomodar una cola de ingreso de hasta 17 carros dentro de sus terrenos, y si además se considera que el Country es un club social con acceso limitado, no deberían esperarse mayores incrementos en el tráfico. Complementando esto, el proyecto también entregará mejoras en los jardines públicos cercanos, lo que incluye reponer los 9 árboles que es necesario talar en una proporción de 5 a 1. Sin embargo, como en todo, las voces discordantes deben ser escuchadas con atención y respeto, de tal manera que se puedan comprender todas las posturas involucradas.

Lo que resulta más inquietante de todo esto no es tanto la polémica que ha generado, sino que haya sido posible detener una obra que cuenta con todos los permisos que son requeridos para su implementación. Aunque la acción de tutela interpuesta fue finalmente declarada como improcedente y las actividades se pudieron reanudar, al parecer todavía quedan resquicios de ley que permitirían suspenderla nuevamente. Vale la pena entonces preguntarse para qué sirven los permisos que se exigen, si al final podrían llegar a ser revocados por diferentes acciones legales.

Hay que entender la gravedad de este tipo de casos. Si un inversionista o un promotor cumple con todos los requisitos que le imponen las normas y obtiene los permisos que expiden las autoridades competentes para ejecutar un proyecto, no deberían albergarse dudas sobre su viabilidad y conveniencia. Se supone que esas autoridades deben revisar toda la documentación requerida con altísimo rigor, de tal forma que cuando se otorga un visto bueno no lleguen a presentarse obstáculos a continuación. Es muy dañino que en Colombia sea tan frágil la certeza legal, la incertidumbre siempre alejará la inversión y el progreso. No juguemos con la gallina de los huevos de oro.

Fotografía tomada de https://www.pexels.com

Publicado en El Heraldo el jueves 19 de septiembre de 2019

Difícil de entender

Quizá porque ahora es posible hacer casi todo a velocidad extrema, o porque la pausa y la prudencia no son bien vistas, o porque hay demasiadas tribunas para decir cualquier cosa, o quizá, como casi siempre, por la suma de los anteriores fenómenos y otros que seguramente se me escapan; últimamente más que opiniones sobre el acontecer nacional, se escuchan rabiosos ladridos. Encuentro llamativo, y no para bien, cómo tantas personas de diversa índole tienen reacciones inmediatas sobre una extensa relación de asuntos, algunos muy complejos, y van lanzando sus torpezas al público sin pudor alguno. Hoy dictan cátedra sobre fenómenos económicos, mañana sobre feminismo, pasado mañana sobre minería, y así, creyéndose oráculos contemporáneos, van congregando un grupo de seguidores que, sin mucho discernimiento, replican y amplifican sus dudosas posiciones.

Por ejemplo, un grupo de delincuentes toma una no tan sorpresiva decisión —seguir delinquiendo—, y la mitad del país entiende que ellos, los que agarran de nuevo las armas para continuar haciendo lo que siempre han hecho, no son los culpables de sus propios derroteros, eximiéndolos compasivamente mientras señalan al gobierno actual como el responsable. Lo más aterrador es que las posiciones más extremas de este país celebraron al unísono, cada uno calculando cómo lo sucedido les suponía réditos políticos, frotándose las manos mientras repetían absurdamente un “se los dije” triunfante. Y detrás de ellos, las hordas ciegas que aplauden y avivan.

Despertando reacciones similares, hace poco se anunció el cierre de Noticias Uno. La noticia no es buena, dado que el informativo hace una juiciosa tarea de periodismo, exaltada por numerosos premios y siempre tratando de ofrecer una mirada diferente de los acontecimientos nacionales. Los dueños del noticiero explicaron que tenían que cerrar por motivos económicos, el duro mercado de los medios, que tanto han visto socavada su credibilidad, finalmente los obligó a replantear su negocio. Siendo tan querido por muchos, seguramente ese calificado equipo de trabajo logrará encontrar otras maneras de hacerse escuchar. Sin embargo, al instante empezaron los aullidos, las expresiones que nos igualaban con Venezuela, o que encontraban que se trataba de censura, dictaminando que era el fin de la libre expresión, todo exagerado, todo grandilocuente, reacciones pueriles que no aportan nada, enredan y envician todo.

Tenemos que calmarnos, las cosas que pasan en Colombia no son sencillas, requieren lectura y análisis. Espetar juicios inmediatos a diestra y siniestra, guiados fundamentalmente por intereses propios, terminan dándole más combustible a la rabia. Es difícil de entender por qué aquellos que dicen querer lo mejor para Colombia, del bando que sean, terminan hundiéndola más en sus propias perplejidades. Será que no es así, y sólo quieren lo mejor para ellos.

Fotografía tomada de https://www.pexels.com

Publicado en El Heraldo el jueves 05 de septiembre de 2019

Mercados satélite

No suelo frecuentar el centro histórico de nuestra ciudad. Ninguna de mis actividades cotidianas me invita a visitarlo, siendo solo puntuales compromisos de trabajo los que me llevan a desplazarme hasta ese sector, por lo que con suerte puedo encontrarme allí más o menos una vez al mes. Cuando eso ocurre, casi siempre cumplo con mis labores y me voy, sin detenerme a pasear o a aprovechar el momento para realizar alguna otra tarea. Hace unos días la temprana resolución de un asunto que me ocupaba me llevó a tomarme unos minutos para realizar un breve recorrido, en una zona específica relativamente cercana al edificio de la Gobernación. Al contar con tiempo para detenerme y mirar, comprobé que la oferta de frutas y verduras que encontré en mi camino tenían una calidad que superaba lo que usualmente veo en los supermercados en los que acostumbro abastecerme, tanto, que decidí comprar varias cosas para llevarlas a casa. Con esa breve e incómoda experiencia, dado que estuve siempre rodeado de ruido, desorden y suciedad, constaté una vez más que buena parte del potencial de nuestro Centro está dilapidado, atrapado por unas condiciones socioeconómicas y espaciales que no dejan mucho espacio para su desarrollo.

El esfuerzo que demandaría la recuperación del Centro de Barranquilla es enorme, incluso acordar en qué consistiría esa recuperación plantea un extenso debate. La constancia que tal empresa reclama es realmente abrumadora, harían falta varias décadas y un continuo compromiso por parte de las administraciones distritales para comenzar a ver algunos resultados. Creo que, por eso, porque los tiempos no responden a los intereses de quienes se eligen cada cuatro años, ha costado tanto que ese reto se asuma de una manera seria y estudiada.

Sin embargo, hay acciones relativamente sencillas que nos podrían ir señalando el camino. Una de ellas, que no es en absoluto una novedad, es la implementación de mercados satélite. Con proyectos de este tipo, estratégicamente ubicados en todos los sectores de la ciudad, todos nos veríamos beneficiados. El vendedor tendría mucha más población a su alcance, el comprador podría hacerse con productos de buena calidad y a mejor precio y, además, el ambiente del Centro podría aliviarse, aunque sea mínimamente, del barullo que lo atormenta diariamente. Al estar más relacionados con lo que el Centro nos puede ofrecer, se podrían sentar las bases para ser más ambiciosos y emprender un verdadero proyecto de recuperación de los mercados, cambiando la percepción negativa, no infundada, que tiene el ciudadano.

Valdría la pena atreverse, empezar con un alcance modesto, ensayar, darse la posibilidad de equivocarse y, si toca, empezar de nuevo. Por mi parte, celebraría la oportunidad de encontrar un mercado satélite, ordenado y limpio, en algún lugar más cercano a mi cotidianeidad. Creo que tenemos que ser más arriesgados con este tipo de propuestas.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 29 de agosto de 2019

Las prioridades

Al regresar de un viaje reciente, que me obligó a tomar uno de los últimos vuelos que aterrizan en nuestra ciudad, un familiar me advirtió sobre el peligro que suponía transitar por la Circunvalar de la Prosperidad como ruta de salida del aeropuerto. Me aclaró que había visto unos vídeos en los que se comprobaba que, por la soledad de la vía, se estaban cometiendo atracos. En ese mismo viaje, el conductor que me estaba llevando a casa me dijo que no era conveniente desplazarnos por la Calle 30 porque a esas horas de la noche no era seguro hacerlo, complementando su argumento con un comentario sobre lo arriesgado que era también usar el Corredor Portuario. Todo eso me recordó que por mucho que hagamos inversiones en infraestructura, si nuestros gobernantes no se encargan con seriedad y persistencia de propiciar un entorno seguro para sus ciudadanos, el camino del progreso será cada vez más complicado e improbable.

Siempre me han parecido inútiles y pretenciosos los Estados omnipotentes. Cada vez que veo planes de gobierno con cientos de propuestas, en todas las dimensiones posibles, conjeturo que inexorablemente un importante porcentaje de esas promesas se verán incumplidas o cumplidas parcialmente. No encuentro sentido alguno en la idea de querer solucionar todos los problemas al mismo tiempo, mucho menos en la posibilidad de hacerlo en cuatro años, como proclaman casi todos los candidatos a cargos elegidos popularmente. Reconociendo que nuestros recursos son limitados en extremo, se debería valorar su correcta y responsable distribución.

Creo que un Estado como el nuestro, tan precario, debe ocuparse únicamente de las cosas fundamentales. Por ejemplo, de brindar las condiciones para que sus ciudadanos puedan moverse libremente por su territorio, de conformar un entorno justo y de facilitar que todas las personas tengan disponible el acceso a los servicios públicos, a la educación y al libre comercio; no me parece que por ahora haga falta mucho más. Sin embargo, incluso dentro de esa breve relación deben establecerse prioridades. Por eso esperaría que los planes de gobierno, de cualquier nivel, se concentraran principalmente en lo que a mi juicio constituyenlos mayores obstáculos que enfrentamos los colombianos: la ominosa falta de seguridad y justicia.

Lo primero que necesitamos es no temer por nuestras vidas o nuestra integridad, no concibo sociedad alguna que pueda salir adelante con esa tara permanente. Luego debemos lograr un marco jurídico estable, que los delincuentes paguen, que los contratos se cumplan, que haya reglas claras. Con esas certezas, estoy seguro de que los ciudadanos seremos capaces de encargarnos poco a poco de todo lo demás, sin la sempiterna intervención de un Estado gigantesco que parece querer decidir sobre todos los aspectos de nuestras vidas.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 22 de agosto de 2019

La cárcel en Candelaria

Algunos de los habitantes de Candelaria, un municipio del sur del Atlántico, se organizaron el pasado fin de semana para protestar públicamente en contra de la construcción de una cárcel en su territorio. El proyecto, un establecimiento penitenciario de alta capacidad o «megacárcel», como estrambóticamente es denominada, se desarrollará en un lote de 80 hectáreas ubicado en las afueras del casco urbano, a unos cuatro kilómetros del centro. Es posible entender las sensaciones que una iniciativa de esta naturaleza despierta entre las comunidades en las que se implanta, nadie desea ser vecino de una prisión, un lugar generalmente asociado con repercusiones negativas. Sin embargo, también es cierto que las cárceles son necesarias en nuestro país, que las que hay están sobrepobladas en exceso y que en algún lugar tienen que construirse.

En los años ochenta se acuñó en los Estados Unidos la expresión not in my backyard (NIMBY. En español: «en mi patio no»), para denominar este tipo de situaciones. En ellas, una comunidad reconoce que un proyecto es necesario, pero se opone a su implementación cuando afecta su entorno inmediato. Lo vemos con frecuencia: todos queremos tener buena señal en nuestros celulares, pero no queremos tener al lado antenas de comunicación; todos queremos tener acceso a la electricidad, pero nos espanta la idea de la cercanía de una subestación eléctrica; hay ejemplos de resistencia a la construcción de aeropuertos, puertos y hospitales, estructuras que son fundamentales para el funcionamiento de nuestra sociedad.

Me parece que esas posiciones evidencian algo de comprensible egoísmo. Al fin y al cabo, en Candelaria no se oponen a la construcción de la cárcel, se oponen a que sea en su entorno, con lo cual estarían de acuerdo con que se construya en otro lado, que afecte a otros. Se nos olvida entonces que algo de sacrificio es necesario para poder enfrentar los retos comunes que el progreso nos plantea, que no todo supone beneficios, que, si tenemos la fuerza para reclamar derechos, también tenemos que tener la responsabilidad y el compromiso para cumplir con nuestros deberes. Si todos tomamos una actitud NIMBY, no será posible hacer nada, dado que es muy sencillo resaltar los impactos negativos de cualquier cosa. Oponerse es fácil, ceder es más complicado.

El problema es que siempre alguien, o algo, se verá impactado, siendo entonces la ineludible tarea del Estado minimizar los efectos de sus intervenciones, explicarlas muy bien, dar garantías, reparar cuando sea necesario, entender y escuchar a la comunidad, unos asuntos que históricamente han sido manejados con algo de negligencia. Creo que los habitantes de Candelaria deberán, en lo posible, reclamar ese tipo de controles, pero aceptar que en esta ocasión les tocó aportar su cuota de incomodidad por la materialización de un proyecto que es imperioso para todos.

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Publicado en El Heraldo el jueves 08 de agosto de 2019

Para el próximo gobernador

Si todo marcha según lo acordado, en octubre de este año podremos acudir a las urnas para elegir a nuestro próximo gobernador. Tres meses tendremos los electores para decidir, para revisar las propuestas de cada uno, un ejercicio personal que debe hacerse con toda la seriedad que sea posible. Considero entonces oportuno resaltar tres aspectos que entiendo ineludibles en cualquiera de los planes que se presenten, una especie de lista mínima, no completa, cuya obviedad sabrán perdonar los lectores.

Asegurar el Sur del Departamento. Esta zona sufrió una gravísima inundación a finales del 2010 debido a la ruptura la barrera de contención del Canal del Dique, un desastre del que todavía no ha logrado recuperarse del todo. Si bien se ejecutaron unas obras para reforzar esa estructura, en el 2016 vivimos momentos de inquietud por una nueva amenaza de inundación que reveló atrasos e inconsistencias en los trabajos, a pesar del tiempo del que se dispuso para acometerlos. Con un clima tan impredecible como el que estamos viviendo no se puede bajar la guardia, por el contrario, deberá establecerse un plan de acción que permita asegurar que no se repita la delicada situación que se vivió hace casi una década.

Facilitar mejoras en la productividad. Nuestro Departamento es pequeño, se puede recorrer en menos de un día y no tiene mayores accidentes geográficos. Cualquiera de sus municipios está a una distancia razonable de los puertos sobre el río Magdalena y del aeropuerto, con vías de comunicación en buen estado, unas condiciones que podrían suponer significativas ventajas competitivas. Sin embargo, especialmente en los municipios del Sur del Atlántico, en general no se identifican actividades productivas de relevancia. Debe ser una tarea juiciosa para la administración departamental implementar distritos de riego que funcionen (que además podrían aliviar los riesgos de inundación), lograr una cobertura completa de servicios públicos (estamos cerca de esa meta), e identificar y reforzar, según el caso, los emprendimientos que mayor beneficio puedan ofrecer a sus comunidades. Es conveniente explotar más los privilegios que nos regala nuestra posición geográfica y la escala de nuestro territorio.

Establecer una política para la migración. Aunque es un tema coyuntural, que eventualmente dejará de ser crítico, la llegada de los migrantes venezolanos ha modificado varias de las dinámicas económicas y sociales de nuestro Departamento. No se podría concebir el próximo cuatrienio sin adoptar una postura clara ante este fenómeno, concertada con el gobierno central, siendo responsables con el manejo de los recursos y realistas en cuanto a las promesas que se puedan cumplir.

Ojalá que en el debate electoral sea posible discutir estos y otros temas que afectan nuestro desarrollo, este Departamento tiene todas las condiciones para convertirse en un modelo de gestión pública.

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Publicado en El Heraldo el jueves 01 de agosto de 2019

El costo de la desconfianza

Creo que es válido reconocer que en Colombia es muy difícil hacer cualquier cosa. En la mayoría de las ocasiones los obstáculos no surgen por la falta de recursos, que también sucede, sino por lo enredado que resultan los trámites, especialmente en lo que concierne con las actuaciones públicas. Se nos va la vida en verificaciones y firmas, en sellos y vistos buenos que al final no parecen ser efectivos para nada, únicamente para entorpecer y dilatar. Siempre pensamos que todo hay que blindarlo (detestable expresión), para que nada raro ocurra, para que todo sea protegido, cuando lo que cierto es que nada está a salvo de la rapiña y la trampa. Desconfiando de todos y de todo cuanto es posible, terminamos duplicando esfuerzos y perdiendo oportunidades.

Los ejemplos se revelan a diario. Leí hace poco que el secretario de movilidad de Bogotá fue destituido de su cargo por irregularidades en un proceso de contratación para los semáforos de la capital. Al indagar sobre el tema, se descubre que hace varios años las administraciones de esa ciudad están intentando modernizar ese sistema, ya atrasado y obsoleto, algo a todas luces necesario. Sin embargo, líos de forma han mandado al traste con todas las iniciativas mientras el problema de movilidad capitalino sigue creciendo, ocupando a la Procuraduría y demás “ías”, siempre tan diligentes para ciertas cosas, en buscar trabas para impedir que el asunto avance. Es un caso muy parecido al que vivimos con las condiciones del canal de acceso a nuestros puertos, problema que sin éxito estamos intentando solucionar hace años, atrapados por procedimientos incomprensibles. Por tanto controlar, todo lo impedimos.

Pagamos un alto costo por la desconfianza, desde lo público, como lo he señalado, hasta en los intercambios cotidianos entre las personas. No es infundada la prevención, desde luego mucha maldad hemos visto desplegarse en la historia de este país; lo angustioso es que no parece que estuviésemos en una ruta que nos lleve a creer un poco más en nuestros semejantes. Siempre se señalan motivos ulteriores, intenciones perversas, manejos turbios, opacidades. Si en el sector público un funcionario decide contratar con alguien, ha de ser siempre porque está buscando un beneficio particular, no existe la buena intención.

Salir de ese círculo vicioso es tan necesario como complejo. Sería bueno que por una vez, o por un periodo de tiempo, o en algunas entidades, se soltasen un poco las riendas y se permitiera más libertad. Que no todas las decisiones fuesen respaldadas por miles de folios justificándolas, que se entendiera que algunas veces se pierde. Podríamos no revisar tanto el proceso y más bien evaluar los resultados, porque lo cierto es que a este paso, nadie en Colombia va a querer ser funcionario público, o solo querrá serlo quién pretenda, ahí sí, buscar beneficio propio a cualquier costo.

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Publicado en El Heraldo el jueves 26 de julio de 2019

Para el próximo alcalde

Con la inscripción de la candidatura de Jaime Pumarejo, se da inicio a la contienda política que definirá quién dirigirá el destino de la ciudad durante los próximos cuatro años. Entendiendo que es un momento propicio para presentar planes y proyectos que prometan mejorar la calidad de vida de los barranquilleros, me atrevo a sugerir tres asuntos que considero inaplazables y cuya asunción debería estar dentro de los objetivos fundamentales que los candidatos presenten a sus electores. No es, desde luego, una relación exhaustiva, la siguiente es apenas una selección personal.

Movilidad. La ciudad debe empezar a tomarse en serio este asunto, que constituye uno de los factores que más impacta el diario vivir de las personas. No basta con ampliar o construir algunas vías, es imperioso invertir tiempo y recursos en una planeación cuidadosa del sistema de movilidad de Barranquilla, definiendo el concepto y las alternativas que serán implantadas. Peatones, ciclistas, transporte público, transporte individual, vehículos particulares, transporte ilegal, personas con movilidad limitada; todos son actores que merecen atención equivalente y decidida. Podría ser recomendable partir de lo que ya tenemos, Transmetro, y continuar con su desarrollo proyectando más troncales y rutas alimentadoras, sin descartar complementos con sistemas sobre rieles o que utilicen el río Magdalena. Todavía estamos a tiempo de evitar los descalabros que ya viven otras ciudades.

Recuperación del centro. Es difícil vender una imagen de ciudad moderna y dinámica manteniendo el abrumador deterioro de nuestro centro histórico. No es un problema menor ni mucho menos sencillo, pero debe asumirse con compromiso, estableciendo una línea de tiempo de ejecución constante y decidida cuyos frutos probablemente se revelarán en décadas. Es muy triste que los indudables avances que ha tenido nuestra ciudad se vean lastrados por el estado de abandono y anarquía que aún persiste en buena parte del centro. Ya hemos demostrado que podemos superar obstáculos importantes, es el momento de comenzar a recuperar el corazón de Barranquilla.

Concluir y continuar proyectos. El Gran Malecón del río Magdalena, el Centro de Eventos y Convenciones, la canalización de todos los arroyos de la ciudad, la recuperación y el mantenimiento de los parques y los nuevos escenarios deportivos, son iniciativas que le han cambiado la cara a Barranquilla. No podemos desfallecer en el esfuerzo por terminarlas y mantenerlas adecuadamente, por lo que se deberán tomar las medidas que permitan su correcto funcionamiento, para que no caigan en el abandono habitual que acompaña muchos de los proyectos del ámbito público. De nada sirve borrar con el codo lo que con tanto esfuerzo se ha hecho con la mano.

Confío en que el próximo alcalde honrará su compromiso con la ciudad, y que de alguna forma incluya estas preocupaciones en su agenda de trabajo. Cualquier tropiezo nos puede hacer retroceder décadas.

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Publicado en El Heraldo el jueves 18 de julio de 2019

En el mismo barco

Debido a la involuntaria recomendación de un amigo muy cercano, recientemente descubrí El mundo del ayer de Stefan Zweig, un libro que ahora entiendo indispensable. Se trata de las memorias del reconocido autor austriaco, a quien le tocó vivir la convulsionada época que observó la caída del Imperio austro-húngaro y ambas guerras mundiales (se suicidó en 1942, cuando la segunda guerra no había terminado). Con un relato muy ameno, Zweig se encarga de abrir una ventana a ese periodo de la historia europea, ofreciendo algunas claves que nos permiten comprender mejor algunos de los fenómenos que vivimos en la actualidad. Creo que la obra debería ser lectura obligada para todos los estudiantes de bachillerato, quienes presos de su juventud suelen pensar que el mundo nació con ellos.

Aunque más de un siglo nos separa de algunos de los sucesos que se describen, al leerlo es inevitable hacer comparaciones con nuestra realidad. Más o menos por la mitad del libro, Zweig escribe sobre las sensaciones que le despertaron un episodio que vivió en Tours durante la primavera de 1914, mientras pasaba unos días en ese apacible pueblo francés. Una noche en el cine, durante las noticias que solían pasar antes de la función, fue proyectada una imagen del Káiser Wilhelm visitando Viena, desatando una ola de insultos, pataleos y silbidos entre la audiencia. La sorpresa de Zweig no fue menor. Descubrió cómo el odio puede calar profundamente entre las personas, por muy sencillas y amables que éstas sean, y llegar incluso hasta los habitantes de esa tranquila provincia francesa. Utilizando la cita de otro autor, sentenció ese momento como perteneciente a una época de emociones e histeria masiva. Entonces, claro, pensé en nuestro País.

El odio y la rabia nos están ganando. En la vida cotidiana se ha vuelto imposible hablar de ciertos expresidentes o de un polémico excandidato. Como si estuviésemos en medio de un interesante enfrentamiento ideológico, conozco amigos que se han dejado de hablar y familias que han tenido que poner reglas en sus chats, a veces dividiéndolos según sus preferencias. Defendemos a unos o a otros con pasiones inéditas, incomprensibles. Nos hemos inventado diferencias abismales entre dos bandos ficticios con la pretensión de tener cada uno la respuesta a todos los males que nos acosan, pero con tan pobres argumentos y tan mínimas ideas, que todo parece al fin y al cabo una disputa de necios. Lo malo es que, ocupados con esos desgastes, se ignoran cosas fundamentales.

Nos alegramos de los fracasos de los otros, señalamos con júbilo a algún prófugo, celebramos algún dictamen legal, alguna derrota, realmente disfrutamos eso; ignorando que todos estamos montados en un mismo barco que hace agua desde hace tiempo. Ya sabemos el resultado del cultivo del odio, de la emoción y la histeria colectiva en la Europa que describe Zweig. ¿Nos atreveremos a imitarlos? ¿Seremos tan torpes?

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Publicado en El Heraldo el jueves 11 de julio de 2019

No son ellos, somos nosotros

Aunque también sucede en otras partes, hace mucho tiempo en nuestro País ha venido imponiéndose una manera de pensar que en buena medida explica el atraso que vivimos. Tantas carencias, tanto pesar y frustración, han motivado una sensación generalizada de dependencia crónica, en la que unas esperanzas infundadas avivan la insostenible creencia en remedios inmediatos, que lógicamente nunca llegan o llegan mal y tarde. Pensamos que el Gobierno, ese conjunto intangible, leviatánico e incomprensible, va a salvarnos algún día, a poner nuestra vida en orden, a responsabilizarse de nuestro destino.

Cuando la realidad va enseñándonos que nada de eso va a pasar, incomprensiblemente le apostamos a hinchar el tamaño del monstruo, a crear más ministerios, agencias, oficinas, institutos, a nombrar más funcionarios, más Estado. Poco a poco vamos extendiendo el disparate, emulando a Sísifo, pero en cada intento alargando la cuesta y agrandando la piedra. Entonces brotan salvadores, individuos vociferantes que proclaman haber encontrado la solución para todo, la fórmula que nos sacará de la pesadumbre, preferiblemente en cuatro convenientes años, a veces en ocho. Esos redentores no suelen ser pudorosos, van diciendo lo que sea, aunque sus tonterías no guarden conexión alguna con la realidad, aunque ya se hayan intentado y fracasado en otros lados, nada importa, ellos sí podrán, ellos saben. Y les creemos. Millones de ciudadanos se aferran a ese escenario, uno en el que no hay que hacer mucho, simplemente votar y esperar sentados, sin más, milagrosamente.

Lo que suele pasar, en cambio, es que esos improbables Mesías arrastran a sus pueblos a debacles diversas, generalmente manifestadas en guerras o en empobrecimientos críticos. Ahí están los libros que nos enseñan cómo naciones de todos los colores y sabores, en todos los rincones del mundo, han sido llevadas a sufrir tormentos absolutamente evitables, innecesarios. Hitler, Castro, Mao, Mussolini, Chávez, todos ellos fueron apoyados de forma masiva y furibunda por personas que les compraron las mentiras, que cayeron en la trampa. Creyendo que con un Estado y un Gobierno magníficos y omnipotentes, controlados por su supremo, infalible y eterno líder, llegarían a la tierra prometida, fueron poco a poco entregando sus libertades, amarrándose ellos mismos las riendas que los condenarían.

No son ellos, ni los políticos, ni los ministros, ni el presidente, quienes nos van a mejorar la vida, acaso lo hacen mínimamente. Somos nosotros, con nuestros actos, nuestra consideración, nuestro respeto, nuestro mutuo, honesto y persistente esfuerzo, los que debemos hacernos responsables de nuestro futuro. A ellos hay que pedirles modestia, que hagan su mecánico trabajo con discreción y eficacia, sin alardes inútiles, que no decidan todo por nosotros, que se encarguen de lo básico, que no se entrometan demasiado.

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Publicado en El Heraldo el jueves 04 de julio de 2019

Trampas en los andenes

Cualquiera que haya tenido la oportunidad de caminar por nuestra ciudad, se habrá dado cuenta de la presencia de un sinfín de peligrosas trampas en los andenes. Me refiero a los huecos que quedan expuestos cuando se remueven las tapas de los registros de inspección de cualquier infraestructura urbana, usualmente debido a robos o ataques vandálicos, y cuya reposición, cuando sucede, suele tardar bastante. Se les puede ver por todos lados, casi nunca con algún dispositivo formal que prevenga al peatón y algunas veces exhibiendo artilugios precarios, ramas o palos o lo que sea, que algún ciudadano dispuso para tratar de evitar un accidente. Cerca de colegios, en zonas residenciales, en barrios prestantes o en los humildes, en cualquier lugar, nadie se escapa de esta riesgosa situación.

Hace una semana, mientras caminábamos por el Barrio Abajo, un colega que estaba señalándome un detalle en alguna fachada de interés, desapareció de mi vista en un segundo. Se había caído en un registro destapado. Luego de ese momento, superado el susto y algún raspón, nos dedicamos por unos pocos minutos a contar otros registros desprotegidos en el sector y encontramos más de diez.

El robo de las tapas de los registros de inspección no es un problema nuevo. Nuestras ciudades suelen ser entornos hostiles en los que algunos de sus habitantes, quiero pensar que una minoría, aprovechan cualquier situación para obtener réditos ilegales, sin detenerse a pensar en las consecuencias de sus acciones. Se roba o se destruye todo lo que se pueda, cables, luminarias, elementos de protección, canecas; el respeto es escaso y la impunidad notable. Habría que hacer un prolongado y sostenido esfuerzo para cambiar esa realidad, un problema multidimensional en el que concurren la mala educación, la necesidad de subsistir, el poco control cívico y la débil presencia policial, además de otras circunstancias cuya enumeración consumiría todo el espacio disponible que le resta a esta columna.

Mientras seguimos con la incansable tarea de lograr ciudades más amables, menos agresivas y más seguras, debemos buscar maneras de mitigar los daños y los riesgos. Existen en el mundo varias alternativas que disuaden a los ladrones de tapas, desde sofisticados seguros hasta materiales que reemplazan a los componentes metálicos, que constituyen el principal atractivo para quienes las hurtan. Sería muy positivo ver campañas en las que las empresas de servicios públicos fuesen poco a poco reemplazando las tapas de sus registros, implementando materiales compuestos, o instalando seguros y amarres que soporten hasta al más obstinado ladrón. La Secretaría de Tránsito y Seguridad Vial, dado que también se roban las tapas de las calzadas vehiculares, podría animarse a sugerir un plan de reposición a estas empresas, una iniciativa por la seguridad de todos.

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Publicado en El Heraldo el jueves 27 de junio de 2019

Contra la montaña

Hace unos días la principal vía que comunica los Llanos Orientales con el resto de Colombia sufrió un derrumbe que la dejó fuera de servicio. Según los cálculos que reveló la ministra de transporte tomará unos tres meses rehabilitarla, una situación que podría afectar considerablemente la economía, no solo de esa importante región, sino también la de todo el Pais y especialmente la de los departamentos cercanos. Se ha estimado que por esa vía se mueven unas 14 000 toneladas de alimentos diarios e importantes cantidades de ganado y otros insumos, un volumen de comercio nada despreciable cuya interrupción se hará sentir. Que una carretera de esa importancia esté tan vulnerable a las fuerzas de la naturaleza no puede dejarnos indiferentes.

Hay sin embargo, dos aspectos relevantes cuya concurrencia vale la pena considerar. En primer lugar, reconocer que para nuestro País constituye un enorme reto superar los obstáculos que le pone la complicada geografía y el clima que lo configura. Tres cordilleras mayores, ríos de difícil navegabilidad y un extremo régimen de lluvias, plantean enormes dificultades para el desarrollo. Varios autores, entre ellos Jared Diamond y Thomas Sowell, han descrito con acierto cómo los factores geográficos y todos los que se le asocian, imponen unas condiciones que en muchas ocasiones son determinantes para la prosperidad de determinados pueblos. «La geografía no es igualitaria», expresó Sowell en uno de sus libros recientes, explicando cómo África, por ejemplo, a pesar de tener más del doble del tamaño que Europa, cuenta con una extensión de litoral marino más corta. Lo que esto significa en términos de comunicaciones y facilidades logísticas es evidente: el continente africano jugará siempre con esa desventaja. En nuestro caso, el territorio nos obliga a construir aparatosas infraestructuras, no siempre bien concebidas ni ejecutadas y generalmente mal mantenidas.

El segundo aspecto se relaciona directamente con estas realidades. Creo que hay que aceptar que la incapacidad de nuestros gobiernos para asumir los grandes desafíos que la naturaleza nos ofrece alcanza dimensiones épicas. Tenemos un sinfín de ministerios, instituciones, corporaciones y agencias, que pretenden estudiar y comprender el medio físico, que se supone que evalúan opciones y seleccionan o aprueban respuestas coherentes a sus problemáticas, y sin embargo, parece que siempre estuviésemos empezando de cero, que no aprendiésemos nada. Las carreteras se siguen desbaratando, los puentes se caen, y mejor ni hablemos de los trenes o del transporte fluvial. Apagando incendios con una frecuencia pintoresca, nuestros funcionarios públicos se preocupan más por salvar su pellejo que por solucionar aquello que no funciona, siempre culpando a la anterior administración.

La geografía no va a cambiar, pero sí podemos cambiar la manera de enfrentarla. ¿Seremos capaces?

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Publicado en El Heraldo el jueves 20 de junio de 2019

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