El día que decidí no bailar en los carnavales
Publicado en: mié, 17 feb 2016 15:01:00 -0500

El barranquillero cuando nace no llora, nace tarareando te olvidé, moviendo los hombros y puede que sea llorando, sí, pero la muerte de Joselito. Nuestra fiesta ha marcado tanto nuestras vidas que pasamos todo el año esperando esos cuatro días, donde Barranquilla se resume en tres palabras: alegría, fiesta y folclore. Claro, ¿cómo no? Si después de los pitos del 31 de diciembre en cada terraza barranquillera se escucha enseguida música de carnaval, suena la flauta e' millo, la pollera colora y de ahí hasta el miércoles de ceniza o hasta que el cuerpo aguante.

Mi amor por el carnaval de Barranquilla comenzó desde muy niña, gracias a mi mamá y sus cambamberías —siempre amaré eso de ella— llegué a un lugar que no sabía que marcaría tanto mi vida. Una casa azul que desde afuera se veía muy pequeña, con un letrero grande que decía ‘'Danzas Mónica Lindo'', al ingresar se encontraba la sala llena de espejos y al pasar al final de la casa lograbas contemplar un amplio patio, con el típico árbol frondoso. En ese momento no sabía que a partir de ahí, mi historia como bailarina del segundo mejor carnaval del mundo comenzaría.

En ese lugar aprendí a ser bailarina —porque uno nace siendo bailador—, a manejar la danza con disciplina y a tomar el hábito de la responsabilidad, de no dejar a un lado mis estudios por esta nueva pasión. Allí tuve un profesor, quien es al que prácticamente le debo todo lo que sé de danza. Un guajiro que lleva en sus venas el carnaval. Él gracias a su esfuerzo, dedicación y amor por lo que hace sacó adelante su propia academia de danzas, allí nació ‘'Academia y producción artística Federman Brito'', que hasta el día de hoy sigue funcionando y creciendo cada día más. En esa escuela terminé mi niñez, pasando por mi pre adolescencia y hasta ahora mi juventud.

Así fue como año, tras año sin interrupción estaba ahí, una niña, dentro de ese mar de gente bailando, siendo libre y sintiendo como mi corazón latía al ritmo de la música. El año en que mi abuela murió (Q.E.P.D) pensé que no bailaría, pero esta antes de irse de la mano de Dios le pidió a mi mamá que no faltará a mis desfiles, que bailara y los gozará pues sabía que eso me hacía feliz y ella gozaba tanto o más el carnaval como yo, y conocía ese sentimiento, ese año iba dedicado a ella y baile en su nombre, y es que ella tenía el mejor palco, para observar a su nieta o así lo sentía yo en mi corazón.

Pero vivir el carnaval de barranquilla tiene dos modos: gozarlo desde el palco, minipalco, las sillas con carpas o hasta en el famoso y tan adorado bordillo o vivirlo desde el desfile. A mi parecer ambas son buenas, dependiendo del tipo de interés. Si me ponen a escoger yo sin dudarlo optaría por las segunda, bailarse toda la vía cuarenta, ver a toda una ciudad reunida allí sonriendo, aplaudiendo tus movimientos llena de gratitud y hace que el cuerpo aguante el brillo del ‘'mono'' que en cualquier otro día del año nadie desearía estar ahí con ese palo e' sol que brilla mucho más que a las doce del mediodía en pleno paseo bolívar.

Se había vuelto indispensable en mi vida bailar en los carnavales, hasta el año pasado que interrumpí mi tradición y decidí darme ‘'un respiro'' ya que entraría a la universidad y me estresaba el hecho que vendría a mí una gran responsabilidad, y quería estar cien por ciento conectada con mi carrera, entonces pensé que no sería tan mala idea gozarme los carnavales desde el otro lado, como espectadora y no como bailarina.

El día de la batalla de flores, pensé que sería fenomenal, mi novio me invitó junto con su familia, el día pintaba perfecto. Llegamos a la vía cuarenta y antes de llegar al palco había que pasar por los anillos de seguridad que realiza la policía, donde requisan y te quitan hasta lo más inofensivo, había un niño con una sonrisa de oreja a oreja porque su papá le había comprado una espuma y no veía la hora de bañarse en ella, pero su fantasía quedo truncada por un policía, quien le dijo que la espuma no podría ser ingresada y peor aún, seria decomisada por ellos.

En ese momento vi como la sonrisa de ese niño se desvanecía, y el llanto en sus ojos se asomaba, la tempestad venia, y la calma para su padre se desvanecía. El policía sin sentimiento alguno lo mando a seguir, mientras el niño aún lloraba, pero su padre supo calmarlo y le compro un chuzo, este por lo menos dejo de llorar para pasar sus penas en cada mordida al chuzo de carne.

Seguimos nuestro camino y llegamos al palco, pero ya era un poco tarde, nos tocaron los peores puestos, o sea la parte de atrás de este, al lado de nosotros se encontraba una familia que no se ubicaba, que se quejaba del calor, de la ciudad y del taxista que al parecer les habría cobrado una barbaridad para traerlos hasta la vía cuarenta, entonces pensé: ¿qué hacen aquí si tanto se quejan? Decidí ignorarlos y tratar de pasarla bien con quienes estaba, el desfile nada que arrancaba y el desespero de la gente ya se sentía, entonces comencé a pensar como estarían mis compañeros esperando para salir a bailar, recordé que antes que el desfile arranque hay que esperar a que las comparsas que van delante de nosotros avancen, les juro que esa espera es eterna, yo siempre buscaba un lugar donde el sol no me quemara, la brisa medio soplara y cartones para sentarme, comerme un raspao' sin regármelo y sentarme a esperar ¡porque ni modo! y ¡ay! de que me entraran ganas de ir al baño, porque la vejiga siempre traiciona en esos momentos y encontrar un baño público es una travesía, hacer maravillas para quitarte el vestido para poder orinar sin tocar nada por higiene. Y de verdad, anhelaba eso, anhelaba estar en ese trajín y no ahí al lado de la familia que se quejaba por todo.

Después de un par de ‘Selfies' con mi novio y su familia, de reír y formar recocha para mejorar el ambiente el desfile arrancó, paso el camión de bomberos y empezaron las carrosas con todos los cachacos arriba de ella, Caracol y RCN se toman ese sábado para traerse a su gente, montarlas en carrosa y que se defiendan solo con mover los hombros, tirar besos, flores y eso a la gente le encanta.

El ambiente mejoró, sentí ‘'el calor humano'' todos moviéndose, empujando para poder ver, o bailando con el ron en la mano, y el típico ‘'son cacachos'' cada vez que pasaba alguien con esas bromas pesadas que hacían reír, nunca falta la vieja hija de papi y mami que no le gusta la espuma en el pelo porque le dañan su blower, o la maicena en la cara, piensa uno, mija pa´que viniste,  te hubieras quedado en tu casa o caminándote el Buenavista.

Decidimos irnos, porque el desfile estaba desorganizado, muchos baches y ya los amargados nos tenían estresados, pero también el hambre nos mataba. Salimos como pudimos y comenzamos a caminar. Llegamos al restaurante y ordenamos la comida, luego de terminar de comer, hablar sobre los famosos que iban en carrozas y encontrarle puntos positivos al día de hoy, con la barriga llena y el corazón contento nos fuimos, me dejaron en mi casa y ellos siguieron su camino.

Llegue a mi casa y me acosté, empecé una conversación conmigo misma y me dije que siempre que pueda gozar el carnaval será como bailarina, no como espectador, a pesar que uno hace un esfuerzo grande por participar en esta grandiosa fiesta,  se es compensado a la hora que empiezas a bailar, el ánimo de la gente, la alegría que desborda de los palcos, mini palcos, sillas, bordillos ¡Es de locos! Te empiezan a llamar para que poses para sus lentes como si fueras una gran celebridad, y es que en ese momento lo eres, las cámaras de la prensa, la alegría de los niños, el latir de tu corazón que se combina con el ritmo de la canción que danzas, el sabor barranquillero que reemplaza tu sangre y corre por tus venas, el movimiento de las caderas al beat de la canción, es simplemente MÁGICO.

Por Estefanía Pardo

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