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Perdón y olvido

Los colombianos sabíamos que la impunidad era parte del precio que debíamos pagar para lograr acercarnos a una paz necesaria.

En los últimos días, según se deduce luego de revisar las diferentes declaraciones que han dado los antiguos integrantes de las Farc, va quedando claro que no van a reconocer buena parte de los crímenes que cometieron durante medio siglo de insurrección. Esto en realidad no sorprende tanto, dado que desde hace rato los colombianos sabíamos que la impunidad era parte del precio que debíamos pagar para lograr acercarnos a una paz necesaria. A estas alturas cada uno de nosotros deberá buscar la manera de lidiar con los sentimientos que eso nos suscite, hayamos sido víctimas o no de sus actos. Por eso, y aunque me parece que los ejemplos personales siempre estarán enturbiados por las emociones, acudiré a ello para exponer mi opinión sobre el tema.

Mi madre estaba cenando en el club El Nogal cuando explotó la bomba el viernes 7 de febrero del 2003. A pesar de la gravedad de sus heridas, y de pasar de los cincuenta en aquel momento, logró sobrevivir al atentado luego de soportar varios días hospitalizada. Su esposo no corrió con la misma suerte y murió ese sábado en una unidad de cuidados intensivos, lo que le daría fin a más de veinticinco años de matrimonio. Como se puede suponer, la vida le cambió por completo. Ella falleció hace unos años, sin haber logrado recuperarse del todo.

Por mucho tiempo viví con la desazón y la rabia que dejan las desgracias cercanas, especialmente cuando nada logra darle sentido a lo que ocurrió. El azar en este país puede traer consigo cosas espeluznantes y supongo que a ella y a su esposo también les tocó esa mala suerte que le ha tocado a millones de colombianos. Sin embargo, pasados los años, la resignación y el tiempo van haciendo su trabajo y hoy puedo afirmar que soy capaz de perdonar a quienes le arruinaron la vida a mi madre. Cuando digo que los perdono quiero decir que no tengo impulsos vengativos, ni les deseo males, y ni siquiera pretendo que se les impongan condenas o reparaciones, mientras menos sepa de todo eso, mejor. Lo que no puedo y no quiero hacer es olvidar.

Insisto. Una cosa es abandonar racionalmente la expectativa de justicia y no continuar buscándola, como me pasa a mí, y otra es pretender que sumado a ese perdón, nos olvidemos de todo de lo que fueron capaces de hacer. Todo inane, además. Porque ciertamente a nadie le mejoró la vida luego de algún asesinato, o de algún secuestro o atentado, nadie fue más feliz después de enterrar a sus muertos. Que esas personas hayan encontrado justificación a la matanza indiscriminada de civiles es un asunto que no se puede tachar, que no puede ignorarse.

Ojalá ellos pasen lo que les queda de vida con la paz y la calma que les negaron a tantos, que terminen sus días como mejor les parezca, pero que no nos pidan más. Los dejamos tranquilos, que nos dejen tranquilos a nosotros. Por respeto, deberían abandonar voluntariamente su búsqueda de poder.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 17 de septiembre de 2020

Valoración de la privacidad

Hoy es casi imposible escapar del alcance de cualquier lente, en cualquier lugar; nos guste o no, querámoslo o no.

Desde que los teléfonos celulares comenzaron a incorporar cámaras, hemos venido experimentando un acelerado deterioro de nuestra privacidad. Ese empobrecimiento se ha visto enardecido con la posterior irrupción de las redes sociales, el abaratamiento de los sistemas de vigilancia y el entendible afán de cualquier gobierno por controlar a sus ciudadanos. Normal, la tecnología propicia tales evoluciones. Así las cosas, hoy es casi imposible escapar del alcance de cualquier lente, en cualquier lugar; nos guste o no, querámoslo o no. Aunque es un fenómeno que nos impacta a todos, me parece que todavía no hemos comprendido las consecuencias que conllevan esa permanente exposición y los peligros que encarna.

El bárbaro incidente del pasado fin de semana, en el que fueron agredidas dos mujeres por reclamar el alboroto de una fiesta, tuvo una extraordinaria difusión en las redes sociales. En principio creo que la mayoría de nosotros estuvo de acuerdo con la distribución de las indignantes grabaciones, entendiéndola como una manera de exhibir a los perpetradores y así poder ejercer algún tipo de presión para que sus actos no quedaran impunes. Juzgando la respuesta del alcalde en su cuenta de Twitter, parece que eso funcionó. Sin embargo, hay un detalle que ha sido pasado por alto: los primeros videos que se publicaron fueron registrados por las cámaras de seguridad del edificio donde sucedió la agresión, y eso no está bien. Personalmente entendía que esos archivos eran confidenciales, que no estaban por ahí al alcance de cualquier persona con una cuenta de Whatsapp y que sólo se podían revelar a las autoridades. Alarma mucho comprobar que no.

Siempre que se filtra al público un video (o fotos o grabaciones), que comprometen a alguien o exponen situaciones bochornosas, pienso que debemos valorar con calma lo que significa. En algunos casos las motivaciones que sustentan su publicación pueden responder a causas justas, como sucede con el evento que he mencionado, pero no podemos olvidar que no siempre hay nobleza detrás de un acto así. En estos tiempos resulta muy fácil enturbiar la reputación de una persona, a veces de maneras insalvables, y de hecho se puede falsificar o alterar digitalmente prácticamente cualquier cosa. Es necesario acudir siempre a la precaución, por eso convendría pensarlo dos veces al momento de sentir el impulso de compartir imágenes sensibles, sean de la naturaleza que sean.

Rodeados de tantas cámaras, toda esa información podría ser eventualmente usada en nuestra contra, como lo repiten con frecuencia las películas gringas. Nadie está libre de ser malinterpretado. Vale la pena entonces valorar más nuestra privacidad, respetar la de los demás y comprender que es necesaria y probablemente imprescindible para que una sociedad funcione.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 10 de septiembre de 2020

Calma

Que no se entienda que esta nueva etapa es una invitación a salir a la calle con más frecuencia o a relajar las precauciones.

Como es ya bien conocido por todos, desde el martes pasado los colombianos entramos en una etapa que las autoridades han denominado como de nueva normalidad, en el marco de las medidas preventivas y de control que se han implementado para contener el impacto de la pandemia en nuestro país. Un paso lógico que permitirá que gradualmente los sectores productivos empiecen a recuperar su dinamismo, de tal manera que puedan intentar salvar algo de lo que queda tras la debacle económica y moral que ha supuesto la irrupción del virus. La reactivación será complicada y difícil.

La novel libertad que empezamos a vivir tras el encierro obligatorio puede motivar una perniciosa sensación de bienestar que, mal manejada, significaría un indeseable retorno a las medidas restrictivas que tanta incomodidad han generado. Me parece que, con sus aciertos y errores, ya el Gobierno hizo lo que pudo en cuanto a la regulación del comportamiento colectivo, y ahora nos toca a nosotros actuar siguiendo las recomendaciones sanitarias que se han difundido. Es el momento de acudir al sentido común y a la responsabilidad personal teniendo en cuenta que, ahora más que nunca, las decisiones individuales pueden afectar profundamente a nuestros semejantes; un llamado que no siempre se interpreta bien y que francamente pocas veces hemos acatado, pero en el que será necesario insistir.

Creo que es imperioso recordar que el virus sigue entre nosotros, que no existe un tratamiento plenamente efectivo para contrarrestarlo y que todavía falta mucho tiempo para que una vacuna pueda ser administrada masivamente. El riesgo de contagio es prácticamente el mismo que teníamos hace unas semanas. Por eso, la recomendación más sensata seguirá siendo permanecer en casa todo el tiempo que nos sea posible y limitar los desplazamientos únicamente cuando medien necesidades inaplazables. Que no se entienda que esta nueva etapa es una invitación a salir a la calle con más frecuencia o a relajar las precauciones, al contrario, es precisamente ahora cuando la prudencia deberá ejercerse con mayor rigor dado que habrá más personas circulando.

Reconozco que muchos de nosotros queremos volver a vernos con las personas que apreciamos, regresar a nuestros lugares de trabajo, disfrutar de todas las cosas que la pandemia nos ha quitado temporalmente. Los niños, los mayores, hay mucha gente que la ha pasado muy mal, especialmente aquellos que han perdido a sus seres queridos o han tenido que lidiar con la enfermedad en sus círculos cercanos. Pero todavía no es recomendable entregarnos al afán. Hace falta todavía mucha calma y paciencia para regresar a un estado más o menos parecido al que teníamos a principios de este año, cuando el virus que había sido detectado en China era apenas una improbable y lejana amenaza. En nuestras manos está propiciar ese esperado retorno.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 3 de septiembre de 2020

Un respiro

Se requiere algo de esfuerzo para desconectarse.

Durante los últimos meses la tarea de escribir una columna semanal se ha vuelto fatigante. No responde tal sensación a los avatares propios de las circunstancias que vivimos, en las que se descuadernaron todas las rutinas; ni tampoco a que haya experimentado algún hecho particular que me haya puesto en especiales dificultades, cosa que agradezco. Lo que sucede es que desde marzo, todo cuanto parece importar está relacionado con la dichosa enfermedad y con los alegatos no siempre sensatos de quienes pretenden ser nuestros líderes políticos. Poco más. Cuesta mucho, por lo tanto, escoger un tema de interés que se aleje de esos asuntos, una situación francamente aburrida que por repetitiva puede terminar agotando el impulso de quien escribe.

Se requiere algo de esfuerzo para desconectarse. Salvadas las responsabilidades que nos reclaman, encuentro imprescindible aprovechar el tiempo libre, si logramos encontrarlo, para salirse de la inquietante actualidad, con sus permanentes acosos y sobresaltos. Seguramente con más fracaso que éxito, algo de eso intento transmitir con algunas columnas, invitando al lector a interesarse en otras cosas, a evadirse por un rato. Así he decidido escribir sobre la Segunda Guerra Mundial, Milton Glaser o la Reina Isabel II. Eso sí, no resulta en absoluto sorprendente comprobar que esas columnas no son tan leídas como las que mencionan al virus o a cualquier asunto que implique criticar o apoyar al Gobierno. Uno sabe.

Con ocasión del último libro de Mario Vargas Llosa, Medio siglo con Borges, me animé de nuevo a revisar la obra del genial escritor argentino, constatando por enésima vez que pocos autores, en cualquier lengua, logran ofrecer un universo tan vasto e intrigante. Cuando leo cualquiera de sus cuentos pasa algo que no me sucede con ningún otro autor: una inagotable sorpresa por la inverosímil precisión que logra con el español, un idioma muy entregado a los recovecos y al adorno. Como quien admira un elaborado reloj suizo y se embelesa por sus mecanismos y no tanto porque logre dar la hora, me puedo encontrar leyendo varias veces un párrafo o alguna frase, aunque ya la trama y sus misterios los haya descubierto hace años. Leerlo es, me parece, similar a escuchar una buena sonata, la repetición no logra cansarnos nunca.

Siempre he comprendido la literatura, la música y el arte como válvulas de escape. Por eso no suelo leer novelas, ni cuentos, ni escuchar canciones o ver alguna película que pretenda mostrar «la realidad» disfrazada de ficción, para eso prefiero abrir un ensayo, o un periódico, o ver un documental. Quiero entonces invitarlos a darse un respiro descubriendo o volviendo a leer a Jorge Luis Borges. Perderse de vez en cuando en la Biblioteca de Babel, visitar la casa de Asterión, conocer a Dahlmann, o imaginar a Tlön, puede ayudarnos a sobrellevar estos difíciles momentos, y los que pronto vendrán.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 27 de agosto de 2020

No será fácil

Los acontecimientos que han acaparado los titulares de prensa durante los últimos días son preocupantes.

Más allá de los detalles jurídicos que acompañan las decisiones que se han tomado, cuyo análisis le corresponde a quienes sepan del tema; a mí, un ciudadano común, lo que me aterra es que pareciera que esta historia en Colombia se repite desde siempre, y que fuese muy difícil para los servidores públicos actuar de forma transparente y libre de sospechas.

Aunque ahora a uno le va mejor que al otro, lo cierto es que los dos líderes políticos más importantes de nuestro País están hace rato enredados en un sinfín de vericuetos legales, desgastados en defensas y alegatos que para nada aportan. Hay tanto por hacer, tantas cosas por arreglar, que no se puede comprender que se nos vaya la vida viendo un desfile de jueces y magistrados tomando decisiones para uno u otro lado, sin que nada de eso logre verdaderamente mejorarle la vida a nadie. Al contrario, este sube y baja legal en el que vivimos termina fastidiándonos a todos, querámoslo o no afectados por las ineficiencias de los Gobiernos y las distracciones de unos ciudadanos a quienes les toca apartarse de lo fundamental para atender el ruido ensordecedor de tanta pelea.

Uno quisiera que los grandes debates que acaparan la atención de las personas fuesen más edificantes. Deberíamos estar hablando de las estrategias para recuperarnos del mazazo descomunal que nos ha dado esta pandemia, de los proyectos de desarrollo que necesitan acompañar semejante desafío, de los retos a los que se van a enfrentar los ciudadanos frente al descalabro económico que están viviendo, en fin, hay de dónde escoger entre un largo rosario de temas que ameritan una pronta atención. Las circunstancias actuales y las que vienen, que serán más duras, reclaman un sentido de cooperación y solidaridad que no parece asomarse por ningún lado. Habría que ponerse de acuerdo y ayudarse mutuamente. Pero no. Seguimos empeñados en alejarnos los unos de los otros, en tirar cada uno para su lado, cueste lo que cueste.

Quisiera saber qué le pasa a buena parte de nuestra clase dirigente, por qué terminan casi siempre enfangados, burlando la ley, cegados por odios atávicos que no parecen tener fin. Nadie cede nunca, y en esa multiplicación de la rabia se llevan por delante todo lo demás, sin pudor alguno. Nos tiene que dar mucha vergüenza que un expresidente esté privado de la libertad, que tres alcaldes de Bogotá hayan sido destituidos, que pensemos en revocar mandatos que no han empezado y que el año pasado la Procuraduría haya sancionado a 384 personas elegidas por voto popular. Necesitamos un respiro, algo de sensatez y ecuanimidad entre tanto disparate, de tal manera que sea posible pensar en lo que de verdad importa. Nadie sale ganador entre todas estas disputas, si seguimos así, vamos a perder todos.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 20 de agosto de 2020

El final de la guerra

Alemania renació para volver a ser la potencia de Europa, Japón alzó la bandera del desarrollo en Asia y alcanzó niveles de vida superiores.

La semana pasada, el 6 y el 9 de agosto se conmemoró el septuagésimo quinto aniversario de la detonación de dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, unos sucesos que desencadenaron la rendición de Japón y el final de la Segunda Guerra Mundial. La terrible destrucción que infringieron esos ataques, evidenciadas por las imágenes que poco a poco se fueron haciendo públicas sobre el alcance de los daños, el interminable conteo de las víctimas, muchas de ellas vaporizadas de inmediato, y los estragos de la radiación, sumieron al planeta en una encrucijada. Por una parte había razones para celebrar el final del conflicto, un alivio para las cientos de millones de personas que lo sufrieron; pero también se empezaba a asomar una sensación de temor plenamente justificada ante lo fácil que parecía entonces borrar de un plumazo a cualquier nación.

Lamentablemente, a pesar de los múltiples bombardeos que habían sufrido y de la ya escandalosa evidencia que demostraba su inferioridad militar, el gobierno japonés no tenía intenciones de rendirse. Sustentados en su entendimiento del honor y de la patria, estaban dispuestos a todo para evadir la capitulación, aunque ello significara acumular víctimas civiles por millones. Si los aliados querían terminar la guerra tendrían que derrotarlos mediante una invasión, lo que iba a suponer una masacre de proporciones inéditas. Así se llegó a tomar una decisión que iba a cerrar de forma espeluznante el episodio más oscuro del siglo pasado, utilizando por primera, y ojalá última vez, el poder atómico para lograr una victoria bélica.

Las palabras que el desolado copiloto del avión que soltó la bomba sobre Hiroshima, Robert Lewis, escribió en la bitácora del vuelo —un elocuente « ¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho?»— cuando pudo percatarse de la magnitud del impacto, definen la ambivalencia del evento. Nadie pudo sentirse orgulloso de haber perpetrado tal nivel de devastación, aunque ello hubiese significado terminar los enfrentamientos.

A pesar de lo humillante de la derrota, del elevado precio que pagó, del sufrimiento causado, del hambre y de la destrucción, Japón se recuperó. Así como Alemania renació para volver a ser la potencia de Europa, Japón enarboló la bandera del desarrollo en Asia y alcanzó rápidamente niveles de vida superiores a los de sus vecinos, siendo ejemplares para el resto de ese continente. Siempre me ha parecido edificante observar como derrotados y vencedores, pasadas unas pocas décadas, pudieron volver a sentarse frente a frente y dialogar en un marco civilizado. Estados Unidos, Alemania y Japón hoy son aliados, socios comerciales, naciones que se ayudaron mutuamente dejando atrás el odio, el rencor y la rabia. Una lección de pragmatismo que buena parte del mundo, incluyéndonos, tiene todavía por aprender.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 13 de agosto de 2020

Tanta soberbia

El paso del tiempo y la evolución de la pandemia fueron entonces, poco a poco, nivelando algunas cifras, moderando ciertas tendencias. Ya vemos cómo ahora, comenzando agosto, las elogiadas regiones que sacaban pecho por su relativo éxito comienzan a enfrentarse a lo más duro de esta complicada enfermedad, a sufrir lo que nos tocó sufrir a nosotros.

En junio, debido a la acelerada curva de contagios y muertes por la Covid-19 en nuestra ciudad, buena parte de los colombianos decidió condenarnos. Había que ver con qué desprecio nos describían, con qué soberbia. Los costeños, pero especialmente los barranquilleros, fuimos entendidos con burla como un pueblo desordenado, irresponsable, inculto, vano, desobediente, infame; una andanada de epítetos que no repito en su totalidad por respeto a los lectores. No pocos oportunistas vieron en el tropiezo, cosa rara, la ocasión para meterle política al asunto, para poner en tela de juicio nuestra capacidad de gestión, acudiendo a viejos lugares comunes dónde la corrupción y el desorden son protagonistas y extrapolando para mal las posibilidades de nuestros gobernantes ante un reto superior. Incluso entre nosotros empezó a rondar una sensación de derrota y cuestionamiento, una suerte de duda fundamental que nos llevó a preguntarnos si realmente éramos tan inconscientes, si al final nos merecíamos nuestra suerte.

Mientras otra ciudad de Colombia motivaba prematuros elogios en un artículo de The Economist, aquí nos ahogábamos en medio de las preocupantes cifras. Sin embargo, algo no cuadraba. Concediendo que los costeños no nos caracterizamos por una excesiva disciplina, tampoco podía ser cierto que fuésemos muy diferentes al resto. El irrespeto a la autoridad y la displicencia suelen estar presentes desde La Guajira hasta el Amazonas, no es este un país que se comporte ejemplarmente, en casi ningún aspecto.

El paso del tiempo y la evolución de la pandemia fueron entonces, poco a poco, nivelando algunas cifras, moderando ciertas tendencias. Ya vemos cómo ahora, comenzando agosto, las elogiadas regiones que sacaban pecho por su relativo éxito comienzan a enfrentarse a lo más duro de esta complicada enfermedad, a sufrir lo que nos tocó sufrir a nosotros. De repente Barranquilla ya no parece ese tropel de locos que se contagiaban por tontos, al contrario, hasta da la impresión de que se hicieron algunas cosas bien en medio de las duras circunstancias.

A veces sorprende lo fácil que es caer en el inmediatismo, a pesar de la gran incertidumbre que rodea el manejo de este virus. Parece que mucha gente, líderes incluidos, no entiende que todo el planeta está todavía en modo de prueba y error, ensayando políticas y métodos que puedan propiciar una salida digna de este monumental lío sin generar traumatismos mayores, sin que el remedio sea peor que la enfermedad. Ya en Europa se habla de una segunda ola y de los errores de la reapertura, quizá muy temprana, motivada por la llegada del verano, mientras en Asia están empezando a plantearse nuevas cuarentenas. No hay un manual para superar esta adversidad, lo estamos escribiendo día a día. Por eso conviene mantener la prudencia y tratar de aprender de los errores y de los aciertos de quienes nos han precedido, en lugar de señalar destructivamente con intenciones políticas o revanchismos regionales.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 6 de agosto de 2020

Por un gesto

Ojalá el caso de Emmanuel Cafferty se resuelva y que consiga un trabajo digno, como el que tenía.

La historia de Emmanuel Cafferty merece mayor difusión. Se trata de un trabajador que estaba vinculado a la empresa de electricidad y gas de San Diego (SDG&E), en los Estados Unidos, y que fue despedido de su trabajo por un gesto.

Lo que sucedió fue lo siguiente: al final de una jornada, mientras Emmanuel conducía de regreso a su casa en una camioneta de la empresa, sacó la mano por la ventanilla y empezó a jugar con el viento, chasqueando los dedos desprevenidamente. En una parada de semáforo, otro conductor advirtió algo que consideró ofensivo en la disposición de los dedos de Cafferty, por lo que sacó su celular y le tomó una foto. Inmediatamente publicó un mensaje en Twitter, mencionando a la SDG&E, en el que denunciaba que uno de sus empleados era racista, acompañando su afirmación con la foto que he mencionado. A las pocas horas Cafferty fue suspendido sin derecho a paga, y tres días después se había quedado definitivamente sin trabajo. El gesto que ofendió a aquella persona fue el que se hace juntando el pulgar con el índice, dejando a los otros tres dedos extendidos, un símbolo que se entiende como «OK» en casi todo el mundo. Cafferty no sabía —ni yo, ni probablemente la gran mayoría de los lectores— que ese inofensivo gesto había sido apropiado por los supremacistas blancos de los Estados Unidos. Eso bastó para que lo tildaran de racista militante y que lo despidieran.

Los alegatos de Cafferty fueron en vano. No importó que no tuviese ningún antecedente de comportamientos racistas y que fuese además hijo de una inmigrante mejicana. Aunque en algunas redes sociales se pueden encontrar algunos tímidos intentos por llamar la atención sobre este atropello, nada parece indicar que le sea devuelto su trabajo. Supongo que a algunos les parecerá que se lo ganó, o que ha debido ser más cuidadoso, o hasta que tuvo mala suerte y fue una víctima colateral, pero en realidad nada justifica lo que ha sucedido. No me parece que el camino que nos lleve a ser una sociedad menos racista o discriminatoria tenga que estar pavimentado por la persecución y el miedo.

Es muy peligroso aceptar este tipo de situaciones solo porque quienes las propician, o presionan lo suficiente para forzarlas, persiguen una causa que podemos calificar como válida. Nadie puede dudar sobre lo dañino y bárbaro que resulta el racismo. Sin embargo, mediante una feroz y violenta intimidación se está pretendiendo callar a cualquier voz que no esté en armonía con la tendencia de turno, aunque ni siquiera se comprueben la pertinencia y veracidad de los reclamos, y aunque se cometan injusticias. La paradoja es evidente. Ojalá el caso de Emmanuel Cafferty se resuelva y que consiga un trabajo digno, como el que tenía. Pero si eso no pasa, que al menos nos sirva de advertencia para evitar caer en esas terribles prácticas, de las que ninguno estará nunca completamente a salvo.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 30 de julio de 2020

Los matices de la historia

Pocas cosas más dañinas que la pretensión de pureza ideológica cuando es militante.

Durante los años sesenta en España, la cerveza empezó a promocionarse como una bebida para todas las edades. En los anuncios de prensa se veían imágenes de familias reunidas en torno a la mesa, con cada uno de sus miembros, padre, madre, niña y niño (recordemos que Franco estaba al mando), sonrientes y disfrutando de un espumoso vaso de cerveza. Los eslóganes publicitarios resaltaban que «fortalecía y daba un aspecto lozano» y que por eso «mamá la lleva siempre a casa», con los niños como protagonistas principales. Cuesta creer que hace apenas algo más de cincuenta años tales cosas eran posibles, se consideraban normales y no despertaban la menor alteración. Conviene entonces recordar, especialmente en estos delirantes momentos, que nuestro entendimiento de lo que es correcto puede ciertamente cambiar con asombrosa rapidez.

Anecdóticamente recordé este asunto de las cervezas españolas, con su moraleja, cuando empecé a observar la frenética destrucción de algunas estatuas en Estados Unidos y Europa, la censura a ciertas películas, y en general todo este afán por volver a destacar incómodos asuntos históricos que en cierta medida ya estaban olvidados. No se ustedes, pero yo hace rato no me acordaba de ‘Lo que el viento se llevó’, censurada hace poco, ni me detenía a pensar demasiado en Cristóbal Colón, cuyas estatuas han sido derribadas o profanadas en algunos lugares. Incluso he visto llamados a boicotear algunos negocios cuyos orígenes se pueden ligar al comercio de esclavos, aunque por supuesto actualmente generen bienestar y riqueza, y no pocos señalamientos insidiosos a notables instituciones académicas como la prestigiosa Universidad de Yale, todo ello con una pasión y virulencia que recuerdan tiempos que creía ya idos.

Es difícil comprender a que se debe esta neoinquisición, pero me parece que si sigue fortaleciéndose, y espero que no sea así, vamos a terminar perdiendo muchísimas libertades. Creo que es un error tratar de juzgar el pasado con los ojos del presente, para buscar que nuestra comprensión moral se imponga a la brava sin reconocer los matices que nos ofrece la historia. Pocas cosas más dañinas que la pretensión de pureza ideológica cuando es militante.

A veces los ejemplos exagerados ayudan a entender. ¿Qué tal si dentro de unas pocas décadas haber comprado un vehículo, o haberse montado en un avión, o haber dicho que la carne de res es exquisita, condene al ostracismo a nuestros descendientes? Los inquisidores del futuro los señalarán como hijos de unos crueles y deleznables seres que no tenían sentido de consideración con el planeta. Se quemarán libros de reconocidos carnívoros, se censurarán las películas en las que salga un avión, no se permitirá hablar de Ferrari. Suena ridículo, pero guardando las debidas proporciones, es parecido a lo que está pasando ahora.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 23 de julio de 2020

Diez años de Transmetro

Transmetro es lo mejor que le ha pasado a la movilidad de Barranquilla en toda su historia.

La semana pasada nuestro sistema integrado de transporte masivo cumplió diez años desde su puesta en servicio.

No ha sido una década fácil. Mucho tiempo antes del inicio de la construcción de su infraestructura, cuando apenas se estaban desarrollando los esquemas conceptuales, la idea misma de su implementación ya tenía un significativo plantel de opositores, que sólo se amplió a medida que avanzaban los diseños; un rechazo que inexplicablemente todavía se manifiesta de diferentes formas (a pedradas, por ejemplo).

Aunque ya muchas cosas han mejorado, nos queda un largo camino por recorrer si queremos que los barranquilleros tengamos una manera digna de movernos. Valga la oportunidad de este aniversario para volver a resaltar la importancia del transporte público para cualquier ciudad que pretenda ser competitiva y brindarle una buena calidad de vida a sus habitantes.

Hay que decirlo con claridad: Transmetro es lo mejor que le ha pasado a la movilidad de Barranquilla en toda su historia. Nunca antes la ciudad había experimentado un salto de calidad tan importante en la prestación del servicio de transporte, motivando al resto de la oferta a actualizarse y a reconsiderar su manera de acercarse a los usuarios. Intentos por implementar sistemas de caja única, monitoreo de rutas y modernización de equipos fueron algunos de los impactos inmediatos que se derivaron.

También los ciudadanos empezaron a saber que había otras formas de desplazarse, con más orden, más confort y con mayor seguridad. Transmetro le mostró a los barranquilleros una puerta de entrada hacia una movilidad moderna y sostenible. Sin embargo, el proceso ha sido sumamente complicado.

Quizá el mayor reto que enfrenta a diario el sistema es la coexistencia con las rutas tradicionales, algunas de las cuales insisten en seguir haciendo lo que siempre han hecho, imponiendo su voluntad por encima de cualquier norma en las calles de la ciudad. Tampoco es un desafío menor el explosivo crecimiento de la oferta de transporte ilegal, motocicletas, colectivos y bicitaxis que exacerban la anarquía en las vías públicas.

Todo esto podría explicar los ataques a su infraestructura y el poco sentido de pertenencia que despierta, toda una tarea pendiente. Transmetro debe ser uno de los componentes fundamentales de cualquier esquema de desarrollo para la ciudad. Al sistema hay que ayudarle e inyectarle recursos, no se puede permitir su fracaso.

Es necesario comenzar a planear la construcción de nuevas troncales, la ampliación de su flota, la implementación de nuevas rutas alimentadoras y la integración con otras modalidades de transporte. Hay que seguir creciendo. Felicitaciones a todos aquellos que desde julio del 2003, fecha de su constitución, han logrado sacarlo adelante y mantenerlo en funcionamiento. ¡Y que cumpla mil años más!

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 16 de julio de 2020

Milton Glaser

El pasado 26 de junio falleció Milton Glaser.

Es muy probable que la mayoría de los lectores no reconozcan ese nombre ni sepan de su relevancia. Sin embargo, estoy seguro de que casi todos reconocerían su creación más famosa, el popular logotipo de “I Love New York” con su icónico corazón rojo, que se convirtió en parte inseparable de la identidad de esa ciudad y que ha propiciado no pocas imitaciones por todo el mundo. Valgan estas líneas como un modesto homenaje a su carrera y como una excusa para poner en valor los aportes del diseño a nuestra cotidianidad.

Glaser, quien nació en el Bronx en 1929, era hijo de unos inmigrantes judíos de origen húngaro. Tras haber sido rechazado en dos ocasiones por el Pratt Institute, terminó sus estudios en el Cooper Union en 1951, institución en la que también ejerció como profesor. Gracias a una beca Fulbright pasó una temporada estudiando en Bologna, lo que según él mismo fue una etapa crucial en su formación, para finalmente volver a la ciudad que lo vio nacer y dar inicio a Pin Push Studios con un grupo de colegas. Liderando esa firma de diseño gráfico rápidamente fue valorado por su estilo particular, que privilegiaba el uso de contrastes en combinaciones abstractas de colores fuertes. En 1968 cofundó el New York Magazine, del que fue su director de arte por nueve años, dejando un legado que todavía puede entreverse en esa publicación, aún vigente.

Ya en los años ochenta, trabajando en su estudio WBMG, tuvo la oportunidad de liderar el rediseño editorial de varios periódicos en diferentes partes del mundo, entre ellos el Washington Post y The Los Angeles Times. Hacia el final de su carrera concibió la imagen de la última temporada de la serie Mad Men, además de ser el primer diseñador gráfico en recibir la Medalla Nacional de las Artes en los Estados Unidos. Una trayectoria ejemplar que seguramente seguirá inspirando por mucho tiempo a cualquiera que se interese por las disciplinas estéticas y el diseño.

A veces resulta curioso admitir que desconocemos a los creadores de muchas de las cosas que nos acompañan en nuestro día a día. Así como lo mencioné con respecto al logotipo neoyorquino de Glaser, salvo en los círculos especializados hay cientos de creaciones popularísimas que mantienen prácticamente en el anonimato a sus responsables. Grandes íconos del diseño como el símbolo de Nike (de Carolyn Davidson), el mapa del metro de Londres (de Harry Beck), o la ubicua silla blanca de plástico (de Henry Massonnet), trascienden a sus autores y pasan a ser patrimonio de todos. Sin duda Milton Glaser tiene un lugar especial en esa lista de creativos que nos dejan una obra eterna y universal. Quizá eso pueda ser el mayor triunfo para un diseñador, que sus obras crezcan por encima de su nombre. Paz en su tumba.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 9 de julio de 2020

Divide y perderás

Ya basta de promover enfrentamientos, de buscar sacar provecho político de esta compleja y dolorosa situación.

El 26 de julio de 1945, algo más de dos meses después del triunfo de los aliados en Europa, se anunciaron los resultados de las elecciones generales británicas. Liderados en ese momento por Winston Churchill, cualquiera hubiese podido suponer que los Conservadores obtendrían la mayoría de votos, sustentando tal premonición en la natural euforia que sigue luego de una victoria de esa magnitud. Sin embargo, al intuir con certeza que el mundo estaba cambiando significativamente, el pueblo británico decidió que para esa nueva etapa se necesitaba otro tipo de liderazgo, lo que sorprendentemente llevó a los Laboristas al poder. Siempre me ha parecido que este episodio ofrece una gran enseñanza, demostrando que ciertos momentos de la historia reclaman liderazgos con características especiales. Se entendió en aquel entonces que Churchill era un líder para la guerra, por lo que en una Europa en paz no tendría mayor cosa que aportar, no encajaba.

Sospecho que algo así está pasando actualmente con algunos de los líderes mundiales. Parece que no encajan.Bajo la presidencia de Donald Trump, por ejemplo, Estados Unidos estaba logrando bajísimos niveles de desempleo y una economía con crecimiento constante. Sus bravuconadas no afectaban demasiado al pueblo estadounidense. Algo similar podría decirse sobre Boris Johnson, a pesar del innecesario y complicado Brexit; o incluso sobre Bolsonaro, éste último quizá el más disparatado de los tres y quien más daño puede hacer, dada la fragilidad económica y social de su país. Si no ocurría algún imprevisto mayor, estos tres personajes posiblemente estaban en capacidad de sobrellevar con relativa calma sus años de mandato. Sintiéndose cómodos, siguieron atizando las divisiones entre sus gobernados, pensando únicamente en los réditos políticos de sus actuaciones y privilegiando la satisfacción de sus partidarios, olvidándose de casi todo lo demás.

Pero entonces, llegó la pandemia. Ante la evidente novedad se necesitaba replantear las estrategias, convocar a los ciudadanos, poner en pausa las contiendas políticas y de cualquier índole, y hallar la forma de salir adelante de manera mancomunada. Había en frente un enemigo común, peligroso y desconocido. Este enorme reto se encontró, en esos tres casos, con unas sociedades divididas hasta lo exasperante, cada bando alejándose del otro sin reparar en las consecuencias de los extremos. Cuando alguien decide imputarle contenido político a un tapaboca se pueden anticipar problemas mayores.

En Colombia no nos libramos del todo de esa nefasta tendencia. A pesar de las dificultades derivadas del confinamiento, con lo complejo que es esperar y aguantar pasivamente, no se entiende que ciertos grupos políticos llamen a la desobediencia o a marchar por la calles. Ya basta de promover enfrentamientos, de buscar sacar provecho político de esta compleja y dolorosa situación. Si seguimos cada uno tirando para su lado, todos vamos a terminar perdiendo.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 2 de julio de 2020

Cuidado con las libertades

Los difíciles momentos que estamos atravesando han agravado varios de los problemas más complejos que padecemos. Nada de esto debe sorprender mucho.

Países mucho más consolidados, con grandes recursos y fuertes sistemas de salud, aún no resuelven del todo el embate del virus, mientras se van planteando escenarios que les permitan reanudar sus actividades cotidianas de la mejor manera posible. Creo que por mucho tiempo los Estados seguirán tomando decisiones bajo la excusa relativa de la prueba y el error, apelando a la limitada compresión y paciencia de sus gobernados. Un reto complicado e ingrato.

Las diferentes situaciones que vivimos la semana pasada, derivadas de la celebración del “día sin IVA”, ilustran algunas de las enormes dificultades que enfrentamos. La crítica más común, como suele suceder, fue dirigida hacia el Gobierno, bajo el supuesto de que era imprudente la implementación de esa medida en las circunstancias actuales. Una explicación repetida señalaba que se debía “conocer” a los colombianos y entender que ante la oportunidad de lograr descuentos en algunos artículos de consumo, iban a acudir desordenadamente y en masa a buscar la ganga, ignorando los riesgos que tienen hoy las aglomeraciones. Es decir, el Gobierno debía suponer que somos incapaces de tomar decisiones responsables y que por eso no era recomendable darnos ese grado de libertad. Algo similar pasa con las justificaciones detrás del toque de queda y con la ley seca: aparentemente no podemos tener autocontrol. Aceptar esos argumentos es inquietante y merece algo de análisis.

Tanto reclamo de autoridad y mano dura, de represión e intimidación, nos puede conducir por una peligrosa pendiente resbaladiza. Da entonces la impresión de que un creciente número de colombianos estuviese deseando la implantación de un verdadero régimen absolutista, una dictadura o una tiranía. Porque una cosa es vociferar, inflamados por el fervor de las manifestaciones públicas, que estamos viviendo bajo un yugo dictatorial, cosa desde luego falsa, y otra es sufrir tales atropellos. No nos acostumbremos demasiado a que nos digan si podemos o no salir a la calle, o si podemos o no tomarnos una cerveza, podemos así perder unas libertades que después será muy complejo recuperar.

Por otro lado, esa infantilización de la gente, ese reclamo insistente por un Estado paternal y dominante, podría comenzar a invalidar la democracia. Si aceptamos la crítica al Gobierno, y nos definimos incapaces de escoger entre la posibilidad de contagiarnos en medio de una pandemia o abstenernos de salir a comprar cosas suntuosas como televisores y equipos de sonido; si somos tan torpes al hacer una elección tan básica ¿con qué criterio vamos a ser capaces de escoger entre un candidato u otro en una contienda electoral?

Hay que tener mucho cuidado con lo que deseamos, porque puede volverse realidad.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 25 de junio de 2020

La vivienda de la pandemia

Hace poco escribí dos columnas en las que especulaba sobre los posibles impactos que la pandemia traería para las ciudades, bajo las consideraciones del urbanismo, la planeación y el diseño urbano.

La escala de ese breve análisis suprimía en cierta medida al individuo, refiriéndose a fenómenos que afectan a grandes masas y cuyas decisiones suelen estar bajo la responsabilidad de los dirigentes locales, casi siempre por fuera del alcance de las preferencias particulares de los ciudadanos. Sin embargo, y aunque la ciudad será siempre el telón de fondo de casi todas nuestras actividades, vale la pena afinar el enfoque y considerar las implicaciones que todo esto puede tener sobre la vida de las personas en su entorno más inmediato: la vivienda.

Los cambios que hemos tenido que adoptar en nuestra cotidianidad, motivados por la implementación de las medidas de prevención contra el contagio, han sido significativos y varias de estas novedades podrían influir en la conceptualización de las futuras viviendas. Por ejemplo, si actuamos responsablemente (aunque siempre será mejor no movernos mucho), el acto de salir a la calle se ha visto lleno de una serie de rituales higiénicos que antes eran impensables. Los procedimientos que suponen esas acciones podrían traer de vuelta el zaguán, ese espacio de transición en el que podemos dejar los paquetes y adecuarnos para entrar o salir de nuestras casas, y que hace rato hemos dejado por fuera de nuestros diseños.

Si somos afortunados y podemos trabajar remotamente, vamos a empezar a apreciar espacios multifuncionales que se puedan adaptar a varios usos y brindar, cuando nos toque, un entorno propicio para realizar nuestras labores a distancia con la conectividad y la comodidad requerida. También hemos vuelto a valorar, dado el encierro que vivimos, la importancia de los espacios exteriores; patios o balcones que nos permitan un terapéutico respiro en medio de la confinación, o al menos espacios ventilados y con un grado de iluminación saludable. No menos importancia tiene ahora la capacidad de almacenaje doméstico, despensas y depósitos bien concebidos que nos ayuden a limitar las visitas a los supermercados y tiendas.

Lo que he mencionado es una relación no exhaustiva de buenas prácticas de diseño que imperdonablemente hemos venido abandonando. Por eso no soy tan optimista. Al final de todo esto quienes tengan los recursos podrán contar con mejores espacios para vivir, como ha sido siempre, y quienes dependan de ayudas estatales, o no tengan el dinero requerido, se tendrán que resignar a no comprar la casa que quieren sino la que pueden, aceptando cualquier cosa mientras eso signifique tener un techo propio. Lamentablemente no creo que esta pandemia produzca el milagro de dignificar masivamente la vivienda, incluso creo que podría ampliar las diferencias entre las buenas y las malas soluciones arquitectónicas. Ya veremos.

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Publicado en El Heraldo el jueves 11 de junio de 2020

Lo mejor y lo peor

Las noticias que se originaron el pasado fin de semana desde los Estados Unidos no podrían ser más contrastantes. Mientras el sábado por la mañana la transmisión del lanzamiento del cohete SpaceX Falcon 9, enmarcado dentro del programa Commercial Crew de la NASA, nos permitía renovar el optimismo frente a las capacidades de la humanidad para lograr grandes hazañas, por la tarde las noticias sobre los lamentables acontecimientos que sucedieron luego de la muerte de George Floyd, y que todavía persisten, nos hacían poner de nuevo los pies en la tierra. Dos hechos que revelan, con una coincidencia que pareciera ser adrede, lo mejor y lo peor que podemos ofrecer.

Aunque todavía no ha concluido la misión Demo-2, cuyo objetivo fundamental es lograr que dos astronautas puedan hacer un viaje de ida y vuelta a la Estación Espacial Internacional, sus avances ya son notables. Es la primera vez en la historia que un vehículo desarrollado por una empresa privada —SpaceX, fundada por Elon Musk—, pone personas en órbita, un hito que hasta ahora sólo habían alcanzado tres poderosas naciones. Sería un error trivializar la complejidad del suceso y no reconocer y conmoverse con el enorme esfuerzo técnico que significa lanzar naves tripuladas al espacio. Creo que este tipo de momentos contribuyen a propagar una sensación generalizada de esperanza, cuando podemos comprobar que con persistencia, disciplina, rigor y dedicación es posible hacerle frente a los retos más complicados. La ciencia ciertamente es una fuente de inspiración muy poderosa.

Lo paradójico es que ese mismo entorno económico y social que ha permitido que un emprendimiento privado alcance el espacio, también incuba atrocidades. La espantosa muerte de George Floyd, absolutamente evitable, desató una oleada de protestas que han visto en la exacerbación del racismo su motivación primordial. Nadie podría desconocer la pertinencia de las manifestaciones, a las que además se han sumado personas de todas las razas y nacionalidades. Sin embargo, los saqueos y la destrucción masiva que han suscitado, empañan significativamente el justo reclamo reivindicativo de una minoría que está cansada hace rato de sumar atropellos y abusos. Acudiendo a las reacciones más primarias, se han generalizado comportamientos anárquicos e irracionales que de ninguna manera propician las condiciones necesarias para poder establecer el diálogo y los acuerdos, muy postergados, que faciliten las reformas que requiere ese país para avanzar en la erradicación de los prejuicios racistas, tan antiguos como su misma fundación. Siendo evidente que la violencia no es el camino, en este caso se han terminado reforzando los imaginarios que justifican todo con la composición genética de las personas.

Capaces de tocar el cielo y de hundirnos en el infierno, la condición humana todavía se tambalea entre los extremos de la generosidad y la miseria.

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Publicado en El Heraldo el jueves 4 de junio de 2020

La densidad urbana y el virus

Nivel de ingresos, disciplina social, sentido de comunidad, sistemas de salud pública fuertes y buenos hábitos de vida, entre muchas otras variables, puede que tengan mayor incidencia en la magnitud de los brotes epidémicos.

En mi columna anterior escribí sobre las dudas que se están planteando acerca de la conveniencia del modelo de ciudad densa y compacta, al observar que la pandemia ha golpeado muy fuerte en algunas de las ciudades más densamente pobladas de mundo. Al menos esa es la impresión que se tiene cuando se revisan los datos de Nueva York, Londres o Madrid. Sin embargo, aunque sea de forma preliminar, vale la pena mirar con más atención lo que ocurre, porque hay algunos analistas que no están de acuerdo con el establecimiento de una relación tan directa entre la densidad urbana y el impacto del virus.

Nueva York es un buen ejemplo. Al ser la ciudad más poblada de los Estados Unidos, parece lógico deducir que esa condición habría facilitado el alto número de muertes que ha registrado, entendiendo que su configuración facilita las condiciones para la transmisión de la enfermedad. Ese razonamiento lleva a suponer que el distrito de Manhattan —el más denso en la ciudad más densa— debería ser el sector más damnificado. Pero no. La mayor cantidad de fallecidos se han presentado en sectores menos densos, más bien caracterizados por una alta concentración de comunidades latinas y afroamericanas. Por otro lado, varias de las grandes ciudades asiáticas afectadas por el virus, Seúl, Tokio, Hong Kong, con densidades incluso mayores a las de Nueva York, no han tenido cifras tan dramáticas de contagios y fallecidos. Incluso en Colombia una ciudad como Leticia, no propiamente densa ni significativamente poblada (tiene menos de 50 000 habitantes), ha sufrido mucho más que otros núcleos urbanos como Medellín o Bucaramanga, con diez o veinte veces más población. Algo no cuadra.

Parece entonces que no es la densidad urbana por sí misma la causa principal del padecimiento de algunas ciudades, otros factores entran en juego. Nivel de ingresos, disciplina social, sentido de comunidad, sistemas de salud pública fuertes y buenos hábitos de vida, entre muchas otras variables, puede que tengan mayor incidencia en la magnitud de los brotes epidémicos. Comprender esto es muy importante porque nos permite evadir una inútil satanización de la vida urbana, para no volver a caer en los tipos de señalamientos que promueven el éxodo de los centros urbanos y le dan fuerza a la idea del suburbio como el tipo de asentamiento ideal.

Eso no quiere decir que los planificadores, arquitectos, constructores y promotores inmobiliarios, estén libres de cierto grado de responsabilidad. Es probable que la calidad de los espacios habitables de muchas ciudades, fundamentalmente presionados por las dinámicas del mercado y la especulación financiera, se hayan deshumanizado hasta extremos inaceptables. A diferencia de la densidad urbana, el hacinamiento sí parece estar relacionado con la probabilidad de contagio, es en ese sentido que debemos dirigir nuestros mayores esfuerzos.

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Publicado en El Heraldo el jueves 28 de mayo de 2020

Lo que viene para las ciudades

A mediados del siglo XIX se desató una grave epidemia de cólera en Soho, un barrio londinense.

Por aquella época las ciudades eran lugares insalubres, no contaban con acueductos como los conocemos hoy y el manejo de sus aguas residuales era muy incipiente, en la mayoría de los casos se vertían sin tratamiento alguno en los ríos —de donde también se sacaba agua potable—, o en unas alcantarillas comunales, generalmente destapadas.

John Snow, un médico inglés atraído por el tema, empezó a buscar posibles fuentes de contaminación alrededor de un pozo público que estaba ubicado en medio del sector afectado, convencido de que el agua contaminada era la principal responsable del brote infeccioso. Luego de muchas pesquisas y debates, que incluyeron un enfrentamiento con un sacerdote que le atribuía la enfermedad a un castigo divino, John Snow logró comprobar que todo había sido suscitado por el agua del lavado de unos pañales que había llegado hasta el pozo, del que se abastecían miles de personas. A partir de ese momento la ciudad de Londres inició un gran proyecto de saneamiento, mejorando para siempre la vida urbana y sirviendo como referente para el resto del mundo. Expongo este conocido caso para recordar que las ciudades, la gran invención de la humanidad, han superado a lo largo de su historia muchos de los males que las han azotado.

Con el advenimiento de la COVID -19, vuelven a surgir viejas dudas sobre la conveniencia de las ciudades densas y compactas frente a modelos dispersos en los que el distanciamiento social se puede implementar más fácilmente, una discusión que parecíamos ir ganando los promotores de la densidad. Las duras consecuencias que han sufrido ciudades como Nueva York o Madrid, hasta hace poco ejemplares en cuanto a los beneficios de sus configuraciones, han mandado a cientos de arquitectos y urbanistas nuevamente a la mesa de trabajo para darle una revisión a sus convicciones y razonamientos. Lo que antes era deseable ahora no lo es tanto, y las imágenes de un atestado vagón de metro o de una terraza llena de comensales, tan elogiadas hasta hace poco, hoy nos causan una prevención y un temor sin precedentes. Las autoridades responsables de administrar algunos de los símbolos de las grandes ciudades, los sistemas de transporte público, los estadios, las grandes plazas, los museos y cualquier otro lugar que suponga una aglomeración significativa de personas deberán replantearse sus estrategias. Puede que en el camino tengamos que renunciar a algunos de ellos.

Aunque las ciudades siempre se han recuperado de situaciones similares, el proceso nunca ha sido fácil ni exento de cambios permanentes. Es muy pronto todavía para poder hacer algún vaticinio sensato, pero creo que no hay duda de que esta pandemia le dará un golpe durísimo a ciertos modos de vida.

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Publicado en El Heraldo el jueves 21 de mayo de 2020

Sobre las quiebras

Aunque reconozco que es generalmente desaconsejable, por estos días resulta muy difícil mantenerse al margen de las redes sociales. Acudimos a esos espacios por diferentes razones, por curiosidad, aburrimiento, o a veces para buscar alguna interpretación o información adicional que nos permita comprender mejor el momento que vivimos, una intención que en la mayoría de los casos solo consigue confundirnos más.

Fruto de esas agotadoras lecturas he podido encontrar un sentimiento repetido que se escapa de mi comprensión, uno que parece regodearse con las tremendas dificultades que una gran cantidad de negocios están viviendo por las circunstancias relacionadas con la pandemia, y que festeja maliciosamente cualquier señal que indique la probabilidad de quiebra de alguna empresa o establecimiento.

Un ejemplo notable ha sido el caso de Avianca. El pasado domingo la aerolínea solicitó acogerse al Capítulo 11 del Código de Bancarrota de Estados Unidos, una decisión que le permite ganar algo de tiempo para buscarle soluciones a su crisis. En las redes sociales la noticia fue celebrada por muchos, acaso suponiéndola como una muestra más del derrumbe de un «sistema» que sigue siendo despreciado por quienes no logran comprender los enormes e inéditos beneficios que, a pesar de sus imperfecciones, ha propiciado para buena parte de la humanidad. Expresiones de rechazo que con morbosidad desconocen el aporte de la aerolínea al desarrollo de nuestro país, la señalan como una empresa extranjera (como si eso fuera malo per se), o como una especie de monopolio perverso que solo busca aprovecharse de los colombianos, evidenciaron las honduras más intrigantes de las comunidades tuiteras.

A mi me gustaría poder conversar con algunas de esas personas. Preguntarles a qué se debe su odio y resentimiento contra cualquier logro ajeno, su espíritu destructivo. También conocer su opinión acerca del riesgo que se cierne sobre la gran cantidad de empleos que dependen directa o indirectamente de Avianca: pilotos, auxiliares de cabina, mecánicos, personal en tierra, funcionarios de los aeropuertos, funcionarios de las agencias de viaje y de la industria del turismo, todo tipo de proveedores, etc. Me parece que aquellos que se entusiasman con la posibilidad de la quiebra de Avianca no tienen ni idea de lo que significa la pérdida de una empresa de esa magnitud, creo que piensan que con la bancarrota sólo se perjudican sus dueños o los directivos más importantes, esos a los que puerilmente caricaturizan sentados en sacos de dinero, fumando un habano y maquinando peripecias para destruir el mundo.

La desaparición del tejido empresarial y productivo de una sociedad es terrible, sus consecuencias se pueden sufrir por generaciones enteras, motivando atraso y sufrimiento; es por eso que le debemos más solidaridad a las organizaciones que generan empleo y prosperidad. Espero que Avianca, con todo lo que significa, logre superar estos difíciles momentos.

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Publicado en El Heraldo el jueves 14 de mayo de 2020

A los docentes

 

No quiero llamarlos héroes porque el significado que encierra esa palabra no bastaría para definir con justicia el valor de lo que hacen. Al fin y al cabo los actos heroicos suelen referirse a momentos específicos, más relacionados con decisiones valientes, puntuales e individuales, en las que con frecuencia se pone en riesgo la vida bajo condiciones colmadas de luchas y batallas. La labor de los docentes es desde luego, y por fortuna, ajena a esas violentas circunstancias, fundamentalmente aliada de la responsabilidad, el compromiso y la continuidad que demanda un oficio que con la pandemia que vivimos se ha visto, al menos entre quienes gozan de buen juicio, notablemente enaltecido.

Cualquier persona que tenga hijos pequeños, adolescentes o universitarios, se habrá dado cuenta ya, en caso de que la costumbre y la complacencia hayan propiciado su olvido, de la importancia de los docentes en sus vidas. Muchos padres se encuentran agotados y desesperados tratando de manejar el tiempo de sus hijos, extrañando la conveniencia que suponía enviarlos al colegio o a cualquier lugar en el que profesionales entrenados para ello se encarguen de poner orden en sus días. La ausencia es muy efectiva para hacer notar la relevancia de lo cotidiano.

La imposibilidad que ahora tienen los jóvenes, como todos nosotros, de dividir sus actividades diarias en consonancia con los espacios en los que normalmente ocurrían: el salón de clase, el patio del colegio, la cafetería, la casa del compañero y similares; han obligado el ajuste de metodologías educativas que llevaban siglos de práctica exitosa. En cuestión de días todos los docentes, de colegio o universitarios, han tenido que darle un vuelco considerable a la manera de impartir sus lecciones, buscando siempre la forma de cumplir con los objetivos de cada curso y de no desmejorar la calidad de lo que se enseña mientras se relacionan con sus alumnos a través de una pantalla. Es un reto significativo que está siendo superado en la mayoría de los casos, a pesar de las enormes dificultades y obstáculos que se han tenido que enfrentar.

Más que un reconocimiento, transitorio por naturaleza, o los manidos aplausos y cacerolazos que tan de moda están; valdría la pena considerar una verdadera puesta en valor del oficio docente, ahora que sabemos lo que significa tenerlos lejos. Se ha especulado que esta experiencia deberá dejarnos algunas enseñanzas, que ciertas cosas podrían cambiar de manera permanente para el bien de todos. Sea entonces el momento propicio para hacer todos los esfuerzos que sean necesarios para honrar de manera justa a nuestros profesores, mejorar sus condiciones de trabajo, brindarles todo el apoyo para que cumplan con su deber y, lo que no es poca cosa, entenderlos y tratarlos como unos actores imprescindibles para el funcionamiento armónico de nuestra sociedad. Ojalá que no se nos olvide cuando todo esto pase.

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Publicado en El Heraldo el jueves 7 de mayo de 2020

Una prudente advertencia

La cantidad de información que nos llega a diario sobre la pandemia ha alcanzado límites estrafalarios.

No hay rincón alguno en ningún medio que no esté dedicado a mencionar algo sobre el virus: el siempre imperfecto conteo de contagiados y víctimas con sus alarmantes curvas multicolores, la relación de anécdotas no siempre edificantes, los infaltables análisis conspirativos y una gran baraja de premoniciones diversas sobre el futuro que nos espera, entre otros asuntos que de cualquier manera buscan la forma de engancharse a la tendencia.

No es para menos. Ahora mismo no parece haber nada más importante.

A pesar de la disonancia es posible identificar algunos coros armónicos dentro de ese bagaje, tan vasto que ya podría llenar varios de los hexágonos de la Biblioteca de Babel e incluso inquietar su condición infinita. Hay quienes observan en esta disrupción un llamado de la naturaleza, otorgándole voz y razón a las piedras, al agua y al viento. Algunos desestiman todo lo que pasa y proclaman la inexistencia de las invisibles proteínas letales, mientras no pocos nos ven ya condenados y dirigiéndonos al fin de los tiempos. Incluso hay una cofradía, muy entusiasta y activa, que culpa al «sistema» de todo cuanto nos acontece, reclamando una subversión que nos retroceda a una especie de civilización agrícola y comunal. Sobre estos últimos quiero detenerme.

Ha sido augurado el fin del capitalismo y de la cultura del consumo para ser reemplazada por algo peligrosamente indefinido, como si el virus no atacase también a poetas y magos. Según ellos todo se ha visto motivado por una epifanía que el confinamiento nos ha permitido, una que le otorga la característica de indispensable a ciertas cosas, sobre otras que han pasado a clasificarse como superfluas o nocivas. Constituyendo un catálogo en constante crecimiento, se condenan los viajes en avión o cualquier desplazamiento placentero, se disputa la preferencia por comidas o licores extranjeros, es contrariada la idea de tener un buen carro frente a otros medios de locomoción más primitivos, y ni hablar de la mala fama que cultiva toda la parafernalia que le da una bienvenida complejidad a nuestras vidas, artefactos o confecciones que entretienen o adornan. De repente no está bien visto querer un reloj de lujo, un traje impecable o un perfume exquisito.

No puedo estar de acuerdo con tales afirmaciones. No me parece que la vida se limite a la subsistencia básica ni a satisfacer las necesidades primarias, en buena medida ya daba por superados esos estadios. Creo que lo que nos ha permitido alcanzar la mayor prosperidad y bienestar jamás observado (en esto estoy de acuerdo con Pinker), es precisamente la exploración de esos placeres adicionales, la exageración de una especie que sigue alcanzando refinamientos impensables. Bienvenidas las actitudes solidarias, compasivas y empáticas, son sin duda indispensables, pero que eso no signifique retroceder quinientos años de indiscutible progreso.

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Publicado en El Heraldo el jueves 30 de abril de 2020

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